Viajes por Filipinas De Manila á Tayabas

Vertical Tabs

Reader
<TEI xmlns="http://www.tei-c.org/ns/1.0" xml:lang="es"><teiHeader><fileDesc><titleStmt><title>Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas</title><author>Juan Álvarez Guerra (1843–1905)</author></titleStmt><publicationStmt xml:lang="en"><publisher>Project Gutenberg</publisher><pubPlace>Urbana, Illinois, USA.</pubPlace><idno type="LCCN">#####</idno><idno type="OLN">#####</idno><idno type="OLW">#####</idno><idno type="OCLC">#####</idno><idno type="LibThing">#####</idno><idno type="PGclearance">#####</idno><idno type="PGDPProjectId">#####</idno><idno type="epub-id">urn:uuid:5de17f6b-3431-4b79-9656-10f8eda1e41a</idno><idno type="PGnum">12276</idno><date>2004-05-01</date><availability><p>Published in 1887, hence public domain in the US.

        </p><p>The author dates in worldcat are obviously wrong, as they refer to a namesake who died before this work could have been written. However, it is reasonably safe to assume PD in the EU.
        </p></availability></publicationStmt><sourceDesc><bibl>        <author>Juan Álvarez Guerra</author>
        <title>Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas</title>
        <edition>Primera Edición</edition>
        <publisher>Imprenta de Fortanet</publisher>
        <pubPlace>Madrid</pubPlace>
        <date>1887</date>
        </bibl></sourceDesc></fileDesc><encodingDesc/><profileDesc><langUsage xml:lang="en"><language ident="es">Spanish.</language><language ident="fr">French.</language><language ident="en">English.</language><language ident="ceb">Cebuano.</language></langUsage><textClass><keywords><list type="simple"><item>Philippines -- Description and travel</item></list></keywords></textClass></profileDesc><revisionDesc><list type="simple"><item>19-MAR-2004 Added TEI Header.</item></list></revisionDesc></teiHeader><text><front xml:id="frontmatter"><div1 xml:id="cover" type="Cover"><p><figure xml:id="cover-image" rend="image(images/new-cover.jpg)"><figDesc>Newly Designed Front Cover.</figDesc></figure>

</p></div1><titlePage><docTitle><titlePart type="main">Viajes por Filipinas</titlePart><lb/><titlePart type="main">De Manila á Tayabas</titlePart></docTitle><byline>Por<lb/>
<docAuthor>Don Juan Álvarez Guerra</docAuthor></byline><docImprint>(Segunda Edición)<lb/>
Madrid<lb/>
Imprenta de Fortanet<lb/>
Calle de la Libertad, Núm. 29<lb/>
1887</docImprint></titlePage><pb n="4"/><div1 xml:id="dedic" type="Dedication"><p>Al Sr. D. Cristino Martos
</p><p><hi>Usted, mi buen amigo, me animó para que volviese á Filipinas, y á V. le debo los tres años que pasé en Tayabas. Las páginas de este libro, allí están escritas, y si algo bueno tienen, es la veracidad de lo que en ellas se consigna. Acójalas con cariño, y no se olvide que</hi> «mas allá de los mares», <hi>como decía al hablar de este país un profundo orador, tiene un verdadero amigo en</hi>
</p><p>Juan Álvarez Guerra.
<pb n="5"/></p></div1></front><body><div1 xml:id="ch3.1" n="I" type="Chapter"><head>CAPÍTULO I.</head><argument><p>Adiós á Manila.—<hi>El Batea</hi>.—El puente de la Convalecencia.—El Pasig.—El recodo de las Beatas.—Santa Ana.—Paco.—Ruinas de San Nicolás.—Canteras de Guadalupe—El Santuario.—Herrera.—Malapadnabató.—Cueva de Doña Jerónima.—Pueblo de Pasig.—Pateros.—Sarambaos.—Río de Antipolo.—Las orillas del Pasig.—Sus recuerdos.—Sus fiestas.—Antaño y hogaño.—M. Le-Gentil y otros autores. <hi>Conocimientos</hi> del país.—Barra de Napindan.—El capitán del <hi>Batea</hi>.—Almuerzo en el vapor.—Bertita.—Locuacidad y mutismo.—Alhajeros ambulantes.—Laguna de Bay.—Unión de dos mares.—El pantalán de Santa Cruz.—Mi amigo Junquitu.—Madrugada del 1.° de Julio.—Carromatas.—Palos y atasques.—De Magdalena á Majayjay.—El río Olla.—Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.—Una noche en Suiza.—Proyectos.</p></argument><p>En la madrugada del 30 de Junio de 187..., dejé los incómodos asientos de un desvencijado <hi>sipan</hi>, tomando el que dicen camino—por más que no sea ni aun vereda,—que dirige al modesto embarcadero que en la margen del Pasig, y al pié del magnífico puente colgante, tienen los vaporcitos que hacen la carrera entre Manila y la provincia de la Laguna.
</p><p>Instalado en la cámara de popa, mediante <pb n="6"/>cuatro pesos, que fueron canjeados por un tarjetoncito amarillo y grasiento por el uso, principió la maniobra de largar. Silbó el vapor, desatracamos, y sorteando numerosas bancas zacateras, pusimos rumbo contra corriente, á la laguna de Bay.
</p><p>Las palas del vaporcito, pesadamente batían las aguas del Pasig, evitando el timonel con una lenta marcha, el choque con alguna de las muchas pequeñas embarcaciones que afluyen en aquellas horas á las cercanías del puente colgante, cargadas unas de cocos, verduras, leña, piedras, ladrillos y tejas, y conduciendo otras gran número de alegres cigarreras que tienen su trabajo en la fábrica de Arroceros, y su domicilio en alguna de las poéticas casitas que bordan las orillas del río, y forman parte de los pueblos que hemos de ver desde las bandas del vapor.
</p><p>A las pocas orzadas, dejamos por la proa los descarnados pilares de madera que serán en su día la sustentación del puente de la <pb n="7"/>Convalecencia, así llamado,—se entiende cuando esté concluído<note n="1" anchored="true">Este puente se llama hoy de Ayala.</note> porque pondrá en comunicación las dos orillas del Pasig, siendo la principal base y en la que descansará aquel, la pequeña isla de Convalecencia, en la que vimos destacarse un amplio edificio, que nos dijeron ser el Hospicio.
</p><p>Doblado el recodo que forma la islita, pudimos apreciar las esbeltas y elegantes construcciones de la calzada de San Miguel; construcciones, que de día en día, van perfeccionando, hasta el punto, que vimos una, constituyendo un verdadero palacio á la moderna. Dicho palacio es de hierro en su mayor parte; en sus jardines, cortados á la inglesa, se encuentran estatuas en gran profusión, y por las entreabiertas ventanas de los muros—cuyas líneas son una reminiscencia morisca—indiscretamente se asoma el sibaritismo oriental, por mas que trate de <pb n="8"/>ocultarse entre cortinajes, importados de los ricos telares del viejo mundo.
</p><p>Siguiendo la línea de construcciones, dejamos á la proa, Malacañang, residencia de nuestra primera Autoridad, y bien modesta por cierto, para la jerarquía del alto Jefe que la habita. Á continuación de Malacañang—palabra tagala que quiere decir casa del pescador,—quedó el barrio de Nagtajan, desde el cual las orillas del río principian á tomar otro carácter. La piedra, el hierro y el ladrillo, son sustituidos por la caña, la nipa, y la palma brava, los cuidados jardines, por las revueltas y compactas agrupaciones de plátanos, bongas y cañas; mezclándose las mansiones de recreo, con centros manufactureros, en los que predominan las alfarerías, las canteras y las cordelerías. En alguna de estas últimas, la alta chimenea indicaba, que bajo su negro tubo se aprisionaban las múltiples fuerzas del vapor.
</p><p>Distraídos en la contemplación de la ribera <pb n="9"/>que teníamos á babor, dejamos el poético pueblecito de Pandacan, doblamos el recodo de las Beatas—así llamado, por haber existido en aquel lugar, un piadoso establecimiento de monjas,—y no sin trabajos, en los que hubo que emplear el <hi>tiguin</hi> para evitar los cientos de salientes que forman las revueltas del Pasig, nos pusimos á la altura de la sólida iglesia del pueblo de Santa Ana, teniendo también dentro de nuestro horizonte visible, el remate del torreón de la de Paco.
</p><p>Tras la bullente estela de <hi>El Batea</hi>, fueron quedando, el rústico embarcadero de Lamayan, la sólida iglesia de Mandaloyo—por cuya cima se destacaban los picachos de los montes de Mariquina—los pueblos de San Pedro Macati y Guadalupe, el vadeo de San Pedrillo,—que pone en comunicación el barrio de ese nombre con aquel pueblo,—y las ruinas de San Nicolás, con su histórica peña, en que dice la tradición se convirtió un caimán, á la invocación que hizo un chino en aquel <pb n="10"/>sitio, á dicho Santo, estando próximo á ser devorado por el carnicero <hi>saurio</hi>.
</p><p>El santuario de Guadalupe fué el primer templo de Filipinas en que se empleó el ladrillo y piedra para bóveda. Fué construido por un fraile agustino, pariente del inmortal Herrera, á quien se debe el Monasterio del Escorial. El que dirigió el alegre santuario, dió más tarde ancho campo á la valentía de sus concepciones, en las magníficas obras de San Agustín de Manila, cuyo templo forma una hoja de laurel con el ilustre apellido de Herrera.
</p><p>El pueblo de San Pedro Macati, perteneció á los padres jesuítas; á la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por el marquesado de Villamediana.
</p><p>Pasado el sitio donde se dice se operó el milagro, y al que van en romería, y con toda la devoción de que son susceptibles los chinos, se principian á ver en ambas orillas del río grandes depósitos de piedras toscamente <pb n="11"/>labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe, las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto de fácil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en grandes bancas, que son vaciadas al pié del puente colgante, ó á las márgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.
</p><p>Las precauciones tomadas por el capitán, colocando á toda la gente de á bordo con <hi>tiquines</hi>, á la banda de estribor, nos hicieron comprender las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de <hi>Malapadnabató,</hi>—palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.—Los bellísimos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la peña el camino qué dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el naturalista tiene en aquellas graníticas paredes preciosos ejemplares de gigantescos musgos. Casi frente á la peña de <hi>Malapadnabató</hi> se halla el vadeo <pb n="12"/>de aquel nombre, en el que, una rústica garita, y uno menos rústico camarín, señalan un puesto de carabineros, llamados á vigilar las importaciones que lleva á Manila el Pasig. En las cercanías de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la entrada de la cueva de <hi>Doña Jerónima,</hi>, de cuya cueva—que dicen se comunica con la de San Mateo,—cuentan los indios terroríficas historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se afirma que el nombre que lleva es debido á que en su cavidad hizo vida cenobítica una pecadora arrepentida llamada Doña Jerónima; habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fué hecha para baño de una sibarita y opulenta señora.
</p><p>Á un tiro de bala de la cueva se levanta la iglesia del rico pueblo de Pasig. Aquí, el horizonte se ensancha y se aprecian distintamente las desigualdades de los escabrosos y agrestes montes de San Mateo.
</p><p>Las orillas de esta parte del río están llenas <pb n="13"/>de cascos y bancas. Los indios de Pasig son tenidos por los mejores bogadores de la provincia de Manila. Son, en efecto, muy fuertes, y manejan con destreza y vigor la ancha y corta pala que les sirve de remo, al par que de timón.
</p><p>Hubiéramos querido visitar de noche el pueblo de Pasig para <hi>ver</hi> el uniforme que usan los serenos, de que nos habla Mr. Jagor, en sus <hi>Viajes por Filipinas</hi>.
</p><p>No bien concluímos de oir el desagradable graznido de los miles de patos que rodean las cercanías del vadeo de Pasig, cuando el panorama varía por completo. Dilatados campos sembrados de palay, se muestran por doquier. Las riberas se despojan de las verdes y poéticas bóvedas, viéndose al carabao arador que pesadamente abre el surco en que ha de fructificar el arroz. En este dilatado trayecto va ensanchándose el cauce, contándose en él gran número de <hi>sarambaos</hi>, en cuya plataforma no solamente se alzan los cruzados <pb n="14"/>brazos de caña que sostienen la red, sino que también un cobacho de nipa, en el que vive toda una familia, cuyos individuos, durante las horas de trabajo, tienen su puesto y su lugar de maniobra en aquel rústico aparato flotante, cuyo mecanismo se reduce á una red tejida de cabo negro pendiente en sus cuatro extremos de unas cañas, que á su vez las sujeta un mástil, dispuesto de forma, que un contrapeso graduado sumerge y hace subir la bolsa que forma la red.
</p><p>Tras consagrar un piadoso recuerdo á la milagrosa imagen de Antipolo, á la vista del río, cuyo cauce siguen la mayor parte de los miles de romeros que visitan el santuario, y después de una corta marcha, franca y desembarazada, entramos en la barra de <hi>Napindan,</hi> que abre la gran <hi>Laguna de Bay</hi>.
</p><p>Las riberas del Pasig han sido objeto de rimas y trovas, y sus aguas cantadas por <hi>melancólicos</hi> amantes y por músicos más ó menos inspirados. El día de San Juan y los tres <pb n="15"/>de carnestolendas constituían cuatro fiestas fluviales, en las que los remojones, las regatas y las <hi>enfrentadas</hi> en banca, figuraban en primer término. La libertad que reinaba en estas diversiones, la convierte en libertinaje <hi>M. Le-Gentil</hi> en las descripciones que de ellas hace en sus <hi>Viajes</hi>. Dicho francés, que dignamente precedió en <hi>exactitud</hi> en la manera de narrar costumbres á otros compatriotas suyos, vino á estas islas el año 1767, por orden de su rey á estudiar el paso de Venus por el disco del sol; y si observó el cielo, de la forma que lo hizo del suelo, no hay duda que el monarca francés quedaría completamente enterado de el <hi>paseito</hi> de Venus. Como <hi>M. Le-Gentil</hi> vino á observar los astros, nada tiene de extraño que al escribir costumbres filipinas en Francia, se acordara de el tan sabido cantar «<hi>de el mentir de las estrellas</hi>».
</p><p>En honor á la verdad, no nos debe tampoco extrañar esto en extranjeros, cuanto <pb n="16"/>que ahora bien recientito<note n="1" anchored="true">Téngase en cuenta que este libro se escribió el año 1878, imprimiéndose su primera edición ese mismo año en Manila.—(<hi>N. del A</hi>.)</note> se ha publicado en Madrid un libro titulado <hi>Recuerdos de Filipinas</hi>, y una <hi>Memoria</hi> en Barcelona, sobre colonización de estas islas, que dan gozo leer. Si los recuerdos del autor del primero tienen el valor que los de su libro, no me extrañaría se le olvidara <hi>hasta</hi> el saber escribir, lo que es difícil, pues literariamente hablando el libro es bueno. En cuanto al autor de la <hi>Memoria</hi>, solo diremos que muy formalmente afirma en el prólogo llevar estudiando diez años de colonización filipina, y en efecto ... , á las cuatro páginas dice, que los principales productos de exportación de este país, los constituyen entre otras cosas—en que por cierto no cita el abacá—los <hi>mongoz</hi> (?), las <hi>naranjas</hi> y <hi>los cortes de pantalón </hi>... ¡Bien! ¡muy retebién, por los <hi>cortes de pantalón, los mongoz</hi> y los <hi>diez años</hi> de colonización!
<pb n="17"/></p><p>Á las once de la mañana, navegando en plena laguna, se sirvió el almuerzo, sentándose á la mesa el capitán, antiguo lobo marino de la carrera del <hi>Cabo</hi>, que le ahogaba el calor de la caldera, la estrechez del barco, lo limitado del horizonte, y más que todo, el agua dulce, que en tres palmos de fondo batían las palas de las ruedas. Se comprende el mal humor que habitualmente dominaba al capitán del <hi>Batea</hi>, acostumbrado á recorrer la grandiosidad de los inmensos desiertos del Océano.
</p><p>La vida del agua dulce, la monotonía de una ribera siempre la misma, la precisión de las llegadas, las inofensivas y uniformes varadas, la etiqueta de la cámara, el tiquin, la falta de olas, de horizonte, de grandiosidad, de espacio y de luz, traían al bueno del capitán de un humor que había ratos en ni él mismo se podía sufrir. El hombre de mar metido entre las cuatro tablas de un vaporcito ribereño, es como el milano de las <pb n="18"/>regiones australes, que se le encerrara en un jaulón de gallinas.
</p><p>—¡Capitán! ¿cómo se llama ese aparato de pesca?—le dije señalándole una balsa que se veía en la orilla.
</p><p>—No sé—me contestó con marcada aspereza.—No conozco—añadió—más aparatos de pesca, que los arpones balleneros y los dobles aparejos para izar las <hi>tintoreras</hi> de los trópicos.
</p><p>—Pescas que deben ser muy peligrosas, capitán.
</p><p>—¡Capitán! ¡capitán!—repitió con acentuado desprecio.—¿Capitán de qué? ¿de este cajón con ruedas? ¡Mil rayos y bombas! ¡Capitán de río, sin rol, sextante, ni brújula, con cuatro rajas de leña en la bodega, una derrota de diez horas, un buque en miniatura y un <hi>tiquín</hi> por timón! ¡Vaya un capitán!
</p><p>El sarcasmo y la rudeza de las palabras del antiguo marino, involuntariamente me hicieron recordar al célebre personaje de la <pb n="19"/><hi>Agonía</hi>, drama en que Larra dice por boca de un viejo contramaestre de los que acompañaron á Colón, «que las tormentas en tierra, son truenos que apenas se oyen y gotas de agua que ensucian». El capitán del <hi>Batea</hi> era un retrato del viejo <hi>lobo</hi> de la <hi>Niña</hi>.
</p><p>Ya que hemos principiado á bosquejar tipos, vamos á trazar cuatro brochazos—por más que sea á la ligera—en los bocetos de los personajes que ocupaban la mesa. A la derecha del capitán, que sudaba, no tinta, sino brea, embutido en un corbatín y una americana negra, se encontraba sentada una <hi>empleada</hi> que respondía al nombre de Bertita: ojos melados, negros, grandes, y velados de largas pestañas; pelo fino, lustroso, abundante, negro como sus ojos; nariz pequeña y un tanto arremangada, símbolo de burla; labios finos; dientes, aunque de mortales huesos, y no de perlas, compactos, blancos é iguales; tez morena; seno alto y exuberante; manos redondas y pequeñas, y sonrisa <pb n="20"/>marcadamente picaresca, constituían el distinguido conjunto de Bertita, que vestía ligera y limpia bata de viaje, recogido sombrero de terciopelo con pluma, cuello y puños á la marinera, cinturón de piel de Rusia, y diminutas botitas color café.—¿Les gusta á ustedes el tipo?—Sí.—Pues á mí también. El capitán, de cuando en cuando, la miraba de reojo, y hasta creo que el buen hombre se olvidaba de todos los horizontes de los trópicos, por el pequeño cielo que constituía la risueña cara de Bertita, en la que no había mas nubes que un picaresco lunar puesto en el labio superior con más malicia que queso en ratonera. A la mitad del almuerzo, ya nos había contado quién era, adonde iba, porqué había venido, quién era su padre, su abuelo y hasta un primito á cuyo solo nombre, largó un bufido muy pronunciado un respetable y obeso señor que estaba sentado á su lado, y que á grandes rodeos—pues en esto, era lo único en que enmudecía Bertita—supimos <pb n="21"/>era su esposo. <hi>Este</hi>, como le llamaba <hi>aquella</hi>, tenía una <hi>cara</hi> de todo un buen hombre; el <hi>género</hi> paciente y la <hi>clase</hi> resignada, se definían perfectamente en aquel armazón de carne, en la que brillaban dos ojillos azules, unas narices abultadas y granugientas, y una calva cercada de algunos mechones blancos, compañeros de un enmarañado y desigual bigote. Toda la locuacidad de Bertita, era mutismo en el señor D. Paco, quien se limitaba á aprobar con monosílabos los largos períodos que salían de la fresca y sonrosada boca de su esposa.
</p><p>Ocupaba la izquierda del capitán, uno de esos misteriosos seres que de cuando en cuando aparecen por las provincias del Archipiélago, llamándose unas veces alhajeros y otras naturalistas, por más que en la generalidad de los casos, sean verdaderos caballeros de industria, que á la sombra de cuatro maletas llenas de abalorios y hoja de lata, engañan la credulidad de los indios; sirviéndoles <pb n="22"/>otras veces de pretexto, media docena de plantas parásitas, que ni entienden, estudian ni clasifican. Al lado de estos últimos, los hay—y yo me honro con la amistad de algunos—que recorren los bosques de este país con el afán de enriquecer la ciencia, sufriendo toda clase de privaciones, ante la satisfacción de aumentar sus herbarios. El tipo que nos ocupa, no puedo definir á qué clase pertenece. Habla poco y su acentuación señala al gascón, por más que dice es alemán; come bien, y sobre todo bebe mejor. Completaban los comensales, una pálida, mestiza china, más difícil de bosquejar que el anterior.
</p><p>Al lado de la mestiza, observaba y comía el autor de estas líneas.
</p><p>—¡Jesús, que café, capitán!—dijo Bertita, haciendo un gracioso mohín de desagrado al saborear el negro líquido que humeaba en la taza:—nunca podré acostumbrarme á estos brebajes recordando el Moka que se tomaba <pb n="23"/>en casa del Ministro, el primo de <hi>este</hi>. Pues no digo á ustedes nada, del que se servía en la embajada de Rusia, ni el que se daba en las <hi>soirées</hi> de la Baronesa: ¡Jesús, Jesús, qué país! Veinte días hace que desembarcamos, y lo que es así pronto me vuelvo á mi Cádiz.
</p><p>Ya pareció aquello, dije para mis adentros, andalucita tenemos.
</p><p>—Pues no crea V. que esto es tan malo—la dije—cuando V. se instale, y lleve algún tiempo de país, le parecerá muy bueno.
</p><p>Él silbido del vapor cortó nuestra conversación, al par que nos anunciaba la llegada á Biñan. El bretón se quedó en aquel pueblo.
</p><p>Nuevamente en marcha, cada cual procuró colocarse lo mejor que pudo, tanto en la cámara como sobre cubierta.
</p><p>El vapor navegaba por la extensa laguna de Bay, madre del Pasig. Las aguas de aquella en los fuertes <hi>Sures y Nordestes</hi>, toman gran movilidad, haciéndose un tanto peligrosa la navegación en pequeñas embarcaciones. <pb n="24"/>Varios naufragios registra la crónica de la laguna de Bay, y según algunos pesimistas, aquella es una constante amenaza para Manila. No conozco el desnivel que existe entre la laguna y Manila, si bien debe ser mucho, dada la situación que aquella ocupa y lo rápido de la corriente del Pasig.
</p><p>La laguna de Bay—que no sabemos qué razón hay para no darle el nombre de lago, pues aun de estos habrá pocos en el mundo que midan las grandiosas proporciones de aquella—tiene un circuito que se hace subir por unos á 35 leguas y por otros á 30. Esta laguna tiene islas, penínsulas, cabos y ensenadas, y en sus orillas, se asientan ricos y bellísimos pueblos, contándose entre ellos, el de Santa Cruz, cabecera de la provincia. La península que forman los ricos terrenos de Jalajala, y los poéticos sitios que rodean á Los Baños—pueblecito así llamado por tener unas termas de reconocidas propiedades medicinales,—son lugares que encontramos <pb n="25"/>en los itinerarios de la mayor parte de los <hi>turistas</hi>. Las playas de aquel pequeño mar—pues no otro nombre debe dársele—están salpicadas de bonitos pueblos, los cuales de día en día, ven con creciente temor que las aguas van invadiendo sus territorios, fenómeno fácil de explicar, si se tiene en cuenta la cantidad de agua y arenas que arrastran las treinta y tres vías que alimentan la laguna, con la desproporción de su desagüe, que se opera por una sola, que es la del Pasig. La aglomeración de arenas, va haciendo difícil la navegación por muchos sitios, y si en un plazo corto no se establecen servicios de dragas, la barra de Napindan opondrá un poderoso obstáculo á los más reducidos calados al par que las aguas irán absorbiendo territorio. La cordillera del Bay-bay limita uno de los horizontes de la laguna, la que podría unirse con el mar Pacífico, de abrirse un canal en aquella cordillera, única barrera que se interpone entre ambas aguas.
<pb n="26"/></p><p>Á las cuatro de la tarde, después de no pocas varadas, atracamos al <hi>pantalán</hi> de Santa. Cruz.
</p><p>Hechos los ofrecimientos y despedidas de ordenanza, vino un fuerte abrazo, dado por mi querido amigo D. Manuel Junquitu, quien me esperaba en el desembarcadero.
</p><p>El resto de la tarde lo pasamos en visitar el pueblo, el cual me pareció sucio y triste. Está dividido por un río, sobre el cual se levanta un magnífico puente, construido en estos últimos años. La cárcel, hecha en pequeño bajo el modelo de la de Bilibid, de Manila; la iglesia, convento, y Casa Real,<note n="1" anchored="true">Este edificio lo destruyó un tifón levantando sobre sus escombros un verdadero palacio, como quizá no haya otro en Filipinas, el inteligente Alcalde mayor D. Francisco Iriarte.—(<hi>N. del A</hi>.)</note> son los únicos edificios notables que tiene Santa Cruz.
</p><p>Por la noche después de la cena, nos obsequió el bondadoso Alcalde D. Antonio del Rosario <pb n="27"/>con una serenata que oímos desde los balcones de la Casa Real.
</p><p>Á las once, habiendo dejado todo dispuesto para seguir mi viaje, me acosté.
</p><p>Muy de madrugada fuí despertado, tomando después del indispensable chocolate, los duros asientos de una carromata tirada por dos <hi>pencos</hi>. Palo aquí y atasques allá, llegamos al cabo de hora y media á Magdalena, en donde mudamos de caballos, continuando hasta Majayjay, pueblo muy nombrado y conocido por tener en su jurisdicción la célebre cascada del <hi>Botocan</hi>.
</p><p>De Magdalena á Majayjay puede hacerse el camino en tiempo de secas en carruaje, empleando dos horas, siendo expuesta esta forma de locomoción cuando reinan las aguas, en cuya época, lo accidentado del terreno y los aguaceros torrenciales que manda el <hi>Banajao</hi>, ponen el camino intransitable. En dicho camino es notable un puente que se eleva sobre el río Olla, dedicado á <pb n="28"/>Nuestra Señora de la Sacristía, según leímos en la piedra.
</p><p>En Majayjay, fuí á parar á la casa del suizo D. Gustavo Tóbler, excelente naturalista, radicado y casado en el país. Jamás olvidaré las horas que pasé al lado de aquella inteligencia verdaderamente cosmopolita, y de aquella actividad incansable. Interpretaba al piano con envidiable maestría las más delicadas melodías de Beethoven, y fotografiaba con su cáustico lápiz, ó su correcta pluma, las costumbres filipinas. El tiempo que le dejaba libre el cuidado de un magnífico cafetal, lo repartía entre el amor de su esposa, el cariño de sus hijos, el estudio, y el preparado y conservación de sus colecciones.
</p><p>Amante, hasta el delirio, de su país, vivía feliz entre las agrestes fragosidades que rodean á Majayjay, las cuales le recordaban las pintorescas montañas de Suiza. Efecto de su laboriosidad contrajo una afección al hígado, <pb n="29"/>que le condujo al sepulcro siendo aún joven. Murió en Hong-kong, dejando algunos trabajos inéditos, que el autor de estas líneas le vió escribir en una temporada que vivieron juntos.
</p><p>La tarde que llegué á Majayjay y en la que por primera vez hablé al Sr. Tóbler, se concertó que á la madrugada siguiente visitaríamos la <hi>cascada</hi>. El resto de tarde y noche hasta que nos acostamos, la ocupamos en recorrer y examinar el pequeño museo que constituía la casa del Sr. Tóbler, quien con su acostumbrada amabilidad explicaba objeto por objeto. Pájaros, mariposas, reptiles, herbarios y parásitas, había por doquier. Al lado de Linneo y Cuvier, se veía á Goethe y Cervántes, confundidos con espátulas y bisturís, lápices y pinceles, mezclándose en este conjunto los tarros de jabones arsenicales, con los tubos de colores. Lo artificial, juntamente con lo natural, las obras del hombre, con las obras de Dios.
<pb n="30"/></p><p>En la época á que me refiero, concluía el Sr. Tóbler un precioso álbum de costumbres filipinas, que más tarde mandó litografiar á Alemania, formando un curiosísimo tomo, del cual conservo un ejemplar que me regaló.
</p><p>Ya era bien entrada la noche, cuando dejamos la conversación, yendo en busca del lecho, en el que no tardé en quedarme dormido al arrullo de un riachuelo que corre cerca de la casa.
<pb n="31"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.2" n="II" type="Chapter"><head>CAPÍTULO II.</head><argument><p>Horizontes intertropicales.—Suelo y cielo de Filipinas.—Panoramas indescriptibles.—La cascada del Botocan.—La grandiosidad ante los ojos del alma.—Evocaciones y recuerdos.—Un ateo.—El camarín del Botocan.—Almuerzo al borde del abismo.—Chismografía al por menor.—Cuentos y anécdotas.—Las mujeres filipinas.—Tipos y registros.—Opiniones.—Amor desgraciado.—Leyenda y autógrafo.—Camino de Tayabas.—Llegada á Lucban.</p></argument><p>Hay panoramas en este país imposibles de describir ni pintar. La más fácil pluma y el más valiente pincel vacilan en la cuartilla y en la paleta; ni en la primera se pueden coordinar ideas, ni en la segunda combinar colores que remotamente se aproximen á la realidad. Me decía un pintor en una ocasión que presenciábamos la puesta del sol:—Vea usted ese horizonte desconocido completamente fuera de las regiones intertropicales, y dígame si habrá quien pueda soñar esa clase de tintas.—Aquel artista tenía muchísima <pb n="32"/>razón. El pincel es impotente ante la insondable bóveda de los trópicos.
</p><p>Si imposible es pintar el cielo de este país, tanto lo es el describir algunos panoramas de su suelo. Muchas y magistrales descripciones de la cascada del Botocan conozco; respetables firmas suscriben aquellas; eminencias en la república de las letras la han admirado; buenos poetas le han consagrado sus inspiraciones, y hasta extraviados amantes la han popularizado haciendo á sus hirvientes espumas, cómplices de amargos desengaños; mas soy franco, ni la tradicional leyenda, ni el fugaz artículo, ni el profundo libro, ni el cuadro, ni la narración, ni nada de lo que hasta entonces había leído, visto ú oído referente á la cascada, se evocó á mi memoria cuando llegamos al borde del grandioso precipicio. La emoción y la sorpresa son instantáneas, pues la situación y configuración del terreno donde la masa de agua se precipita, tiene una depresión particular <pb n="33"/>que no permite al viajero apreciar detalle alguno, sino todo el conjunto. Una sola visual descorre el grandioso cuadro, y el estupor invade la materia, concentrando la admiración en el espíritu.
</p><p>El vértigo, la grandiosidad, lo insondable, lo indefinido; masas de agua que se coloran, que chocan, que ensordecen; abismo que atrae y que fascina; transparentes trombas que se cristalizan, se retuercen, y por último se esparcen en gigantescas cabelleras, cuyos hilos de plata al rozar en la roca se descomponen y se elevan en tenues vapores; millones de preciosos cambiantes con los que se ilumina la granítica cárcel, en la que el Sumo Hacedor guarda una de sus más bellas creaciones; sombras queridas que forja la fantasía envueltas en transparentes encajes de espuma; tiernas evocaciones de otras edades y otros tiempos; gratas reminiscencias de seres amados; consoladoras fantasmas surgidas de las compactas brumas; misteriosos <pb n="34"/>ruidos que suplican, amenazan, suspiran ó maldicen, es lo que instantáneamente se agolpa y embarga nuestros sentidos al llegar al borde de aquel abismo, en cuyo negro fondo truena la grandeza del Dios del <hi>Sinaí</hi>, recordando á los mortales el terrible <hi>Dios ira</hi> de los inmutables y eternos fallos.
</p><p>Todo lo grande despierta en el alma cuantos sublimes ensueños se elaboran en los misterios de la admiración. El espectador se encarna con el cuadro que presencia, se paralizan sus sentidos y el éxtasis alienta las más tiernas creaciones. Un poeta ante la cascada del Botocan, resucita todos los colosos del sentimiento, y al murmurio de las ondas, recuerda sus inmortales producciones.
</p><p>El artista aprecia con los ojos del alma las más sublimes imágenes y sueña con la realización de su ideal, viendo surgir de las tornasoladas espumas los rayos de luz que iluminaron la mente de Murillo y Rafael; las <pb n="35"/>columnas monolíticas, imperecederas memorias de edades prehistóricas; las atrevidas afiligranadas ojivas moriscas, síntesis de la mas grande de las epopeyas; las medrosas siluetas de las esfinges faraónicas con sus impenetrables jeroglíficos; los derruídos circos romanos, compendio de la salvaje barbarie, al par que del sibaritismo de los antiguos imperios; los truncados altares druídicos con los tiernos recuerdos de sus <hi>vestales</hi>, y lo horrible de sus sacrificios; los almenados cubos de las feudales torres, con sus severas damas, sus tiernos trovadores, sus rientes bufones, sus turbulentos caballeros; la estalactítica gruta, débil remedo del sumo poder; el triunfo, el genio, la gloria, las aspiraciones, la esperanza, el amor, las titánicas empresas; todo, todo cuanto embellece la vida desfila ante el letárgico estupor á que predispone la contemplación de todo lo grande..
</p><p>       *       *       *       *       *
</p><p>El plano por el que se precipitan las aguas <pb n="36"/>del Botocan, no tiene rampa, siendo perfectamente perpendicular.
</p><p>Las paredes que forman el abismo, tienen casi la misma altura, y en cuanto á su circunferencia es muy limitada, tanto, que cuando las aguas son caudalosas, rompen en el muro paralelo al en que se precipitan, cubriéndose de vapores, tanto el total del fondo como la boca de la sima.
</p><p>Hecha esta pequeña explicación, se comprende que no hay preparación alguna para el espectáculo; á cinco pasos del borde solo se ve un bello paisaje y un raquítico río, con un puente de bongas y cañas; percibiendo el oído el ruido repercutido, que llega muy amortiguado al romper las ondas en las encadenadas rocas.
</p><p>Muchas veces he admirado la cascada, y siempre su espectáculo me parece nuevo. Al borde de aquel precipicio, he pasado muchas horas de contemplación. Allí, por un poder misterioso y consolador, me creía más cerca <pb n="37"/>de Dios, y de los seres que sintetizan y compendian mi fe, mis esperanzas y mis amores. No pocas veces el ruido atronador de las aguas se ha mezclado con una oración murmurada por mis labios y un profundo suspiro arrancado de mi alma, dirigiendo la primera al cielo, y el segundo al tranquilo y lejano hogar que guarda mi cuna. Una de las veces que visité el Botocan, fuí acompañado de un amigo que tiene sus <hi>ribetes</hi> de ateo. Observé cuidadosamente las impresiones que reflejaba su cara á la vista de aquel cuadro, cuando de pronto se volvió á mí, diciéndome con una verdadera emoción:—«Hay misteriosos templos, fabricados en la insondable noche de los tiempos, ante los cuales la rodilla se dobla, el espíritu se fortalece y el alma busca tras lo desconocido á quien los crea y alienta.»—La espontánea confesión de mi amigo, resume la mejor definición de la cascada del Botocan.
</p><p>Como todo tiene su término, también lo <pb n="38"/>tuvo en la mañana á que me refiero la admiración de que estábamos poseídos, esparciéndose unos por aquí, y otros por allá, buscando los más la sombra de un rústico camarín levantado en uno de los bordes más altos de la roca. Allí se sirvió el almuerzo, encontrándonos envueltos en los frescos efluvios, pudiendo jurar á mis lectores, que pocos recuerdo como aquel. El Burdeos y el Champagne concluyeron de disipar las últimas nubes de emoción, sustituyéndolas por risueños horizontes de color de rosa.
</p><p>Á los postres <hi>acudieron</hi> las anécdotas, los sucedidos, los apropósitos, la chismografía de buen género y todo el vocabulario de gente joven y de buen humor. Con las superfluidades y dicharachos del momento vino el picaresco cuento con sus indispensables gallegos y andaluces, y tras la facundia de estos y el engaño de aquellos, se recordaron escenas amorosas. De relato en relato, de idilio en idilio y de desengaño en desengaño, vinimos á parar <pb n="39"/>á las mujeres del país, y cada cual opinó á su manera. Unos decían que la india ama, que la mestiza española es indiferente y la china fría y calculadora; otros, que las mujeres en todas partes son lo mismo, y por último, después de barajarse la conversación por todos los tonos, tipos y registros, dijo uno en son profético y concluyente:
</p><p>—Nada, caballeros, hay que desengañarse, en este país, ni las mujeres aman, ni los pájaros cantan, ni las flores huelen.
</p><p>—¡Eh!—murmuró uno con la misma viveza que si le hubiera picado una culebra.—¡Qué blasfemia ha dicho usted! En esa especie de aforismo, solo se compendia una de las muchas vulgaridades que se repiten en este país, por quien no lo conoce.
</p><p>—Que pruebe que las mujeres aman—dijo uno.—Que nos demuestre que los pájaros cantan—gritó otro.
</p><p>—Pues que justifique que las flores huelen—balbuceó un tercero.
<pb n="40"/></p><p>—Que sí, que sí, que lo pruebe, que lo pruebe, que lo <hi>pruebe</hi>,—gritamos todos.
</p><p>—Corriente, señores, dijo con gran calma el interpelado.—Allá va, no una leyenda, sino un verídico suceso: testigo de él nuestro amigo Tóbler.
</p><p>Hace unos cuantos años, bajamos el Sr. Tóbler y yo al fondo de ese abismo; y ¿saben ustedes á qué? Pues á recoger los últimos restos de una pobre mujer que buscó en el suicidio el olvido á un amor desgraciado.
</p><p>—No sería del país,—replicó uno.
</p><p>—Del país, y muy del país; tanto que no cuento detalles, porque no lejos de aquí viven parientes muy allegados de aquella desgraciada joven.
</p><p>—¡Vaya unas pruebas!—añadió un tercero.
</p><p>—¿No ha satisfecho? ¿No? pues escuchen.
</p><p>Tras estas palabras, <hi>tomó plaza</hi>, en boca de mi amigo, una poética leyenda que hacía referencia <pb n="41"/>á los sitios que pisábamos, á la cascada, á un grandioso puente sin concluir que se encuentra no lejos de aquel lugar, y sobre todo á demostrar que en Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan y las flores huelen.
</p><p>—La leyenda que concluyo de contar,—dijo mi buen amigo, una vez que terminó aquella,—no crean ustedes es de mi invención y prueba de ello que conservo el autógrafo de su autor, el cual me lo dejó como prenda de amistad.—Oídos que tal oyen,—dije en mi interior.—Puesto que existe autógrafo, y el tenedor de él es amigo, renuncio á repetir la leyenda, reservándome pedir el original y transcribirlo punto por punto.
</p><p>El sol marchaba á su ocaso, y aprovechando los compactos nubarrones que nos preservaban de sus rayos, montamos á caballo, dirigiéndonos á Lucban, primer pueblo de la provincia de Tayabas.
</p><p>Á las seis de la tarde entramos en aquel <pb n="42"/>pueblo por la calle de Majayjay, nombre que leímos en un tarjetón de madera clavado en la primera casa. Á los pocos minutos parábamos ante la maciza y claveteada puerta del convento.
<pb n="43"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.3" n="III" type="Chapter"><head>CAPÍTULO III.</head><argument><p>Lucban.—Su origen.—Situación.—Mr. Jagor y Sir John Bowring en camino.—Alturas inexploradas.—Arroyos y torrentes.—Amazonas tagalas.—Datos estadísticos.—Fechas imperecederas.—La iglesia, el convento y el tribunal.—Dos cuadros.—Un cocinero municipal y una mestiza tendera.—Aguas constantes.—Higrómetros y termómetros.—Frío.—Las frondas del gran Banajao.—Artes y oficios.—La niña, la hermana y la madre.—Tejedoras.—Petacas y sombreros.—Música <hi>fuerte</hi> y música <hi>débil</hi>.—Fray Samuel Mena.—El pretil del convento.—La campana de las ánimas.—Cofradías.—La guardia de honor de María.—El Calvario.—El novenario de las flores.—Las dalagas de Lucban.—La <hi>tagabayan</hi>, la <hi>tagalabi</hi> y la <hi>tagalinang</hi>.—El feudo y el terruño.—La sangre <hi>celeste</hi> y la plebe.—La capitana <hi>Babae</hi>.—La melodía del Fausto.—Cumplimiento de una oferta.—El autógrafo.</p></argument><p>Lucban—como ya dejo dicho—es el primer pueblo de la provincia de Tayabas, viniendo de la Laguna. Se encuentra en una bellísima situación, á la falda del Banajao, coloso que domina un extenso horizonte. Lucban es un pueblo de gran antigüedad, y su nombre, que en tagalo significa naranja, se debe, sin duda, á que en su jurisdicción se criaron gran número de dichos frutales. Confina con Tayabas, Majayjay y Mauban, de los <pb n="44"/>cuales el pueblo de Mauban es el más lejano, que dista unas cinco horas de camino, sumamente montuoso y accidentado.
</p><p>Los alrededores de Lucban presentan panoramas de los más bellos y agrestes que puede soñar la fantasía. El camino que dirige á Majayjay es indescriptible, y esto no somos nosotros solo quien lo decimos, sino que así lo asegura Mr. Jagor en sus <hi>Viajes por Filipinas</hi>, en los que, hablando del trayecto de Majayjay á Lucban, dice: «El camino va siguiendo hondos barrancos de bloques basálticos por la falda del Banajao. La vegetación ofrece una magnificencia indescriptible. A las tres horas de marcha se llega á Lucban, rico pueblo situado al NE. de Majayjay. La agricultura, á causa de lo accidentado del terreno, no es de gran consideración, pero hay bastante industria. Los habitantes tejen sombreros y petacas con tiras de hojas de una palma llamada burí. El agua corre en abundancia por los lados de la calle, abiertos como <pb n="45"/>canales; todas están empedradas con una especie de <hi>macadán.</hi>»
</p><p>Sir John Bowring, al ocuparse del mismo camino y de Lucban, dice: «El Alcalde de Tayabas vino á Majayjay para invitarnos á que pasáramos á su provincia, en donde, según nos dijo, el pueblo nos esperaba con afán, y se habían hecho varios preparativos para nuestra recepción, y quedaría muy descontento si no visitábamos Lucban. No perdimos la amable invitación, y nos metimos en los palanquines que para ello prepararon, y en verdad fuimos bien recompensados. Los caminos son torrentes muy á menudo impracticables, por las muchas rocas que arrastran las aguas; algunas veces nos vimos obligados á dejar el camino para coger otro paso peor. En algunos lugares, el barro era tan profundo, que nuestros sostenedores se metían hasta las rodillas, y solo la larga práctica y la asistencia de sus compañeros pudieron sacarles del mal paso. Pero toda dificultad se vencía <pb n="46"/>con aclamaciones, con espíritu alegre y festivo, risa estrepitosa, y por una espontánea y fraternal cooperación. A nuestro alrededor todo era soledad, silencio interrumpido solo por el zumbido de la abeja y el canto de los pájaros; profundos barrancos cubiertos de árboles que nunca hacha alguna ha tocado; alturas todavía de más difícil exploración, coronadas de árboles; arroyos y torrentes que forman precipicios y caídas de agua, dirigiéndose hacia el gran receptáculo del Océano.
</p><p>«Por fin llegamos á una planicie, en la cima de una montaña, en donde dos grandes literas adornadas aguardaban, y fuimos saludados por una multitud de lindas jóvenes, montadas en caballitos que manejaban con admirable agilidad. Se hallaban vestidas con los más pintorescos trajes. El Alcalde las llamaba sus amazonas, y una hermosa intérprete nos informó, en buen castellano, que habían venido á escoltarnos hasta Lucban, que se hallaba <pb n="47"/>próximamente á una legua de distancia. La presencia de ellas era tan inesperada, como agradable y sorprendente. Noté que las tagalas montaban indistintamente, á uno ú otro lado del caballo. Eran excelentes jinetes, y galopaban y caracoleaban á uno y otro lado, chasqueando sus bonitos látigos. Una banda de música nos precedía, y las casas indias que pasábamos presentaban sus acostumbradas demostraciones de bienvenida. Los caminos tenían mayor número de adornos y arcos de bambúes en ambos lados. Los morteros haciendo fuego anunciaban nuestra llegada. Las amazonas usaban unos sombreros adornados con cintas y flores; todas llevaban pañuelos de piña en sus hombros, é iban vestidas con telas de fuertes colores, fabricadas en el país que aumentaban el efecto del cuadro. Tan pronto estaban delante como detrás, siendo perfectamente naturales todos los movimientos. El convento, como siempre, fué nuestro destino.»
<pb n="48"/></p><p>Hemos hecho mención de los anteriores párrafos por dos razones: la primera, porque hay gran exactitud en ellos, y la segunda, porque es de lo poquito que hay escrito respecto de la provincia de Tayabas.
</p><p>Tiene Lucban<note n="1" anchored="true">De ahora para adelante, hacemos presente que todos los datos estadísticos consignados en esta obra se refieren al año 1875.</note> 12.247 almas, de las que tributan 6.456, correspondiendo á 66 cabecerías. Dista de Tayabas, la cabecera, algo más de 12 kilómetros, siendo paso de la línea telegráfica que hoy concluye en Tayabas, pero que seguirá en breve hasta Albay.
</p><p>De los datos que he podido adquirir resulta, que durante el año 1875 hubo 419 bautizos, 102 casamientos y 471 defunciones; fueron sorteados para el servicio de las armas 667 mozos, de los cuales se sacaron 12 soldados. Se vacunaron 386 niños y asistieron á las escuelas durante el año 2.002 de ambos sexos. <pb n="49"/>Su jurisdicción comprende 152 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos ó <hi>matandáng sa-nayos.</hi> La fuerza de cuadrilleros la forman 74 hombres, y por último, como dato estadístico consignaremos que en el juzgado se sustanciaron 18 causas de otros tantos delitos cometidos dentro de la demarcación de dicho pueblo. Tiene destacamento de guardia civil, á cargo de un oficial de ejército; fuerza de carabineros y Administración de Hacienda. El ministerio parroquial está á cargo de la orden de San Francisco.
</p><p>Lucban ha pasado en estos últimos años por un sin número de vicisitudes. La noche del 18 de Agosto de 1860 y la madrugada del 25 de Octubre de 1873, son dos fechas imperecederas que recordará Lucban mientras exista. En la primera fué reducido casi por completo á cenizas y en la segunda el vórtice de un tifón derrumbó la mayoría de sus edificios. Entre los que quedaron en pié—si bien con grandes deterioros—son dignos de citarse <pb n="50"/>la iglesia, el convento y el tribunal. Aquel es de sólida fábrica, estando sus muros reforzados con grandes machones de piedra y ladrillo. La iglesia, lo mismo que el pueblo, está bajo la advocación de San Luís obispo, cuya fiesta se celebra con gran solemnidad el 19 de Agosto. El templo es muy espacioso; lo forma una extensa nave, un proporcionado crucero y un amplio y hermoso presbiterio. En dicho templo hay un cuadro muy digno de llamar la atención, no por su mérito artístico, que es completamente nulo, sino por la fuerza terrorífica de inventiva de su autor. El asunto está muy traído y manoseado en el arte pictórico indígena, y sin embargo de esto—y en ello está precisamente el mérito—el <hi>artista</hi> ha sabido dar alguna novedad al cuadro, que es, ni más ni menos, el infierno ¡pero qué infierno! Todos los dibujos, pinturas y grabados que hemos visto—que en verdad no son pocos—representando la muerte del pecador, asunto muy rebuscado por los <pb n="51"/>indios, se quedan muy <hi>chiquitos</hi> al lado del que hemos convenido en llamar cuadro, más bien por el marco que tiene que por el fondo, fondo que lo constituye unas cuantas libras de almazarrón, delineando la más completa colección de pinchos, ruedas y garfios que hasta entonces habíamos visto. Sentimos no poder revelar el nombre del autor de aquella <hi>tienda</hi> de pimentón, pues no lo sabemos. Entre los <hi>méritos</hi> que tiene, es el ser anónimo.
</p><p>En cambio del anterior, recomiendo á los aficionados á la pintura que pasen por Lucban, una Purísima que el Padre Mena tiene en el salón del convento, sacada de entre el polvo y las telarañas que ha muchos años ocultaban su mérito en la húmeda meseta de la escalera.
</p><p>Según las crónicas de la orden de San Francisco, la iglesia y convento que hoy existen fueron concluidos el año 1738. El primer templo que se levantó en Lucban, <pb n="52"/>según las expresadas crónicas, fué en el año 1595 por Fr. Miguel de Talavera.
</p><p>Dicho templo fué arruinado en 1629, construyéndose otro más sólido, que á su vez fué presa de las llamas, consumiéndose hasta el punto que no pudo salvar el párroco más que el copón y una Purísima. ¿Sería esta imagen la misma que hoy se admira en el salón del convento? Pregunta es esta á que no han podido dar contestación las muchas horas que he dedicado á buscar la historia del cuadro.
</p><p>El templo, como el convento, reclamaban en la fecha en que escribo estas líneas, una pronta reparación en el maderamen, tanto que ambos edificios estaban hechos una completa gotera.
</p><p>Á más de las anteriores construcciones, es digno de citarse el tribunal, que puede competir con los mejores de su clase, y en el que el transeunte encuentra todo género de auxilios, que proporciona un mayordomo mediante los precios de tarifa que están expuestos <pb n="53"/>al público. El viajero que llega á Lucban no debe preocuparse por nada teniendo dinero, pues en el tribunal halla buenas y limpias camas, magnífico servicio de mesa, elegante vajilla, fina cristalería y un cocinero <hi>municipal</hi> bastante aceptable, que cuenta no solo con los recursos de sus conocimientos culinarios, si que también con los abundantes y escogidos surtidos de Europa que guardan los escaparates de dos establecimientos. Uno de estos pertenece á una simpática é inteligente mestiza, cuya afabilidad lleva á su tienda gran número de consumidores.
</p><p>La escuela es muy espaciosa, siendo de piedra su construcción. El resto de los edificios de Lucban no presentan nada de particular, viéndose algunas casas con teja y zinc, si bien la generalidad son de tabla con cubiertas de cabo negro. Por todas partes se conservan las huellas del terrible tifón del 25 de Octubre.
</p><p>La proximidad á los altos picachos del Banajao <pb n="54"/>y los vecinos bosques, hacen que raro sea el día que no llueva. En cuanto á su humedad, es tan constante, que estoy seguro pocos sitios habitados habrá en el mundo que acusen en los higrómetros una intensidad mayor; á pesar de esto, Lucban no es malsano, teniendo la precaución de resguardarse de el relente de la tarde, y sobre todo, dormir entre lana, con el vientre fajado, cosa que en nada atormenta, pues aun prescindiendo de la ciencia higiénica, las necesidades de la materia hacen que los que duermen en aquel pueblo busquen la manta, y no diré las mantas porque no se me tache de exagerado, por más que las he usado en los meses de Diciembre y Enero, en los que tenía mi cama con todo el servicio de las de Europa. Tuve ocasión de observar los termómetros, señalando 12° centígrados en algunas madrugadas. En Manila la temperatura fluctúa en todo el año, entre los 22° á 33°. Estas cifras señalan una grandísima desproporción, tanto <pb n="55"/>más de notar, cuanto que de un punto á otro solo hay unas 22 leguas. Semejante desnivel de temperatura en tan corto espacio, solo se explica por la grandísima altura que tiene Lucban con relación á Manila y por las continuas lluvias que mantienen una latente humedad en la atmósfera, refrescada por los Nortes y purificada por las azoadas emanaciones que recogen aquellos al recorrer las elevadas y espesas frondas del Banajao. Sin embargo de tales condiciones climatológicas, altamente beneficiosas para el cultivo del campo, en dicho pueblo se dedican poco á la agricultura, verdad es, que su jurisdicción es escasa, y á más de escasa, difícil de ponerla en situación de beneficio por lo quebrado del terreno y los árboles y malezas que lo pueblan. No es agricultor, pero en cambio es artista como pueblo alguno de Filipinas. En esta ocasión, como en otras muchas de este libro, advierto á mis lectores escribo muy en serio, llevando por norma la <pb n="56"/>pura verdad. Hago esta salvedad, por juzgarla muy oportuna antes de decir lo que conservo en mi memoria y en las notas de mi cartera. Lucban tiene 12.247 habitantes, que son otros tantos artistas. El oro, la plata, el acero y el hierro los manejan á la perfección. La fragua, el yunque, la lima y el cincel producen preciosas obras de joyería, útiles maquinarias, variados artefactos y primorosos objetos de colección y adorno. Incrustaciones en el hierro y el acero he visto, que francamente, hasta mis ojos dudaban que tales hombres, y sobre todo con las herramientas que empleaban, pudieran hacerlas. Los cuchillos cortos de hoja ancha, que el natural llama <hi>bolos,</hi> no tienen rival con los que se fabrican en Lucban.<note n="1" anchored="true">Lo que decíamos en 1878 y su exactitud, se puede comprobar en los magníficos ejemplares que el arte y la industria de Lucban presenta en la Exposición de Filipinas que se celebra al reimprimirse esta obra.—(<hi>N. del A</hi>.)</note>
<pb n="57"/></p><p>Con la varilla de un paraguas viejo, hacen un buril, y con este y un mal cortaplumas, tallan todo lo tallable, luciendo principalmente su habilidad en el cuerno del carabao cimarrón, haciendo objetos primorosos. Puños de armas, de bastones, de cuchillos; cajas, salacots, cucharas, tapas de libros, pequeñas estatuas, estuches, petacas y otros cientos de objetos, hacen del cuerno del carabao, que ha de ser <hi>cimarrón</hi> y no doméstico, porque la fibra del primero es más compacta que la del segundo; circunstancia fácil de explicar al tener en cuenta el constante uso que hace el carabao montaraz de sus cuernos y el poco que hace el doméstico.
</p><p>A más de los anteriores trabajos, son dignas de citar, y muy en primer término, las obras femeniles. En Lucban, las niñas no juegan, pues todas trabajan: la niña limpia, estira y prepara las fibras del <hi>burí,</hi> el <hi>cabo-negro</hi> y el <hi>buntan,</hi> con las que la hermana arma, y la madre teje finísimos sombreros, <pb n="58"/>petacas, <hi>salacots</hi>, guardavasos, petates, <hi>tampipis,</hi> y hasta unos pantalones, si le dan horma, tiempo y dinero, y digo esto, porque ya se ha hecho un chaleco, tejido con la fibra del <hi>burí.</hi>
</p><p>Las petacas y sombreros de Lucban constituyen una industria bien conocida en Manila, y aun en España y en el extranjero. En los mismos momentos en que escribo estas líneas, tiene hecha la casa de Guichard y Compañía con un amigo mío, una gran contrata de sombreros para la exportación. A la Exposición de Filadelfia se mandaron varias clases de tejidos de fibras de diversas palmas, que de seguro llamarían la atención. La mujer que no teje, borda en oro, ó hace trabajos de abalorios, sedas, ó escamas de pescado. De estas últimas, adornadas de oro, regaló el pueblo de Lucban al general Alaminos en su visita del año de 1874, una preciosísima corona. Si queréis un retrato al pasar por Lucban, no tengáis cuidado, que <pb n="59"/>lo tendréis; hay allí indios que, con solo veros una vez, os trasladarán al lienzo. Con una mala fotografía de D. Alfonso XII se ha hecho el retrato de cuerpo entero que ostenta el tribunal de Mauban.
</p><p>En cuanto á la música, nada tengo que decir á mis lectores, pues en muchas provincias, incluso en Manila, conocen la de Lucban, la cual tendrá muy pocas en todo Filipinas que puedan rivalizar con ella, A más de la música <hi>fuerte</hi>, había,—pues hoy ya no existe—una orquesta del <hi>sexo débil,</hi> que concluyó por casarse la mayor parte de las artistas. En conclusión, para que todos sean artistas en Lucban diré á ustedes que mi querido amigo Fr. Samuel Mena, su cura párroco, es entre otras cosas buenas, un excelente músico, y vean mis lectores cómo rodando rodando, hemos vuelto adonde partimos. Llegamos al convento, y ahora tropezamos con el párroco, quien nos brindó con una franca y cordial hospitalidad, que <pb n="60"/>aceptamos gustosos, alojándonos en una espaciosa habitación con vistas al Banajao.
</p><p>El convento, enclavado en uno de los extremos del pueblo, presenta en su maciza y negruzca fábrica, un aspecto triste y sombrío. La piedra tapizada de musgo y cubierta con la viscosidad que forma el continuo azotar de las aguas, le dan un todo imponente y majestuoso, que hace recordar los viejos sillares de los antiguos castillos descritos en legendarios romances.
</p><p>El que cruza de noche el amplio pretil que se extiende frente á la puerta del convento, insensiblemente acelera el paso. La masa negra que forma el frontispicio de la iglesia, destacándose bajo un cielo siempre cubierto de nubes; la opaca lamparilla que perezosamente chisporrotea en el hueco del muro, alumbrando, ó mejor dicho, queriendo alumbrar, la imagen de San Luís, patrón del pueblo, y más que todo el monótono y pertinaz llover, forman un cuadro altamente <pb n="61"/>medroso. La campana que á las ocho nos recuerda á los que <hi>fueron</hi>, tiene un eco tristísimo, efecto sin duda de alguna rotura en el bronce.
</p><p>Todo el silencio que rodea al templo durante las horas de las sombras, se convierte en alegre bullicio tan luego aquellas desaparecen. Pocos pueblos del mundo habrá que tengan tantas cofradías, hermandades y archicofradías religiosas, así que la iglesia es constantemente visitada por gran número de fieles de ambos sexos, que preparan y disponen las fiestas que unas á otras se suceden durante todo el año, siendo entre todas de notar, la que celebran las dalagas en el mes de Mayo. Las combinaciones de flores con que adornan el altar, la precisión de detalles, la potente facultad inventiva para sustituir y apropiar cuanto hace falta, es admirable. Del tronco del plátano construyen ingeniosas armaduras para gigantescos candelabros, que primorosamente revisten <pb n="62"/>de follaje, haciendo con las hojas de la sampaguita, el ilang-ilang, la sampaca y las doradas campanillas, artísticas combinaciones. La fiesta de las <hi>flores</hi> corre á cargo de la cofradía titulada <hi>La guarda de honor de María,</hi> formada por el sexo femenino, sin exclusión de estados ni edades. Como distintivo, llevan las cofrades una medalla de plata pendiente de una cinta azul. La guarda de María está perfectamente organizada, constituyendo la base de la asociación, la adoración perpetua á la Virgen, para lo que la hermana mayor distribuye las horas del día y de la noche de tal forma y con tal precisión, que constantemente hay tres hermanas en oración. Los rezos se verifican en las casas, á cuyo efecto con la debida anticipación se señala el día y hora en que cada hermana debe hacerlos. Como esta asociación no obedece á presión alguna, y si solo á un acto puramente espontáneo, excuso decir á mis lectores que todas las hermanas sin <pb n="63"/>excepción de clases, cumplen al pie de la letra su misión.
</p><p>La guarda de María, durante algunos días de la cuaresma y Semana Santa, acude en romería á una pintoresca montaña llamada el <hi>Calvario</hi>, en la que se alza una tosca cruz de madera. La ofrenda á María que hacen las <hi>dalaguitas</hi> al terminarse el último novenario del mes de Mayo, es digna de verse por todos conceptos. En aquel día se recarga el templo de flores y follaje, suspendiéndose de la bóveda un colosal rosario de verdura, el cual baja desde el centro de la nave formando pabellones y rematando en el comedio del presbiterio, con una gran cruz de flores. Termina la fiesta por ofrecer y depositar las <hi>dalagas</hi> á los pies de la Virgen las blancas coronas con que van engalanadas. He visto más de una <hi>dalaga</hi> en ese día, vestida de una forma irreprochable, y en cuyo conjunto nada tendría que recusar la más puritana de las modistas. El traje que se usa para la <pb n="64"/>ofrenda es el de la desposada, viéndose en ellas desde la primorosa botita de raso blanco llevada del <hi>Bazar Oriental</hi>, á el más transparente encaje de casa de <hi>Los Catalanes</hi>.
</p><p>Las <hi>dalagas</hi> de Lucban imprimen un sello especial y <hi>sui generis</hi> á todas sus fiestas, bien sean de carácter religioso, bien puramente mundano. La lucbanense no prescinde por nada ni por nadie del rango social que ocupa, pues es de advertir que en dicho pueblo las mujeres están divididas en tres clases: La primera, ó sea la <hi>taga-bayan,</hi> la constituye la sangre <hi>azul</hi>, ó como si dijéramos la aristocracia. A las <hi>taga-bayan</hi> las veréis siempre en carácter. Sus distintivos son: hablar más ó menos el español, calzar botitos en las grandes solemnidades; medias, con bordadas chinelas en las medias fiestas, y pié desnudo resguardado por pintado zueco, en lo ordinario; viste estrecho tapiz, con la abertura atrás, permitiéndose algunas veces, saya suelta, la que invariablemente es de <pb n="65"/>seda, completando su atavío, ternos más ó menos costosos <hi>y piñas</hi> más ó menos bordadas. En la iglesia se arrodilla siempre próxima al presbiterio, y jamás se ha visto á una <hi>taga-bayan</hi> sin su correspondiente devocionario y su rosario de coral, plata ó nácar. Casi todas han estado en colegio, saben leer, escribir y bordar, un poquito de música, y hasta algunas se permiten rimar un <hi>cundiman</hi>, dedicado á alguna amiga, el día de su santo.
</p><p>El distintivo culminante en la <hi>taga-bayan</hi>, es el orgullo con que llevan y mantienen su jerarquía. Una intrusión de una <hi>dalaga</hi> de segunda, ó tercera clase, en las fronteras de la sangre <hi>celeste</hi>, produciría una verdadera revolución femenina.
</p><p>La segunda jerarquía, la constituye la <hi>taga-tabi,</hi> la que generalmente vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas, si <pb n="66"/>bien sin confundirse con ellas, no habla español, no calza botitos por más <hi>tieso</hi> que repiquen, y no conoce el colegio, más que por las relaciones que oye de la <hi>taga-bayan</hi> cuando la permite que se acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sueños de una <hi>taga-tabi</hi>, es poder llegar al rango de las <hi>taga-bayan</hi>, á cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su suerte á la de algún viejo <hi>capitán pasado, ó cabeza reformado</hi>, cuyas jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado <hi>taga-bayan</hi>.
</p><p>La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada <hi>taga-linang</hi>, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran á una <hi>taga-bayan</hi> con la misma admiración con que contempla un hijo del <hi>Corán</hi> el último rayo del sol poniente.
</p><p>La <hi>taga-bayan</hi> tiene el orgullo de la antigua señora feudal, que desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba <pb n="67"/>la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la <hi>capitana babae</hi>, ó sea la Reina de las <hi>taga-bayan</hi>, guapa mestiza china, de labios muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas, y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida, no pude menos de observarlo á uno de los que me acompañaban, quien me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que más tarde tuve ocasión de comprobar.
</p><p>—¿Le gusta á V.?—me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel, comerciante radicado hacía años en Lucban, viendo la profunda atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano por la mestiza.
</p><p>—No sé qué decir á V.,—contesté—la estatua es correcta; pero el espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.
<pb n="68"/></p><p>—Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha, pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.
</p><p>—Y nosotros, amigo Pardo, volvemos con esto al tema de la cascada.
</p><p>—Y bien, ¿ha quedado V. convencido de la verdad que encierra aquel tema, ó es de los que creen que las filipinas no aman?
</p><p>—Creo como V., y en prueba de ello, le ruego que me entregue el autógrafo de la leyenda que nos contó en la cascada. Sacaré una copia, y le prometo que en el primer libro que escriba la publicaré, haciéndome solidario de las ideas que encierra.
</p><p>Los últimos acordes del Fausto, fueron <pb n="69"/>arrancados al piano, á la sazón que el toque de las ánimas nos recordó que el Padre cenaba á esa hora, y por lo tanto nos dirigimos al convento.
</p><p>La promesa de mi amigo Pardo, no se dejó esperar. Al irme á acostar, me encontré sobre la mesita de noche el original de la leyenda, cuya copia literal es objeto del siguiente capítulo.
<pb n="70"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.4" n="IV" type="Chapter"><head>CAPÍTULO IV.</head><argument><p><hi rend="bold">El puente del suspiro</hi>.</p></argument><lg type="Group"><l>Las mujeres no aman, los pájaros</l><l>no cantan, y las flores no huelen.</l></lg><p>(Dicho popular filipino.)
</p><div2 xml:id="ch3.4.1" n="I" type="Section"><head>I</head><p>¡Qué triste es un día sin sol!
</p><p>Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.
</p><p>¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!
</p><p>La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma <pb n="71"/>extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.
</p><p>Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.
</p><p>El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el <hi>Ángelus</hi> que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.
</p><p>En el misterioso <hi>archivo</hi> de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.
</p><p>El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.
</p><p>Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo <pb n="72"/>percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.
</p><p>Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el <hi>mundo</hi> de la luz, mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos <hi>adiós</hi> que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando en el <hi>teatro</hi> del mundo la realidad de la muerte.
</p><p>¡Qué triste está hoy el día!
</p><p>La <hi>madeja rubia</hi> que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras, perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un fuerte <hi>Noroeste</hi> ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.
</p><p>¡Hoy no hay crepúsculo!
</p><p>Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya reanimado mi ser.
</p><p>¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos...!
<pb n="73"/></p><p>Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz artificial ha sustituído á la luz del día.
</p><p>¡Suena la oración!
</p><p>Recemos por los que fueron...
</p><p>       *       *       *       *       *
</p><p>Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» <hi>De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen</hi>.
</p><p>La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!—dije por último tirando la cartera sobre la mesa—sea de ello lo que quiera, es lo cierto que <hi>Ratelán</hi>,<note n="1" anchored="true">Con este pseudónimo escribió Entrala curiosísimos <pb n="74n"/>artículos tratando costumbres filipinas. Fué gran entusiasta de la mujer india á quien ha consagrado muchas páginas en sus obras. Este notable escritor murió hace cinco años. Entrala y el veterano Vázquez de Aldana son, á mi juicio, los escritores de costumbres más notables de la literatura filipina moderna. Al último, que vive en el modesto pueblo de la Hermita, con no pocos achaques en el cuerpo y no escasos desengaños en el alma, le envio un tiernísimo recuerdo.—<hi>(N. del A</hi>.)</note> á quien cariñosamente <pb n="74"/>saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.
</p><p>—Ratelán tiene razón—dije distraído en voz alta.
</p><p>La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.—¿Lo poetiza?—¿Sí ó no?—le dije en tono de buen humor á mi buen <hi>Quico</hi>, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que <hi>Grimeau</hi> y más fiel que un perro de Terranova.
</p><p>Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, <pb n="75"/>y por último me dijo—no entiendo, señor.
</p><p>—Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en <hi>puro</hi> querer á un hombre.
</p><p>—Puede más, señor.
</p><p>—¡Caramba! Puede más.
</p><p>—Seguro, más.
</p><p>—¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí—y le señalé los picachos del vecino Banajao—que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?
</p><p>—<hi>Sabe,</hi> señor.
</p><p>—¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?
</p><p>—Muere también—dijo Quico, interrumpiendo mi <hi>crescendo</hi>.
<pb n="76"/></p><p>—¡Que muere has dicho!
</p><p>—Muere, señor—contestó aquel con esa gravedad cómica del indio.—Pregunte V. á su amiga X ... y ella contará á V. la historia de <hi>El puente del suspiro</hi>.
</p><p>Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la misteriosa historia de <hi>El puente del suspiro</hi>.

</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.2" n="II" type="Section"><head>II</head><p>El que haya corrido las alturas y hondonadas con que encadenan el <hi>Malinao</hi>, el <hi>Dalitiuan</hi> y el <hi>Balete,</hi> á las provincias de la Laguna y Tayabas; el que haya contemplado desde la descarnada atalaya del <hi>San Cristóbal,</hi> los risueños panoramas de Paquil y Paete; el que haya palpitado de emoción <pb n="77"/>ante la grandiosidad del <hi>Botocan</hi>; el que la curiosidad, el estudio, la necesidad, ó la caza le hayan obligado á pasar el camino de Majayjay, necesariamente le habrá llamado la atención un puente abandonado, semi-derruído y de lúgubre aspecto que se eleva á un lado del camino. Su antigua y sólida fábrica ha adquirido con el tiempo, las aguas, y la viscosidad de los musgos que abrazan la bóveda que lo forma, un aspecto tan sencillo, al par que severo, que parece decir al viajero:—«Deten tu marcha; deletrea en mis piedras con los ojos de la investigación; escucha el gemir de las puras ondas que en un beso eterno acarician mi vida; contempla el panorama que rodea mi cuna; oye los alegres cantos y los melancólicos susurros que adormecen en mi cárcel de granito á los genios de las sombras, en esas interminables noches en que el aguacero carcome mis entrañas y el <hi>cierzo</hi> conmueve mi ser; reúne todo esto en el <hi>laboratorio</hi> donde se purifican <pb n="78"/>los pensamientos, donde se aquilatan las más sublimes concepciones, donde se anida el genio, donde mora el alma; y al leer mi nombre de <hi>El suspiro</hi> en los viejos sillares que me sostienen, evocarás la triste historia de la desgraciada Hasay.<note n="1" anchored="true">En ninguna parte del mundo sufren los nombres más variantes y se hace más uso del apócope que en Filipinas, así que no se extrañará digamos que en algunos puntos se llaman Hasays á las Tomasas—<hi>(N. del A</hi>.)</note>
</p><p>¿Quién fué Hasay? ¿Cuál fué su vida? ¿Cuál su historia?
</p><p>Poco más ó menos, procuraré recordar lo que en lenguaje natural y verídico me contó mi buena y bellísima amiga.
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.3" n="III" type="Section"><head>III</head><p>Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el último aliento al arrancar de sus entrañas <pb n="79"/>un pedazo de su alma en su hija Hasay.
</p><p>La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de su madre.
</p><p>Hasay jamás supo quién fué su padre.
</p><p>¡Infeliz expósita!...
</p><p>La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar, depósito en su frente su desgraciada madre.
</p><p>Ha dicho no sé quién—creo que Selgas—que se conocen los niños que se crían sin madre.
</p><p>¡Qué cierto es esto!
</p><p>¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del Otoño, he admirado en los jardines del <hi>Parterre</hi>, aquellas bandadas de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido <pb n="80"/>al pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.
</p><p>¡Significa tanto el nombre de madre!
</p><p>Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen <hi>símbolo del dolor</hi>. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!
<pb n="81"/></p><p>Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.
</p><p>Un niño sin madre es cual la flor.
</p><p>¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!
</p><p>¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!
</p><p>En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la <hi>sensitiva</hi> y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la <hi>Señora</hi> de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.
</p><p>Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que <pb n="82"/>inspiró un infanticidio á el autor de <hi>El Rey se divierte</hi>, al exclamar:
</p><lg type="Group"><l>«Amor, contra el honor, te dió la vida.</l><l>Honor, contra el amor, te dió la muerte.»</l></lg><p>Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible <hi>lasciate</hi> del Dante, el segundo.
</p><p>¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!
</p><p>Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.
<pb n="83"/></p><p>En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.
</p><p>Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.
</p><p>La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.
</p><p>Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.4" n="IV" type="Section"><head>IV</head><p>Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües, para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido, probo <pb n="84"/>empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente propietario después.
</p><p>Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño, todos sus cuidados en la hija de sus amores.
</p><p>Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.
</p><p>Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.
</p><p>El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión, poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.
</p><p>Hasay tenía una segunda madre en su protectora.
</p><p>Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.
<pb n="85"/></p><p>Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.
</p><p>La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del libro, ó siente ante el teclado del piano.
</p><p>De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á la mariposa.
</p><p>La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando donde hay luz y perfumes.
</p><p>Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay, cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.
<pb n="86"/></p><p>Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.
</p><p>Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.
</p><p>Sucede—no sabemos cómo, pero es un hecho que sucede,—que tras las paredes de esas infantiles sociedades que se llaman colegios, trascienden hechos íntimos que se desarrollan en el hogar de los pequeños asociados. Lo que todos habían tenido cuidado de ocultar, lo que la misma Hasay ignoraba, se lo reveló en una sola palabra una amiga suya.
</p><p>—¿Qué quiere decir inclusera?—Preguntó un día Hasay á la que llamaba su hermana.
</p><p>—No sé, contestó Lola; y, dime: ¿por qué me lo preguntas?
</p><p>—Porque ayer, sin querer, pisé el vestido á Ángela, y esta al ver que estaba roto, me dijo:—¡anda, inclusera!
<pb n="87"/></p><p>La terrible palabra que descorría en parte el misterio de la vida de la niña, quedó grabada en su memoria, y poco á poco fué comprendiendo todo el valor de aquella frase.
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.5" n="V" type="Section"><head>V</head><p>La alegría de Hasay fué desapareciendo, sustituyéndola una profunda tristeza.
</p><p>A los trece años, la niña era mujer.
</p><p>La mujer, dejó de jugar y pensó.
</p><p>Por este tiempo la naturaleza de Lola sostenía una terrible crisis, luchando con la pobreza de su constitución.
</p><p>Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.
</p><p>Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible, rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad, tormento de la ciencia que busca <pb n="88"/>siempre el calor del alma, que se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede, se apoderó de la pobre existencia de Lola.
</p><p>¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.
</p><p>No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.
</p><p>Y la humana máquina obedece como las obras del <hi>Divino Artífice</hi> á inmutables leyes.
</p><p>¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya vida!
</p><p>¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.6" n="VI" type="Section"><head>VI</head><p>Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la terrible enfermedad se incubaba en su vida.
<pb n="89"/></p><p>La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las puras y frescas brisas.
</p><p>Doña Luisa poseía un magnífico cafetal en las vertientes del Banajao, y tan luego fué prescrito á la enferma la vida del campo, su solícita madre dió órdenes para que se alojara y dispusiera la casa que se alzaba en el centro de la hacienda.
</p><p>Nada de cuanto constituye lo necesario y representa lo supérfluo faltaba en la finca. Hábiles tallistas de Paete, inteligentes artistas de Lucban, y activos personeros de Manila, cambiaron en pocos días el aspecto de la granja agrícola en mansión señorial. No se olvidó ni un detalle en el pequeño santuario de la coquetería, que constituye el tocador de una dama, ni se dejó de indagar hasta encontrar un excelente piano de <hi>cola</hi>, construcción belga, que con grandes cuidados, quedó instalado en la casa, pronto á llenar de armonías las fragosas faldas del Banajao.
<pb n="90"/></p><p>A doscientos metros de la casa se destacaba cual centinela avanzado, el sombrío <hi>Puente del suspiro</hi>, conocido por entonces, por el del <hi>Capricho</hi>, nombre que tuvo su origen en el informe que se emitió al ser reconocido y en la extraña y atrevida concepción de su único arco.
</p><p>Registrando crónicas he podido adquirir algunas curiosas noticias respecto al puente que nos ocupa.
</p><p>Un respetable escritor, virtuoso y docto, hijo de la orden de San Francisco, dice en sus escritos:
</p><p>«Dicho puente fué construido por el reverendo padre Fr. Victoriano de Moral. Se halla sobre el río Olla, basado sobre dos montes y cuyo arco tiene sobre noventa piés de cuerda, sin haber usado más amarras ni maderas para la formación de la colosal cimbra que bejucos, cañas, cocos y bongas; entrando en su construcción solo argamasa; su único ojo mide de luz cincuenta y dos pies de alto por cuarenta y ocho de ancho, <pb n="91"/>construcción casi milagrosa, por lo cual sin duda alguna el arquitecto mayor de Filipinas en su informe al Superior Gobierno, fechado en 7 de Diciembre de 1852 decía entre otras cosas lo que literalmente copiamos.»
</p><p>«Si se tratase de un puente levantado con estudio y bajo las reglas del arte, la prueba hecha con el de Majayjay era ya suficiente para manifestar su estabilidad. Por desgracia se trata de una obra sin principios: que los aplicados en su ejecución han sido caprichosos, y si bien el arco se mantiene sin desprenderse, como no puede hallarse en la ciencia una regla que manifieste la causa de este procedimiento, ó mejor diré fenómeno, no es la opinión del que suscribe, sino de toda la ciencia junta la que lo condena.»—A cuyo informe, donosamente dice un cronista de la orden del constructor. «Hete aquí un puente, tan asaz atrevido, que á pesar de estar condenado por toda la ciencia junta, <pb n="92"/>tiene la desfachatez de mantenerse firme, de sufrir temblores como los del 16 de Setiembre de 1852 y el 3 de Junio de 1863 sin resentirse; fuertes avenidas como las que se desprenden del gran monte Banajao, sin descimbrarse, estando dispuesto y con pensamientos quizás de decir después de algunos siglos: <hi>yo fuí construido por un fraile franciscano sin principios. Sabed que los principios aplicados en mi construcción fueron caprichosos, y más caprichoso aún, el empeño de construirme sin gastar un solo maravedí y llevar á cabo su empeño.</hi>»
</p><p>Muchos más datos poseemos entre nuestros apuntes tomados unos del análisis del mismo puente y otros de documentos particulares y oficiales; pero como nuestra misión ni es arquitectónica, ni histórica, ni más que ligeramente descriptiva, basta con que nuestros lectores sepan que dicho puente existe, como existen diferentes <hi>consejas</hi> que á él se refieren.
<pb n="93"/></p></div2><div2 xml:id="ch3.4.7" n="VII" type="Section"><head>VII</head><p>—Decíamos,—que el <hi>Puente del suspiro</hi>, se destacaba cual sombría atalaya á la vista de la casa de Doña Luisa.
</p><p>Esta quedó instalada en el cafetal con sus dos hijas, su antiguo y leal Pedro, criado depositario de la confianza de la familia ya largos años, su servidumbre, y su fiel León, hermosísimo perro de Terranova.
</p><p>La joven naturaleza de Lola; las puras emanaciones azoadas del Banajao; sus frescas y deliciosas brisas, impregnadas de las delicadas esencias de la <hi>sampaguita</hi> y del <hi>ilang-ilang;</hi> la vida del campo, el constante murmurio de sus bosques, el lenguaje poético y enamorado de los cientos de arroyos que retratan en sus bulliciosas ondas la <hi>palma, la bonga y el coco</hi>; la existencia tranquila, la bondad del clima y los exquisitos cuidados, hicieron crisis en la enfermedad de Lola. Sus ojos se animaron, adquirieron color <pb n="94"/>sus mejillas, y la imperceptible y pertinaz tos, terrible alerta de la enfermedad, dejó su monótona y constante pertinacia.
</p><p>Todo respiraba alegría.
</p><p>Hasay únicamente estaba triste.
</p><p>Lola, entre los puros cristales del rocío de la mañana, buscaba la brillante rosa.
</p><p>Hasay, entre las sombras de la noche, arrancaba triste y melancólica la humilde <hi>siempreviva</hi>, fiel emblema de la amargura.
</p><p>Cuando los blancos dedos de Lola recorrían el teclado, arrancaban bulliciosos <hi>allegros</hi>; cuando los de Hasay se posaban en el marfil, solo producían tiernos <hi>nocturnos</hi>. A la una la animaba el genio de <hi>Strauss</hi>, á la otra la tierna inspiración de Beethoven.
</p><p>Aunque distintos tipos, las dos eran hermosas.
</p><p>Lola era blanca cual los misteriosos genios de las puras nieves: Hasay morena cual la mas perfecta concepción del sueño de un árabe. La primera poseía en sus azules ojos <pb n="95"/>toda la ternura de la resignación; la segunda despedía de su negra y ardiente pupila el rugir de la pasión. Las rizadas <hi>hebras</hi> que adornaban á Lola se esparcían sobre su sonrosado seno, cuya blancura se confundía con las purísimas mallas del encaje que resguardaba los encantos de la virgen: la suelta cabellera de Hasay, negra cual el palacio de la noche, destacaba las cobrizas y mórbidas formas en que descansaba. El conjunto de esta irradiaba el ardor de la lucha, el de aquella, la paz de la conformidad.
</p><p>Una mañana, encontrándose toda la familia reunida en la espaciosa caída, recibió Doña Luisa una carta de un antiguo capitán de la marina mercante, paisano y amigo de su difunto marido. En dicha carta la decía tendría sobre anclas el barco hasta <hi>abarrotar</hi> sus bodegas y cubierta de madera, y aprovechando la circunstancia de la larga <hi>estadía,</hi> y la proximidad del cafetal al fondeadero donde hacía su carga el velero <hi>Neblí,</hi> invitaba <pb n="96"/>el capitán á sus antiguas y leales amigas á pasar unos días á bordo.
</p><p>La oferta fué aceptada, y se dieron órdenes para emprender la marcha lo antes posible.
</p><p>Hasay, de día en día, aumentaba su tristeza, viéndola muchas veces coger un libro y pasar horas sin volver una hoja, prueba evidente del ensimismamiento que dominaba su ser.
</p><p>¿Qué motiva la creciente tristeza de Hasay? ¿Por qué todas las tardes, cuando el sublime artista combina en los cielos sus más divinas tintas, va al puente cual si fuera empujada por una invisible fuerza? ¿Por qué contempla con la inmovilidad de la estatua del dolor, el profundo abismo? ¿Por qué cuidadosamente limpia de gramas una frondosa planta de <hi>suspiros</hi><note n="1" anchored="true">En España se llama, D. Diego de Noche.</note> que crece á la orilla del río? ¿Qué maléfico genio atormenta su corazón? ¿Qué <pb n="97"/>sueño la adormece? ¿Qué fantasma la despierta?
</p><p>¡Solo Dios lo sabe!...
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.8" n="VIII" type="Section"><head>VIII</head><p>Los diamantinos dedos de la aurora perezosamente plegaban los crespones de las sombras, en el amanecer del día en que Doña Luisa debía llegar á bordo del <hi>Neblí</hi>.
</p><p>El gallardo <hi>brik</hi> denunciaba en su aparejo, en su fino y airoso casco, en su ligera arboladura, y en lo minucioso de su cordaje, la construcción americana. El <hi>Neblí</hi> besó por primera vez las saladas aguas, en las que acarician las playas de California. En uno de sus viajes dió fondo en las revueltas ondas de Bilbao, en donde fué comprado por una casa española, la cual desde aquel momento lo dedicó á la carrera de Filipinas.
</p><p>Barco alguno ha rendido viajes tan rápidos como el <hi>Neblí</hi>.
</p><p>Cuando sobre el <hi>espejo</hi> de los cielos tendía <pb n="98"/>el <hi>Neblí</hi> sus blancas <hi>alas</hi>; cuando la <hi>embergadura</hi> de sus ligeras <hi>arrastraderas</hi> reclinaba en sus <hi>tomadores;</hi> cuando en la fresca <hi>ventolina</hi> se largaban <hi>gabias y velas altas</hi>, crugiendo <hi>cables, motones y relingas</hi>; cuando no quedaba <hi>rizo, trapo</hi>, ni <hi>estay</hi> que al viento no diera cara, entonces era de ver al <hi>Neblí</hi> besar con sus finísimos <hi>tajamares</hi> el encaje de espuma con que el creador borda el insondable <hi>manto</hi> de las ondas.
</p><p>A bordo del <hi>Neblí</hi> venía como agregado, un joven que había dejado las rutinarias y graves carreras universitarias, optando por inscribirse en Cádiz en la matrícula del colegio naval.
</p><p>López Ródenas se llamaba el prófugo de la Universidad de Madrid, en cuyos claustros siempre se había distinguido como calavera, decidor y camorrista.
</p><p>Las horas que le dejaban libres el aula y los libros—que eran casi todas,—las pasaba entre requiebros, cañas y jolgorios. Jamás <pb n="99"/>estudiante alguno ha corrido la calle de la <hi>Luna</hi>, llevando con más gracia la recortada <hi>torera</hi>; jamás <hi>pirata</hi> callejero, ha sabido mejor poner <hi>facha</hi> y dar <hi>caza</hi> á la picaresca y alegre modista; jamás ha entrado en casa de <hi>Botín</hi> joven alguno tan rumboso como Ródenas.
</p><p>En la alegre zambra, el primer duro que se gastaba era el suyo, y en la contienda, el último que huía era él.
</p><p>Desde los misteriosos cuartitos de la <hi>Fonda de la Castellana</hi>, nidos poéticos de las mañanas de Abril y Mayo, hasta los ahumados <hi>chamizos</hi> de <hi>Maravillas</hi> y <hi>Tribulete;</hi> desde la elegante <hi>victoria</hi> de Muñoz, hasta la histórica calesa; desde los aristocráticos bastidores del teatro de Oriente, hasta las desgarradas <hi>bambalinas</hi> de <hi>Capellanes</hi>; todo le era familiar, todo conocido. Punteaba unas malagueñas, que ni el <hi>Tío planeta</hi>; hacia llorar en el <hi>polo</hi>, como <hi>Silverio</hi>, y era capaz de dar lecciones <hi>gitanas</hi> al mismo <hi>Antón</hi> el <hi>pelao</hi>.
<pb n="100"/></p><p>Ródenas era todo un buen muchacho, que se dormía con los textos de las <hi>Pandectas</hi>, que derrochaba la fortuna de sus mayores, que gustaba de las mujeres, daba jaqueca á los padres y maridos, y de cuando en cuando los disgustos iban precedidos de alguna que otra de <hi>cuello vuelto</hi> que obligaban al paciente á que <hi>Nogués</hi> le <hi>carenase</hi> una muela ó una mandíbula.
</p><p>Con este género de vida, sucedió lo que debía suceder. Su tutor—pues era huérfano—le anunció un día, en son fatídico, que todo aquel caminito de rosas lo llevaban directamente y en tren <hi>expres</hi> á la portería de San Bernardino, santo respetable en el <hi>almanaque</hi>, pero que, inscrito al frente del establecimiento á que se alude, es capaz de dar un calambre á una pieza de molave.
</p><p>Ródenas soñó con el beato santo, y ya que no podía echar cuentas con su tutor, las echó consigo mismo, resolviendo variar de vida, emprendiendo la carrera de la marina mercante, <pb n="101"/>confiando en que un lejano pariente armador le daría con el tiempo el mando de alguno de los barcos de la casa.
</p><p>Hecho el proyecto, lió los bártulos y se instaló en Cádiz, de donde salió á los tres años, montando el <hi>Neblí</hi> como agregado.
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.9" n="IX" type="Section"><head>IX</head><p>Al llegar aquí, y viendo la precisión con que mi amiga X ... había descrito la vida del estudiante tronera, no pude menos de interrogarla, y con cierto disimulo, para que no lo oyera su madre, me dijo no le era desconocido <hi>Fígaro</hi> ni <hi>Mesonero Romanos,</hi> y que casi podría recordar alguna de las bellísimas redondillas de <hi>El estudiante de Salamanca</hi>.
</p><p>Con esta explicación me dí por satisfecho, y mi bella narradora, haciendo un gracioso gesto al ver mi admiración de que á las agrestes vertientes del Banajao se evocaran sombras tan venerandas como la del autor de <hi>El día de difuntos</hi> siguió su relación.
<pb n="102"/></p><p>Abordo del <hi>Neblí</hi> pasaron Doña Luisa y sus dos hijas ocho días, al cabo de los cuales regresaron á la quinta.
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.10" n="X" type="Section"><head>X</head><p>Seis meses han transcurrido desde que Doña Luisa y sus hijas volvieron del <hi>Neblí</hi>.
</p><p>Era el mes de Diciembre.
</p><p>En las faldas del Banajao se respiraba una temperatura semejante á la del otoño en España.
</p><p>Los panoramas que rodeaban la quinta de Doña Luisa tenían gran semejanza con los que retrata el suelo y el cielo de nuestras provincias meridionales en los meses de Setiembre y Octubre.
</p><p>El árbol del Banajao pierde su lozanía, la hoja aminora su brillo y el cielo se cubre de fantásticos nubarrones que velozmente recorren su bóveda á impulsos de los fuertes <hi>Noroestes</hi>.
</p><p>En una de esas tardes melancólicas en que <pb n="103"/>todo lo que nos rodea se impregna de sentimiento y amor, se encontraba Hasay, <hi>cabe</hi> la murmurante corriente que se desliza bajo el puente.
</p><p>Rojos están sus ojos, pálidas sus mejillas, contraídas sus facciones. Sus labios dibujan ora una sonrisa amarga, ora murmuran palabras ininteligibles.
</p><p>¿Reza ó blasfema? ¿Implora ó maldice?
</p><p>¡Pobre niña!
</p><p>De pronto se levantó con un movimiento convulsivo: sus ojos adquirieron una potente fuerza de irradiación, sus facciones se acentuaron y ¡hay que acabar!—murmuró su lengua, al par que como una corza herida desapareció por las graníticas quebradas que conducen á la vecina cascada del <hi>Botocan</hi>.
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.11" n="XI" type="Section"><head>XI</head><p>Aquella noche, Hasay no pareció por su casa. A la mañana siguiente se encontró el cadáver de la niña bajo el puente.
<pb n="104"/></p><p>Entre las frescas campanillas de los frondosos <hi>suspiros</hi> descansaba el cuerpo de Hasay.
</p><p>¿La mató el rayo del sentimiento que hace estallar el corazón ó la última resolución del suicida? ¡Dios y la muda y poética naturaleza, únicos testigos, solo lo saben!
</p><p>—Y bien—dije á mi amiga,-¿por qué murió Hasay?
</p><p>—Murió—me dijo muy bajito—de amor; al día siguiente al en que se encontró el cadáver de Hasay, debía Lola casarse con López Ródenas.
</p><p>Hasay estaba enamorada de Ródenas.
</p><p>¡Amaba sin esperanza!...
</p><p>Mi amiga, al pronunciar la última frase de la leyenda del puente, cuyo nombre del <hi>suspiro</hi> se debe sin duda á las flores que crecen á su alrededor, vertió una lágrima á la memoria de Hasay, lágrima que se deslizó al blanco teclado del piano, sobre el que maquinalmente apoyaba sus dedos.
</p><p>La voz calló, mas el piano fué alentado por <pb n="105"/>el genio de mi buena amiga, arrancando de sus cuerdas uno de los más sublimes <hi>nocturnos</hi>.
</p><p>Las últimas notas se confundieron con el gorjeo de un precioso pájaro, de plumaje tan bello como armonioso era su canto, que alojaba una dorada jaula pendiente de uno de los huecos de la caída.
</p><p>—¿Ese pájaro es de China?—dije á mi amiga.
</p><p>—No, me contestó con la mayor naturalidad—nace allí,—dijo señalándome las alturas del <hi>Balete,</hi> y se llama <hi>el pájaro del sol</hi>.<note n="1" anchored="true">Los indios lo conocen con el nombre de <hi>Salanga</hi>.</note>
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.12" n="XII" type="Section"><head>XII</head><p>La modesta cruz puesta sobre la tumba de Hasay, y los gorjeos del <hi>pájaro del sol</hi>, son una página que claramente <hi>dice</hi>, que las mujeres en Filipinas aman, y los pájaros cantan.
</p><p>Ya escrita la última cuartilla de esta histórica <pb n="106"/>leyenda, recibo el correo de Europa. Entre las cartas viene una, de la que literalmente copio un párrafo.
</p><p>Dice así:
</p><p>«Adjunto te mando, hijo mío, el diploma del premio que han logrado en la Exposición de Viena, las esencias de las flores de ese país, que mandaste en tus colecciones.»
</p></div2><div2 xml:id="ch3.4.13" n="XIII" type="Section"><head>XIII</head><p>¡Hasay!
</p><p>¡El pájaro del sol!
</p><p>¡El premio de la Exposición de Viena!
</p><p>       *       *       *       *       *
</p><p>Ratelán, tiene razón.
</p><p>En Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan, y las flores huelen.
<pb n="107"/></p></div2></div1><div1 xml:id="ch3.5" n="V" type="Chapter"><head>CAPÍTULO V.</head><argument><p>Despedida de Lucban.—Arroyos que se convierten en torrentes.—Huellas de un baguio.—Puentes derruídos.—Troncos de cocos.—La sampaca y el jazmín silvestre.—Pedregales, hondonadas y pendientes.—Relente de la tarde.—Aguas sulfurosas.—El puente de la Princesa.—Belleza del paisaje.—Bravía y salvaje naturaleza tropical.—Melancolía.—Una caña acueducto.—El camarín de Alaminos.—Cuatrocientas dalagas á caballo.—Tubiganes.—Garzas blancas.—Cuesta y puente de las Despedidas.—Bulliciosa cabalgata.—Cocales.—El puente de la Ese.—Vista de Tayabas.—El kilómetro 146.</p></argument><p>La buena y franca amistad que encontré en Lucban, detuvo mi viaje más tiempo del que me había propuesto, decidiéndome por último, aunque no sin trabajo, á señalar día para seguir á Tayabas; aquel llegó como todo en la vida, y en una entoldada tarde, me puse en marcha acompañado de mi inolvidable amigo Pardo.
</p><p>A los pocos pasos que dieron los caballos, encontramos las huellas del terrible baguio del año 1873. Dos riachuelos que en tiempo de secas son completamente inofensivos, pero <pb n="108"/>que en las grandes avenidas hacen imposible su vadeo, y que corre el primero á la salida del pueblo, y el segundo á un tiro de fusil de aquel, mostraban al viajero las ruinas de sus dos puentes, habiéndose establecido sobre las del último un arriesgado paso, formado de troncos de coco. El día en que hacíamos este viaje, ambos ríos traían poquísima agua, así que nos pusieron los caballos al otro lado sin salpicarnos las botas. Pasado el último, dejamos á la espalda una pequeña eminencia que da entrada á una bellísima cañada sombreada por miles de cocos, entremezclados de cañas, baletes y madre-cacao, cuyas verdes cimeras entrelazaban aquella vegetación virgen con las flexibles lianas, salpicadas de pálidas campanillas de la sampaca y del jazmín silvestre. En la cañada retozaban hermosos toretes, cuya lustrosa piel y buen estado de carnes, bien claramente demostraban la abundancia de agua y de pasto. Un sostenido galope nos alejó de aquel <pb n="109"/>espacioso trozo de camino, haciéndose la marcha embarazosa por los pedregales y resbaladizas pendientes que íbamos encontrando.
</p><p>El cielo estaba surcado de nubes, cosa muy frecuente en aquellas alturas; los picachos del Banajao los envolvía la bruma, y la humedad de que estaba impregnada la atmósfera nos obligó á ponernos los capotes á fin de preservarnos del desapacible relente de la tarde.
</p><p>De hondonada en hondonada, y caminando siempre entre una salvaje y exuberante vegetación, entre la que de trecho en trecho se elevaba alguna que otra casita, morada de sementereros ó abrigo de viajeros, llegamos á la altura del puente de la Princesa, en la que un fuerte olor á huevos podridos nos indicó la presencia en aquellas cercanías de algún manantial sulfuroso. El olor á medida que avanzábamos era más acentuado, notando por último en la misma meseta de la prominencia, ligeros surcos impregnados de los <pb n="110"/>residuos mineralógicos que arrastran las aguas. En el puente de la Princesa dimos un pequeño descanso á los caballos, y tuvimos ocasión de examinar la solidez de su fábrica. Una escalinata hecha en uno de los estribos, nos condujo guardando ciertas precauciones al lecho del río. El puente lo constituye un solo ojo de una gran altura fabricado con suma valentía, y cuya consistencia la probó en el último baguio, el cual arrastró por completo uno de los estribos, quedando el arco totalmente descarnado por uno de los lados, sin resentirse gran cosa su bóveda en el año y medio que duró su reconstrucción. Dicho puente, según las inscripciones que muestran sus pretiles, fué dedicado á la Princesa de Asturias, y concurrieron por igual, tanto para los gastos como para los trabajos, los pueblos de Tayabas y Lucban, constituyendo en la actualidad el comedio de dicho puente, la línea jurisdiccional entre aquellos.
<pb n="111"/></p><p>El paisaje que se admira desde el puente de la Princesa es de lo más bello que puede crear la naturaleza. El río corre entre dos eminencias, en las que el Sumo Hacedor ha derramado uno de los más hermosos destellos de su poder. Todos los matices de la flor, todos los misterios de la selva y toda la grandiosidad de la vegetación intertropical, se muestran escalonados en aquellas alturas, en las que repercutido se deja oir el estridente chillido del mono, el agorero canto del <hi>calao,</hi> el triste gemir del <hi>bató-bató</hi>, el monótono piar del <hi>solitario</hi> y los alegres gorjeos del <hi>pájaro del sol</hi>. Todo este conjunto, cerrado casi de continuo por compactas nieblas, predispone fuertemente á la melancolía. No concibo pueda reírse al pasar el puente de la Princesa.
</p><p>Aquel panorama oprime el alma, aquellas alturas concentran en un círculo de tristeza el espíritu, y las brumas que se corren desde las quebradas del Banajao, las da <pb n="112"/>vida la fantasía, convirtiéndolas en sombríos sudarios.
</p><p>¡Qué triste, qué salvaje, y á la par qué hermoso es todo esto!—dije á mi buen amigo, al par que ligeramente rozaba con la espuela los hijares del caballo.
</p><p>Pasamos un sencillísimo <hi>acueducto</hi> á los pocos pasos, tan sencillísimo, que solo lo componía una gruesa caña que comunicaba el agua de un borde á otro del desmonte que cruzábamos, y que da paso á una limpia planicie sembrada de caña dulce. Señalándome aquel lugar, me dijo Pardo se le conocía con el nombre del <hi>camarín</hi> de Alaminos. Le interrogué sobre este particular y me contó que allí se había elevado un precioso <hi>kiosco</hi> de caña y flores en la visita de aquel general, al cual, según el testimonio de mi amigo, esperaban en aquel sitio más de 400 dalagas á caballo adornadas con sus mejores galas y escoltadas por unos 4.000 jinetes. Me sonreí con cierto aire de incredulidad, pareciéndome <pb n="113"/>muchos caballos, pero más adelante quedó fijada la veracidad de la cifra por las notas conservadas por el Alcalde.<note n="1" anchored="true">El veterano general D. Juan Alaminos de seguro ratificará á quien le pregunte la certeza de esta y otras citas,—<hi>(Nota del A</hi>.)</note>
</p><p>Pasado el cañadulzal, empiezan á verse <hi>tubiganes</hi> ó sean terrenos regadíos, labrados y escalonados, en los que se siembra el arroz y en los que vimos grandes bandadas de garzas blancas.
</p><p>Puestos los caballos al paso y afianzándonos en el borrel de la silla, bajamos la escabrosa cuesta de las <hi>Despedidas</hi>, á cuya falda se asienta sobre un riachuelo el puente de aquel nombre, el cual le fué dado, según he podido averiguar, por ser el lugar señalado por la costumbre para despedir los de Tayabas á los que se van. ¡Qué tiernas escenas habrá presenciado! ¡Cuántas lágrimas habrá absorbido su candente arena! ¡De cuántos <pb n="114"/>juramentos y de cuántas fugaces promesas habrá sido mudo testigo!....
</p><p>El camino mejora notablemente desde aquel puente, pudiéndose hacer uso del carruaje. El bosque y el matorral cesan y solo se extienden á uno y otro lado, tierras cultivadas, sembradas de palay ó plantadas de coco. El agua es abundantísima, manteniendo los cuadros del arroz constantemente anegados.
</p><p>Al otro lado del puente nos encontramos una alegre caravana, en la que nos llamó la atención varias dalagas á caballo perfectamente ataviadas, luciendo caprichosos sombreros con gran profusión de gasas y flores. Los colores de las faldas y los pañuelos que resguardaban sus hombros, eran de colores muy fuertes que destacaban el negro del <hi>tápiz</hi>. La tayabense jamás deja el <hi>tápiz</hi>; monta admirablemente y cifra su orgullo en su traje de montar y en la riqueza de los atalajes de su caballo. Todas montan al lado <pb n="115"/>izquierdo y desconocen el uso de la espuela, sustituyéndola con flexibles latiguillos que suspenden de la muñeca con una cadenita de plata. La tayabense á caballo, es sumamente locuaz y decidora, desconoce el peligro, se impacienta á menudo y pocas veces lleva al paso su cabalgadura. Aquellas dalagas supimos se dirigían á una de las vecinas sementeras á pasar un día de campo.
</p><p>Dejando á ambos lados del camino umbrosos cocales recargados de fruto, pasamos el pequeño puente de la <hi>Ese</hi>—así llamado por su configuración que lo asemeja á dicha letra—y dimos vistas á Tayabas, á cuyo <hi>bantayán</hi> llegamos de una trotada. El poste telegráfico que se eleva en la afuera del pueblo, marca en una tablilla el km. 146, cifra que representa la distancia que separa á Tayabas de Manila. De Lucban á Tayabas hay 12 km. y pico.
<pb n="116"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.6" n="VI" type="Chapter"><head>CAPÍTULO VI.</head><argument><p>Tayabas.—Su antigüedad,—Situación.—Estadística.—Pureza de raza—El bambán grande.—Fiebres palúdicas.—Su remedio.—Casa real, tribunal, iglesia y convento.—Una Semana Santa en Tayabas.—Riqueza de ornamentación.—Correría histórica alrededor de un escribano de Pilatos.—Fisonomías de los pueblos.—Comparaciones.—Indolencia.—Supersticiones.</p></argument><p>Tayabas es pueblo de muchísima antigüedad; hoy es cabecera de la provincia á la que da nombre, habiéndolo sido anteriormente Calilayan. Se encuentra bajo la influencia del Banajao y á dos leguas del estrecho, cuyas aguas se divisan perfectamente á virtud de la gran altura en que dicho pueblo está situado. Confina con Pagbilao, Lucban y Sariaya. Tiene, según los padrones del año 1875, 125 cabecerías repartidas en 156 barrios, componiendo un total de población de 22.337 almas, de las que tributan 12.176. Acaecieron en dicho año 810 defunciones, igual número de nacimientos, y 311 casamientos; <pb n="117"/>se sortearon 1.132 mozos, sacándose 17 soldados; concurrieron á las escuelas por término medio 150 niños de ambos sexos, vacunándose 1.109; se sustanciaron en el juzgado 23 causas correspondientes á delitos cometidos en su demarcación, y por último, tiene 71 cuadrilleros á más del puesto de la guardia civil al mando del capitán, jefe de la línea.
</p><p>La situación de Tayabas, según el Padre Buceta, es 14° 50′ lat. y 128° 30′ long.
</p><p>Tayabas, como toda la provincia á que da nombre, es el centro de la pureza de la raza india y la buena dicción del tagalo; por lo tanto, allí es donde puede estudiarse con gran resultado al indio y sus costumbres.
</p><p>El pueblo es muy limpio, corriendo por sus principales calles abundantes aguas encauzadas en <hi>bambanes</hi>. La que lleva el de la llamada del <hi>bambán grande</hi>, hace mover una pesadísima máquina para descascarillar palay, que se asienta al final de aquella. Dichos <pb n="118"/>encáuces no solo constituyen un poderoso elemento de limpieza, sino que también se utilizan para todo género de necesidades domésticas, siendo sus cristalinas aguas que vienen desde las vertientes del San Cristóbal y el Banajao, un abasto para Tayabas, esparciéndose luego por cientos de canales que riegan los extensos campos escalonados de palay.
</p><p>El foco de la insalubridad de Tayabas, está precisamente en su misma riqueza; sus productivos regadíos, llamados <hi>tubiganes</hi>, alientan el virus palúdico que emponzoña la atmósfera, originando las tan conocidas y temidas calenturas que tantísimas víctimas hacen, sobre todo de Julio á Octubre, meses en los que la tierra descansa y hace pudrir con la ayuda del agua estancada, las raíces y demás hierbas que deja tras sí la siega del palay. Estamos seguros que desapareciendo los tubiganes, se concluirían las fiebres; pero el remedio salubre, está en la ruina de Tayabas, <pb n="119"/>cuya principal riqueza la tiene en sus arrozales. El paludismo de Tayabas constituye la desesperación de la ciencia. Jóvenes ilustradísimos, avezados á la clínica y á estudiar la dolencia á la cabecera del enfermo hemos visto desconcertarse ante el extraño y mortífero desarrollo de aquellas fiebres, en las que las intermitencias unas veces, son verdaderamente locas, y otras pasan completamente desapercibidas, sucediéndose una fiebre á otra en la generalidad de los casos, sin dar lugar á poder emplear la quinina. Aparte de los meses citados en que las calenturas toman un carácter verdaderamente epidémico, la salubridad no es mala.
</p><p>Las construcciones que componen el pueblo en su mayoría son de tabla con techo de cabo negro. Descuellan entre aquellas la Casa Real, la iglesia y el tribunal <note n="1" anchored="true">Este desapareció con la mayor parte de los edificios, en un horroroso incendio acaecido poco después de escrito este libro.—(<hi>N. del A</hi>.)</note>. La primera, <pb n="120"/>aunque pequeña, llena todas las necesidades oficiales y personales del Alcalde mayor, que la habita. El tribunal es sin disputa uno de los mejores de Filipinas, y no decimos el mejor, porque no conocemos todos los de las islas. Tiene espaciosos salones, magnífico decorado y ricos muebles. En uno de los ángulos del tribunal está la estación telegráfica.
</p><p>La iglesia mide 113 varas y 2 palmos de longitud, siendo de 53 con 9 pulgadas de latitud de su <hi>crucero</hi>. Estas dimensiones que guardan relación con el edificio, forman una grandiosa masa, á cuya contemplación se aquilata cuanto puede hacer la fe de un pueblo. Aquella magnífica obra, y aquellos miles de sillares, suman un total de trabajo que nada más que la fe puede acumular. A la grandiosidad del edificio, no desmerece la suntuosidad y riqueza de los ornamentos que guarda, y la solemnidad con que en ella se practica el culto y se hacen las funciones religiosas. Lámparas de plata, pesados candelabros, <pb n="121"/>riquísimos altares, moquetas, damascos, bronces y dorados se ven en el espacioso presbiterio. En los días solemnes, se luce un antiguo terno bordado de oro, procedente de Toledo, que llama grandemente la atención. Las procesiones se hacen con un orden y una magnificencia tal, que nos permite recomendar á nuestros lectores una <hi>Semana Santa</hi> en Tayabas. Los <hi>pasos</hi> que se exhiben en la semana del dolor, no serán de gran gusto, sus combinaciones resultarán churriguerescas, incorrecta la talla de sus figuras, impropios sus trajes, la verdad histórica falseada y el arte muy mal parado; pero lo que falta de arte, lo suple la riqueza. El armazón de uno de los carros es todo de plata. En la última procesión que vimos el año 1876, contamos 19 pasos, conteniendo algunos de ellos en sus plataformas hasta 12 figuras de tamaño natural profusamente recargadas de valiosos metales y preciosas telas. La verdad histórica, volvemos á repetir, está completamente olvidada <pb n="122"/>en aquellas figuras. En uno de los pasos campea en primer término un escribano con sus correspondientes anteojos y su indispensable legajo, recordando en las prendas de su traje todas las épocas conocidas, haciendo sus gregüescos acuchillados dar una galopada de más de dos siglos, hasta llegar á su abotonado chaleco. El <hi>acuchillado</hi> escribano de Pilatos, no causó en nosotros extrañeza, puesto que ya habíamos visto á un personaje de las cruzadas luciendo un descomunal morrión de la milicia nacional, traído por un <hi>cabanista.</hi> Para muestra, creemos basta con ese ... morrión.
</p><p>Parece imposible que las fisonomías de los pueblos varíen tan en absoluto, mediando entre sí cortas distancias. Decimos esto al recordar á Lucban. Poco más de dos leguas separa este pueblo de Tayabas, y sin embargo las costumbres y manera de ser del uno, son casi la antítesis del otro. En el primero, el gusto y el arte suplen muchas veces á la <pb n="123"/>riqueza; en el segundo, al contrario; en este, el rico amontona y entierra los antiguos pesos de <hi>dos mundos</hi>; en el otro, la vida activa y comercial baraja continuamente su poco numerario. En Tayabas no busquéis ni petacas, ni petates, ni tejidos, ni bolos, ni trabajos de palmas, ni ninguna de las múltiples y variadas producciones que hemos visto en Lucban. En Tayabas, el hombre no sabe más que cultivar el campo; en cuanto á la mujer, francamente, todavía no hemos podido averiguar lo que hace y en qué se ocupa. De esa misma indolencia y ese perpetuo reposo, nacen sin duda alguna el sin número de <hi>abusiones</hi>, ó sean supersticiones de que está llena la tayabense, y de las que nos ocuparemos en los capítulos siguientes, en los que trataremos de describir lo mejor posible al indio y sus costumbres.
<pb n="124"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.7" n="VII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO VII.</head><argument><p>Costumbres.—Poesía popular indígena.—La tradición y el manuscrito.—<hi>El cumintán.</hi>—¿Qué es el <hi>cumintán—</hi>?—Reminiscencias moriscas.—El <hi>cariquitdiquitán.</hi>—Pensamientos tomados al oido.—El indio.—¿Es ó no definible?—El libro en blanco.—Identificación del indio.—Condiciones para conocerlo.—Fenómenos psicológicos.—Un regimiento europeo y un regimiento indígena.—Ingratitud y agradecimiento.—La india amiga y la india amante.—El portalón del <hi>Gloria.—Titay</hi>.—Una fortuna á la mar.—La Revista Europea viajando por el reino de Aracan.—<hi>Conocimientos</hi> de los escritores de allá y algunos de los de acá.—El cómo se escribe la historia.—Apreciaciones diversas.</p></argument><p>Todas las comarcas del mundo tienen su poesía popular que conservan bien por la constante repetición que cuidadosamente hacen de padres á hijos, ó bien por la compilación escrita que guarda el libro.
</p><p>El indio posee, como todas las demás razas, su romancero popular, que conserva por la tradición, y algo, aunque poco, en el manuscrito. El <hi>cumintán</hi> tagalo no es, ni más ni menos que el primer auxiliar de sus tradiciones.
<pb n="125"/></p><p>Si al recorrer los extensos <hi>tubiganes</hi> y <hi>cocales</hi> que rodean á Tayabas oís plañidera guitarra y dirigís vuestros pasos en busca del tañidor; si al llegar al cerco de la casa donde salen los acordes, veis los <hi>tapancos</hi> y <hi>caranes</hi> alzados, notando en el interior profusión de gente que con gran silencio escucha á una india que perezosamente canta y baila al son de la guitarra, siguiendo con gran cuidado las ondulaciones de su cuerpo, el equilibrio de una taza que mantiene en la cabeza; si de cuando en cuando el silencio de los que escuchan es sustituído por el característico grito de alegría del indio y á veces con un palmoteo semejante al que acompaña las canciones andaluzas; si subís la <hi>escala</hi> de caña y bejuco y tomáis asiento entre aquella reunión, que sin preguntaros quién sois, ni quién os presenta, os acoge con cariño y os da lo que tiene; si entendéis el tagalo y lleváis algún tiempo en el país, desde luego comprenderéis que á vuestra llegada se bailaba y cantaba el <hi>cumintán</hi>. <pb n="126"/>¿Qué es el <hi>cumintán?</hi> dirán aquellos de nuestros lectores que no conozcan las costumbres tagalas. El <hi>cumintán</hi> es una mezcla de todos los acordes tristes y melancólicos que se conocen en el pentágrama. El <hi>cumintán</hi> es una balada compuesta de suspiros. Sus notas son otros tantos <hi>ayes</hi> arrancados en el silencio de la noche, de la mujer que ama, del corazón que espera, del proscripto que tras la azulada bóveda busca cual otro rey del Oriente la estrella que marca el derrotero de su patria. El <hi>cumintán</hi> tiene algo de salvaje, algo que hace volver la vista á los agrestes bosques en que se escuchan sus acordes. Tiene sus reminiscencias de las antiguas cántigas moriscas, recordando no pocas veces el gemir del <hi>polo</hi> gitano. El <hi>cumintán</hi> nació con la primera guitarra que se oyó en estas playas. En esta canción india, todas las razas que han pasado por este suelo han llevado una adición ó una nota. Como dejamos dicho, se asemeja á las canciones gitanas, las cuales <pb n="127"/>ni se aprenden, ni se inspiran en la <hi>pauta</hi> sino en la vívida luz de unos ojos de fuego, en el dolor intenso de una perfidia ó en el triste recuerdo que sintetiza un acerbo dolor.
</p><p>El <hi>cumintán</hi> no se aclimata en las ciudades, así es, que hay que buscarlo en esas perdidas casitas ocultas tras los verdes penachos de las bongas y las cañas.
</p><p>Veamos lo que es el <hi>cumintán</hi>.
</p><p>En la casa á que habéis llegado se celebra un <hi>suizán</hi>. Una treintena de indios é indias están sentados en el <hi>sajig</hi>; un indio templa las dobles cuerdas de metal de su guitarra, y un individuo del sexo fuerte y otro del débil, esperan que aquella esté á punto, teniendo la mujer sobre la cabeza una taza llena de vino de coco. Templada la guitarra, principia el baile que se reduce á ligeras ondulaciones de las caderas, acompañando á los cortos pasos con que van acercándose los <hi>bailadores</hi>. Al encontrarse, se paran y ella canta, tomando un tema alusivo á la persona <pb n="128"/>por quien se da la fiesta ó picarescamente intencionado contra el individuo con quien baila. Concluída la copla, beben ambos, y cambiando la taza de cabeza, contesta el indio á la canción que le han dirigido, repitiéndose estas evoluciones horas y horas, en que se oyen tiernos y delicados pensamientos. ¿Quién es su autor? Nadie lo sabe, son hijos de un momento de inspiración; el oído los recoge y la memoria los perpetúa. Si entre nuestros cantares populares tenemos tiernos y delicados pensamientos, no los tiene menos el indio, tanto en el <hi>cumintán</hi>, como en el <hi>balitao</hi><note n="1" anchored="true">Aunque el <hi>balitao</hi> visaya no tiene, á mi juicio, todo el sabor indio del cundimán y cumintán tagalo, sin embargo, da idea del originalísimo ritmo de la música oriental. Entre los individuos que forman en la Exposición la colonia filipina, hay uno que toca bastante bien el <hi>balitao</hi> en la guitarra del país con cuerda de metal. Las indias visayas que figuran en aquella agrupación, lo cantan y bailan bastante bien.—(<hi>N. del A.</hi>)</note> y el <hi>cutang-cutang.</hi>
</p><p>El tagalo se presta mucho para los poéticos <pb n="129"/>giros que generalmente emplea el indio en sus cantares. Hay una palabra en casi todos los <hi>cumintán</hi> que no se puede traducir á ningún idioma conocido; es como si dijéramos el ¡ole! ó el <hi>¡chachipé!</hi> de la taberna del <hi>candil</hi> de <hi>Cádiz</hi>.
</p><p>Si no hay lengua en el mundo que traduzca esas palabras, tampoco la hay que lo haga del <hi>cariquit-diquitán</hi> tagalo. Dicha palabra compendia todo un mundo de mimos, de caricias, de besos, de suspiros. Es el <hi>summum</hi> de la belleza á quien se le aplica, y el paroxismo del amor en el lenguaje de los amantes.
</p><p>—«Si mi novio se muriese, yo iría á dormir sobre su tumba, para que sus huesos no tuvieran frío»—decía en una ocasión una india que cantaba un <hi>cundimán</hi>.—«Si tú estuvieras aquí, yo me pondría buena»—oímos decir una noche á una india, que en el delirio de una fiebre palúdica modulaba un <hi>cumintán</hi>, en el que recordaba á su amante.
<pb n="130"/></p><p>Se dice, y se dice como una cosa concluyente que no admite réplica, que el indio es imposible de definir. Difícil, sí, imposible, no. Se aduce como premisas de que el indio es indefinible, aquel célebre libro de un misionero, cuidadosamente encuadernado, en cuyo lomo se leía: <hi>El indio</hi>, libro que á nadie dejó hojear y que ávidamente fué abierto tan luego murió, encontrándose los curiosos con que todas las páginas estaban en blanco. Á más del libro en blanco, corre de boca en boca la célebre definición que hace del indio un doctísimo escritor, en la que asienta entre otras muchas cosas, lo imposible de conocer al indio. En las páginas en blanco, solo vemos, ya que no un cuento, por lo menos un rato de buen humor del Reverendo Padre, que ponía á tortura la curiosidad tras las alambradas puertas de la librería. En cuanto al segundo testimonio, solo podremos decir que en las definiciones se ve que el pobre Padre lo que tenía más bien, era un empacho indio <pb n="131"/>que no podía digerir, y se comprende perfectamente al decir llevaba cuando tal escribió, más de cuarenta años de país.
</p><p>Al indio no se le conoce, dicen unos; es imposible definir ni calificar, replican otros: jamás podréis formar juicio sobre ellos, añaden los más. ¿Por qué? decimos nosotros. ¿Le habéis estudiado, ó solo le habéis visto? Si solo lo veis, ¿como queréis conocerle? El indio tarda muchísimo tiempo en presentarse ante el europeo tal cual es; el mismo respeto es la primera circunstancia que nos aleja de su conocimiento. Hacer con tiempo y cariño que se identifique con vosotros; lograr que vuestra vista no interrumpa sus costumbres; aprender su idioma; ser tolerantes, procurando modificar con el ejemplo, lo que queráis reprender; llevar á su inteligencia la seguridad de que ni os burláis de él, ni tratáis de originarle mal alguno, y cuando esto suceda, principiaréis á estar en condiciones de poder definirlo; mientras esto no suceda, no <pb n="132"/>sé con qué derecho queréis profundizar una moral, cuyos sentimientos os son completamente desconocidos. No estando en las condiciones descritas, á buen seguro que tampoco podréis apreciar la poesía popular indígena.
</p><p>Una india que canta un romance ó un <hi>cumintán</hi>, que es sorprendida por un europeo, deja la mayor parte de las veces su canto, ó de continuar, lo hace de una forma cohibida á todas luces. Aquel ser se transforma tan luego reina la confianza á su alrededor. Dirán mis lectores, ¿de modo que para conocer al indio hay que hacerse tan indio como ellos? No, puesto que podemos asegurar hemos vivido muchísimo tiempo á su lado, tanto en el campo como en la ciudad, sin que jamás se hayan identificado nuestras costumbres con las suyas. La base de la confianza es el cariño, y ese es el que hemos empleado para <hi>apoderarnos</hi> de su manera de ser y poder asegurar que en el mundo psicológico del <pb n="133"/>indio se opera toda la serie de sentimientos que se conocen en el <hi>vocabulario</hi> del corazón.
</p><p>El indio, y entiéndase que hablamos del indio de raza, del indio puro, no mistificado ni con las costumbres de las ciudades ni con los instintos de la conjunción de sangre, es sumamente adaptable á modelarse en el busto en quien reconoce superioridad, y en esto, podemos asegurar que la reconoce siempre. El indio, aunque sea rico, siempre rinde homenaje á un amo; es un ser libre con todas las condiciones para haber conllevado con resignación el ser esclavo. Por los criados muchas veces conocéis el amo. Al definir al amo, generalmente se define al criado. El indio hace lo que ve hacer, y se deja llevar en momentos dados, desde sus indolentes sueños á las altas regiones donde centellea la luz de los héroes. Un capitán español al frente de cien indios, puede recordar las grandes epopeyas de las guerras épicas. El español se bate por el ardimiento de su sangre, <pb n="134"/>por el sacrosanto amor patrio, por su espíritu de raza. El indio se bate ante el ejemplo, ante la identificación que hace de su ser en otro ser, en quien reconoce superioridad. ¡Misteriosa mistificación que crea y alienta una campaña como la de Cochinchina, una epopeya como la de Simón de Anda, y un recuerdo glorioso como el de Clavería; el jefe que al frente de fuerzas europeas vuelve la espalda en un momento de peligro, encuentra las bayonetas de sus soldados; el que la vuelve ante fuerzas indígenas, tropieza con las mochilas. Un coronel de un regimiento europeo, es la táctica; un coronel de un regimiento indígena, es la conjunción de mil almas en la suya, flotando en su espíritu la suerte del regimiento: su responsabilidad es inmensa, pues tan fácil le es llegar al Capitolio como á la roca <hi>Tarpeya</hi>.
</p><p>La identificación del indio con el sér en quien reconoce superioridad, está demostrada. <pb n="135"/>De esta demostración, se deducen necesariamente un sinnúmero de corolarios que vienen á definirlo.
</p><p>Se dice, el indio es esto y aquello y principalmente desagradecido, á lo que contestamos nosotros, que si bien se ven entre ellos pruebas de olvido—cosa que por otra parte, y dicho sea de paso, no es de extrañar, dado el estado de la humanidad—también podríamos citar hechos concretos, de que si hay indios que olvidan, también los hay que recuerdan y agradecen.
</p><p>Lo que muchas veces se llama desagradecimiento, suele ser exigencias no otorgadas quizás porque vienen repetidas ó porque son odiosas.
</p><p>—¿Por qué te vas de esta provincia?—decía en una ocasión una india á un amigo nuestro.
</p><p>—Me voy porque me han ascendido, y porque lo manda el rey.
</p><p>—Pues, pídele al rey—replicó con la mayor <pb n="136"/>naturalidad—que te deje aquí, y en cuanto al sueldo, yo te lo daré.
</p><p>Las anteriores palabras, en la generalidad de los casos despiertan la indignación; pero juramos á nuestros lectores que en el tono y la forma en que lo dijo la india, solo originan la gratitud. Es de advertir que aquella no tenía amores con mi amigo, y solo había tenido ocasión de prestarle aquel algunos pequeños favores. Hacemos esta salvedad, pues es de hacer, puesto que la india amante, no ofrece, sino que da, ó tira cuanto tiene. Como ejemplo, citaremos un hecho.
</p><p>Una mañana estaba á punto de levar anclas el magnífico vapor <hi>Gloria</hi>, de la casa Clano. Las blancas burbujas que se escapaban de los tubos y la compacta columna de humo que perezosamente se iba confundiendo con las matinales brumas, bien claramente demostraban que el coloso estaba listo para alentar con sus potentes transpiraciones, las dobles hélices. El <hi>Gloria</hi> debía conducir á la <pb n="137"/>madre patria gran número de sus valientes hijos, que después de haber peleado como buenos en las aguas de Joló, iban con la alegría pintada en la cara en busca de las azules ondas de las castellanas playas. De pronto saltó desde el <hi>portalón</hi> á la cubierta una india, preguntó por el capitán, y una vez en su presencia le suplicó la llevase á España, ofreciéndole doscientos pesos por su pasaje. A las justas observaciones del capitán explicándole lo imposible de realizar su petición por no tener pasaporte ni haber llenado ninguno de los requisitos de embarque, la india rompió á llorar; volvió á suplicar, y no pudiendo conseguir nada, secó sus lágrimas, y dirigiéndose silenciosamente al <hi>portalón</hi> tiró á la mar los doscientos pesos.—¡Pobre Titay!—oímos decir á un artillero que veía alejarse la barquilla en que iba la india.—¿Quién es Titay?—preguntamos nosotros.—Titay es esa pobre mujer que acaba de salir, era la amante de un compañero y anoche supimos había vendido <pb n="138"/>cuanto tenía, creyendo poder seguirnos.—¡Pobrecilla!—añadió el valiente hijo de España visiblemente conmovido; sin él nada quiere y toda su fortuna la ha tirado á la mar.
</p><p>Que le digan al novio de la india que son indefinibles, y de seguro se sonreirá amargamente al recordar la facilidad con que él podría definir á la desgraciada Titay.
</p><p>Sin el trato y el conocimiento íntimo del carácter, volvemos á repetir, es completamente imposible definir, máxime cuando corre de boca en boca tanta y tanta vulgaridad, escribiéndose en la generalidad de los casos en el mismo tono en que se habla.
</p><p>No ha muchos días, hojeando una de las últimas entregas de la <hi>Revista Europea</hi> nos fijamos en un artículo, en cuyo epígrafe se leía: <hi>Una llaga social</hi>. La respetabilidad de la firma del autor, la justísima reputación de la revista y nuestra afición á la lectura nos hicieron adivinar un precioso cuadro que encarnaría algún cáncer moral. Principiamos <pb n="139"/>la lectura, y á vueltas de bellezas de primer orden nos encontramos con un párrafo que literalmente dice así: <hi>En el reino de Aracan, en las islas Filipinas, ningún hombre toma por esposa una doncella so pena de considerarse deshonrado.</hi>
</p><p>Después de decirse que en estas islas la virginidad es una deshonra, creemos que bien puede asegurarse lo de los nidos en los rabos de los carabaos; lo de los misteriosos embozados de la calle de San Jacinto; lo de la persecución del <hi>anay</hi> por fuerzas del ejército; lo de los rabos de las indias de la costa de <hi>Baler</hi> lo de los tigres de Mariveles, y lo otro y lo otro, incluso el asegurar que el indio es indefinido. Si lo han de tratar de la forma que lo hace el autor de <hi>La llaga social</hi>, más vale que lo sea y no le atribuyan cosas que está muy lejos de ser, y con las cuales se forman conceptos y apreciaciones completamente erróneas. Todos los indios de Filipinas, lo mismo los remontados que los de las ciudades; <pb n="140"/>lo mismo los que campan en su vida nómada en las escabrosidades del <hi>Banajao</hi> y del <hi>Caraballo</hi>, que los reducidos; lo mismo los cristianos que los idólatras, <hi>aetas, tinguianes y busiaos</hi> conocen el valor de la virginidad, y en sus confusas ideas del deber y el honor jamás ha entrado como deshonra el que la compañera que han de tomar por esposa haya perdido al unirse á ellos la flor de la pureza.
</p><p>Si tales cosas dice un periódico tan serio y de los primeros de Europa, ¿qué no podrán decir los demás?
</p><p>¡Así se escribe la historia!....
</p><p>       *       *       *       *       *
</p><p>En muchas de nuestras ideas acerca del indio, convienen gran número de profundos observadores, y entre otros citaremos al eminente jesuita Murillo Velarde, quien en su <hi>Historia de Filipinas</hi>, dice: <hi>que el español es un vivo espejo en el que se mira el indio</hi>. Robertson, en su <hi>Historia universal de las Indias</hi>, compara á los indios con los muchachos <pb n="141"/>de la escuela; semejanza que también la encuentran el abate Marden en sus escritos, y Solorzano en su <hi>Política Indiana</hi>. El sabio cronista de los viajes por Filipinas, del General D. Ignacio María de Alaba, Frey Joaquín de Zúñiga, escribe en un manuscrito, valiosa joya que guardan los archivos de San Agustín, cuyo hábito vistió, lo siguiente: «El genio de los indios, según los autores que han escrito de ellos, es un embolismo de contradicciones; dicen que al mismo tiempo son humildes y soberbios, atrevidos y cobardes, crueles y compasivos, perezosos y diligentes, y refieren de ellos otras mil contrariedades como estas. Yo he vivido con ellos diez y seis años y no he hallado contradicción alguna, sino una gran debilidad y mucha disposición á recibir la impresión de todas las pasiones, las cuales se les pasan luego, y con gran facilidad se desprenden de una para dar lugar á otra. Muchas de sus acciones nos parecen contradictorias, porque <pb n="142"/>las referimos á nuestros ojos y no á los suyos; lo que entre nosotros es tenido por bajeza, lo tienen ellos por honra; lo que á nosotros nos abochorna, suele ser á veces entre ellos muy honorífico. Si cotejamos su modo de obrar con el modo de discurrir que se halla entre ellos, muchas que nos parecen contradicciones, las hallaremos consecuencias legítimas de sus principios.
<pb n="143"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.8" n="VIII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO VIII.</head><argument><p>Costumbres.—Casamientos.—Código amoroso indio.—Prólogo al libro.—Bíndo—Cabezang Juan y cabezang María.—Los faldones del munícipe.—Elocuencia de las uñas.—El Eureka tagalo.—El pretendiente y la pretendida..—El <hi>pamimianan</hi>.—El <hi>amang-cruz.—</hi>Una casa vacía y una casa provista.—El <hi>habiling.—</hi>Calabazas en redondo.—Influencia de los mayores.—Rencor indio.—Los picos quemados de una carta.—La <hi>gayuma</hi> y el <hi>jonjon</hi>.—Aceptación del <hi>habiling</hi>.—De novio á marido.—El <hi>pag-haharap.—</hi>Ceremoniales.—La vuelta á la casa.—Novenario.</p></argument><p>El indio en general es muy dado á sus tradiciones, y por nada en el mundo varía sus costumbres, costando no poco trabajo el introducir la más ligera adición ó supresión en ellas.
</p><p>Desde que un <hi>lalaqui</hi> forma el propósito de hacer el amor á una <hi>babay</hi>, hasta que se consuma el matrimonio, pasa por una serie de ceremonias y es objeto de un sinnúmero de fórmulas difíciles de enumerar, y desgraciado de él si en esa larga gestación de pretendiente á <hi>catipán</hi>, ó sea novio, y de este á <hi>maridable</hi>, <pb n="144"/>infringe alguno de los infinitos detalles del larguísimo ritual del código amoroso indio.
</p><p>Ni el pretendiente que en fuerza de cortesías llega á <hi>retratarse</hi> en los tersos botones de portero de Ministerio, ni el aspirante á rica dote ante exigente futura suegra, ni el candidato extra-oficial en distrito cunero, ni el cesante con ocho hijos frente á despótico casero, tolera las injusticias, los desaires, las cavilaciones y los sudores que sufre y aguanta con estoica resignación el indio ante la bronceada deidad de sus pensamientos.
</p><p>Veamos el tipo.
</p><p>Bindoy es un fornido muchachote de veinte años, su padre <hi>Cabezang</hi> Juan y su madre <hi>Cabezang</hi> María, son dos honrados seres que tienen cuatro cavanes de regadío, quinientos, cocos, algunas vacas y dos carabaos aradores que labran la tierra, en la que se levanta el hogar donde nació Bindoy. Aquella casa se llama de sementera, y los habitantes de las <pb n="145"/>ciudades conocen á sus moradores con el nombre de sementereros. Bindoy y sus padres no van al pueblo sino los domingos, los días de procesión y aquellos otros en que el ronco tañido del <hi>tambulic</hi> del <hi>matandá sa nayon</hi> anuncia al barrio que en la población ha de verificarse algo extraordinario. Cabezang Juan, acompañado de su hijo—que es primogénito de su cabecería,—asiste á las altas deliberaciones que algunos sábados se discuten en el Tribunal, y no sin gran trabajo recauda de sus <hi>carolos</hi> el tributo, trabajo que en cambio le da fuero sobre uso de chaqueta, asiento en la principalía, voto en las deliberaciones, media firma en informes de conducta, y sobre todo el oir llamar con cierto respeto á su cara consorte el aristocrático <hi>Cabezang</hi>, título tan nobiliario, como si su propietaria pudiera ostentar en vez de los blancos faldones de la munícipe camisa de su marido, un escudo con media docena de lagartijas en campo amarillo.
<pb n="146"/></p><p>Bindoy ha entrado en quintas y sacado un número alto, por lo tanto, viéndose libre del servicio del Rey, principió á pasar por su imaginación el deseo de dedicarse al de una <hi>dama</hi>. Con tal resolución, se echó mi buen Bindoy por aquellas sementeras de Dios en busca del ideal de sus sueños. Una tarde se hizo cargo de una guapa dalaga que pilaba arroz acompañando el ruido acompasado del <hi>jalo</hi> con una monótona canción. Ver á la dalaga y pararse, y tras pararse, rascarse, fué simultáneo. En Europa, sabemos, mejor dicho lo saben <hi>otros</hi>, que con la música puede darse las buenas tardes y hasta pedir un fósforo al vecino; pudiéndose hacer esto, y muchísimo más, en el arte coreográfico, en el que, y solo con la ayuda de los pies se pueden recitar todos los pentacrósticos de Estrada. El arte mímico ha llegado á una gran altura en el viejo mundo; pero juramos á nuestros lectores, que con toda aquella mímica junta, no se llega á la expresión que envuelve el hecho <pb n="147"/>de pararse un <hi>bagontao</hi> ante una dalaga, y rascarse. Las uñas en este caso tienen más elocuencia que todas las <hi>catilinarias</hi> juntas. Una <hi>rasqueta</hi>, reposada, tranquila y practicada en aquel <hi>sitio</hi> de que Sancho se quejaba después del manteo de la <hi>venta</hi>, es el ultimatum más perfecto que se conoce en el lenguaje de las peticiones. Cuando el indio se rasca en la cabeza, su exigencia solo será material, es el preámbulo para pedir ó dinero, ó cosa que lo valga; pero si el indio <hi>corre</hi> las uñas por los <hi>antedichos lugares</hi>, entonces la petición cambia de especie, y se convierte en moral.
</p><p>La dalaga, vió que Bindoy se paró, que miró, y que abrió la boca; oyó que pronunció el <hi>eureka</hi> tagalo, ó sea el característico, <hi>¡aba!</hi> y sobre todo, observó que bajó la mano y se rascó con el mismo mimo y parsimonia que podría hacerlo un gitano sobre el lomo de un pollino en feria, y visto y oído lo anterior, dejó <hi>jalo</hi> dentro del <hi>lusong</hi> y miró <pb n="148"/>de reojo á Bindoy como diciendo, mañana tú serás el que piles.
</p><p>En las costumbres tagalas de la provincia de Tayabas, el hombre trabaja mientras es novio, cuando es marido, generalmente quien lo hace es la mujer.
</p><p>Sigamos á nuestro Bindoy.
</p><p>Una vez que comprendió había encontrado su media naranja, traspuso el cerco de <hi>madre cacao</hi> que resguardaba la casa, en la que entró con la misma familiaridad que si fuera la suya. Dió las buenas tardes á los padres de la dalaga, fué cuidadosamente observado por aquellos, y acto continuo indicaron faltaba agua, á cuya indicación el pobre Bindoy, cargó con un pesado <hi>bombón</hi> de caña, que llenó en un manantial vecino. Con este trabajo empieza el <hi>via-crucis</hi> que tiene que recorrer el pretendiente. En el mero hecho de haber desempeñado una ocupación de la dalaga, se le acepta, y en tal concepto, presta con el nombre del <hi>servicio</hi>, ó sea el <hi>pamimianan</hi>, <pb n="149"/>toda clase de trabajos. Acompaña á su pretendida á todas partes, desempeña sus quehaceres, pila por ella el arroz, lampacea el suelo, limpia los <hi>carajais</hi> y los platos, ayuda al padre en las faenas de las sementeras, y todo por ella, por ella, á quien mira con una cómica gravedad. No hay nada más digno de notar, que la respetuosidad con que es tratada una india en situación de pretendida.
</p><p>El <hi>servicio</hi>, lo impone el padre de la dalaga, dura generalmente un año, ó sea de cosecha á cosecha, viviendo muchas veces el pretendiente en la misma casa de la pretendida. Desde el momento en que se acepta el servicio por parte de la familia de la dalaga, se abren dos listas, una que lleva el padre de aquella y otra el pretendiente, consignándose en ellas el importe de todo cuanta gasta en obsequios, sean de la clase que quieran. Los trabajos también tienen su tarifa, abonándose en cuenta dos reales por los servicios de noche, y uno los de día. Las listas del <hi>pamimianan</hi> <pb n="150"/>son altamente curiosas, leyéndose en ellas, al lado de una libra de <hi>lichón,</hi> un pañuelo de guinaras, figurando más allá de este apunte, dos reales por una noche en claro velando el <hi>romadizo</hi> de la futura suegra, y más allá, un real por media noche en que acompañó á la dalaga á cantar la pasión. Al cumplir el año se hace la liquidación del importe total de los trabajos, de los obsequios y del valor de todo lo comible y bebible, que ha llevado el pretendiente, y este se prepara á recibir su sentencia, pues al concluir el servicio se resuelve en definitiva si se le acepta ó no.
</p><p>En esta aceptación, poco ó nada se oye el asentimiento de la dalaga, la cual con raras excepciones sigue la voluntad de sus <hi>mayores</hi>, sin réplica ni objeción alguna.
</p><p>El pretendiente, en esos días, se preocupa todo lo que puede preocuparse un indio; busca una especie de hombre bueno, que se le conoce con el nombre de <hi>amang-cruz,</hi> y con <pb n="151"/>este, y algunas veces la música, se dirige á la casa de la dama de sus pensamientos, siendo de advertir que ya con anticipación se ha procurado se le comunique la noticia. Constituidos en la casa, si ven que nada falta en ella, es mala señal; mas si por el contrario, se encuentran solo con las paredes, sin que haya fuego, ni leña en el hogar, ni bancos, mesas y lamcapes en la caída y sala, entonces la cosa varía de aspecto, y el novio, el <hi>amang-cruz</hi> y los individuos de la familia de aquel, en un momento llevan cuanto hace falta, procediéndose acto continuo á preparar la cena y buscar á la dalaga, que la tienen escondida en alguna casa vecina. Encontrada aquella—y es de advertir que se la encuentra siempre—el <hi>amang-cruz</hi> entrega á su padre una bandeja adornada de flores. Entre estas se coloca una cajita, en cuyo fondo se ponen dos monedas de plata, cuyos bustos resulten mirándose el uno al otro. A esta ofrenda se la llama el <hi>habilin</hi>, y aceptado este, principia la <pb n="152"/>cena; se bebe, se canta, se baila y se habla de todo, menos de la proyectada boda. A los ocho ó quince días de la entrega del <hi>habilin</hi>, se prepara otra cena, previo aviso á todos los parientes de una y otra parte, y si á la conclusión de aquella devuelve el padre de la dalaga al <hi>amang-cruz</hi> las dos monedas, es señal de calabazas en redondo; si no hay devolución, el pretendiente pasa á ser novio oficial.
</p><p>De no aceptarse al novio, se le entrega el importe del servicio, el cual se le carga en cuenta al nuevo pretendiente que tenga la dalaga, de modo que el <hi>pamimianan</hi> no es ni más ni menos que un préstamo que se hace al padre, con la garantía de la hija. Volvemos á repetir, que pocas veces entre las indias de la provincia de Tayabas, se ven ejemplos de que contraríen la voluntad de sus <hi>mayores</hi>, y cuando esto sucede, el rencor se lleva á un terreno casi incomprensible. Conocimos una joven, que habiendo apelado al <pb n="153"/>amparo de las leyes, y habiéndose decretado su depósito, escribió á sus padres una carta pidiéndoles perdón. El día que tal hizo fuimos á la casa en que se hallaba, y la encontramos llorando, teniendo á la vista su carta con los cuatro picos quemados, una mortaja, un cordón, un rosario y cuatro velas amarillas. Aquellos objetos mortuorios nos llamaron la atención, y al interrogar á la joven, nos dijo, que aquella carta era la suya, devuelta sin contestar por sus padres, quienes, juntamente con ella le habían acompañado los anteriores objetos. La carta que se devuelve quemadas las cuatro puntas, significa que el odio será eterno; si se acompaña la mortaja, revela, que aquel se llevará hasta la tumba.
</p><p>La oposición de los <hi>mayores</hi> tratan algunas veces los pretendientes de conjurarla por medio de empíricas recetas ó tradicionales <hi>anitos.</hi> Las hojas de la <hi>gayuma</hi> y del <hi>jonjon</hi>, se prestan en primer término para las cábalas amorosas. Aquí no hay <hi>echadoras</hi> de cartas, ni <pb n="154"/>agoreras pitonisas; pero el género no es desconocido, La <hi>mangcuculam</hi> suple aquí las rayas de la mano, la sota de bastos y los <hi>setenarios</hi> del amor, con los brebajes del <hi>jonjon</hi> y los sahumerios de la <hi>gayuma</hi>.
</p><p>Nuestro conocido Bindoy no tuvo necesidad de recurrir á medios extraordinarios. Fué aceptado por todos, trabajó como un cumplido pacientísimo su año de servicio, y cabezang Juan guardó en el fondo del arca las dos monedas del <hi>habilin</hi>. Ya lo tenemos, por lo tanto, novio oficial de la simpática dalaga, cuyo nombre era el de Nínay.
</p><p>Del estado de novio al de marido, hay entre el indio muy poco camino, así que á los pocos días tomaron el que dirige al convento, Bindoy, Nínay, el <hi>amang-cruz</hi> y los padres de aquellos. Presentes los novios ante el párroco, fueron examinados, y <hi>nemine discrepante</hi> aprobados, quedaron inscritos para las amonestaciones.
</p><p>La presentación que hacen al cura la llaman <pb n="155"/>el <hi>paghaharap</hi>, y con este nombre se da una fiesta, que se repite la víspera de la unión, con el nombre del <hi>casalan</hi>, la que dura hasta la hora de ir á la iglesia.
</p><p>En todos estos actos hay un ceremonial especial que se repite de unos á otros con la precisión del engranaje de un cronómetro inglés.
</p><p>Bindoy, solo, según programa, marcha por medio de la calzada que dirige al convento á la cabeza de la música; detrás de esta, y en la misma forma que su futuro, camina muy despacio la novia, llevando sobre su cuerpo la saya más pintarrajeada que ha encontrado y cuantos objetos relucientes ha podido proporcionarse. Leídas que fueron las solemnes palabras de San Pablo, Bindoy miró de reojo á Nínay, el cura bendijo la unión de ambos, y todos contentos y satisfechos regresaron á la casa de la desposada, en la que el pobre marido, antes de entrar en posesión de su mujer, tiene que sufrir nueve—¡nueve!—<pb n="156"/>interminables días, por supuesto con sus correspondientes noches de baile, <hi>cutang-cutang, coquillo</hi> y demás agasajos que para el pobre Bindoy son otras tantas mortificaciones. En estos nueve días la desposada duerme con sus amigas, las cuales la rodean, no dejándola ni un momento sola. ¡Delicada y alegórica costumbre en que se despide la dalaga del mundo, rindiendo en aquel novenario el último tributo á la virginidad!
</p><p>Bindoy es completamente feliz al lado de Nínay. Veamos en el siguiente capítulo si es ó no posible la felicidad en el indio.
<pb n="157"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.9" n="IX" type="Chapter"><head>CAPÍTULO IX.</head><argument><p><hi rend="bold">¿Es ó no feliz Ambrosio</hi>?</p></argument><p>Decía un amigo mío que á ser posible volver á nacer y tener el derecho de petición, pediría á Dios nacer indio, pero indio puro, de sementera. Fundaba su deseo en la observación que había hecho de este país en su larga permanencia en él y en el trato y conocimiento de las costumbres del indio.
</p><p>Hoy que llevo algunos años en Filipinas y que he pasado muchísimos días estudiándolo, comprendo cuánta razón tenía mi amigo.
</p><p>Entiéndase, que tanto aquel como yo, nos referimos al indio de campo, no al ilustrado de las ciudades.
</p><p>Para que no haya duda, voy á describir el tipo tomado del natural.
<pb n="158"/></p><p>En mis excursiones por uno de los pintorescos ríos de la contra-costa de Tayabas, que desembocan en el Pacífico, vi deslizarse pesadamente una balsa de cañas, sobre las cuales tranquilamente dormía un indio. A las voces que le dió nuestro timonel, se incorporó lentamente y tras un largo esperezo y un no menos largo resoplido soñoliento, separó con la ayuda del <hi>tiquin</hi> su rústica embarcación, dejándonos paso en la corriente.
</p><p>He ahí, dije en mi interior, un ser que respira tranquilidad, salud y bienestar.
</p><p>Formulado que fué el anterior juicio, me asaltó el deseo de saber si habría sido ó no exacto en dicha apreciación.
</p><p>—¿Conoces á ese indio que va en la balsa?—dije al timonel.
</p><p>—No conoce, señor.
</p><p>—Pregunta si vive cerca, y de vivir próximo al río, díle si podríamos pasar la noche en su casa.
</p><p>El timonel con la ayuda de mi criado, tradujo <pb n="159"/>en tagalo mi deseo, dando su contestación por resultado, que vivía un cuarto de hora de <hi>remo</hi> de donde nos encontrábamos, y que con mucho gusto nos ofrecía su casa y cuanto tenía, á cuyo ofrecimiento dí orden para que se largara un cabo á la balsa. Con la ayuda del remolque y apretando <hi>bogas</hi>, atracamos al poco rato al pié de la morada del indio. La casa era de caña y nipa, y todo su ajuar se reducía á dos <hi>lancapes</hi>, una mesa, una banga y unos cuantos tabos de coco, destacándose en las paredes varias estampas pegadas con morisqueta.
</p><p>El indio nos dijo llamarse Ambrosio, estaba casado y tenía dos hijos. Veamos las necesidades morales y materiales de aquella familia. El espíritu de Ambrosio flotaba en el mundo del indiferentismo, sin que le atormentase ninguna clase de ambiciones, puesto que ignoraba el ancho campo y el dilatado más allá, que se extendía tras la cerca de palmabraba que resguardaba la casa. Allí <pb n="160"/>vivía, sin recuerdos del ayer, sin aspiraciones del hoy, ni intranquilidad ni zozobra para el mañana. Las edades, los tiempos, las esperanzas, las tiernas conmemoraciones y todo cuanto constituyen esos eternos fantasmas que se suceden sin interrupción en el gran laboratorio que da calor al alma, son completamente desconocidos en la morada de Ambrosio. No sabe cuándo nació y confusamente recuerda <hi>los cabos de año</hi> que ha celebrado desde que murieron sus padres. Adora á Dios sin que en sus ideas religiosas entre para nada tratar de profundizar ninguno de sus misterios, llevándole su misma ignorancia al fatalismo que predomina en la generalidad de los indios. Á la muerte la llaman la <hi>raya-negra,</hi> y poco ó nada hacen para contrarestar ese negro surco de sus creencias, tan luego anuncia una de sus muchas <hi>abusiones</hi> que la muerte ha de entrar en una casa.
</p><p>Las necesidades morales de Ambrosio son perfectamente nulas. Tiene mujer é hijos, <pb n="161"/>pero ni remotamente le ha preocupado su porvenir. Las palabras hospital, hospicio, casa de empeños y de refugio, son completamente desconocidas en su vocabulario; es más, Ambrosio no llegará jamás á comprender su significación; ignora lo que son las interminables noches del invierno sin abrigo y sin luz, y no sabe lo horrible de la palabra <hi>¡pan!</hi> pronunciada por un hijo hambriento y aterido. La nauseabunda guardilla, los harapos, la miseria, el hambre, las privaciones de todo género, las luchas de la virtud con las necesidades, la camilla y la fosa común, jamás han llegado ni llegarán á atormentar los pensamientos de Ambrosio. Pertenece á la raza pura, su constitución como la de los suyos, es virgen, desconociendo casi las enfermedades, teniendo para las que le aquejen admirables específicos en las hojas de sus bosques, en los jugos de sus plantas y en las corolas de sus flores. La constante y benigna temperatura intertropical de su cielo, le libra <pb n="162"/>de todas las necesidades que trae en pos de sí el invierno, poseyendo Ambrosio á su alrededor cuanto constituye su vida, no solamente con relación á su materia, sino que también á su espíritu. Un pequeño campo le provee de arroz para su morisqueta; el río le brinda con la riqueza de sus pescados; el coco, le ayuda con las múltiples aplicaciones de sus hojas, sus jugos y sus fibras; el chile, fortifica su organismo; las hebras del abacá, cubren su cuerpo; las esbeltas cañas y los trepadores bejucos, le dan albergue; los verdes nipares, bebidas alcohólicas; y por último, refrescan su sangre los poéticos <hi>tamarindos.</hi> Y todo esto lo tiene Ambrosio en las treinta varas que rodean su casa. En aquel terreno están cubiertas todas sus aspiraciones, no inquietándole el porvenir de sus hijos, puesto que sabe que en aquel suelo, mina inagotable cultivada por la mano del Sumo Hacedor, está encerrado todo el horizonte del mañana. Su cielo, siempre lleno de luz; sus <pb n="163"/>alboradas, con sus diamantinos rocíos; sus plácidas noches, con los vividos destellos de los miles de <hi>alitaptap</hi> que baten sus alas de fuego en las rojas corolas del árbol del amor; la grandiosidad de la selva con sus árboles seculares, sus misterios, sus pájaros, sus arroyos y sus flores, sonríen á su espíritu y le enseñan á amar al que enciende en los altos plenilunios la pálida faz de la <hi>sultana</hi> de los cielos, á la que Ambrosio como todos los de su raza, rinde una verdadera admiración. Así nace y vive el indio, viendo llegar tranquilamente su última hora, sabiendo que sus despojos no han de ser llevados por manos mercenarias y sí por sus propios deudos, los cuales no tienen el amargo <hi>privilegio</hi> de verlos arrojar en la fosa común, <hi>ese</hi> horrible rincón de las grandes <hi>necrópolis,</hi> donde se hacinan cientos de cadáveres y se compendian millones de lágrimas.
</p><p>¿Es ó no feliz Ambrosio?
<pb n="164"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.10" n="X" type="Chapter"><head>CAPÍTULO X.</head><argument><p>Costumbres.—Enfermedades y entierros.—El <hi>orimon</hi>.—Creencias del indio.—El mediquillo.—Confección de una receta.—El <hi>constructor</hi> de cigarrillos.—Dos <hi>respiraciones.</hi>—El frío y el calor.—Muerte de cabezang Pedro.—Al hoyo y ... <hi>talagá nang Dios.</hi>—La casa por concluir.—<hi>Dolor de embarazo</hi>.—Las plegarias y la Orden tercera.—Las listas del presente.—<hi>El panalañgin.</hi>—El sentimiento y el estómago.—<hi>Inoac</hi> y <hi>sayos</hi>.—El sentimiento y el indio.—Filosofía del <hi xml:lang="ceb">icao ang bahala</hi>, y el <hi xml:lang="ceb">talagá nang Dios</hi>.—El cementerio de Tayabas.—La vida y la muerte.—¡Eterno olvido!—El <hi>dasalan.</hi>—Creencias.—El <hi>lungcasan</hi>.—Último recuerdo del vivo al muerto.</p></argument><p>Ya que hemos visto todo el ceremonial que precede á un casamiento en Tayabas, síganme los lectores que quieran á la cabecera de un enfermo grave, y si muere les daremos á conocer las costumbres que se practican en los entierros.
</p><p>—¿Estamos en camino? Sí, pues principiemos por doblar la rodilla, pues á pocos pasos de la casa adonde nos dirigimos llevan el <hi>orimon</hi>, resguardado por un inmenso payo de seda grana, y dentro de aquel se ve al ministro del Altísimo con la sacrosanta <hi>forma</hi>. Detrás <pb n="165"/>del <hi>orimon</hi>, que no es ni más ni menos que una silla de manos conducida en hombros de cuatro fieles, y custodiada por una guardia de honor de cuadrilleros, va la música tocando la marcha real, y á continuación gran número de acompañantes con velas.
</p><p>La devota comitiva se dirige á la iglesia, y nosotros entramos en la casa del paciente, en la que se notan algunos adornos, lo que prueba, que en aquella se ha recibido al <hi>Rey</hi> de los <hi>Reyes</hi>, con toda la suntuosidad á que alcanzan los recursos de sus moradores.
</p><p>Ya estamos en la caída; si quien padece es mujer, y se encuentra de parto, no podemos detenernos ni hablar hasta llegar á la habitación donde se encuentra la enferma; si esto no hacemos, se creería en un resultado funesto. Delante de nosotros ha pasado un indio que se ha parado á encender un cigarro en una de las muchas luces que hay en la caída, á pesar de ser las cuatro de la tarde; <pb n="166"/>aquella parada, desde luego nos da á conocer no habrá bautizo, ni necesidad de preparar agua de socorro. Con nosotros viene el estudioso y aventajado joven D. Evaristo Batlle, médico titular de la provincia; lleva poco tiempo en ella, y todavía no ha podido desterrar con su ciencia las ridículas y hasta estrafalarias prácticas de los mediquillos. El doctor nos acompaña como simple curioso, si bien, va animado de los mejores deseos humanitarios. Cerca de la caída está la cocina, y en ella nos enseñan á un grave y respetable <hi>señor,</hi> de camisa por fuera, armado de unos tremendos anteojos, cuyo varillaje difícilmente encuentra apoyo en una <hi>cosa</hi> que quiere ser narices. Aquel personaje, es el mediquillo; se encuentra rodeado de una porción de cachivaches, dando órdenes y disposiciones con un gran aplomo. Cree que ninguno de nosotros conoce el tagalo, y por lo tanto continúa con su explicación medica, al par que confecciona una receta. Veamos <pb n="167"/>los ingredientes de esta, y oigamos el discurso.
</p><p>En una hoja de plátano, embadurnado de aceite para que no se pegue, deja destilar la melaza de unos caramelos, que derrite á la llama de unos <hi>tinsines</hi> que arden por cima de la hoja, sobre la que vemos perfectamente picado un poco de tabaco y otro poco de <hi>buyo</hi>, que mezcla y revuelve con la melaza, haciendo por último con todos aquellos <hi>compuestos</hi>, una especie de tabaco de las dimensiones de un <hi>primera habano</hi>. Concluída su obra, miró por cima de las antiparras á todos los que aguardaban brotase la salud de sus manos, y con <hi>aire</hi> reposado y sentencioso, dijo en tagalo, lo que traducimos en español.
</p><p>—Toma,—dijo, dándole el cigarrillo á una india, que supimos era la esposa del enfermo,—cuando le <hi>suba</hi> el frío, hay que traerlo <hi>abajo</hi>, y para llamarlo, tienes que taparle con <hi>eso</hi> todas las <hi>respiraciones</hi>—¡Santos cielos! exclamamos en nuestro interior,—¡cuántas <pb n="168"/><hi>respiraciones</hi> conocerá ese <hi>constructor</hi> de cigarrillos! Sudando, solo en pensar la horrible faena para conducir el frío <hi>abajo,</hi> nos dirigimos á la habitación del paciente. Con más parches que redoblante de concejo; más hierbajos que anaquelería de herbolario: y más <hi>sobas</hi> que espalda de galeote, <hi>yacía</hi>, en el petate del dolor, mi bueno de cabezang Pedro, aquejado de un descomunal ataque de <hi>frío</hi> y <hi>calor</hi>.
</p><p>Al ver al pobre cabezang Pedro, comprendimos todo lo grave que es el estar malo en Tayabas.
</p><p>Y en efecto, lo estaba tanto, que murió aquella misma noche.
</p><p>Nuestro amigo el doctor nos dijo que el frío y el calor, no era ni más ni menos, que una fiebre maligna.
</p><p>Por supuesto la muerte de cabezang Pedro, no se la achacaron al mediquillo ni mucho menos, pues allí no hay la <hi>fea</hi> costumbre de echar el muerto á las espaldas del que lo <pb n="169"/>asistió en vida. Se muere porque <hi>sí</hi>, y al hoyo y <hi>talagá nang Dios</hi>.
</p><p>Si la casa donde acaece una defunción es nueva y está concluída, entonces no hay que preguntar, pues que está muy arraigada la creencia que enfermo que cae en casa nueva y concluída indefectiblemente ha de morir, haciendo esto, que jamás se concluyan las casas de Tayabas, dejando por poner, ó una puerta, ó una concha, ó una ventana. Durante los embarazos se suspende toda obra, así que si la dueña de una casa en construcción ó reparación nota síntomas de embarazo, se paraliza el trabajo en el estado en que se encuentre, hasta que aquella dé á luz.
</p><p>Hemos dicho si la mujer nota síntomas de embarazo, y en esto no hay completa exactitud, pues basta que aquellos síntomas lo sienta por su mujer el marido. Pero..., pero que vamos, que hay que ponerse serio para decir ciertas cosas, mas es lo cierto, que en Tayabas la generalidad de los futuros papás, <pb n="170"/>llevan su tradicional creencia, hasta jurar que sienten los mismos dolores que la mujer.
</p><p>—¿Qué tiene tu padre?—decíamos en una ocasión á una muchacha.
</p><p>—Tiene, señor, dolor de embarazo,—nos contestó.
</p><p>—¡Vamos, que les digo á ustedes, que entre las muchas gangas que posee un marido, jamás pudimos creer podría llegar á tener la de <hi>ponerse</hi> á parir.
</p><p>El pobre cabezang Pedro—como dejamos dicho—murió, no de una ilusoria creencia sino de una real y efectiva fiebre palúdica.
</p><p>Tan luego espiró se le cubrió la cara con un pañuelo, se le entrelazaron las manos, poniendo en ellas un crucifijo, las campanas tocaron plegarias, y todos los individuos de la <hi>Orden Tercera</hi>, invadieron el cuarto, poniéndose á rezar, mientras los parientes más cercanos preparaban un hábito de San Francisco, mortaja con la que habían de vestir el inanimado cuerpo.
<pb n="171"/></p><p>El toque de plegarias, al par que avisa á los vivos recen por el alma de un muerto, convoca con su lúgubre tañir á todos los que fueron sus parientes. Estos acuden á la casa si es que ya no están en ella, llevando cada uno un obsequio, consistente en dinero ó bien en tabaco, en bebidas ó en comestibles, obsequios que á su vez son recompensados en igual forma y en casos semejantes por los que los reciben, á cuyo efecto, se guarda una lista de <hi>presentes</hi> en cada casa.
</p><p>Como los parientes del cabezang Pedro son muchos y pudientes, la lista del <hi>presente</hi> está llena de <hi>números,</hi> que aparecen traducidos en <hi>especie</hi>, sobre las mesas y fogones.
</p><p>Una vez reunidos deudos y amigos, empieza el <hi>panalañgin</hi> ó sea el canto de la pasión, que dura toda la noche con gran contentamiento del estómago, al que se da lastre y refuerzo tras cada estrofa.
</p><p>Entre cabezadas, esperezos y cánticos roncos y destemplados, viene el día, y con él el <pb n="172"/>carro ó angarillas que ha de conducir al cadáver á la iglesia y de aquí al lugar del eterno reposo.
</p><p>Todos los parientes acompañan al cadáver, conociéndose aquellos por una especie de frac de percalina engomada color garbanzo, de faldones muy largos, llamados <hi>sayos</hi>, que visten los hombres, y un manto, generalmente de raso, conocido con el nombre de <hi>inuac</hi>, con el que se cubren las mujeres.
</p><p>El indio, bajo el punto de vista del sentimiento, ó es niño ó es viejo, lo que viene á ser sinónimo, de aquí lo difícil de definirlo. Tiene la volubilidad, la indiferencia, y los momentáneos caprichos del niño: como este odia y ama, como este quiere y olvida, sucediéndose en los impenetrables misterios de su espíritu, las más fuertes impresiones, sin dejar el dolor la más ligera huella, ni el placer el más mínimo recuerdo. Todas las cosas posibles la envuelve en su lacónico <hi xml:lang="ceb">aco ang bahala</hi>, como todos los hechos consumados, <pb n="173"/>los acepta en su filosófico <hi xml:lang="ceb">talagá nang Dios</hi>.
</p><p>Pronunciando el <hi xml:lang="ceb">aco ang bahala</hi>, emprende todos los actos de su vida; y murmurando el <hi xml:lang="ceb">talagá nang Dios</hi>, arroja el primer puñado de tierra sobre los últimos restos de la que le dió el sér, ó sigue con estóico indiferentismo el féretro del fruto de sus amores, sin que jamás se le ocurra protestar ni con la lengua ni con los ademanes de su profunda y filosófica frase.
</p><p>Si la ciencia no hubiera ya convenido que las canas son, en la generalidad de los casos, consecuencia de la fijeza de los grandes dolores morales, nos convenceríamos de ello en este país. La casi carencia en el indio de esas prematuras y plateadas hebras, recuerdo de otras tantas lágrimas, prueba, que en su mente hay una gran fuerza de conformidad, que la mayor parte de las veces lo conduce al indiferentismo. ¿Será esto producto de una inquebrantable y poderosa fe, ó derivación de su temperamento? ¡Arcano insondable <pb n="174"/>que solo Dios lo sabe, mas es lo cierto, que felices ellos mil veces que á la vista de una gran desgracia se quedan dormidos murmurando su concluyente y consolador <hi xml:lang="ceb">talagá nang Dios</hi>, no conociendo las interminables noches de insomnios, en que se lucha con un insistente y doloroso recuerdo!
</p><p>Haciendo estas reflexiones, llegamos al cementerio de Tayabas.
</p><p>Aquella mansión de olvido y descanso, está rodeada de una gran exuberancia de vida. El murmurio del río que rompe entre guijas al pié de uno de sus muros; los esbeltos penachos de las flexibles cañas que los coronan, y los hermosos plumajes de las <hi>oropéndolas</hi> y solitarios que se posan en su parduzca y viscosa argamasa, constituyen una amarga verdad que enseña á los que <hi>vuelven</hi> cuán cerca está la vida de la muerte.
</p><p>En uno de los lados del cementerio se alza una espaciosa y sólida capilla, en la que de poco tiempo á esta parte se ha principiado á <pb n="175"/>formar <hi>esa</hi> fúnebre anaquelería invento de la pobre humanidad, que sin duda cree que un cajón de ladrillo elevado á tres cuartas del suelo es mejor lecho para dormir el sueño eterno, que el hoyo abierto en la madre tierra.
</p><p>En el amplio y extenso patio, no vimos ni un mausoleo, ni un monumento, ni una lápida, ni una fecha, ni una inicial, ni nada que recordase un nombre. ¡Hierbas y musgos por doquier!... ¡Eterno olvido!
</p><p>       *       *       *       *       *
</p><p>Recordando las sentidas estrofas, que la soledad del <hi>campo santo</hi> inspiraron al malogrado Becquer, volvimos al pueblo.
</p><p>Aquella noche se verificó el <hi>dasalán,</hi> ó sea el principio del novenario, en el que si bien se reza, también se cena. Esta suele servirse en algunas casas los nueve días, mas lo general es verificarlo en el cuarto con el nombre de <hi>apat na arao, y</hi> en el último que se celebra con el de <hi>siam na arao</hi>.
<pb n="176"/></p><p>Hasta que este se lleva á cabo, los parientes del muerto ni comen verduras, ni se bañan. Al quinto día de acaecida la defunción, creen que el muerto se aparece al que duerme en la misma cama del finado. Al sacar el cadáver de la casa, ponen á todos los chicos sentados en la escalera, de forma que el ataúd pase por cima de ellos. De no hacer esto, y no cerrar inmediatamente que sale el féretro todas las ventanas, se cree que pronto entrará en la casa otra muerte.
</p><p>Con el nombre del <hi>lungcasan</hi> se celebra <hi>el cabo de año,</hi> en el que no solamente se cena, sino que en la generalidad de los casos también se baila.
</p><p>Después del <hi>lungcasan</hi>, último recuerdo que consagra el vivo al muerto, no quedan ni fechas, ni memorias, ni conmemoraciones, ni marchitas coronas. Solo la iglesia conserva en sus archivos una partida de defunción; la campana un triste eco en la noche de todas las ánimas; la tierra un poco más de <pb n="177"/>lodo, y el enterrador unos trozos de leña, restos de los descarnados brazos de una tosca cruz que carcomió y desunió la inclemencia del tiempo.
<pb n="178"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.11" n="XI" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XI.</head><argument><p>Paseo á caballo.—El cocal de las <hi>Angustias.—</hi>La ermita.—La esquila del santuario.—Una alborada en los trópicos.—La niña, el árbol y el crepúsculo.—Una misa en la ermita.—Oración que implora y curiosidad que investiga.—La madre del dolor.—Una cifra y una fecha.—Averiguaciones inútiles.—El matandá de la ermita.—La Casa Real de Cotta.—Las ruinas y la recámara de la muerte.—Estancia en el barrio de Cotta.—Tamayo y Belloc.—Recuerdos.—Horas felices.—Salubridad y riqueza.</p></argument><p>—Hermoso cocal es ese—dije á mi buen amigo A... con quien paseaba á caballo una tarde por el pintoresco y agreste camino que conduce al pueblo de Lucban.
</p><p>—En efecto—me contestó mi amigo,—no encontrarás en toda la provincia un cocal como este; observa su cerca, su tierra, su labor, sus árboles y verás que ni falta una piedra, ni crece una grama, ni fructifica una parásita, y, cosa rara, este cocal no tiene dueño, es de todos y de nadie, no hay vecino del pueblo que no lo atienda, que no lo cuide, que no lo mejore, y, sin embargo, su dueño <pb n="179"/>no es de este mundo. Cuando el indio pasa por delante de sus flexibles palmas agobiadas por los compactos racimos de sus frutos, si se ha desmoronado una piedra coloca otra, si se ha torcido un pono lo apuntala, si una planta exótica abraza un tronco la arranca, y cuando nada de esto hace porque nada falta, se quita el sombrero, lleva los dedos á la frente, hace la señal de la cruz y murmura una oración. Estamos en el cocal de las <hi>Angustias</hi> y su propietaria es la imagen que se venera en la ermita de aquel nombre.
</p><p>—¡El cocal de las Angustias!—Ese título dije, seguramente debe encerrar un misterio sintetizando alguna histórica leyenda del país.
</p><p>—No conozco la leyenda, solo sé que el producto del cocal se emplea en beneficio de la ermita, y que de cuando en cuando se extrae cantidad bastante de aceite para que una lámpara continuamente alumbre á la sublime madre del dolor.
<pb n="180"/></p><p>—¿Y nada más sabes?—repliqué con creciente impaciencia.
</p><p>—Absolutamente nada más, mis ocupaciones, y más que todo mi poca afición á escudriñar cosas que ni me van ni me vienen, han hecho que en los años que llevo por estas comarcas practicase lo que he visto hacer, quitándome el sombrero cuando por aquí paso, por aquello de que adonde quiera que fueres haz lo que vieres, sin que haya tratado de averiguar el cómo y el por qué <hi>la</hi> que es dueña de todo desde el cielo viene á ser propietaria aquí en el suelo de esas flexibles palmas.
</p><p>Después de la anterior manifestación de mi amigo, continuamos el paseo sin hablar más acerca de la ermita y el cocal de las Angustias.
</p><p>Volvimos al pueblo, y al día siguiente muy de madrugada me encaminé á la ermita, encontrando en ella á un matrimonio indio que la cuidaba.
<pb n="181"/></p><p>—Abre—dije en tagalo á la mujer que se había adelantado á mi llegada.
</p><p>Las pesadas hojas de una puerta profusamente claveteada rechinaron en sus goznes, quedando á la vista el interior del santuario. Este lo componía un pequeño cláustro, un modesto presbiterio y la sacristía que ocupaba un local á la derecha del presbiterio. Cuatro ventanas en los muros provistas de conchas y cristales, el altar con la imagen de la Dolorosa y una lámpara de plata que ardía frente á aquella, completaban el modesto templo á cuya puerta se levantaba una pequeña esquila, cuyo bronce anunciaba todos los días la oración de la tarde, y un alegre repique los viernes, el sacrosanto sacrificio que desde tiempo inmemorial se celebraba en ese día, conmemorativo de los dolores de María.
</p><p>Después de inspeccionarlo todo, me volví á mi casa sin haber podido adquirir noticias referentes á la ermita.
<pb n="182"/></p><p>Una hermosa y risueña alborada como lo son todas en la India, me despertó, oyendo los ecos del lejano volteo de la campanita que convocaba á los creyentes á la misa del alba. Era viernes. Apresuradamente me vestí, abrí las conchas de mi cuarto y me dispuse á asistir al más grande de los misterios del cristianismo.
</p><p>Los últimos crespones de la noche fueron replegados por la tenue luz de un corto crepúsculo, y la claridad sustituyó á las sombras con esa potencia, esa vitalidad y esa gigantesca exuberancia con que hace la naturaleza en este país todas sus manifestaciones.
</p><p>Aquí no hay crepúsculos, como tampoco hay juventud. El niño, pasa á ser viejo sin haber sido joven, y la niña se da cuenta que ha dejado de jugar, cuando es madre. Al árbol lo rinden los años, sin que su añoso tronco ó su ligera palma hayan visto arremolinarse al pié de su cuna, ni el melancólico <pb n="183"/>sudario de su dorado otoño, ni los descarnados brazos de su prematura vejez.
</p><p>Aquí, una semilla es un árbol, una niña, una mujer, y un crepúsculo, una rapidísima penumbra de la vívida luz de los trópicos.
</p><p>Preguntar á una india qué acaba de dar á luz y os dirá que ha parido, no un niño ó una niña, sino una <hi>babai</hi> ó un <hi>lalaqui</hi>, es decir, un hombre ó una mujer. Plantar una simiente de las que en el viejo mundo dan un arbusto, y aquí saldrá un árbol. Salir á la calle sin el payo, contando con el crepúsculo y más que á paso tendréis que volveros con los sesos achicharrados.
</p><p>Mas dejemos digresiones y entremos en la ermita, á cuya puerta se agolpaban gran número de fieles.
</p><p>Me arrodillé al pié del presbiterio, y al levantarme después de oir pronunciar al sacerdote la última palabra del conmovedor evangelio del día, alcé los ojos á los inmóviles de la imagen, no recuerdo, si con el fervor de <pb n="184"/>la oración que implora ó de la curiosidad que investiga; mas el resultado fué que poco á poco, el fiel se convirtió en el artista, admirando la corrección de la talla, lo acabado de sus detalles, lo valiente de sus líneas, y más que todo la profunda expresión de sentimiento que el artífice había sabido impregnar en la Dolorosa Madre. Recorriendo mi vista todos los detalles de la escultura, con gran insistencia se fijaron en un objeto que estaba á sus piés y que poco á poco vine á convencerme era un bastón.
</p><p>Concluída la misa, me dirigí á la sacristía y supliqué al sacerdote me permitiera examinar aquel. Mi ruego fué atendido, teniendo ocasión de observar un antiguo bastón de mando, en cuyo rico puño, toscamente cincelada se destacaba una cifra, la misma que según me dijo el sacerdote, tenían el cáliz, propiedad de la ermita, y la lámpara. Examiné esta y aquella, y en efecto, en el oro del primero y en la plata de la segunda, se <pb n="185"/>encontraba la cifra y una inscripción debajo de ella que decía: 8 de Enero 1720.
</p><p>Mientras hice mis investigaciones, el sacerdote concluyó su rezo de gracias, y ambos nos dirigimos á la casa de mi amigo A...
</p><p>Incidentalmente hice recaer la conversación acerca de la ermita y de lo que á ella se refería. El misterioso cocal, siempre cuidado y atendido, la correcta escultura escondida tras los muros del modesto santuario, el antiguo bastón de mando á los pies de la imagen, el laconismo de la jeroglífica cifra, y más que todo, aquel 8 <hi>de Enero de</hi> 1720, en cuya fecha seguramente se compendiaba alguna ofrenda conmemorativa de pasados sucesos, embargaban fuertemente todo mi ser. Tras no pocas insistentes preguntas y no menos vagas respuestas que mediaron, mientras tomamos chocolate, vine á perder la esperanza de lograr mi deseo.
</p><p>Pasaron algunos días y una tarde en que con mi amigo respiraba la fresca brisa, sentados <pb n="186"/>en la espaciosa azotea de su casa, pasó por la calle una procesión en la que todos los alumbrantes eran muy viejos. Esto hizo que se hablara sobre los frecuentes casos de longevidad de Filipinas, y el que dijera á mi amigo que entre aquellos alumbrantes irían muchos de ochenta y noventa años, á lo que me replicó aquel, que conocía un antiguo veterano que llevaba más de cuarenta años cobrando su retiro, siendo de advertir que al salir del ejército ya tenía el máximun de tiempo, debiendo por lo tanto cifrar en más de cien años. Encontrándonos en esta conversación, fué á hacernos compañía un honrado comerciante español, casado con hija del país y radicado en aquel pueblo. Enterado de nuestra conversación nos dijo, que él sabía de un viejo de ciento dieciocho años, que se le conocía con el nombre del <hi>matandá de la ermita</hi>, el cual, hacía tiempo vivía en el barrio de <hi>Cotta</hi>, distante dos leguas de Tayabas.
<pb n="187"/></p><p>Al día siguiente al en que tuvimos la anterior conversación, caminaba con dirección á Cotta.
</p><p>Tan luego desmonté del caballo, al pié de la escalera, de la que llaman Casa Real, indagué del <hi>castellano</hi> que la habita, quién era y dónde vivía el <hi>matandá de la ermita</hi>, sabiendo por boca de aquel y con gran desconsuelo mío, que hacía más de un año había muerto.
</p><p>El castellano, pudo iluminar poco, ó nada, mis investigaciones, dando mis preguntas el único resultado de saber, que el matandá tuvo una especial predilección por unas ruinas que se descubrían en la margen del río. Dichas ruinas, cubiertas en su mayoría de brozas, musgos y malezas, muestran en su antigua argamasa las señales de un incendio. Sobre algunos ahumados y dentados ladrillos, descansa un tosco cañón de hierro de gran calibre. Su. <hi>ánima</hi> está destrozada, el herrumbre cubre su áspera superficie, y en <pb n="188"/>su desportillada boca relucen en las horas de sol los ojillos de los verdes lagartos, que buscan la vida, en la que fué <hi>recámara</hi> de la muerte.
</p><p>Sentado sobre aquel cañón, y rodeado de aquellos restos, supe pasaba muchas horas el matandá.
</p><p>Las negruzcas ruinas del baluarte de Cotta, y su inválido cañón, claramente demostraban que por allí había pasado la tea incendiaria de la piratería morisca. Aquella muda, pero elocuente página de muerte y destrucción, seguramente ocupaba un lugar importante en la leyenda de la Virgen de las Angustias. ¿Cuál sería aquel? Hasta la fecha en que escribo no he podido averiguarlo.<note n="1" anchored="true">En este capítulo hay algo imaginativo que lealmente confesamos: el cocal no existe, pero sí la ermita, la imagen, el bastón, las ruinas, el cañón y la leyenda. Algún día relataremos esta última.—<hi>(N, del A</hi>.)</note>
</p><p>En los días que estuve en Cotta, tuve ocasión de ver y apreciar lo agradable que es una <pb n="189"/>estancia en aquel precioso y saludable barrio levantado al borde de dos ríos, cuyas aguas se confunden en un mismo desagüe antes de llegar á la barra, la que dista del embarcadero un cuarto de hora.
</p><p>En Cotta he pasado días cuyo recuerdo será tan imperecedero en mi memoria, como lo es en mi alma el cariño que profeso á los que me acompañaron en aquellos. Mis amigos, mejor dicho, mis hermanos Tamayo y Belloc me han visto escribir en aquellas alegres soledades muchas cuartillas de este libro. Un frondoso tamarindo nos resguardaba de los rayos del sol mientras Belloc estudiaba, Tamayo disecaba, y yo escribía. Allí fuimos felices muchas horas, y ellos, lo mismo que yo, es imposible olviden aquellas tibias tardes, entre aquella naturaleza, que tiene en su cielo toda clase de colores, en su suelo toda la variedad de plantas, y en su ambiente toda la diversidad de aromas que Dios alienta en los <hi>pulmones</hi> de las flores. Cotta, <pb n="190"/>como ya he dicho, es un barrio de Tayabas que necesariamente llegará á ser pueblo.<note n="1" anchored="true">Hoy ya lo es.—(<hi>N del A.</hi>)</note> Su proximidad al Estrecho, lo caudaloso de su río, y la benignidad y salud que se respira en sus aires, hacen que su población aumente de día en día. Los vecinos de Tayabas buscan este barrio como lugar de convalecencia y recreo.
</p><p>La riqueza de Cotta consiste en sus cocales, que puede asegurarse son de los mejores y más productivos del Archipiélago. Los bayones que tejen sus mujeres, la cera silvestre que producen las salvajes abejas de sus bosques, y la gran variedad de pescados que recogen las mallas de la red, ó las entrelazadas celosías de los corrales, completan los productos de Cotta, que dista como ya hemos dicho, dos leguas y cuarto de la cabecera.
<pb n="191"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.12" n="XII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XII.</head><argument><p>Estancia en Tayabas.—El archivo del Gobierno.—Trabajos preparatorios para girar una visita á la provincia.—Preliminares de quintas y elecciones.—Andoy.—Laboriosidad y mutismo.—El 1.° de Abril.—Salida de Tayabas.—El río Alitao.—Barrio de <hi>Muntingbayan</hi>.—Camino de Tayabas á Sariaya.—El gobernador D. José María de la O.</p></argument><p>Mi estancia en Tayabas se prolongaba mucho más de lo que yo me propuse.
</p><p>Dos años largos hacía que salí de Manila y residía en aquel pueblo. Sus costumbres, su manera de ser, sus campos, su industria, su agricultura, sus edificios, y hasta el nombre de sus habitantes me eran conocidos. El archivo del Gobierno—que dicho sea de paso, es de los más ricos y ordenados que conozco—me fué franqueado, y no había estante, tabla, ni legajo, que no hubiese registrado tomando luminosas notas y curiosísimos apuntes de la provincia. Uno de los días que me ocupaba con gran afán ayudado del bueno <pb n="192"/>de Andoy, oficial encargado del archivo, en la busca de un dato estadístico que me faltaba, fuí sorprendido por mi querido amigo el Alcalde.
</p><p>Era á fines del mes de Marzo, y se tenían sobre la mesa todos los trabajos preparatorios para verificarse en la provincia las quintas y elecciones de gobernadorcillos y demás cargos del municipio.
</p><p>Nada faltaba. Las listas de mozos sorteables, los reglamentos, las actas, y cuanto hacía falta lo tenía Andoy perfectamente clasificado y ordenado. No restaba más que el Alcalde señalase día de salida para formar los itinerarios, y avisar á los pueblos.
</p><p>Al hablar de las oficinas del Gobierno de Tayabas, es imposible dejar de consagrar un recuerdo á Andoy. Andoy está tan identificado con los estantes del archivo, que estoy seguro moriría de nostalgia el día que se le separara de ellos. A su vista aprendió á escribir, y entre sus legajos pasó de la niñez á <pb n="193"/>la juventud, y de esta á la vejez. Más de treinta años lleva manejando aquellas carpetas que jamás han estado empolvadas, merced al cuidado y cariño con que son tratadas. Para Andoy no hay más allá que su oficina, esta constituye su hogar, sus goces y sus distracciones. La palabra mañana aplicada al trabajo le es desconocida, pues jamás dejó para <hi>luego</hi> lo que debe hacerse hoy. Andoy no habla, obra. Se le da una orden, y la cumple sin que jamás haga una observación. Al entrar una persona en sus dominios la mira por cima de sus dorados anteojos, contesta á los buenos días con un movimiento de cabeza si le es desconocida, y con una dulce sonrisa si es de su afecto, y después de este ligerísimo paréntesis su cara adquiere la severidad oficial de que está revestido, y continúa su trabajo esté quien esté en el despacho. Cuando se le habla, escucha; y cuando concluye de escuchar, busca un papel, hojea una <hi>Gaceta</hi> ó abre un libro, y contesta con el <pb n="194"/>texto, mas pocas ó raras veces con la lengua.
</p><p>Después de inspeccionar el Alcalde todos los trabajos y ver nada faltaba, dió orden de que el 1.° de Abril saldría de Tayabas á las cuatro de la tarde, con dirección á Sariaya.
</p><p>Mientras Andoy extendía los oficios, mi buen amigo me invitó á que le acompañara en la visita de la provincia, invitación que desde luego acepté con muchísimo gusto.
</p><p>Ya había oído que la salida sería á las cuatro de la tarde del día 1.° de Abril, y estábamos á 28 de Marzo, de modo que no había tiempo que perder, pues demasiado sabía que una vuelta á la provincia de Tayabas requiere algunos preparativos, por más que yendo con el jefe de la provincia poco podría faltarnos.
</p><p>Ocupado en registrar escopetas, hacer cartuchos, ordenar apuntes y dar la última mano á las maletas, llegó la mañana del día 1.°, y con ella la animación propia de un pueblo que rompe con su habitual monotonía. <pb n="195"/>A las doce llegaron á caballo frente la casa real, el Gobernadorcillo de Sariaya y principales que nos habían de acompañar. A las cuatro en punto me ofreció el Alcalde un sitio en su coche, y precedido de diez y seis cuadrilleros á caballo, armados de lanzas y seguidos de más de doscientos principales de Sariaya y Tayabas, emprendimos la marcha á los acordes de la música que nos despedía.
</p><p>Dejamos la calle Real, y tan luego pasamos el amplio pretil del convento, entramos en el sólido puente que se levanta sobre el río Alitao. Este divide la población con Muntingbayan, primer barrio que se encuentra yendo á Sariaya y adonde va afluyendo el vecindario de Tayabas. En dicho barrio, y á la derecha del camino se halla una espaciosa capilla abandonada. La solidez de la obra, toda de magníficos sillares y la amplitud de la nave nos hizo sentir el injustificado estado en que se encuentra aquel edificio que á poca costa podría habilitarse y dársele aplicación.
<pb n="196"/></p><p>El camino de Tayabas á Sariaya está en muy buen estado. A uno y otro lado se ven magníficos cocales y extensos terrenos, tanto de secano como de regadío, perfectamente labrados para la siembra de palay.
</p><p>El cultivo de la tierra mantiene cerca de ella á sus dueños que viven en pintorescas y limpias casitas.
</p><p>A más del puente de Muntingbayan son muy notables y dignos de citarse en este camino el de Isabel II, levantado sobre el río Iyam—su primera piedra la puso el inolvidable Gobernador, D. José María de la O., el 15 de Marzo de 1852, y la última el 6 de Julio del siguiente año,—el de Urbistondo sobre el río <hi>Malaoa</hi> y el de D. Francisco de Asís que une las altas rocas entre las que corre el pintoresco cáuce del tortuoso y agreste <hi>Domoit</hi>. El puente de Urbistondo se terminó el 31 de Julio de 1854, y el de D. Francisco de Asís el 15 de Octubre del mismo año, habiendo entrado en la fábrica de aquel 10.651 sillares de piedra <pb n="197"/>y en la del último 9.967, según se lee en los datos que he recogido de sus planos. Excuso decir, que tanto estas obras como la mayoría de las que se encuentran en la provincia, son hechas bajo la inmediata dirección de los gobernadores con el empleo del trabajo comunal.
</p><p>A los cuarenta y cinco minutos de marcha, dimos vista al bonito y pintoresco pueblo de Sariaya, en cuyos <hi>bantayanes</hi> nos esperaba la música, la que nos acompañó hasta el Tribunal provisional.
</p><p>El trayecto entre Tayabas y Sariaya es de 11 km.
<pb n="198"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.13" n="XIII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XIII.</head><argument><p>Sariaya.—Su situación, límites, historia, productos y estadística.—La iglesia y el convento.—Una modesta cátedra del saber, convertida en un bullicioso templo de Tersípcore.—La mujer de Sariaya.—La <hi>dalaga</hi>.—El bosquejo, la caricatura y la fotografía.—Más sobre las hijas del país.—Sistema de gobierno femenino.—¿Manda, ú obedece?—La india casada con europeo.—El <hi>castila</hi> y el marido.—Valor de un calificativo.—Los saludos y el alma de <hi>Garibay</hi>.—Episodio histórico.</p></argument><p>El alegre y pintoresco pueblo de Sariaya, se encuentra entre la mar y las estribaciones del San Cristóbal. Confina con los pueblos de Tiaong y Tayabas. Las brisas de la mar refrescan su atmósfera, y las brumas que se forman en las crestas del San Cristóbal, entoldan su cielo. Su situación, según el padre Buceta, es la de 125° 13′ 40″ long. y 13° 55′ 26″ latitud. Tiene gran altura sobre el nivel del mar, que se domina perfectamente, á pesar de distar su caserío una legua y media.
</p><p>Este pueblo es de gran antigüedad, ignorándose la época exacta de su fundación. Registrando <pb n="199"/>archivos, se encuentra, en el de Reverendos PP. Franciscanos, la tabla capitular más antigua de su orden, que data del 17 de Abril de 1599, en la que ya figura el nombre de Sariaya, y el nombramiento del Padre Frey Miguel Linares, para su convento de Santa Clara. Según las crónicas de dicha orden, el año 1605, ya fuese por escasez de Misioneros ó ya por ser el pueblo demasiado pequeño, quedó agregado al de Tayabas permaneciendo así hasta el año 1743, desde cuya fecha existen datos exactos.
</p><p>Los límites jurisdiccionales de Sariaya, abarcan un diámetro de unas cinco leguas en su mayor extensión, de terrenos llanos de pasto y de labor. Se cosecha gran cantidad de arroz, café, cacao, aceite y trigo. Este último es de grano pequeño y oscuro. El pan que se hace de su harina es excelente.
</p><p>La salubridad de Sariaya es buena, siendo de notar la diferencia de temperatura que se advierte entre este pueblo y Tayabas. El <pb n="200"/>paludismo que tantas víctimas hace en este último, apenas es conocido en aquel.
</p><p>El caserío de Sariaya es muy limpio, viéndose entre sus ligeras construcciones de palma brava, caña, cabo negro y cogón, no pocas de sólidos y buenos materiales. El convento es muy espacioso, apreciándose desde sus galerías un lindísimo paisaje. En su iglesia se venera un crucifijo que, según cuenta la tradición, fué salvado de las llamas á que redujeron los moros el pueblo de Sariaya, en una de las muchas correrías que verificaron en la costa de Tayabas en el pasado siglo. El convento, es de bonito aspecto, cómodo y muy proporcionado en su distribución. La amplitud de su escalera da acceso á una dilatada caída, que termina en una bonita azotea con vistas al Banajao. La construcción de los dos salones que á derecha é izquierda tiene la galería, revelan la arquitectura moderna, y descubren en el director de la obra un gusto nada común. A primera vista, mas <pb n="201"/>parece la casa de un rico hacendado, que el asilo ascético de un misionero; es verdad, que contribuye á ello, en primer término, la situación pintoresca en que se asienta, y los dilatados horizontes que domina.
</p><p>Como edificios, son de citar á más del anterior, la casa cuartel de la Guardia civil, levantada á la margen del río,—que lame con su corriente los límites del caserío,—y la escuela, que se halla en el centro de la plaza, y que sirve de tribunal en las grandes solemnidades.
</p><p>Los datos estadísticos que hemos podido reunir son los siguientes: tiene Sariaya 50 cabecerías que componen 7.778 almas, de las que tributan 4.462; hubo 281 defunciones, 103 casamientos y 245 bautizos; se vacunaron 246 niños; asistieron á las escuelas por término medio 60 á 70; fueron sorteados para el servicio de las armas 357 mozos, de los que correspondieron 8 soldados; en el juzgado se tramitaron 20 causas, á consecuencia de otros <pb n="202"/>tantos delitos perpetrados en su jurisdicción, que la compone 48 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos; la fuerza pública la forma un puesto de Guardia civil al cargo de un oficial europeo, y 66 cuadrilleros, dependientes del tribunal; la distancia á la cabecera, como ya hemos dicho, es de poco más de 11 km.
</p><p>La noche que llegamos á Sariaya, hubo baile en el Tribunal, al que concurrieron todas las dalagas adornadas con sus mejores galas. El tipo de la mujer de Sariaya, es en su generalidad como el de toda la provincia, indio puro. Sus facciones son muy acentuadas, si bien las dulcifica la constante sonrisa de bondad que dibujan sus labios y el meloso adormecimiento que retrata la negra pupila de sus ojos; son muy inteligentes, y aunque su oído no conozca la significación de la palabra española, sin embargo, sus ojos saben penetrar y traducir el más ligero deseo. Es verdad que la raza india tiene muy perfeccionado <pb n="203"/>el espíritu de observación. Nadie como ellos saben fotografiar en una sola frase á un individuo, y nadie aplicar un calificativo, una definición ó un mote.
</p><p>Aquellos de mis lectores que conozcan el tagalo, les recomiendo que si pasan por Tayabas, procuren sorprender una conversación íntima entre varias dalagas. Si estas se creen completamente solas, de seguro pronunciarán conceptos altamente ingeniosos á la par que poéticos. Manejan con gran facilidad los metafóricos giros y no perdonan en su alegre cháchara, persona, cosa objeto que se presente á la vista ó á la memoria. No hay intención de herir y jamás sus dichos traspasan las negras fronteras de la calumnia. En una palabra, hacen un bosquejo; en un gesto, un retrato; y en un movimiento, una caricatura; se ríen de su obra y de aquí no pasa.
</p><p>La risa jamás llega al sarcasmo y nunca fabrican en sus labios el sucio barro en <pb n="204"/>que modela la maledicencia sus asquerosos ídolos.
</p><p>La mujer de Filipinas, tiene muchísimo que estudiar. El que verdaderamente la llega á comprender, es el que sabe apreciar cuánto vale. Para la generalidad, es un misterio el cómo muchos europeos concluyen por estar completamente dominados por hijas del país. Esto se atribuye á debilidad en ellos y fuerza de carácter en ellas, nosotros no lo creemos así; conocemos á varias de esas <hi>despóticas</hi> señoras, que toda la fuerza que emplean en su <hi>sistema</hi> de gobierno, la basan precisamente en su misma humildad. Nada desarma tanto el carácter, como la obediencia, como nadie está más dispuesto á ser dominado que quien lucha con una dulce sonrisa de resignación. La mujer india, casada con un europeo, jamás dice <hi>mi marido</hi>, sino <hi>el castila</hi>. En esta sola palabra establece la diferencia de raza y retrata su propia humildad. Llega á su casa y al entregar el tápiz á la criada, á buen seguro <pb n="205"/>que no dirá ¿dónde está mi marido? y sí ¿dónde está <hi>el castila</hi>? Á los hijos de este, los llamará por sus nombres ó simplemente sus hijos; pero lo que es <hi>el castila</hi> jamás será en el hogar, ni Pepe, ni Juan, ni Andrés, sino siempre <hi>el castila</hi>. La madre, en todas partes es la misma. La mujer, no en todas es igual.
</p><p>Es de advertir que cuando en una casa viven varios europeos, los criados no dan el nombre de <hi>castila</hi> sino á aquel en quien reconocen más superioridad.
</p><p>Un indio de pura raza que sirva, por ejemplo, en Malacañang, no encontrará otra palabra más gráfica para nombrar al general que la de <hi>el castila</hi>, todos los demás que lo rodean serán <hi>D. Fulano, D. Mengano</hi>, ó esto ó aquello, pero el general será siempre <hi>el castila</hi>. Sale aquel criado del servicio de palacio y entra al de alguno de los que llamó <hi>D. Fulano</hi> ó <hi>D. Mengano,</hi> y si este vive con otros ciento, que sean en posición oficial menos <pb n="206"/>pasará á ser <hi>el castila</hi>, y los demás seguirán siendo <hi>D. Mengano</hi> ó <hi>D. Fulano</hi>.
</p><p>El mayor título de respeto que puede dar el indio es el llamarle á uno <hi>el castila</hi>, palabra que va aplicando en el escalafón de las categorías.
</p><p>Tan difícil sería convencer á un aragonés de que había más duques que el de la Victoria, como hacer comprender á un indio, tal como él lo aplica y entiende, que <hi>el castila</hi> es todo aquel que ha nacido bajo la bandera española.
</p><p>Con <hi>el castila</hi> indio sucede lo que con los saludos. Ir veinte ó treinta caballeros honrados acompañando en Tayabas, por ejemplo, al Alcalde, encontrar á quinientos indios, en el camino, y á buen seguro que no oiréis ni á uno solo emplear el <hi>plural</hi> en sus salutaciones. Se quitará el sombrero, se inclinará ante el Alcalde, y solo dirá <hi>magandang hapon pô,</hi> es decir, buenas tardes, señor. <hi>El Señor,</hi> en este caso, es <hi>el castila</hi>. Fuera del Alcalde <pb n="207"/>todos los acompañantes son para el indio otras tantas almas de <hi>Garibay.</hi>
</p><p>Hemos hecho la anterior digresión para que se comprenda el valor que tiene <hi>el castila</hi> pronunciado por la esposa india. Para recargar el cuadro y hacer comprender el cariño y respeto que tiene la mujer de la provincia de Tayabas al español, voy á recordar un episodio que presencié el año 1874. Había llegado el general Alaminos á Lucban, y todas las dalagas se ocupaban en el tribunal de Tayabas en hacer preparativos para recibir dignamente al primer magistrado de las islas. Unas cosían banderolas y gallardetes, otras confeccionaban adornos, aquellas limpiaban vajillas, no pocas arreglaban cortinas y damascos, y las más daban la última mano á los trajes y galas que habían de lucir. Todas trabajaban y todas hablaban. La impaciencia era grande por saber cuándo llegaría el general. Esto por una parte, y la rivalidad por otra que existe entre las de Lucban y Tayabas, <pb n="208"/>hacía que la impaciencia de las últimas subiese de punto, deseando saber si podrían ó no sobrepujar á las primeras. Este era el tono de todos los corrillos y de todas las conversaciones, hasta que, por último, para salir de dudas, se resolvió mandar á Lucban, de riguroso <hi>incógnito,</hi> á una picaresca y lista mestiza, que era quien las capitaneaba. La misión de la <hi>embajadora</hi> se reducía á correr en posta las dos leguas que separan á los dos pueblos, y una vez salvada la distancia, averiguar, escudriñar, verlo todo y tomar nota de cuanto se hiciese y se pensase. Hubo quien la dijo, en un rasgo de verdadero valor—¡mira, si es preciso, habla al mismo general!—La niña, que en honor á la verdad no es corta de genio, montó á caballo, y á los cincuenta minutos estaba en plenas funciones. Nada le quedó por ver, incluso al ilustre viajero. A las cuatro horas de haber salido de Tayabas refrenó el caballo á la puerta de su Tribunal, en donde esperaban en sesión permanente, <pb n="209"/>no solo las dalagas, sino que también las <hi>ñoras</hi> graves. Taconeando como un húsar apareció la enviada en el dintel. Su larga falda, toda llena de barro, no estaba tan mustia como su cara. Todas la rodearon.—¿Qué hay?—murmuraron los labios.—¡Qué no viene, que se vuelve desde Lucban!—dijo con voz desfallecida la interrogada. Ni la inscripción del festín de Baltasar, ni la rota de Roncesvalles, ni la capitulación de Sedán, produjeron tanto efecto como el que originaron las anteriores palabras. Un silencio de muerte invadió el salón, y las lágrimas se agolparon á los ojos. Viendo á todas llorar, la capitana babae prorrumpió en una carcajada, al par que las decía:—Vamos, muchachas, no hay tiempo que perder; mañana llegará á las once.—¡Qué soberano contará en sus crónicas que todo un pueblo ha llorado ante la idea de no verle! Creemos que ninguno.
</p><p>Los anteriores recuerdos nos los acentuó el baile de Sariaya, en el que vimos muchas de <pb n="210"/>las dalagas que figuraron en el verídico episodio que hemos narrado, encontrándose entre ellas la protagonista, que aquella noche nos demostró que lo mismo sirve para correr la <hi>posta</hi>, que para entonar un cadencioso <hi>cundiman</hi>, ó bailar un característico <hi>balitao</hi>.
</p><p>A las dos de la madrugada concluyó el baile. Á las ocho de la mañana, según la orden que dió el Alcalde, debían verificarse las elecciones, á las que Dios mediante, nos proponemos asistir.
<pb n="211"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.14" n="XIV" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XIV.</head><argument><p>Quintas y elecciones en Sariaya.—Adorno del salón.—Las <hi>bangas</hi>.—Los capitanes pasados, los cabezas reformados y los cabezas en ejercicio.—Escrutinio de <hi>canutos</hi>.—Preparación de una elección.—Los muñidores de allá y los <hi>camisas por fuera</hi> de por acá.—Engranaje municipal.—El Gobernadorcillo, el Teniente mayor y el Juez mayor.—Bambalinas y bastidores.—Votación.—Forma de hacerse.—Ternas.—Constitución del municipio.—Las <hi>principalas</hi>, de oficio.—El sorteo.—Manera de verificarse.—Fisonomía de un día de quintas en Filipinas.—Los alrededores de un tribunal y el interior de un hogar.—Deducciones y apreciaciones.—Lógica pura.—La cena.—Despedida de Sariaya.—Un santo y un hombre honrado.</p></argument><p>Exactos como cronómetro inglés nos encontramos á las siete de la mañana en el gran salón de la escuela, cuyo techo estaba revestido de verde ramaje, formando una pintoresca bóveda, de la que pendían una gran variedad de frutos. Los huecos de las conchas y ventanas cerraban colgaduras, banderolas, grímpolas y gallardetes. Una ancha mesa, con un dorado sitial en el centro, y otra formando martillo con aquella, provista de trece tinteros sujetando bajo su base blancas <pb n="212"/>cuartillas, se destacaban en el testero de la derecha. Dos hileras de bancos corrían por toda la extensión del salón, y frente á la mesa presidencial, en el testero de la izquierda, se hacinaban en otra mesa, cubierta de blanquísimo mantel, adornado de lazos y bullones de colores, gran profusión de fiambres, pastas y dulces, y no escaso número de botellas de vinos y cerveza. Sobre la mesa presidencial campeaba una magnífica escribanía de plata, y á derecha é izquierda de aquella dos bangas, cuyas bocas las cerraba un papel pegado con morisqueta. La mesa de la votación con sus cuartillas, sus trece tinteros, convenientemente separados, y las sillas que rodeaban aquella, más bien la semejaban á la de confección de un periódico que á otra cosa, por más que esa <hi>cosa</hi> sea tan grave y trascendental para el pueblo, como el nombramiento de su municipio. En este estado sonó el tambor y tras este la música y precedidos de <hi>escuelas</hi>, principales y cuadrilleros, <pb n="213"/>llegó el Alcalde acompañado del Cura y de algunos otros españoles. Ya todos en el salón, cesó la música, y habló el Gobernador, traduciendo el intérprete en tagalo lo que les dijo aquel en español. El discurso se reducía á prevenirles que al llegar á las urnas, lo hicieran sin sujetarse á presión alguna, obedeciendo solo á su conciencia y al bien del pueblo. El Alcalde rompió los <hi>parches</hi> que cubrían las urnas, que eran unas tripudas y relucientes <hi>bangas, obras</hi> perfectas de alfarería, llamadas en aquel día á contener dentro de su frágil barro la futura suerte del pueblo, por más que fuesen más tarde relegadas al último rincón del <hi>sajig</hi> de la cocina, ocupando la morisqueta ó el <hi>atole</hi> aquellas <hi>entrañas</hi> de barro, que albergaron los nombres de tanto, y tanto cabeza de ... barangay.
</p><p>Rota la cubierta de la banga que estaba á la derecha, vació el Alcalde su contenido, cayendo sobre la mesa unos pequeños canutitos de caña, cuyos extremos enseñaban el rollito <pb n="214"/>de papel que contenían. En dichos papelitos estaban inscritos los nombres de los capitanes pasados y cabezas reformados, ó sean aquellos individuos que teniendo todas sus cuentas corrientes han pertenecido diez años al municipio.
</p><p>En la banga de la izquierda estaban los nombres de todos los <hi>cabezas</hi> que en aquel entonces formaban la principalía.
</p><p>Mientras el Alcalde hace el escrutinio de <hi>canutos</hi> que precede al acto del sorteo, hagamos una pequeña digresión y veamos los actos que preparan una elección.
</p><p>Me río yo de todos los <hi>muñidores</hi> de por <hi>allá</hi>, pues créanme mis lectores, hay <hi>camisa por fuera</hi> de por acá que les pueden dar, no digo cruz y raya, sino un centenar de calvarios más rayados que libro mayor de comerciante chino. Los elementos que entran en Tayabas para toda elección, son en primer término, el lechón asado y las damajuanas de vino y anisado. Meses antes de la elección empiezan <pb n="215"/>á moverse los partidarios de los distintos candidatos, y estos por su parte menudean las comilonas entre los votantes. Se hacen ofrecimientos, se buscan influencias, se apalabran concesiones, se reanudan amistades, se dirimen odios y todos marchan al objeto que se proponen. El cargo de Gobernadorcillo y los de Teniente primero y Juez mayor son los más ambicionados, y no viéndolo, no se concibe los resortes que se mueven en ese complicadísimo engranaje municipal que empieza en las altas prerogativas del Gobernadorcillo, y acaba en el amargo servilismo del <hi>tanor</hi> de tribunal. Un tribunal de Filipinas tiene más bambalinas, bastidores y telares que el mejor provisto teatro, y hay Gobernadorcillo que se reiría de <hi>compasión</hi> al enterarse de lo atrasados que en esta materia están los anfitriones de Fornos. ¡Si ellos tuvieran <hi>un Fornos</hi> qué no harían!
</p><p>El Alcalde había vuelto á sus respectivas bangas todos los canutos, diciendo con voz <pb n="216"/>solemne.—Señores, principia la elección:—Acto continuo un niño de cinco á seis años sacó, uno por uno hasta seis canutos de la banga de la derecha, y otro niño de aquella edad, igual número de la izquierda, procediendo el Alcalde á desarrollar los papelitos, leyendo los nombres de los doce votantes. En medio de un religioso silencio se acercaron aquellos á la mesa, tomando asiento en unión del Gobernadorcillo en funciones, quién tiene voto personalísimo. Armado cada cual de pluma y cuartilla, en la que con anticipación se ha puesto el encabezamiento, se llenan los huecos estampando tres nombres, dos de libre elección del votante y uno forzoso. Este uno, es el Gobernadorcillo en ejercicio que completa la terna, figurando siempre en el último lugar. Llenas las papeletas se las presentan al Alcalde quien las lee en voz alta, procediéndose al escrutinio y formando á su vez con los dos que hayan reunido más votos y el Gobernadorcillo la terna que con informe <pb n="217"/>documentado, en el que se enlegajan las papeletas de la votación, lo eleva al Gobernador general, quien tiene el derecho de elección.
</p><p>Concluída la votación de Gobernadorcillo, fueron acercándose uno á uno los trece votantes á la mesa presidencial, manifestando verbalmente las candidaturas para los cargos de Teniente mayor, que es el llamado á sustituir al Gobernadorcillo, en ausencia, licencia ó enfermedad; el Juez mayor, munícipe encargado del fomento y mejora de la agricultura; el Juez de ganados á cuyo cargo está la vigilancia de la matanza, ventas, transferencias y marcas de reses; el Juez de caminos llamado á mantener en buen estado las carreteras, puentes y demás obras fuera de poblado; el Juez de palmas cuya misión estriba en la buena conservación y fomento de los cocales; el Juez de policía á cuyo cuidado está el ornato y aseo público, y el Juez de aguas, por último, que está en el deber de velar por las <pb n="218"/>presas, bambanes, encauces y cuanto se refiere á tubiganes y regadíos.
</p><p>Concluída la elección, nuevamente sonó la música, desaparecieron de la mesa tinteros y cuartillas, sustituyéndose con finos manteles de <hi>piña</hi>, que bien pronto se cubrieron de manjares. Se almorzó y acto continuo se retiró á descansar el Alcalde, habiendo antes prevenido, que las quintas las haría á las cinco de la tarde.
</p><p>Ni chiquillos de escuela en ausencia del maestro, armarían más ruido y batahola que la que armaron los concurrentes al Tribunal tan luego desapareció el jefe de la provincia. Se comentó la elección, se murmuró, se bebió, se comió, y, por último, se bailó. Es de advertir que en la provincia de Tayabas, las <hi>principalas</hi> asisten á la mayor parte de los actos oficiales, no faltando nunca á las elecciones.
</p><p>Más de un indio se <hi>traspuso</hi> ante los vapores del tinto; pero sin consecuencias. La borrachera <pb n="219"/>del indio es <hi>sui generis</hi>, propia y peculiar suya. Generalmente no pierde el conocimiento, y rarísimas veces le da la <hi>juma</hi> por ser valiente y pendenciero.
</p><p>A las cinco de la tarde se tocó el tambor, yendo todas y todos en dos filas á <hi>sacar</hi> al Alcalde.
</p><p>A los pocos minutos todo estaba listo para dar principio al sorteo. A derecha é izquierda del Jefe de la provincia hay dos bangas; en la primera, dice un papelito que tiene pegado: <hi>Nombres de los mozos solteros sorteables</hi>. En el rótulo de la segunda, se lee: <hi>Números.</hi> Tanto estos como aquellos, están inscritos en tiritas de papel enchufadas en pequeños canutos de caña. Al lado de cada banga hay un niño.
</p><p>Varios escribientes debidamente separados, tienen sus listas con los nombres de los sorteados puestos por cabecerías, dispuestos á poner á continuación de cada uno de aquellos, el número que le toque en suerte. <pb n="220"/>Dos Auxiliares de Fomento son los llamados á sacar de los canutos las papeletas, y dos individuos de la principalía, provistos cada cual de sus respectivos hilos encerados y enhebrados esperan de pie detrás del sillón presidencial. Todo estaba listo. A un campanillazo y un <hi>principia el sorteo—</hi> metió mano en la banga el niño de la derecha, sacó un canuto, el Auxiliar de Fomento desdobló el papel, lo dió al Alcalde y este leyó:—<hi>Cabecería,</hi> número <hi>cual: Fulanito de Tal</hi>. Los escribientes buscaron en sus listas la cabecería y apoyaron los puntos de la pluma al margen de <hi>Fulanito de Tal</hi>. El niño de la banga de la izquierda, sacó acto continuo su canutito, se hizo lo mismo que con el anterior, y una vez leído el número, pasaron las papeletas á las agujas enhebrándose por el orden con que van saliendo, en un hilo los nombres, y en el otro los números, de modo que, de resultar la más ligera inexactitud en los cotejos, los hilos son los llamados á <pb n="221"/>resolverla. El sistema, como se ve, no puede ser, ni más exacto ni más sencillo.
</p><p>Mientras se leen nombres y números, hagamos nosotros algunas observaciones sobre las quintas en Filipinas.
</p><p>Alrededor del tribunal, no veréis esa multitud impaciente y anhelante, que con gran zozobra espera oir su nombre. En el hogar, ni llora la madre, ni reza la abuela, ni suspira la novia, ni calcula el padre. En Filipinas nada de esto sucede, ni hay lágrimas, ni impaciencias, ni temores, ni zozobras.
</p><p>Las cercanías de un tribunal en día de quintas, presenta su fisonomía habitual, y en el salón donde se verifican aquellas, están todos, menos los interesados. ¿A qué obedece este indiferentismo? ¿Tiene su razón de ser, ó es uno de los muchos fenómenos psicológicos que se dicen se operan en este país? Estudiemos un poquito esta cuestión, y se verá, que en esto, como en otras muchas cosas, hay su perfecta lógica y su concluyente razón de ser. <pb n="222"/>El temor del sorteado y de su familia, crece en razón directa, al número de soldados que han de sacarse, á las penalidades del cuartel, y á los riesgos más ó menos probables. En Filipinas, la contribución de sangre es escasísima, las fatigas del cuartel nulas, y los riesgos del soldado tan lejanos que generalmente cumplen su tiempo, suponiéndoseles el valor. En el año 1875, entraron en suerte en la provincia de Tayabas <hi>cinco mil trece</hi> quintos, de los cuales, solo fueron á ser soldados <hi>ochenta y cinco</hi>. Con estas cifras, ¿no es lógica la falta de temor, y sin él, la indiferencia? Lo es, máxime si se agrega que el soldado cumplido al volver á su pueblo, cuenta la vida holgada del cuartel, y con sus relaciones, aleja el temor de los quintos, que saben, que el soldado viste bien, come mejor, tiene dinero, y vive con holgura y poco trabajo. La paz, que gracias á la Providencia gozan las Islas, aleja la zozobra de presenciar escenas de sangre y horrores. Después de lo <pb n="223"/>anterior, ¿es ó no lógico, eso que se llama indiferentismo? ¿Hay en esto misterios? Creemos que no, y para concluir de robustecer esta idea, y como prueba evidente de que el indio no es refractario al servicio de las armas, diremos, que conocemos sustitutos que se han comprado por <hi>cuarenta pesos</hi>. Esta es la mejor apología que puede hacerse del trato verdaderamente paternal que se da en estas colonias al soldado.
</p><p>Una vez que fué cosido el último papelito, se preparó la cena, y tras ella, el baile, que duró hasta las dos de la madrugada.
</p><p>Antes de despedirnos de Sariaya, no podemos menos de citar dos nombres. El Padre Juan Bellón, y el <hi>capitán Perto</hi>. El primero, es un santo, el segundo, un modelo de buenos Gobernadorcillos.
<pb n="224"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.15" n="XV" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XV.</head><argument><p>De Sariaya á Tiaong.—Monotonía del camino.—Diversidad del resto de la provincia.—Panoramas.—El <hi>Lagnas</hi>.—Aguas minerales.—El río Quiapo y el Maasim.—Barrio de Maasim.—Su riqueza y necesidades.—Un indio rico.—Apunte de una idea financiera.—Cambio de caballos.—Vista de Tiaong.—Su situación, límites, historia, salubridad, productos y estadística.—Aspecto del pueblo.—Inclinaciones de sus habitantes.—La resistencia pasiva.—Falta de edificios.—El consabido baile.—Brillantes y sayas.—Paredes aprovechadas.—Camino de Tiaong á Dolores.—Dolores.—Su historia.—Bellos paisajes y riquísimas aguas.—Regreso á Tayabas en posta.</p></argument><p>La jornada que habíamos de hacer el día tres para ir al pueblo de Tiaong era muy larga; así que se dió orden de salir antes de que alboreara.
</p><p>A las cuatro de la madrugada todo estaba listo, ocupando á los pocos minutos el carruaje que nos había de conducir.
</p><p>A la salida del pueblo dejamos un puente de piedra bastante bien conservado, y entramos en una recta y espaciosa carretera.
</p><p>El camino de Sariaya á Tiaong, difiere <pb n="225"/>completamente del resto de los que se encuentran en la localidad; verdad es que de la cabecera á aquel pueblo, forma la provincia un saliente que hay que retornar cuando se trata de dar á aquella la vuelta. El espacio que separa Tiaong á Tayabas, no armoniza ni en su geología ni en su industria, con el total de los demás terrenos que componen la provincia. Riquísimos pastos; dilatados cogonales; extensos manchones sin derivación alguna; profusión de <hi>mangas, bongas</hi> y <hi>madre-cacao;</hi> no escasos plantíos de palay en secano; algún que otro café, resguardado por la sombra del <hi>balete</hi> ó del <hi>abacá</hi>; y de trecho en trecho, descarnados <hi>algodoneros</hi>, en cuyas desnudas ramas acecha el aguilucho ó arrulla el bató-bató, es lo que se va encontrando en aquel camino cuya monotonía, regularidad y falta de accidentes hace interminable, máxime si se recorre en época de secas, en que los cascos de los caballos levantan un polvo cernido muy molesto. En aquel camino no <pb n="226"/>encontraréis ni cascadas, ni ríos caudalosos, ni viva ni alegre vegetación. La hoja pierde su esmalte con el polvo que la cubre, y los ríos en tiempo de secas muestran sus descarnados lechos salpicados de las excrecencias volcánicas que arrastran de las misteriosas grutas del San Cristóbal.
</p><p>Las aguas del Lagnas al cruzar el camino, en el que no tienen puente, dejan gran cantidad de hierro y azufre, conteniendo principios medicinales que han dado buen resultado á los que de ellas han hecho uso, sobre todo en las afecciones de la piel. Vadeado el río Quiapo—que se encuentra á continuación de Lagnas y cuyo vado generalmente está seco—entramos en la jurisdicción del rico y poblado barrio de <hi>Maasim</hi>, por cuyas tierras corre el río de su nombre.
</p><p>El barrio de Maasim está llamado á ser pueblo en un plazo no muy largo. Se encuentra en el comedio del camino de Sariaya á Tiaong, y en la fecha en que escribimos, <pb n="227"/>afluyen ricos propietarios que lo van poblando de excelentes construcciones. El día que Maasim sea pueblo, perderán gran número de tributos Tiaong y Sariaya, y así se explica la oposición que viene sosteniéndose para que no salga de su modesto nombre de barrio.
</p><p>En una buena y cómoda casa de Maasim, descansamos y mudamos de caballos. El dueño de aquella, <hi>Capitán Ciriaco,</hi> que sabía nuestro viaje, nos tenía preparado un buen almuerzo, durante el cual nos enteramos que aquel poseía un capital inmenso consistente en sementeras, cafetales y ganados, lo que comprendimos desde luego al ver las dimensiones de sus tambobos, repletos de bayones de café, y cavanes de palay. Al apreciar toda aquella riqueza, y al calcular la tierra que debía poseer para lograr tales cosechas, no pudimos menos de reflexionar los pingües rendimientos que podría producirle al Estado la introducción de una módica contribución territorial. Capitán Ciriaco y otros muchos <pb n="228"/>que se encuentran en su caso, por no pagar, ni aun pagan la prestación personal, de la que están exentos por razón del cargo que ejercieron. Ligeramente apuntamos esta idea que algún día quizá desarrollaremos, si Dios quiere, juntamente con otras muchas que guardamos en cartera.
</p><p>Puestos nuevamente en locomoción, merced á la fogosidad de dos magníficos caballos que enganchó Ciriaco, continuamos nuestro camino, á una hora, en que no solamente molestaba el polvo, sino que también un calor sofocante.
</p><p>Sin nada que de citarse sea, y después de cruzar el río <hi>Taguan</hi>, dimos vistas á Tiaong. En tres horas salvamos los 27,50 km. que separan á Tiaong de Sariaya.
</p><p>El pueblo de Tiaong, fué fundado á principios del siglo XVII.
</p><p>Está situado en una llanura por la que corre el río <hi>Lalig</hi>, cuyas aguas bañan las orillas del pueblo. Confina con Dolores, Sariaya <pb n="229"/>y San Pablo. Su clima es seco y mal sano. Tiene 52 cabecerías, 7.273 almas, tributando 4.722. Acaecieron 252 defunciones, 115 casamientos y 310 bautizos. Se sortearon 335 mozos, de los que correspondieron 8 soldados.
</p><p>Por término medio asistieron á las escuelas 50 niños, vacunándose 182. La jurisdicción de Tiaong está á cargo de 18 caudillos, y su fuerza pública la componen 38 cuadrilleros, y á más un puesto de Guardia civil, mandado por un teniente. La criminalidad de Tiaong da un resultado desconsolador, pues se registraron 33 causas.
</p><p>Los vecinos de Tiaong son muy insistentes en sus propósitos, siendo muy apropiado el calificativo de <hi>cavilosos</hi>, con que los define el indio de Tayabas.
</p><p>El pueblo tiene un aspecto triste, la hierba crece en sus calles y las <hi>conchas</hi> y puertas de las casas permanecen casi todo el año cerradas, efecto de vivir la mayoría de sus vecinos <pb n="230"/>en las haciendas ó sementeras, de las que no salen sino en los días solemnes.
</p><p>Edificios no tiene ninguno digno de citarse. La iglesia está en obra y el convento en completa ruina, estado en que permanecerán largo tiempo, teniendo en cuenta la proverbial resistencia pasiva del natural de Tiaong, quien prestará pocos y tardíos auxilios.
</p><p>No hay Tribunal, y la escuela la constituye un malísimo camarín. El cuartel de la Guardia civil se levantó á fuerza de excitaciones y <hi>algo</hi> más. En el centro de la plaza, campea una casa que cuando se concluya será magnífica, mas no podemos responder el cuando <hi>brillará</hi> dicha magnificencia, pues por espacio de tres años la vimos siempre en el mismo estado.
</p><p>Tiaong, es pueblo rico, cosechándose arroz en gran cantidad, que llevan á los mercados de Batangas; café recogen en bastante número de cabanes, cuya cosecha por lo general se compra por adelantado.
<pb n="231"/></p><p>La pepita del <hi>lumban</hi>, que tanto llamó la atención en la última Exposición de París, deja un buen rendimiento. Se cultiva alguna caña de azúcar, cacao y abacá. Es agricultor en primer término, favoreciéndole á ello las dilatadas llanuras que comprende su territorio, en el que se encuentra mucha y buena caza mayor y menor, predominando en la primera, el venado y el jabalí, y en la segunda una rica y numerosa variedad de palomas. Pastos los posee excelentes, criándose en ellos ganado vacuno y caballar.
</p><p>La noche de nuestra llegada hubo su correspondiente baile en la casa del Gobernadorcillo, y en ella vimos reflejarse la riqueza del pueblo. Había india que lucía valiosas perlas y gruesos brillantes; llamando sobre todo nuestra atención, lo extremadamente largo de las colas de sus ricas sayas.
</p><p>Las quintas y elecciones se hicieron en el camarín que sirve de escuela. Días antes habíamos estado en Tiaong, y aquel <hi>mismo</hi> modestísimo <pb n="232"/>templo de la ley y de la ciencia, estaba convertido en depósito de cadáveres. Pocas, poquísimas paredes habrá tan aprovechadas como aquellas, pues por aprovechar, ni aun desperdician los remolinos de polvo, que dan entrada, mas nunca salida, los irregulares agujeros que empiezan en la puerta y concluyen en el tejado. Si en aquella escuela se recoge tanta ciencia como basura, con el tiempo será Tiaong un pueblo de Sénecas.
</p><p>En las primeras horas de la mañana del cuatro nos dirigimos á Dolores. El camino á este pueblo puede recorrerse en carruaje, en época de secas, en la de aguas se pone intransitable. Hay en aquel tres cuestas y un profundo barranco por el que corre un riachuelo, cuyos pasos deben hacerse con precauciones.
</p><p>De Tiaong á Dolores, hay 10 km. que hicimos en cinco cuartos de hora.
</p><p>Dolores es un alegre pueblecito enclavado bajo la influencia del Banajao, el San Cristóbal <pb n="233"/>y el Masalacot. Su fundación es moderna, datando del año 1835. Ocupa el sitio que antiguamente se llamaba <hi>Hambuhan,</hi> y lo forman antiguos tributarios procedentes de Tiaong y de sus vecinos pueblos de Batangas.
</p><p>El nombre que se le puso á su creación fué el de <hi>Nuestra Señora de los Dolores</hi>.
</p><p>La altura que ocupa y lo limpio de los horizontes que domina, descubren pintorescos y bellísimos paisajes. Es muy sano y sus aguas contienen sustancias altamente diuréticas, efecto de venir muy batidas entre campos en que crece la zarzaparrilla. Sus productos son los mismos que los de Tiaong. Confina con este pueblo y con el de San Pablo. Lo forman 1.498 almas, de las que tributan 916 en 11 cabecerías. Sus defunciones llegaron á 49, á 21 sus casamientos y á 63 sus bautizos. Concurrieron á las escuelas 20 niños y se vacunaron 19. Se sustanciaron 3 causas, se sortearon 62 mozos, de los que se sacaron 2 soldados. Hay puesto de Guardia civil <pb n="234"/>al mando de un sargento europeo; compone su dotación de cuadrilleros 16 individuos y 6 el número de caudillos para vigilar sus barrios.
</p><p>Su Tribunal, lo mismo que la escuela, están en casas particulares. La iglesia, el convento y el cuartel, constituyen tres modestísimos edificios.
</p><p>En Dolores almorzamos después de haber cumplido nuestra misión. Regresamos á Tiaong aquella misma tarde, desde donde retornamos á Tayabas, á cuyos <hi>bantayanes</hi> llegamos á las diez de la noche, habiendo aprovechado desde Dolores cuatro parejas de caballos, distribuídas en Tiaong, Maasim y Sariaya.
</p><p>El día seis por la tarde debíamos salir para dar la vuelta á la provincia.
<pb n="235"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.16" n="XVI" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XVI.</head><argument><p>De Tayabas á Pagbilao.—El <hi>bantayan</hi>.—Riqueza de cocales.—Alambiques.—Aguardiente de coco.—Su fabricación.—<hi>El mananguitero</hi>.—El coco <hi>mura</hi> y el <hi>macapunó.</hi>—Crecientes y menguantes de la luna.—Aceite de coco.—Forma de extraerlo.—Tubiganes.—Quebrada del Maragoldon.—El Dumaca.—Puente.—Sistema para resguardar los puentes de madera.—Pagbilao.—Su fundación, límites, situación, riqueza y estadística.—El convento, la iglesia y las escuelas.—Frey Manuel Rodríguez.—Importancia que tiene Pagbilao y la que debía tener.—Conducción de efectos.—Centralización de poderes.—Observaciones y lógica de los números.—Paráfrasis de un dicho de Montes.</p></argument><p>En la tarde del seis salimos para Pagbilao, verdadero punto de partida para el que se proponga dar la vuelta á la provincia.
</p><p><hi>El bantayan</hi> que abre el camino para Pagbilao, es de mampostería y en él se sitúa una guardia durante la noche. Dicho camino ya tiene el carácter de los que predominan en la localidad, si bien su acentuación no es tan grande que no permita hacerlo en carruaje.
</p><p>En el trayecto que media hasta una casa que se alza á la izquierda del camino—y que nos dijeron llamarse del <hi>capitán</hi> Basio,—cimbrean <pb n="236"/>á un lado y á otro magníficos cocales, á cuya sombra se ven algunos camarines, bajo cuyas nipas humean los hornos de los alambiques. Estos vierten en las tinajas gran cantidad de aguardiente, cuya fortaleza fluctúa entre los 16 y 19°. La tinaja de á veinticinco gantas de dicho alcohol, se vende de 28 á 34 reales fuertes. Este aguardiente es el resultado de la destilación del jugo del coco, llamado <hi>tuba</hi>. A los cocales que se dedican al aprovechamiento de la <hi>tuba</hi> no les dejan prosperar sus frutos, cortando al efecto <hi>la espata</hi>, ó botón en que nace el racimo, por cuyo corte destila un líquido ligeramente lechoso que va depositándose en pequeños bombones de caña, que atan debajo de aquellos. De árbol á árbol se suspende un rústico andamio, formado de dos cañas paralelas, por las que cada veinticuatro horas recorre el <hi>mananguitero</hi> todas las cimeras de las palmas. El <hi>mananguitero</hi> lleva colgado á la cintura el <hi>cabuic</hi>, ó sea un cilindro hueco de madera, en el que vacía <pb n="237"/>los jugos que encuentra en cada coco. Una vez lleno el <hi>cabuic</hi>, se vierte en tinajas, que tapan perfectamente con la hoja verde del mismo coco, dejándolas en tal estado tres ó cuatro días, en los que fermenta la tuba. Hecha esta operación, se somete aquella á la destilación de la alquitara ó alambique, del que sale el aguardiente.
</p><p>Al camarín en que está el alambique le llaman <hi>fábrica,</hi> y esta exige á su dueño una patente, que paga al Estado, y cuyo importe varía según la fuerza del aparato y de las arrobas que destile. Hasta ocho arrobas, por cada veinticuatro horas, exige patente de 4.ª clase, y esta lleva como condición el no poderse hacer ventas al por mayor, no teniendo en depósito más cantidad que la que se destila por día, ni operar ventas que excedan de una arroba.
</p><p>Las faenas en que se ocupa el <hi>mananguitero,</hi> no solo son muy duras, sino que también expuestas, pereciendo todos los años algunos <pb n="238"/>de ellos. Las palmas de Tayabas miden una gran altura, y como el paso de copa á copa solo se hace con la ayuda de dos cañas, de aquí el que algunas veces se escurra y caiga el operario. Estas circunstancias las aprovechan los que á tales trabajos se dedican, exigiendo crecidos jornales, y sobre todo el <hi>utang</hi>, ó sea el adelanto.
</p><p>La tuba recién cogida es una bebida muy fresca y medicinal: en Tayabas la toman los tísicos y disentéricos.
</p><p>Cuando á la <hi>palma</hi> se la deja desarrollar el fruto, este presenta las señales de madurez por un color amarillento. El coco verde, ó sea el <hi>mura</hi>, da una bebida muy agradable. El verdadero coco <hi>mura</hi> es aquel cuya carne no ha llegado á solidificarse en el interior de las paredes ó chiretas de la nuez. Hay una clase de estas nueces ó cocos muy especiales, llamados <hi>macapunó.</hi> Este crece entre los otros, no distinguiéndose ni el árbol que lo da ni el racimo en que se produce; es de advertir que <pb n="239"/>en un racimo en que hay 15 ó 20 cocos, solo se encuentra uno de aquella clase. Si se señala la palma que lo crió y se registran los sucesivos frutos, no vuelve á encontrarse entre ellos por lo general, lo que prueba un fenómeno forestal que aparece y desaparece de una forma misteriosa. La propiedad del <hi>macapunó</hi> consiste en que la carne lo llena casi por completo, dándose la particularidad—según aseguran los mismos <hi>mananguiteros</hi>,—que esta clase de nuez se llena en los altos plenilunios, quedando un pequeño espacio en las crecientes y menguantes.
</p><p>Del coco se extrae el aceite de su nombre, siendo el de Tayabas muy estimado en el mercado. En el camino de Pagbilao se encuentran algunos camarines de aceite. El sistema que tienen para extraerlo es todo lo primitivo que puede imaginarse. Cogen fruto por fruto, y con el bolo le quitan la corteza estoposa exterior, llamada <hi>bonote</hi>; rayan sobre <hi>bilaos</hi> de madera la carne, empleando <pb n="240"/>para esta operación una cuchilla de cortas dimensiones y ligeramente curva, á fin de que pueda trabajar en las paredes cóncavas de la chireta. Una vez recogida toda la carne, la descomposición, el cocimiento y la prensa se encargan de lo demás. Con tal sistema, las faenas de corte, rayado, cocimiento y prensado son muy lentas y caras. Un buen molino en Tayabas daría utilidad. Por término medio, se dan mil nueces para cada tinaja de aceite.
</p><p>En el camino de Tayabas á Pagbilao se hallan también riquísimos tubiganes y buenos terrenos de pasto.
</p><p>La quebrada de Maragoldon, que se encuentra á media legua de Tayabas, es bellísima por los musgos y helechos que abrigan la peña. A la bajada del desmonte se admira el magnífico puente de aquel nombre, levantado sobre una profundísima sima, por la que corre el caudaloso Dumacá. Dicha obra es, sin duda, la mejor de la provincia, y por lo <pb n="241"/>tanto, digna de figurar entre las primeras de Filipinas. El puente que nos ocupa se empezó el año 1841, siendo Gobernador el desgraciado D. Joaquín Ortega, y se concluyó en 1850. El nombre de Fr. Antonio Mateus va íntimamente ligado con la historia de aquella construcción, en la que es sabido aportó dicho padre conocimientos, trabajo y dinero. Recomendamos á los que vayan á Tayabas visiten aquella obra, la que es fácil de inspeccionar, merced á una rampa que le da bajada en una de las estribaciones.
</p><p>A más del anterior, se encuentra en dicho camino el llamado de <hi>Mate</hi>-, que fué concluído el 15 de Diciembre de 1851, y otros cuatro más, de madera, resguardados con una montera de caña y nipa.
</p><p>De Tayabas á Pagbilao hay 12,50 km., distancia que recorrió nuestro carruaje en hora y cuarto.
</p><p>Pagbilao fué fundado á principios del siglo XVII en el sitio llamado <hi>Nayun</hi>, cuyo <pb n="242"/>nombre llevó hasta que fué trasladado al que hoy ocupa. Se encuentra próximo al Estrecho, en una pequeña eminencia que conduce al embarcadero del río, que desagua en la mar á una media legua corta. La salubridad de Pagbilao es buena y sus productos principales son arroz, aceite, brea, bejucos y madera. Sus naturales tejen bayones en bastante número.
</p><p>La iglesia está bajo la advocación de San Juan Bautista; es de buena fábrica, lo mismo que el convento. En este pueblo se destacan dos espaciosas y alegres construcciones, estas son las escuelas. Fueron principiadas y concluídas bajo la dirección de su párroco.
</p><p>El natural de Pagbilao es flojo y apático por lo general, habiéndose dado el caso de que tuvimos que suspender la elección el día que llegamos por no haber concurrido los votantes. Aquella se llevó á cabo en la mañana del siete, sirviendo de Tribunal una de las escuelas habilitadas al efecto.
<pb n="243"/></p><p>Las obras del Tribunal están presupuestadas, mas en las veces que se han sacado á licitación no concurrieron postores.
</p><p>Pagbilao tiene 4.686 almas, de las que tributan 2.220 en 22 cabecerías. Nacieron 223, murieron 131, y se consumaron 53 casamientos. Mozos sorteados subieron al número de 163, de los que solo 1 fué al servicio. Asistieron á las escuelas 120 niños y se vacunaron 200. Su criminalidad está representada por 4 causas; su fuerza pública por 23 cuadrilleros, siendo vigilados sus barrios por 39 caudillos.
</p><p>Pagbilao debía ser el punto de más importancia de la provincia, y el llamado á importar y exportar los productos de muchos de los pueblos del interior. Una de las cosas que no comprendemos es el por qué las conducciones de efectos estancados que se asignan á la provincia no se llevan por Pagbilao. Los fletes son baratísimos, y en las licitaciones lograría gran beneficio el Estado de hacerse allí la conducción.
<pb n="244"/></p><p>Hoy se llevan los efectos á los almacenes de Pagsanjan, en la Laguna, y de aquí á Lucban. El camino que media entre ambos pueblos es muy largo y sobre todo penosísimo, tanto que el contratista necesita destinar á este servicio gran número de carabaos. Cada arroba de tabaco puesta en la Administración de Lucban, pasa por el gravamen de dos contratistas uno que lo lleva á Pagsanjan y otro á Lucban, mientras que de hacerlo directamente á Pagbilao y situar la Administración de Hacienda en Tayabas—que no sabemos haya razón en contrario,—repetimos sería mucho más económico, pues en las dos leguas que median entre los dos últimos pueblos, puede utilizarse el carretón.
</p><p>Las ventajas de la exportación por dicho puerto la van comprendiendo los naturales, saliendo periódicamente de aquel algunas embarcaciones que hacen viajes á Manila.
</p><p>Muchas economías podría hacer el Estado en el ramo de Hacienda; pero para ello debían <pb n="245"/>desaparecer las Administraciones de provincias. Aquellas, quedando concentradas en la Casa Real y bajo la gestión del Gobernador, no producirían los entorpecimientos, complicaciones y gastos que hoy se originan. Para los que pregonan las excelencias de la división de, poderes,<note n="1" anchored="true">De la época en que esto se escribía á la fecha, las islas Filipinas han sufrido grandísimas transformaciones, y ante ellas no pecamos de inconsecuentes al abogar ahora por lo que entonces condenábamos, creyendo como creemos un bien la descentralización de poderes.—(<hi>N. del A</hi>.)</note> solo les diremos que prácticamente se han visto los resultados de la centralización en el cobro de rezagos. Provincias enteras había que tenían cuantiosos descubiertos de muchos años atrás. Los dignísimos Jefes de Hacienda habían depurado todos sus recursos y excitaciones cerca de sus subalternos, y el final era <hi>arrastres</hi> y más <hi>arrastres</hi> en los cierres de cuentas. Llegó un día en que sin duda se trató de poner á prueba <pb n="246"/>la influencia de los Jefes de provincia, y al efecto se les encomendó aquel cobro, lo que dichas autoridades hicieron no somos nosotros los llamados á decirlo: respondan los números y los resultados.
</p><p>Para legislar hay que conocer las localidades, y muchas veces hemos repetido, que el que crea conocer á Filipinas conociendo solo á Manila, está en un grandísimo error.
</p><p>Un día que un Gobernadorcillo leía uno de los muchos artículos que sudaron la prensa de la capital, tratando de tan debatida cuestión de <hi>fallas</hi>, le vimos sonreir picarescamente, le interrogamos, y en buenas palabras nos hizo una paráfrasis de aquel célebre dicho de Montes; <hi>de que las lecciones se dan á la cabeza del toro</hi>.
<pb n="247"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.17" n="XVII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XVII.</head><argument><p>Las mareas.—El río de Pagbilao.—El castellano de <hi>Tabangay.</hi>—Islita de Patayan.—Simón el lazarino.—Capuluan.—Bajo Talusan.—Antiguas ruinas.—Las rocas Bagobinas.—Laguimanoc.—Almuerzo.—Un astillero.—Ensenada de Talusan.—Caserío y bajo de Calutan.—Calilayan, barrio y Unisan, pueblo.—Historia.—Ladia.—Castillo de Calilayan.—Síntesis de dos civilizaciones.—D. José Barco.—¡Rumbo á Pitogo!—Bajo Salincapo.—Cabulijan.—Pitogo.—Cacería de caimanes.—Un bailujan, un collar de coral y una pregunta.—¡A los botes!—Macalelong.—Su estadística.—Catanauan.—Su presente y su porvenir.—Mulanay.—Pastos y cogonales.—Monte Dumalong.—San Narciso.—Seno de Ragay.—Guinayangan.—Unión de los mares.—El Cabibijan.—Alunero.—Río y pueblo de Calauag.—López.—Su fundación, su estadística.—Alto en Gumaca.</p></argument><p>Después de una larga discusión en que se oyeron varias opiniones respecto á las mareas,—circunstancia muy de tener en cuenta antes de embarcarse en Pagbilao,—se convino en que saliendo á la madrugada, encontraríamos agua bastante para el calado de nuestros botes, en el seno y bajo de Talusan.
</p><p>Podríamos salvar este bajo, mas para ello, <pb n="248"/>era preciso alejarse de la costa y navegar por fuera de las islas de Patayan y Capuloan, lo que no convenía á nuestros cálculos, no solo por el tiempo que habíamos de perder tomando tanta altura, sino también por lo inseguro de nuestras pequeñas embarcaciones.
</p><p>Recomiendo á los que tengan que costear los <hi>senos</hi> de Tayabas, cuenten con las mareas antes de que se empuñen los remos, pues es muy fácil queden encallados entre medréporas y arenas si no aprecian debidamente las subidas y bajadas de las aguas.
</p><p>A la madrugada, como dejamos dicho, embarcamos en un ligero y espacioso bote, propiedad de un honrado y laborioso comerciante, radicado en Calilayan, que galantemente nos lo había mandado. Acto seguido cayeron en las aguas del río de Pagbilao las seis palas de los remos. Con la ayuda de estos, navegamos durante unos veinte minutos por aquel caudaloso río embovedado de verdes ramajes, A la banda de babor, y en las cercanías <pb n="249"/>del desagüe del estero de Tabangay, se alza un antiguo torreón, en el que se conserva un castellano llamado á vigilar aquella parte del Estrecho, en el que entramos siguiendo el canal del río.
</p><p>Una vez tomada la competente altura, navegamos entre la costa de Pagbilao que teníamos á estribor, y la islita de Patayan que cual un canastillo de verdura se nos mostraba á babor.
</p><p>En la playa de Patayan llamó nuestra atención una solitaria y alegre casita que se divisaba entre un grupo de cocos. Preguntamos y nos dijeron que en aquella vivía hacía algunos años, un lazarino llamado Simón, quien no sale del recinto de la isla y á quien sus parientes llevan semanalmente los alimentos, dejándoselos en la playa. Dicho lazarino, siempre que se le proponía el mandarlo á un establecimiento piadoso, rompía en lágrimas rogando no se le sacase de aquellas soledades para él tan queridas.
<pb n="250"/></p><p>Dejando la bocana del Maruhi—en la que se ven las ruinas de un castillejo,—nos pusimos á la altura de la isla de Capuloan teniendo siempre á estribor la costa. Aquella isla la divide el arenal de Tulay-buhangin, cuyo arenal lo cubren las altas mareas formando un canal que une á Capuloan con Lipata, islas que al bajar las aguas se confunden en una.
</p><p>Entre aquellas y la costa, se encuentra el bajo madrepórico del Talusan y los descarnados peñascos llamados San Juan y Taliban.
</p><p>Frente á aquellas islas desaguan el Parsabangon,—cuyo río tiene un vadeo por el que pasa el correo de Pagbilao á la contracosta,—el Binajan, el Malicbing, el Palaspas, y el Hinguibin, cuyas bocanas muestran al viajero las ruinas de los antiguos castillejos que las defendieron contra las piraterías moras.
</p><p>Al doblar el recodo del Hinguibin se entra en la resguardada concha de Laguimanoc,—en la que avanzan cual dos vigilantes centinelas <pb n="251"/>las acantiladas y tajadas rocas Bagobinas. Estas se llamaron antiguamente Lauig y Manoc, palabras tagalas que significan aguilucho y gallo. Al crearse barrio en aquella ensenada, unieron las dos palabras formando la de Laguimanoc, adonde atracamos á las dos horas de nuestra salida de la barra de Pagbilao.
</p><p>Laguimanoc, depende de Atimonan pueblo situado en la contracosta, ó sea en el Pacífico. De Laguimanoc á su matriz Atimonan, hay que cruzar de costa á costa separada una de otra por un accidentado camino de bosque, que mide por lo más corto 18,50 km. Esta larga distancia y lo penoso de salvarla, hace no comprendamos cómo no depende Laguimanoc de Pagbilao, adonde es mucho más corto y más cómodo el llegar, bien por agua, ó bien por el camino de la playa.
</p><p>El barrio de Laguimanoc lo forma un pequeño vecindario, compuesto de madereros, carpinteros, constructores de barcos y acopiadores <pb n="252"/>de maderas. Dos eminencias cierran el anfiteatro, en el que se alzan el astillero, un camarín que resguarda una sierra movida por el vapor, y varias casas que se apoyan en la misma roca, en cuya cima y estribaciones se reparten el resto de las que componen el barrio. En aquel astillero se han construido magníficos barcos de alto porte, habiendo sido el último que se botó al agua el vapor <hi>Paz</hi>, propiedad de los hermanos Alcántara. En aquella ensenada hacen carga de maderas para China y Japón, gran número de barcos. En la fecha en que pasamos por Laguimanoc había dedicados á este negocio dos extranjeros, uno de ellos, Mr. Broom, nos ofreció una cordial hospitalidad y un confortable almuerzo, en las pocas horas que permanecimos en Laguimanoc. Allí estuvimos hasta las tres de la tarde, en que nuevamente volvimos á los botes para seguir á Calilayan, en donde debíamos pernoctar.
</p><p>Una fresca brisa de tierra nos permitió <hi>dar</hi> <pb n="253"/>vela en demanda de Punta-Remo, extensa lengua de tierra que va á hundirse entre las madréporas y arrecifes del Estrecho.
</p><p>Una vez que la estrecha quilla de nuestro bote cortó las aguas de la ensenada del Talusan, notamos que el sondaje disminuía hasta el extremo de apreciarse los más insignificantes detalles de las preciosas y variadas algas, que destilan sus viscosos jugos sobre las afiladas excrecencias que forman el bajo de Calutan. En aquella ensenada desaguan gran número de ríos y esteros, siendo de citarse los llamados Pinanimdim, Yaue, Ipil y Cabuyao, cuyas corrientes prestan un gran servicio á los madereros, arrastrando los trozos que cortan en los bosques.
</p><p>En la ensenada de Calutan, se conserva un castillejo habitado por un guardián. Alrededor de aquel modesto baluarte, se agrupan unas cuantas casitas que vienen á formar el barrio á que da nombre la ensenada; aquel pertenece al pueblo de Atimonan.
<pb n="254"/></p><p>A las seis de la tarde orzamos á estribor, cambiamos vela, y enfilamos la bocana del río Calilayan, á cuyas márgenes se asienta la visita de dicho nombre.
</p><p>Calilayan cuando lo visitamos dependía de Pitogo, hoy es pueblo, y en el superior decreto que mandaba su creación, se varió aquel nombre por el de Unisan.
</p><p>Calilayan ya existía al descubrirse las tierras que componen la provincia de Tayabas, por <hi>Juan de Salcedo</hi>, que, se cree fué el primero que de ellas tomó posesión en nombre de Castilla, al ir en busca de las renombradas minas de oro de Camarines.
</p><p>Aquel pueblo, según antiguas tradiciones, debe su fundación á Ladia, hermana del cacique Maglansangan, sanguinario y despótico señor que por largo tiempo impuso leyes en el Estrecho. A Ladia se la conocía por la reina de Calilayan. En las negras páginas de las conmociones populares, figura este nombre, que estuvo borrado por largo tiempo del <pb n="255"/>número de los pueblos, habiendo renacido más tarde con el modesto de barrio.
</p><p>El Tribunal de Calilayan lo compone un espacioso castillo de dos cuerpos, resguardado con sus correspondientes aspilleras, por las que asoman sus bocas dos inofensivos cañones, mudos veteranos, que difícilmente pueden mantener su actitud amenazadora, sosteniéndose sobre las agorgojadas y apuntaladas paralelas de sus cureñas.
</p><p>En las corroídas masas de hierro del castillo y en los gallardetes que ondean en los barcos que de continuo hacen carga en la ensenada de Calilayan, se ve la síntesis de dos civilizaciones; la primera está escrita á la rojiza tea de la morisma, la segunda registra sus anales en las serenas y tranquilas regiones del trabajo. La piratería quedó encerrada para siempre en los últimos picachos que sombrean las candentes arenas del Archipiélago de Joló, pudiéndose entregar con toda tranquilidad á sus habituales faenas los <pb n="256"/>pueblos playeros que bordan el Estrecho de San Bernardino.
</p><p>Calilayan es un centro maderero de gran importancia, y en su localidad hay inteligentes maestros y fuertes y robustos hacheros, que dan al comercio, con su duro trabajo, muchísimos miles de pies cúbicos de riquísimas maderas. En este pueblo hay establecidos algunos españoles dedicados exclusivamente á construir barcos y exportar maderas. Entre los constructores está nuestro querido amigo D. José Barco, cuya hospitalidad nos ofreció y gustosos aceptamos.
</p><p>El 10, muy de madrugada, emprendimos rumbo á Pitogo. Entre este pueblo y Calilayan se encuentra el temido bajo de Salincapo, y en uno de los senos que abre la costa se halla el barrio de Cabulihan, dependiente de Gumaca; rico pueblo que encontraremos en las playas del Pacífico.
</p><p>A las tres horas de navegación, aprovechando seis bogas, atracamos en el rústico <pb n="257"/>embarcadero de Pitogo. Este pueblecito se halla situado en una prominencia que domina un extenso y limpio horizonte. Las casas ocupan la estribación de la montaña, esparciéndose hasta la misma playa. Entre esta y las cúspides de la prominencia, se levantan el Tribunal, la iglesia y el convento. El primero y el último, son edificios sólidos y espaciosos; en cuanto á la iglesia estaba reconstruyéndose. Un sólido castillo, hoy rodeado de malezas, estuvo llamado en otro tiempo á defender al pueblo contra los desembarcos de los piratas joloanos. Dicho castillo se encuentra á un tiro de fusil del Tribunal.
</p><p>En los ríos y mangles que rodean á Pitogo, viven caimanes de extraordinarias proporciones. La cacería del caimán—ó sea la buaya, como le llama el indio—la verifican de una forma muy cómoda y sencilla. Cuelgan de las ramas del mangle un poderoso anzuelo revestido de un buen pedazo de carroña, que <pb n="258"/>se mantiene á flor de agua; de la argolla del anzuelo, parte, á más del cabo que lo sostiene, una extensa y gruesa mata de abacá, cuyos hilos rematan en tres ó cuatro cañas muy largas que fuertemente anudan. En lo alto del mangle, atan un perro, cuyos ladridos bien pronto atraen al caimán; este, tan luego se halla dentro de las fuertes emanaciones de la carroña, fija en ella su voracidad, hundiéndose en el interior de su descomunal boca, las afiladas barras del anzuelo. Este es corto, de modo, que al hacer presa el caimán y cerrar la boca tropiezan sus poderosos colmillos en la mazorca de abacá, cuyas sueltas hebras se le introducen en la unión de aquellos, haciendo imposible su rotura; en tal estado, el animal se enfurece, hace esfuerzos supremos y rompe la cuerda que sostenía del mangle el anzuelo; mas esto le es imposible hacer con la suelta madeja. Tan luego se pone el caimán en movimiento, entran en juego las cañas; y si anda, malo, <pb n="259"/>y si nada, peor, puesto que, la condición fibrosa de la caña hace imposible su rotura, y en la faena que el carnicero lagarto emplea para desprenderse de aquel enemigo, concluye por rendirle el cansancio y la fatiga.
</p><p>Pitogo, con su antigua visita de Calilayan, formaban 21 cabecerías, á que correspondían 3.719 almas, tributando de ellas 2.006; hubo el año 1875, 200 defunciones, 39 casamientos y 194 bautizos. Se sortearon 173 mozos, de los que se sacaron 2 soldados; se vacunaron 325; asistieron á las escuelas 40. Se registraron 2 causas criminales, y se contaron para el resguardo del pueblo, y de su visita, 16 cuadrilleros, llamados á vigilar los 17 barrios que componían la jurisdicción.
</p><p>En la tarde, verificó el Alcalde las quintas y elecciones. Por la noche hubo su indispensable bailujan, en el que, hizo los honores con gran desenvoltura una agraciada mestiza, llamada María, si bien ella respondía siempre por el nombre de <hi>Angue</hi>. De la conversación <pb n="260"/>que tuve con Angue, deduje el estado primitivo de su espíritu. En un rasgo de verdadero orgullo hacia Pitogo y después de haberme hecho notar con infantil insistencia, los faroles de colores, los abullonados coquillos, las sayas de las dalagas, los exiguos instrumentos de la orquesta, y las gruesas y amarillas cuentas de un collar de ámbar, que descansaba en su amplio pecho, me preguntó con una alegre sonrisa si en España había bailes mejores que aquel. Bien valía aquella pregunta una inocente mentirilla, así que la contesté con un negativo monosílabo, con el que se quedó la buena de Angue en la firme creencia de que en toda la <hi>redondez</hi> de la tierra no había mas collares que el suyo, ni más faroles de colores que los de su pueblo.
</p><p>A las doce de la noche terminó el baile y cada cual tomó el petate.
</p><p>Pensando en la cara que pondría Angue al trasladarla de repente al Teatro Real en una <pb n="261"/>noche de baile, cerré los ojos y me quedé dormido.
</p><p>Muy de madrugada nos embarcamos en los botes, salvando en tres cuartos de hora el trayecto que media entre Pitogo y Macalelong.
</p><p>Macalelong, con su visita de Hingoso, lo componen 2.212 almas; tributan 1.182 en 15 cabecerías. Hubo 82 defunciones, 36 casamientos, y 121 bautizos. Se sortearon 77 mozos, de los que se sacaron 2 soldados. Se vacunaron 140. Asistieron á las escuelas 60 niños de ambos sexos; se sustanciaron 7 causas; y su fuerza de cuadrilleros ascendía al número de 23.
</p><p>Poco ó nada que citarse hay en aquel pueblecito, cuyos habitantes en su mayoría viven en una indiferente apatía, de la que no les arrancan ni las necesidades ni las constantes excitaciones de la autoridad. Allí fuimos asediados por un sinnúmero de pobres, quienes nos demandaban una limosna con destemplada <pb n="262"/>y gangosa voz. Este pueblo, lo mismo que el anterior y los que encontraremos hasta llegar á López, están á cargo de sacerdotes indígenas; en los demás de la provincia, sus parroquias son administradas por frailes franciscanos.
</p><p>Siguiendo la línea de la playa, la que no habíamos perdido desde que salimos de Pagbilao, continuamos el día doce la navegación en demanda del pueblo de Catanauan. En esta travesía hay que ir provistos de todo, no solo por lo larga y pesada, sino que también por las peripecias á que da lugar lo inseguro de las imprevistas <hi>tufadas</hi> que repentinamente suelen soplar.
</p><p>Toda la playa está deshabitada, pues á excepción de los pequeños caseríos de Cabuluan é Hingoso, apenas se ve alguna que otra miserable choza.
</p><p>Al doblar la punta Sandoval, y cuando ya llevábamos diez horas de navegación, nos pusimos á la vista de Catanauan.
<pb n="263"/></p><p>Dicho pueblo lo componen 3.174 almas, de las que tributan 1.462 en 15 cabecerías. Hubo 68 defunciones, 129 bautizos y 41 casamientos. Se sortearon 207 mozos, á los que correspondieron 3 soldados. Se vacunaron 122, asistieron á las escuelas 40 niños de ambos sexos, siendo 23 el número de cuadrilleros.
</p><p>Catanauan poco á poco va despertando de su indolencia, y tenemos la seguridad de que tan luego se habitúe al trabajo, llegará á ser un pueblo muy rico, dadas las condiciones de su territorio. Hoy corre la triste y precaria suerte de sus colindantes. A Catanauan seguía en nuestro itinerario Mulanay, adonde puede llegarse en tres ó cuatro horas, utilizando una regular brisa ó seis fuertes remeros. Este pueblecito, con su visita de Bondo, lo forman 2.076 almas, de las que tributan 1.216 en 13 cabecerías.
</p><p>Los dilatadísimos campos que se encuentran entre Mulanay y Bondo son susceptibles de mantener muchos miles de reses. Hay <pb n="264"/>buenas piaras de vacas, pero no llegan ni con mucho á las que pueden sustentar aquellas riquísimas vegas refrescadas con las aguas de cientos de arroyuelos.
</p><p>De Mulanay teníamos que cruzar al seno de Ragay, y para ello dejamos la vía marítima, tomando la terrestre.
</p><p>De aquel pueblo al de San Narciso empleamos todo el día catorce, bien es verdad que dedicamos la mañana á la caza del carabao cimarrón.
</p><p>Para llegar á San Narciso hay que vadear un sinnúmero de veces el Dumalong, no siendo esto lo más malo, y sí el salvar las peligrosas fragosidades del monte de aquel nombre. No hay que soñar siquiera en hacer este trayecto á caballo, y sí en carabao ó en hamaca. Hay precipicios y fangosos barrancos, que únicamente la planta humana, ayudada de la inteligencia ó las condiciones especiales de la pezuña é instinto del carabao, pueden salvar. Para colmo de males se encuentra tal <pb n="265"/>profusión de pequeñas sanguijuelas en el ramaje, en las puntas del cogón y hasta en las hierbas, que no hay forma de evitar su sangrienta voracidad. Vencidas las alturas del Dumalong, se interna el viajero en un espeso bosque, y tras este se alegra su espíritu ante la vista de San Narciso, en donde podrá hallar descanso su desvencijado cuerpo.
</p><p>A San Narciso lo forman un caserío levantado en el seno de Ragay. Aquel lo habitan 1.375 almas, de las que tributan 990 en 9 cabecerías.
</p><p>En San Narciso nuevamente volvimos á la mar, navegando por espacio de doce horas en el seno de Ragay para encontrar á Guinayangan. Este pueblecito con su visita de Piris, lo forman 7 cabecerías. Toda la miseria en que hoy se consume, es indudable que en una época más ó menos lejana se trocará en riqueza y movimiento. Teniendo á la vista un buen plano de la provincia de Tayabas, se comprende que necesariamente está llamado <pb n="266"/>Guinayangan á ser uno de los puntos en que ha de arrancar la división de la isla de Luzón, poniéndose en comunicación el gran Pacífico con el Estrecho que aprisiona las revueltas ondas del mar de China. Guinayangan está situado en el seno de Ragay, en el desagüe del río Cabibijan. Las condiciones de este, su caudalosa corriente, su gran anchura y su mucho fondo lo hacen navegable. Dicho río se interna en el istmo que separa el seno de Ragay de el de Alabat; istmo que constituye el punto más estrecho de toda la isla de Luzón. Entre Guinayangan y Calauag está el río Cabibijan, que desagua como ya hemos dicho en el mar de China, y por parte de Calauag se halla el río de este nombre vertiendo sus aguas en el seno de Alabat ó sea en la gran bahía de Lamón. Bien que se eligiera el río Calauag, ó bien el de Viñas que se encuentra algo más al Norte, la unión entre los dos ríos sería trabajo de legua y media á dos de canal, confundiéndose en este <pb n="267"/>las ondas de ambos mares. Los beneficios que esto reportaría son incalculables, y repetimos que abrigamos la firme creencia de que la unión ha de verificarse por la vía indicada, que es la misma que nosotros seguíamos para llegar á Calauag. De Guinayangan fuimos en banca contra corriente del río Cabibijan hasta el desembarcadero de Alunero; de aquí á caballo más de dos horas hasta encontrar las aguas del río Calauag, y una vez dentro de aquellas los remeros condujeron la banca á dicho pueblo.
</p><p>Calauag lo mismo que Guinayangan, más bien que pueblos son una agrupación de sucias y miserables casucas que difícilmente dan albergue á su vecindario, compuesto de 9 cabecerías.
</p><p>De Calauag á López hay un regular camino, fácil de hacer á caballo. Hasta dicho pueblo nuestra marcha fué muy acelerada, deseando cuanto antes salir de aquellos lugares en los que nada nuevo encontrábamos.
<pb n="268"/></p><p>López fué creado con la visita de Talolong, el año 1857, siendo Gobernador de la provincia D. Cándido López Díaz. Dicho pueblo lo componen 5.432 almas, de las que tributan 2.892 en 30 cabecerías. Hubo 47 casamientos, 221 bautizos y 173 defunciones. Se sortearon 247 mozos de los que fueron 3 á ser soldados. Se vacunaron 147, asistieron á las escuelas durante el año 120 niños. Se sustanciaron 4 causas criminales, ascendiendo sus cuadrilleros al núm. 99. A nuestro paso por López se estaba construyendo una iglesia, que á juzgar por la solidez de sus cimientos y por las proporciones de su obra está llamada á ser una de las primeras de Filipinas.
</p><p>De López á Gumaca el camino mejora notablemente, y una vez pasada la balsa de Camuhangin apenas se pierde de vista la playa. Este camino puede hacerse en tres á cuatro horas.
<pb n="269"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.18" n="XVIII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XVIII.</head><argument><p>Gumaca.—Su antigüedad.—Su <hi>situación.</hi>—Águilas imperiales.—Castillos de Santa María, San Diego, San Sebastián y San Miguel.—Estadística.—Saqueo, incendio y peste.—Libros canónicos.—Reminiscencias valencianas.—Una velada en las ruinas.—Recuerdo glorioso.—Productos.—De Gumaca á Atimonan.—Una madera incorruptible y un hongo fosforescente.—Kiosco en el camino,—Grupos fantásticos.—Compañía no buscada.—Ninay.—Una presentación por medio de un cigarro.—El <hi>Moro</hi> y el Rosillo.—Atimonan.—Su historia, sus productos y su estadística.—Un bailujan, un regalo y una promesa.—El correo.</p></argument><p>Gumaca es uno de los pueblos más sanos y mejor situados de los que bañan las aguas del Pacífico en las costas de Tayabas. Su fundación no hemos podido comprobarla, debiendo ser muy antigua, puesto que ya se le nombra en los registros de la Orden de San Francisco correspondientes al año 1582. En 1638 se trasladó á la Silanga de la isla de Alabat, volviendo á su antiguo sitio después del incendio á que le redujeron los holandeses en el año 1665.
</p><p>Gumaca debió ser muy combatido de las <pb n="270"/>piraterías moras, teniendo en cuenta la situación que ocupa y los restos de defensas que aún se conservan. Una sólida muralla corre por la playa, arrancando desde el río á que da nombre el pueblo. Sobre aquel se alza un puente de madera, que comunica con el fuerte de Santa María. Encima de la puerta del fuerte—que abre el camino que dirige á Atimonan—se conservan toscamente grabadas sobre la piedra las águilas imperiales de la casa de Austria, escudo que también se muestra en las ruinosas paredes del Tribunal. La muralla cierra el pueblo por la parte que mira á la mar con el castillo de San Diego. La construcción de este fuerte revela una mano inteligente, y la solidez de su fábrica lo mantendrá en pie muchísimos años. En su plataforma se guarda un pesado cañón de hierro. Formando cuadrilátero con aquellos fuertes, quedan restos de los llamados San Sebastián y San Miguel. Entre estos había una fuerte empalizada de <hi>molave</hi>.
<pb n="271"/></p><p>Gumaca tiene 7.137 almas; tributan 3.360 en 38 cabecerías. Hubo 151 defunciones, 88 casamientos y 273 bautizos. Se sortearon 330 mozos, de los que se sacaron 4 soldados. Se vacunaron 431. Asistieron á las escuelas 130 niños de ambos sexos; correspondieron á su territorio 5 causas criminales. Los cuadrilleros, llamados á vigilar los 19 barrios, ascendían á 38.
</p><p>Entre los edificios de Gumaca, son dignos de visitarse la iglesia, el convento y la escuela. El convento abre sus muros en una espaciosa plaza, que limita la muralla. La iglesia es buena y espaciosa, lo mismo que la escuela.
</p><p>Gumaca ha pasado por un sinnúmero de vicisitudes, no habiendo respetado á su laborioso vecindario ni los horrores del saqueo, ni las destructoras llamas del incendio, ni los estragos de la peste. Hojeando los libros canónicos de defunciones de aquel pueblo, correspondientes á los meses de Abril y Mayo <pb n="272"/>del año 1772, y fijándose en las páginas que empiezan en el asiento 28, se verá el tristísimo cuadro de las más encarnizadas hecatombes que registra la historia de la viruela.
</p><p>Examinando el antiguo Tribunal, los fuertes de San Diego y Santa María, la muralla, las empalizadas y el capitel ojival que resguarda la gran cisterna que provee de agua al pueblo, se viene en perfecto conocimiento de que por allí ha pasado una activa y buena inteligencia. El piso alto del Tribunal está basado en arquerías, terminando en azotea, construcción rarísima en Filipinas, que hace recordar las casas de Alicante y Valencia.
</p><p>En la plataforma del castillo de San Diego pasamos al lado del virtuoso párroco Fray Mariano Granja, una alegre velada respirando las puras emanaciones de las ondas del gran Pacífico.
</p><p>Toda ruina tiene para nosotros un augusto misterio ante el cual bajamos con respeto la frente. Las agrietadas aspilleras del castillo <pb n="273"/>de San Diego, son otras tantas páginas de nuestra gloriosa historia. Sobre aquellos muros había ondeado la sacrosanta enseña de Castilla, en una época en que, si la tenue brisa de la caída de la tarde plegaba sus paños en otros horizontes, los matinales céfiros acariciaban sus colores enseñando al primer rayo del sol los castillos y leones, inseparables compañeros de su luz.
</p><p>El castillo de San Diego debió prestar excelentes servicios, pues dada la situación de Gumaca necesitaba un avanzado centinela que precaviese las sorpresas, fáciles de llevar á cabo en aquellas playas, por la circunstancia de interceptar la exploración la extensa isla de Alabat.
</p><p>Los principales productos de Gumaca son: el arroz, las maderas, la brea y la cera. Caza hay mucha en sus bosques, y el poco cacao que recoge es muy estimado.
</p><p>En la tarde del veintiuno nos dirigimos al pueblo de Atimonan. El camino que conduce <pb n="274"/>á aquel, salvo ligeros trayectos, no se separa de la playa. Los muchos ríos y esteros que desaguan en el Pacífico en toda la contra-costa de Tayabas, hacían que á cada paso tuvieran nuestros caballos que vadear un arroyuelo, ó hiciesen resonar bajo sus duros cascos los fuertes ensambles de los veintinueve puentes que encontramos. Aquellos son de madera, empleándose el molave para los pilares. El molave es incorruptible á la acción del agua, como impenetrable á la destrucción de los insectos. Hemos visto sacarse de un fondo de fango, harigues de molave que habían permanecido entre aquel más de cien años, sin que mostrasen señales de carcoma ni podredumbre. En la demolición de todo antiguo edificio en que haya molave y cañas, llama la atención la conservación de los primeros, y las bellísimas fosforescencias que se desprenden de los <hi>alimacmac</hi> en las segundas. El <hi>alimacmac,</hi> es un pequeño hongo que nace en el interior de la caña cuando es vieja y ha estado <pb n="275"/>sometida por largo tiempo á la acción de las aguas. La vejez ayudada de la humedad, incuban en las paredes de la caña esa brillante excrecencia que buscan las dalagas entre las ruinas, adornando con ellas su pelo y sus relicarios.
</p><p>Los añosos y entrelazados troncos de los <hi>bacauan</hi> que forman los mangles, constituyen una sólida barrera que resguarda contra la rompiente de las olas el camino de Atimonan. Si aquel se recorre de noche, hay que ir despacio y con algunas precauciones, so pena de exponerse á que se rompa el caballo una pata en alguno de los agujeros que hacen los cangrejos, y de que está salpicado todo el terreno.
</p><p>En la línea que empieza la jurisdicción de Atimonan, nos encontramos la comitiva que salía á esperar al Alcalde. Las dalagas iban lujosamente vestidas, montando ligeros caballos. El Gobernadorcillo de Atimonan tenía preparada bajo un bonito kiosko, una suculenta <pb n="276"/>merienda. Lo delicioso del lugar, las frescas brisas del Pacífico cuyas espumas llegaban á nuestros pies, y la armonía de la música que se mezclaba con el eterno y acompasado murmullo de las ondas, nos retuvo más tiempo del que debíamos.
</p><p>Montamos nuevamente á caballo al aproximarse el crepúsculo, así que, bien pronto nos envolvieron las sombras. El numeroso grupo que componía nuestro acompañamiento presentaba un aspecto altamente fantástico. La fosforescencia de la mar, los destellos de los <hi>alitaptap</hi>, y los preciosos cambiantes de luz, que nos mandaba Sirio, la estrella más hermosa de los cielos, daban la bastante claridad para apreciar conjuntos, ya que no detalles.
</p><p>El camino era bastante estrecho, circunstancia que hacía marchásemos de dos en dos. Varias veces levanté la cabeza desde que dejamos el kiosco y siempre encontré á mi lado una misma cara. Yo no buscaba á Ninay, y <pb n="277"/>sin embargo, constantemente estaba cerca de mí. ¿Quieres fumar?—la dije, á la par que sacaba la petaca para encender un cigarro.—Tu cuidado,—me contestó con esa habitual franqueza de la india. Un cigarro, en todas partes del mundo es un gran introductor; el que oprimía entre sus labios Ninay, hizo tan perfectamente la presentación, que no se interrumpió entre nosotros la conversación hasta que llegamos á los bantayanes de Atimonan. Dos horas fuimos hablando, y en ellas me contó Ninay, con una encantadora naturalidad, una verdadera serie de superfluidades para mí, pero que constituían para ella un mundo. Me habló de su cocal, de la saya que tenía preparada para el baile, de la peineta de su amiga Chichay, del <hi>imbay</hi> del Moro y del Rosillo, y por último de su novio. Moro y Rosillo, se llamaban los caballos que montábamos, eran hermanos, y siempre habían comido en una misma <hi>tina</hi>, estando en esto explicado, el por qué al buscarse <pb n="278"/>ellos, nos acercaban á nosotros. Al pronunciar Ninay el nombre de su novio, no lo hizo balbuceando ni mucho menos, aquel estaba ya admitido por sus <hi>mayores</hi>, y por lo tanto la <hi>cosa</hi> era muy natural y corriente.
</p><p>A las nueve de la noche entramos en Atimonan; de este á Gumaca hay 21,50 km.
</p><p>Atimonan se llamaba en lo antiguo un llano que se extiende en una ensenada de las costas de Lamon; y en aquel sitio se resguardaron por los años de 1635 los pocos seres que pudieron escapar de las llamas de Cabullao, pueblo que fué reducido á cenizas por los piratas moros. En dicha ensenada quedó formado Atimonan el año 1637, siendo hoy el pueblo más rico de la contra-costa de Tayabas. Su extenso territorio, que abarca de costa á costa, produce preciosas maderas, inmejorables resinas, cera, maíz, café, cacao, abacá y aceite. Las ceras de Atimonan son de una pureza y transparencia tal, que pocas habrá que las igualen. En la Exposición de <pb n="279"/>Filadelfia fueron premiadas, y abrigamos la convicción de que también lo serán en la próxima de París, adonde sabemos se mandarán. Los tejidos de piña que hacen las mujeres son muy buscados en el comercio.
</p><p>La salubridad de Atimonan es buena, y aun cuando no se halla en la misma playa, solo la separa el corto cáuce de la desembocadura del río, á cuya margen derecha se levanta. El caserío es bueno, destacándose por la solidez de su fábrica, la iglesia y convento. Los muros de estas obras tienen de doce á quince pies de espesor. El Tribunal lo componen dos cuerpos, el uno antiguo y el otro moderno, en el último hay un salón de los más grandes que hemos visto en Filipinas.
</p><p>Atimonan tiene 8.790 almas, tributan 4.262 en las 46 cabecerías que registra. Hubo 172 defunciones, 62 casamientos y 343 bautizos. Se sortearon 475 mozos, de los que se sacaron 9 soldados. Se vacunaron, 234, asistiendo á las escuelas 160 niños de ambos sexos. Se <pb n="280"/>sustanciaren 2 causas criminales y su territorio está á cargo de 42 caudillos y 53 cuadrilleros.
</p><p>A la noche siguiente á la de nuestra llegada á Atimonan, y terminadas que fueron las quintas y elecciones, hubo el consabido baile, en el que volví á reanudar la conversación con Ninay: me hizo conocer á su novio; y yo en pago de sus secretillos la dí un anillito, en el que estaba esmaltada una imagen de los Dolores, exigiéndola al dárselo que había de ser el que usase el día que se casara.
</p><p>Después supe no había olvidado mi deseo, y que alguna que otra vez recordaba Ninay al <hi>castila</hi> de las <hi>balbas</hi>, nombre con el que me conocían en toda la contra-costa.
</p><p>En Atimonan recibimos el correo, este sale de Tayabas con dirección á Pagbilao los viernes; de aquel punto cruza toda la provincia, yendo á Atimonan, y de aquí sigue por toda la contra-costa á buscar á Calauad, para internarse después en la provincia de Camarines, <pb n="281"/>y de aquí á Albay. La línea de inspección del correo de Manila á Albay termina en Tayabas; el conductor llega hasta este pueblo, en donde espera, quedando la correspondencia á merced de Dios y del servicio personal de los muchísimos pueblos que tiene que recorrer hasta llegar á Albay. Sin balijas, sacos ni árganas, excuso decir á mis lectores los deterioros y detrimentos por que pasarán los paquetes.
</p><p>Para evitar gran calor, convinimos en hacer el trayecto, que separa Atimonan de Mauban, de noche y por mar, á cuyo efecto se prepararon bancas y barotos, quedando todo listo para embarcarnos á la caída de la tarde.
<pb n="282"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.19" n="XIX" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XIX.</head><argument><p>Navegación en <hi>baroto</hi>.—Escasez de luz y abundancia de mosquitos.—Los principios y los medios.—Horas interminables.—<hi>Malayo po</hi>.—El monte Soledad.—Vista de Mauban.—Su historia, estadística y productos.—Episodio glorioso.—Don Simón de Anda y los franciscanos.—Documento notable.—Setecientos quintales de plata.—De Mauban á Lucban.—Caminos que hace el hombre y arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y desmontes.—El Balete.—Barrio de Sampaloc.—La hamaca.—Lúgubres semejanzas.—Descanso en Lucban.—Vuelta á Tayabas.</p></argument><p><hi rend="bold">¿Saben ustedes lo que es navegar en <hi>baroto?</hi></hi>
</p><p>Si la contestación es negativa no deseen hacerla afirmativa, pues de seguro se arrepentirán. De Atimonan á Mauban puede irse por <hi>algo</hi>, que algunos afirman que es vereda; pero el viajero que llega á poner en ella su planta, se convence á costa de sus huesos de que no hay tal <hi>cosa</hi>, sobre todo, en la parte que comprende el escabroso monte Pitisang. Para evitar esto, y sobre todo las ocho ó diez horas á caballo que se invierte en la jornada, resolvimos dejar la vía terrestre y entrar en la marítima.
<pb n="283"/></p><p>El tiempo estaba algo revuelto, y el patrón del baroto trincó perfectamente las amarras del <hi>caran</hi>, de modo que la parte habitada de la embarcación quedó convertida en una especie de ratonera, en que si bien escaseaba luz y aire, abundaban los mosquitos y las moscas.
</p><p>A las seis vencimos la barra, balanceándonos en el gran Pacífico; orzamos para tomar rumbo, pero la vela se empeñaba en no tomar viento, empeño perfectamente justificado al ver los agujeros que tenía su triangular superficie y la poca gana de soplar que había por arriba.
</p><p>La postura que se busca en cualquier forma de locomoción es agradable al principio, más si la jornada es larga, antes de llegar á los <hi>medios</hi> aquella, no solo es molesta, sino que no hay ninguna que satisfaga. El baroto no tenía asientos, así que los que íbamos embanastados en su camareta tuvimos que hacerlos con mantas y maletas. Durante la primera <pb n="284"/>hora todo fué bien; fumamos, reimos y hablamos de largo, mas poco á poco se nos <hi>entró</hi> la noche por la boca de la camareta, y las nuestras dejaron paulatinamente de moverse y de chupar.
</p><p>El monótono crujir que produce toda vieja embarcación; la uniformidad del quejido de la onda al ser cortada por una lenta marcha; el silencio de la noche y lo impenetrable de las sombras, traen al espíritu un sinnúmero de fantasmas que pasan y se desvanecen en la misma forma en que nacen; mas cuando esas fantasmas son <hi>vistas</hi> por unos ojos que pertenecen á un cuerpo que no encuentra postura buena, que desea reposo y no lo halla, y que tiene sueño y le es imposible conciliarlo, entonces entra un grandísimo malestar y las horas se hacen interminables. La estrechez del baroto no permitía echarnos, obligándonos á conservar posturas irreconciliables con el descanso; y no hay nada más molesto que estar completamente rendido <pb n="285"/>y falto de sueño, y, sin embargo, no poder dormir. Cincuenta veces por hora preguntamos al patrón si faltaba mucho, y siempre tuvimos por contestación su invariable <hi>malayo po.</hi>
</p><p>Macilentos, escalofriados, somnolientos y doloridos, principiamos á ver el cómo se retiraban las sombras á sus antros y el cómo la aurora abría las puertas al día. El sol apareció en los cielos, y nos mostró entre ligeras brumas el monte Soledad, á cuya falda se asienta el pueblo de Mauban.
</p><p>A las ocho de la mañana llegamos á aquel. Catorce horas invertimos en tan <hi>deliciosa</hi> navegación, de que me acordaré mientras viva.
</p><p>Mauban no se conoce cuando se fundó. En los archivos se encuentra aquel nombre figurando en los anales del último tercio del siglo XVI. El año 1600 se sabe fué su párroco el padre frey Fernando Moraga. Dicho pueblo sufrió varias traslaciones hasta el año 1647, en que definitivamente ocupó el sitio <pb n="286"/>en que hoy se halla. Se encuentra en la costa del Pacífico frente á la isla de Alabat. Su clima es muy caluroso, si bien las tardes y madrugadas son refrescadas por las brisas del mar. Mauban tiene 9.039 almas, tributando en sus 48 cabecerías 4.274. Hubo 366 defunciones, 57 casamientos y 320 bautizos. Se sortearon 476 mozos, á los que correspondieron 9 soldados. Se vacunaron 341. Asistieron á las escuelas 160 niños. Se incoaron 9 causas, y el número de cuadrilleros y de caudillos ascendían, los primeros al número de 43, y de 29 los segundos.
</p><p>Como edificios no hay ninguno digno de citarse, excepción hecha de la iglesia y el convento. Aquella es de una fuertísima construcción, componiendo su torre cinco cuerpos.
</p><p>Los productos principales son arroz, abacá, café, cacao y maderas. Las mujeres tejen salacots y petates muy buscados. En la extensa jurisdicción de Mauban se cría mucha y buena caza.
<pb n="287"/></p><p>El nombre de Mauban, representa un hecho histórico digno de citarse. Habiéndose logrado sacar de Manila con grandes trabajos y peligros durante la invasión inglesa, el Real Tesoro, aquellos se aumentaron, estando en camino de la Pampanga, por haber dado el enemigo con su pista; conociendo esta posición el cauteloso D. Simón de Anda, se dirigió al Provincial de los Franciscanos, que se hallaba en Lucban, comisionándole para que de acuerdo con los conductores del Tesoro, buscara forma para embarcarlo y salvarlo en uno de los puertos de Tayabas.
</p><p>El superior de la Orden, en vista de tan arriesgada comisión, eligió para llevarla á cabo á Mauban, á cuyo cura párroco le dirigió la siguiente carta, acreedora por todos conceptos de ser conocida. Dice así:
</p><p>«A nuestro hermano Frey Francisco Rosado de Brozas, Predicador ex-definidor, Guardián y Ministro de doctrina de nuestro convento <pb n="288"/>de Mauban, salud y paz en Nuestro Señor Jesucristo.
</p><p>«Hallándonos con este superior decreto que con la mayor veneración y rendimiento obedecemos; y siendo de nuestra obligación el poner todo nuestro desvelo y cuidado en el servicio de Nuestro Rey y Señor natural, aunque sea á costa de nuestras vidas, manifestando el debido vasallaje y lealtad de agradecidos hijos y afortunados vasallos de un Rey y Señor, de cuya soberana mano viven tan reconocidas y obligadas, nuestra seráfica religión y apostólica provincia de San Gregorio. Por tanto, teniendo satisfacción de las prendas que en V.C. concurren, mandamos á V.C. por santa obediencia, acompañe, ayude y sirva á conducir el Tesoro de S.M. (q.D.g.), según que dispusieran el Capitán de navío D. José de Acevedo y el maestre de plata D. José Góngora: y á este efecto mandamos á V.C. disponga y avíe todas las embarcaciones servibles de todos nuestros conventos, <pb n="289"/>ya sean de esa costa, ya de la provincia de Camarines, sacando de dichos conventos cuantas provisiones se juzguen necesarias para el gasto y manutención de la gente necesaria, hasta consumir lo que los conventos tengan para su preciso mantenimiento. Y porque es muy correspondiente á nuestro instituto y gratitud, el servir á nuestro Soberano Monarca, con el desinterés y celo, á que nos obligan tantas leyes y respetos como sus leales vasallos, obligadísimos frailes de San Francisco. Mando á V.C. por santa obediencia, que por ningún concepto permita reciban nuestros conventos ni religiosos cosa alguna por el servicio de embarcaciones, y recompensa de las provisiones que suplan, y sí solo se expresarán á continuación de estas nuestras letras, las embarcaciones con la nominación de sus conventos; los víveres que de estos se sacaren con expresión singular, y todo lo demás que acredite el desempeño de nuestra obediencia <pb n="290"/>al superior decreto y servicio á Nuestro Soberano y al común de la patria. Y estas nuestras letras serán leídas é intimadas á nuestro hermano Guardián de nuestro convento de Naga y Comisario provincial de la provincia de Camarines, para que en su vista provea lo conveniente y necesario á la expedición del presente negocio, y concluído este se nos devolverán originales con el Superior decreto que acompaña, para presentarlo al superior Gobierno. Dadas en este nuestro convento de San Luís obispo, del pueblo de Lucban, firmadas de nuestra mano, selladas con el sello mayor de nuestro oficio y refrendadas de nuestro Secretario en siete días del mes de Febrero de mil setecientos sesenta y tres años.—<hi>Frey Roque de la Purificación</hi>, Ministro provincial.»
</p><p>La comisión cumplió su encargo, embarcando en Mauban, en 20 bancas y 1 pontín, el Real Tesoro, que pesaba unos 700 quintales. A los pocos días se encontraba toda la <pb n="291"/>plata en poder del justiciero y valiente magistrado.
</p><p>Dos días permanecimos en Mauban, y al terminar aquellos emprendimos el camino de Lucban. La descripción de dicho camino es imposible, entre otras cosas, porque en muchos sitios no lo hay, y en otros las torrenciales aguas lo modifican á su antojo entre aquellas accidentadas y bruscas estribaciones. Vadeos, precipicios, quebradas, desmontes y derrumbaderos es lo que se encuentre entre la balsa de Mauban y la visita de Sampaloc, en donde termina el Balete, ó sea el monte que divide las jurisdicciones de Mauban y Lucban. Hasta Sampaloc generalmente se emplea la hamaca, muchos van á caballo, pero es peligroso y molesto por las continuas bajadas. Las hamacas de la provincia de Tayabas consisten en dos bastidores de vara y media de largos, y menos de una de anchos, divididos y sujetos por dos tablas de narra, por las que pasa una larga y fuerte caña. Sobre <pb n="292"/>el bastidor superior se coloca el trapal, y el inferior es el llamado á sostener al viajero. Entre bastidor y bastidor hay poco espacio, de forma que no hay medio de sentarse, habiendo que permanecer echado todo el tiempo que dure la jornada. La hamaca es llevada por 8 á 16 hombres, en cuyos hombros se apoyan los salientes de la caña, que pasan por el interior de la hamaca. Cuando llueve y hay que cerrar aquella, dejando caer las faldetas de los trapales, se asemeja á un ataúd más que á otra cosa. Esta lúgubre semejanza la han encontrado todos los que por primera vez han viajado de tal forma.
</p><p>Desde Sampaloc á Lucban el camino mejora notablemente, pudiéndose emplear el caballo.
</p><p>De Mauban á Lucban hay 25 km. En este último pueblo descansamos un par de días, al cabo de los cuales volvimos á pisar la casa Real de Tayabas.
<pb n="293"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.20" n="XX" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XX.</head><argument><p>Costumbres.—Aprobación de actas.—Un Gobernadorcillo electo paseando por Manila.—El sastre municipal.—Los faldones del frac, el sombrero de copa, la camisa de chorreras y el bastón.—Vajilla, lámparas y rancho.—Diez varas de glasé y diez de gró.—Los caballeros <hi>utraques</hi>.—Un lío, otro lío y un liito.—El campanario del pueblo.—Vuelta al hogar.—Exhibición de compras.—La saya de la capitana.—La pagoda.—El 1.° de Julio.—Juramento.—Misa de vara.—Recuerdos de las bodas de Camacho.—Un chocolate serio y un descarnado hueso.—La tenientela mayora y las juezas.—Amontonamiento de alhajas.—Lectura del <hi>Tadhana.</hi>—La coronación.—El rigodón oficial—Un borracho ante un apellido vascuence.—Fin de la fiesta <hi>aniyaya nang bayan</hi>.</p></argument><p>A los pocos días de llegar á la cabecera se recibieron en el Gobierno aprobadas las actas de las elecciones en la forma que las había redactado el Alcalde.
</p><p>Tan luego se hacen públicos los nombramientos, todos los Gobernadorcillos electos principian á echar cuentas, y por lo general resuelven, en consejo de sus <hi>mayores</hi>, marchar á Manila.
</p><p>Casi todas las provincias tienen su casa posada en la capital, en la que no solamente <pb n="294"/>viven los que de ellas van, sino que también reciben noticias y servicios del casero, estos se convierten en ciceronis y acompañantes de sus huéspedes.
</p><p>Sigamos á un Gobernadorcillo electo en Manila.
</p><p>La primera diligencia es llamar al sastre <hi>municipal</hi>. Este se presenta en la casa con un rollo de telas, hace su correspondiente cortesía al <hi>neófito</hi>, le da la enhorabuena y <hi>el que sea para mucha felicidad del pueblo</hi>, se sonríen ambos, y acto seguido el <hi>maestro</hi> tira de regla, de jabón y de lápiz y cubica, mide y estira al pobre munícipe que empieza á sudar al solo olor del reluciente paño que ha de convertirse en los faldones de un frac. El frac es tan indispensable para el Gobernadorcillo, como el sombrero de copa, el bastón y la camisa de chorreras. El sombrero suele legarse y servir en tres ó cuatro bienios; la camisa lo mismo que el bastón podrán ser <hi>manufacturas</hi> de el pueblo, pero lo que es el frac necesariamente <pb n="295"/>ha de estrenarse y pasar por el corte de los sastres de Manila. Ni durante la medida, ni en las pruebas, ni en la elección de paño habla una palabra nuestro hombre, y se deja hacer, pues le basta y le sobra con saber que el sastre que le sirve es el mismo que está encargado hace años de proveer á los Gobernadorcillos de Manila de trajes de etiqueta. Un Gobernadorcillo de Manila para uno de provincias, es una especie de amo y se da por satisfecho con solo ponérsele en parangón, siquiera sea ante el recorte de dos varas de faldones.
</p><p>El <hi>Bazar Oriental</hi> y el almacén del <hi>Vivac</hi> indispensablemente son visitados. En el primero compra vajilla y lámparas, y en el segundo le da vueltas y revueltas á latas y frascos, cuyos rótulos no entiende, pero que no implica para que mande encajonar un buen provisto rancho.
</p><p>Si el Gobernadorcillo es casado, una vez que se haya ocupado del frac, del rancho, del menaje <pb n="296"/>de casa, y algunas veces del sombrero de copa, se acuerda de su munícipe mitad y muestra en mano acude en casa de los <hi>Catalanes</hi>, en donde se provee de diez varas—ni una más, ni una menos,—de glasé negro, y otras diez de un gró <hi>rabioso</hi>, cruzado de anchas franjas más rabiosas que el fondo á ser posible, posibilidad que por lo común no puede satisfacerse, por la sencilla razón de que la capitana en ciernes encarga que la saya sea grana.
</p><p>Hay una cosa que el Gobernadorcillo no compra en Manila; esta otra cosa son las cucharas, tenedores y cuchillos, los que tiene todo indio rico de tiempo inmemorial, por más que no los use, sobre todo si su riqueza no ha sido improvisada. Si su riqueza es moderna la plata de dichos objetos estará más reluciente que la de los primeros fundidos, á no dudar, con los respetables y nunca bien ponderados <hi>utraques</hi> de ambos mundos, legendarios <hi>señores,</hi> cuyas <hi>bruñidas</hi> caras son <pb n="297"/>más caras de ver en el día que la que está en Jaén.
</p><p>Empaquetadas todas las compras y atados cajones, maletas, <hi>tampipis</hi>, cajitas, balutanes y el indispensable lio y otro lío y liito de última hora, toma nuestro hombre el vapor, carromata, carabao ó caballo que le conduzca á su pueblo adonde es de <hi>ene</hi> ha de llegar montado en algo.
</p><p>Ni la mirada de Isabel I, al ver los castillos y leones ondeando por primera vez en las almenadas torres de Granada, ni la de Napoleón I al admirar las pirámides, ni la de Luís XIV al mirarse á sí mismo, al decir que la Francia <hi>era</hi> él, retrataron la intensidad que se verificó en la del capitán al divisar el campanario de la iglesia del pueblo, cuyos destinos—hasta cierto punto—estaba llamado á regir y gobernar.
</p><p>Una vez en su casa—que en breve ha de abandonar para vivir en el Tribunal,—se desempaca lo comprado, que habrá llegado <pb n="298"/>custodiado por un futuro munícipe de cuarto orden, que ha ido al servicio de el que será su jefe. Todos los parientes y amigos alaban el buen gusto de las compras. Se coloca la vajilla en los aparadores, se cuelgan lámparas, se descuelgan las sillas y sofás, que de ordinario las tiene suspendidas en el techo, se clasifican, como Dios les da á entender vinos y conservas, y se pone á pública exhibición la saya que ha de lucir la capitana en la misa <hi>nang varas</hi>, y la que ha de ostentar en el primer rigodón oficial de la fiesta de la <hi>aniyaya nang bayan</hi>.
</p><p>El uso del frac es objeto de una serie de ensayos difíciles de enumerar, no habiendo espejo una legua á la redonda que no lo haya reproducido, colgado por supuesto de los hombros del futuro jefe del municipio.
</p><p>En el reloj de los tiempos—pues en el del pueblo no podía ser, entre otras razones, por no haberlo—dieron las tres de la tarde del 30 de Junio. A esta hora se sacó del patio del <pb n="299"/>Tribunal cañas, ramaje, flores y bejucos, y aquí amarro, allí cuelgo y más allá adorno, se improvisó con la ayuda de unos 300 taos, una vistosa y engalanada pagoda que fué conducida con gran bulla y algazara al frente de la casa del que será Gobernadorcillo. Esta pagoda es la insignia llamada á dar á conocer á propios y extraños la casa del munícipe.
</p><p>Como todo llega, amaneció el día 1.° de Julio, y aquí te quiero escopeta. Todas las caras están más rientes que la misma aurora que las alumbra; todos los labios se agitan, y todas las manos se mueven.
</p><p>A las ocho en punto se encuentra el héroe de la fiesta de <hi>tiros</hi> largos, que juro á mis lectores que si por <hi>tiros</hi> entendemos faldones, la frase está perfectamente aplicada. A aquella hora sonó la música y aparecieron juntamente con ella, la principalía, los que habían de cesar y los que habían de posesionarse. A un sostenido redoble salió el <pb n="300"/>munícipe, y todos juntos y al compás de un paso doble, se dirigieron á la Casa Real en la que juraron sus cargos ante el Alcalde, los electos á quienes les hizo comprender en un pequeño discurso sus deberes, después de haberles entregado los bastones y bejuquillos, símbolos de sus empleos. De la Casa Real van á la iglesia en la que oran un breve rato; de allí, dejan en su casa al Gobernadorcillo, y cada cual va á la suya no sin haber antes aplazado la fiesta para el próximo domingo.
</p><p>El día de la posesión fué el jueves, de modo que poco había que aguardar.
</p><p>El sábado por la tarde, todo estaba listo y dispuesto.
</p><p>La misa de vara iba á celebrarse con toda la suntuosidad de quien tiene gana de gastar y sendos doblones en el arca, grandes pilas de palay en el <hi>tambobo</hi>, cientos de tinajas de coquillo y aceite en los alambiques y bodegas, y no escaso número de lustrosas parenderas <pb n="301"/>en las <hi>tanzas</hi>. Para que un Gobernadorcillo pueda cumplir con la costumbre, ha de ser rico, y como ya sabemos que el indio por nada prescinde de aquellas, de aquí, que aseguramos lo es.
</p><p>Alumbró el domingo, y el primer rayo de luz que se desprendió de los cielos, fué saludado con el estruendo de los <hi>versos</hi>, el volteo de las campanas, el reventar de las bombas y los acordes de la música. Todo es animación, todo risa, todo alegría. A la puerta del Tribunal hay varias tinajas de aguardiente de coco, que gratuitamente van trasegando los transeúntes. En los hornos se cuecen pastas, y en las mesas de la cocina hay tal número de aves y tal cantidad de tasajos de carne, que hacen recordar las bodas de Camacho. Ese día come y bebe todo el pueblo á costa de su nuevo capitán. A las ocho en punto empieza la misa de vara. Esta se celebra con toda solemnidad, y una vez que echa su bendición el sacerdote, sigue la saturnal <pb n="302"/>que ha de durar veinticuatro horas. Toda la principalía en ejercicio, y fuera de él, todos los capitanes pasados, cabezas reformados, vecinos condecorados, jefes de cuadrilleros, caudillos, primogénitos y cuantos tienen, han tenido ó esperan tener algún cargo municipal, se sientan en la mesa del festín en esas veinticuatro horas. Se principia por un chocolate <hi>serio</hi> que preside el Alcalde acompañado de toda la colonia española, y concluye con las heces del coquillo que apura el tanor, y los últimos huesos que roe el pretendiente á cuadrillero. Desde el chocolate al hueso, desfilan en perfecto orden de categorías, todos los que existen en el pueblo. Tan luego termina el chocolate, que dicho sea de paso, está servido con acompañamiento de jamón, queso,<hi>potos, bibincas</hi> y toda clase de dulces y pastas ocupan la mesa <hi>las</hi> capitanas y demás <hi>babais</hi> de representación; á estas suceden sus maridos siguiendo <hi>las</hi> cabezang, principalía y demás gente menuda. La música <pb n="303"/>y el baile, no cesan ni un momento.
</p><p>Concluído el primer refrigerio, se encierra la <hi>Tenientela</hi> mayora con las <hi>Juezas</hi> y algunas <hi>Cabezang</hi> de su confianza, en una de las habitaciones del Tribunal, y confeccionan una corona, amontonando sobre su varillaje todas las mejores alhajas del pueblo. Hemos visto coronas de esta clase, formadas de anillos, pendientes, peinetas, clavos y cadenas de un grandísimo valor. A más de esta corona, se adorna un bastón de mando, cuyos objetos una vez terminados, guarda bajo llave la <hi>Tenientela.</hi>
</p><p>Mientras las <hi>babais</hi> se ocupan en el adorno de la corona, el capitán, rodeado de todo el pueblo oficial, dirige una alocución en la que desarrolla su futura forma de gobierno. Después de esto, lee el <hi>tadhana</hi>, ó sea el bando. Cada Tribunal, conserva por lo general en sus archivos su <hi>tadhana</hi>, que se lee no solo ante el Municipio, sino que también se da publicidad á voz de pregón en plazas y esquinas. <pb n="304"/>Tengo entre mis papeles, algunos de dichos <hi>tadhanas</hi>; todos ellos son curiosísimos, y envuelven en su espíritu, santos y benéficos principios.
</p><p>Como muestra, traducimos del tagaloc el que oímos publicar en Lucban, cuyo original en forma de acta, lo guardo entre los autógrafos curiosos. Dice así:
</p><p>«Dios, Supremo Hacedor de todas las cosas, creó el animal y el hombre racional; en cuanto al animal lo perfeccionó en todo, menos en la razón, de que dotó al hombre para que conociese á Dios, respetase á los mayores en edad, dignidad y gobierno, enseñase á sus hijos á no dañar á nadie, dar á cada uno lo que es suyo, y compartir con el pobre lo que tuviese; mas todos estos santos principios se corrompieron, desde que el hombre pecó á su Dios; y he aquí por qué las tribus eligieron rey; mas siendo imposible que este se encuentre en todos los pueblos gobernados, creó Jueces para que lo representasen y <pb n="305"/>por uno de los cuales, hoy me tienen ustedes, señores, aunque indigno, para interpretar la voluntad de los representantes del Rey, por lo que y dentro de las atribuciones de un mísero Gobernadorcillo, vengo en decretar los artículos siguientes, seguro de que ustedes me ayudarán en esta insignificante, pero difícil tarea.
</p><p>Artículo 1.° Que todos cumplan los santos preceptos de Dios, de la Madre Iglesia y de sus mayores.
</p><p>Art. 2.° Que procuren no jurar, sino cuando se les exigiere en los Tribunales de Justicia, acordándose al hacerlo que si lo verificasen en falso, tendrán castigo en esta vida y en la otra.
</p><p>Art. 3.° Que oigan misa en los dias de domingo y fiestas de guardar.
</p><p>Art. 4.° Que respeten á los mayores y que estos hagan entrar á sus hijos en las escuelas; haciéndoles rezar á los solteros y solteras el rosario en los sábados, y que no permitan <pb n="306"/>los caudillos de los barrios, permanezcan en las sementeras, los sexagenarios y las preñadas.
</p><p>Art. 5.° Prevengo en este artículo el que no se deshonre al prójimo, y que sus infractores serán remitidos al Juzgado.
</p><p>Art. 6.° Prevengo á los padres que no consientan que sus hijas traten por largo tiempo con mancebos, ni reciban dádivas y servicios gratuitos de los amorosos pretendientes.
</p><p>Art. 7.° Que no dejen de labrar tierras, alzar casas, sembrar palay y árboles provechosos, y que los que tengan no empleen la usura, acordándose de Dios y de que pueden dejar de tener.
</p><p>Art. 8.° Que los seductores se acuerden del mal que pueden originar, y que pueden algún día convertirse en seducidos.
</p><p>Art. 9.° Que no infrinjan este precepto, pues que de su infracción nacen los malos deseos.
<pb n="307"/></p><p>Art. 10. Que se retiren los vecinos del pueblo al toque de las diez de la noche, á cuya hora deben quedar apagados todos los <hi>calanes</hi> y encendidos los faroles de la calle.
</p><p>Art. 11. Hago saber á los tributantes que al llegar los días de trabajos cuarentenales, todos deben concurrir á ellos, pagando á su tiempo su tributo y demás sagrados deberes.
</p><p>Art. 12. Deben comprender todos los habitantes de este pueblo que el trabajo y la limpieza son cosas que recomiendan los sagrados preceptos, por lo tanto, debe empezarse el trabajo temprano, cuidando antes de barrer y limpiar los alrededores de sus casas.
</p><p>Art. 13. Los que deseen promover demandas dentro de mis atribuciones, me encontrarán en el Tribunal á cualquier hora que me busquen. Hé dicho.»
</p><p>A las cinco de la tarde ellas y ellos, llevando las primeras la corona sobre una bandeja, van á buscar al párroco, y este con la comitiva lo hace del Alcalde, dirigiéndose todos <pb n="308"/>al Tribunal. El salón está hecho un ascua de fuego. Donde quiera hay espacio para una colgadura, flota un damasco; donde quiera hay lugar para fijar un clavo, luce una mecha alimentada por aceite, petróleo, cera ó esperma. Ya todos en el salón, la capitana y su marido se arrodillan delante de un altar provisional en el que se coloca la imagen, á cuya advocación está el pueblo; el Alcalde coge el bastón y el párroco la corona, se pronuncia por el último una oración, se coloca sobre la cabeza de la capitana la corona, se entrega el bastón al capitán, y repetidos <hi>vivas</hi> atruenan el Tribunal; suena la música, se hacen disparos, revientan bombas y cohetes, y en medio de esta alegría y algazara, las dalagas cubren de flores á la capitana. Acto seguido empieza, ó mejor dicho se reanuda el baile, dando comienzo con un rigodón que generalmente baila el jefe de la provincia con la capitana. A las doce se cena, y á la madrugada se retiran los más recalcitrantes <pb n="309"/>haciendo más <hi>eses que erres</hi> tiene un apellido vascuence.
</p><p>A esta fiesta se la conoce con el nombre de <hi>aniyaya nang bayan.</hi> Antes de cerrar este capítulo, bueno es que digamos, para que no se nos tache por algunos de exagerados, que la fiesta que hemos descrito es propia de las cabeceras ó pueblos de primer orden y no de los pequeños, en que no hay recursos ni elementos.
<pb n="310"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.21" n="XXI" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XXI.</head><argument><p>Costumbres.—Fiestas.—El <hi>bínyagan</hi>—El <hi>unang pag paligo</hi>.—El <hi>diariuhan.</hi>.—El <hi>labac, el pulong y la aniyaya.</hi>.—El <hi>suizan</hi>.—El tañido del <hi>tambulic</hi>.—Inspección del barrio.—La cama del Juez mayor.—Cincuenta y dos días de bailujan.—El <hi>buisan.—</hi> Los <hi>pintacasis</hi>.—Juntas y cabildeos.—Triunfo de la Liceria y de la Chananay.—Aliño de un teatro en Tayabas.—El cómico de la legua.—¡Ojo con los empresarios!—Un día de buen comer.—Preparativos de cuaresma.—<hi>Lapasan</hi>.—El vino en vaso y el coquillo en tabo.—El <hi>tapatan mang pasion.</hi>—<hi>Moros</hi> y cristianos.—El sábado de gloria.—El canto del gallo.—<hi>Pascuhan</hi>.—El <hi>hatiran</hi>.—Recuerdo de una pregunta.</p></argument><p>A más de las fiestas que dejamos descritas, existen otras muchísimas en la provincia de Tayabas. La muerte proporciona diversiones, el nacer también. El bautizo origina la fiesta llamada <hi>bínyagan</hi>. A los siete días se baña la parida, y con este motivo se celebra el <hi>unang pag paligo</hi>. Si el niño muere después de recibir el agua, se le coloca en una bandeja, se le rodea de flores y en vez de lágrimas hay la fiesta del <hi>diariuhan</hi>.
</p><p>Si en el hogar nacen un sinnúmero de fiestas no nacen menos en un Tribunal.
<pb n="311"/></p><p>Nombrado un Cabeza de barangay no toma posesión de su cargo ni asiento en la principalía hasta el primer día de misa que sigue á su aceptación, y en el que espera en la sacristía, de donde lo saca el Teniente mayor antes de principiar aquella, dándole asiento en lugar preferente, y quedando desde aquel momento revestido de toda la plenitud de su cargo. La primera misa que oye el Cabeza origina la fiesta llamada <hi>labac</hi>. La primera junta que preside el Gobernadorcillo crea el <hi>pulong</hi>. Cuando se propuso al Cabeza ya se consumó la <hi>aniyaya</hi>.
</p><p>Las visitas á los barrios que hace el Juez mayor dan nombre á los <hi>suizan</hi>.
</p><p>Para llevar á cabo dichas visitas, aquel avisa al <hi>matandá sa nayon</hi> más viejo—cada barrio tiene tres—el día que ha de hacerla, señalamiento, que da á conocer por medio del tañido del tambuli, que convoca á todos los vecinos. Una comisión de principales montados en buenos y bien atalajados caballos, <pb n="312"/>va á la casa para sacarle. Los vecinos del barrio lo esperan en sus fronteras, y una vez en ellas, lo llevan á una casa perfectamente adornada, en la que se nota un especial detalle. El indio duerme en el suelo, pues bien, al Juez mayor se le prepara en <hi>alto</hi> una cama, en cuyo adorno emplean las dalagas del barrio gran esmero.
</p><p>Constituída la visita en el barrio, el Juez mayor, ayudado de otros munícipes, inquiere, inspecciona y averigua los adelantos y mejoras que se han llevado á cabo en el trascurso del año. El Juez, lleva para estos actos una caja que contiene las listas del estado del barrio en la última visita, el <hi>tadhana</hi> ó bando que le autoriza, unas disciplinas y una palmeta, castigando con esta á las que se han hecho acreedoras é imponiendo correctivo á los delincuentes con las primeras. En estos castigos no hay nada de crueldad, y sí solo, una mortificación al amor propio, por hacerse aquellos á la vista pública.
<pb n="313"/></p><p>La inspección del Juez mayor no se limita á la esfera material, sino que también se extiende á indagar la moral de cada individuo.
</p><p>Concluído el acto oficial da comienzo la fiesta del <hi>suizan</hi>, que por lo general dura veinticuatro horas. Tayabas tiene cincuenta y dos barrios, de modo, que los aficionados ya saben que estos catapúsanes dan un contingente de cincuenta y dos noches de jolgorio durante el año.
</p><p>El <hi>suizan</hi> es la verdadera fiesta del indio; en ella es donde hay que buscarlo para encontrarlo tal cual es.
</p><p>El <hi>buisan</hi> es parecido al anterior, con la diferencia que en este el Cabeza convoca á todos sus carolos ó tributantes para un día dado, á fin de rendir y ajustar los finiquitos de cuentas. El <hi>buisan</hi> irroga algunos gastos al Cabeza, que sufraga la fiesta, más también le evita el tener que andar meses enteros á caza de sus tributantes.
</p><p>Como cada barrio está bajo la advocación <pb n="314"/>de algún santo, excuso decir á mis lectores que cuando el calendario señala sus nombres hay sus correspondientes <hi>pintacasis</hi>.
</p><p>En la fiesta en que realmente se echa el resto es en la del <hi>pintacasi</hi> del pueblo. Meses antes del en que se celebra aquella principian las juntas, los cabildeos, los proyectos y los preparativos. En el Tribunal se somete á la sanción de la principalía las opiniones que prevalecen. La misa solemne de tres padres, con sermón, las músicas, los globos, los bailes y los fuegos artificiales están fuera de discusión, pues siempre se cuenta con ellos. Donde se riñe la verdadera batalla, donde los <hi>oradores</hi> esgrimen toda su argucia, es en si ha de haber ó no comedia. Una comedia en Manila se arregla en dos horas, habiendo un socio capitalista que tenga en cartera <hi>hasta</hi> un billete de Banco de 10 pesos, ó un crédito en plaza, ó plazuela, de 20 pesetas; capitales que, aunados con un <hi>industrial</hi> que á la par de socio sea cómico, cantante <pb n="315"/>y bailarín, se concierta un programita. Esto, que es tan fácil en Manila, en Tayabas constituye una empresa verdaderamente piramidal, y aun cuando los indios no conocen las colosales masas de piedra del Egipto, sin embargo, recuerdan que la última comedia que tuvieron había costado una <hi>derramita</hi> de á 20 pesos, si no por barba, por lo menos de bolsillo, y con tal recuerdo no es de extrañar que el asunto se debata, y hasta algunas veces se <hi>arañe.</hi> Demos de barato—por más que á ellos les ha de salir algo caro—que los amantes de la Chananay y la Liceria triunfen. Este triunfo representa tres noches de comedia de magia, con cantos, bailes y gimnasia. La magia y los turbantes son tan indispensables en toda comedia tagala, como el llamar <hi>simpática</hi> á la Liceria, omisión que el día que la hiciera un cajista de <hi>cartel</hi>, produciría un <hi>terremoto</hi> de bambalinas.
</p><p>En Tayabas no hay teatro, por consiguiente, hay que hacerlo, y después de hecho <hi>aliñarlo</hi> <pb n="316"/>para el caso, y el <hi>caso</hi> tiene más harigues y bejucos de lo que parece. Entre el tablado y Manila hay nueve legüitas de monte—¡pero qué monte!—y á más, el sorbito de agua que tiene la laguna de Bay. La maquinaria, <hi>atrezos</hi>, vestuarios, telones y demás tarantines hay que llevarlos á brazo, y los brazos son caros.
</p><p>El cómico indio, cuando viaja por su cuenta, es muy sobrio en comidas, bebidas y bagajes, pero cuando viaja á cuenta de un <hi>pintacasi</hi> pide billete de cámara, caballo que tenga <hi>imbay</hi>, merienda, paraguas por si llueve, y sombrilla por si hace sol. Come como un sabañón, y bebe como una cuba. Con estos antecedentes, excuso manifestar á mis lectores que todo empresario de provincias lo primero que pide en el contrato es que los <hi>artistas</hi> han de ser traídos, llevados comidos y bebidos por cuenta de la principalía. Si esta no tiene la amarga experiencia que da la práctica y cae en tal contrato sin <pb n="317"/>ponerle cortapisas, se ha divertido. EL <hi>artista</hi>, cuando se convierte en cómico de la legua, se transforma en un sér distinto de los demás, y si esto es ó no cierto, apelo á todas las principalías que han caído en el lazo que les tiende un sutil empresario, desarrollando ante sus ojos un tremendo telón, exhibiendo en almazarrón lo que promete dar en carne y hueso.
</p><p>Pero en fin, la cosa es que generalmente se vota por la comedia, y más ó menos cara la hay con gran contentamiento de miles de seres.
</p><p>Las cosas más insignificantes crean un día de jolgorio, de todo sacan partido, y todos los actos de la vida los comienza el indio con unas horas de placer.
</p><p>En sus expansiones, buscan por lo regular las casas de sementeras; en los pueblos se ahogan, y no se encuentran á sus anchas.
</p><p>Cualquier convalecencia, satisfacción, enhorabuena, ó cumpleaños, da pretexto á un <pb n="318"/><hi xml:lang="ceb">dadayo ang pagcain sa linang</hi>, ó sea día de buen comer en el campo. A la vuelta de estas fiestas, las dalagas se adornan de flores que con gran algazara cogen, combinan y deshojan por el camino.
</p><p>Al aproximarse la cuaresma el indio de Tayabas se prepara á despedirse de comer carne, con las fiestas de <hi>lapasan</hi>, las que siempre se celebran en las sementeras. Si los que las dan son ricos, asiste la música; si no lo son, la guitarra, las voces y las palmas la sustituyen. En los aristocráticos <hi>lapasan</hi>, se bailan habaneras y rigodones, se cantan <hi>trozos</hi> de ... cualquier cosa, y se bebe vino de Europa en vaso: mientras que en los <hi>lapasan</hi> tradicionales, en los puros tagalos, se empina <hi>coquillo</hi>, se baila <hi>cumintang</hi>, se canta <hi>cutang-cutang,</hi> se bebe en tabo, se come lechón, y por todo mantel está el verde césped, por todo tenedor los cinco dedos, y por todo pan sendas pelotas de morisqueta.
</p><p>Para todas estas fiestas se construye de cañas <pb n="319"/>y ramaje un emparrado, á cuya sombra se pasa el día.
</p><p>Durante la cuaresma no se come carne, mas esto no obsta para que continúen las reuniones indias, sustituyendo en lugar de aquella pescados y <hi>gulays. El tapatan nang pasion,</hi> da origen á una cena. A esta preceden costumbres altamente curiosas. Al intentarse que en una casa se verifique un <hi>tapatan nang pasion,</hi> acuden por la noche frente á ella varios individuos vestidos de judíos,—según ellos dicen—y simulan alguna de las escenas de la semana del dolor. Los de afuera piden hospitalidad y descanso á los de adentro, cantando la crudeza del tiempo, lo cansado de sus cuerpos y los sufrimientos de su espíritu, hasta que compadecidos los dueños de la casa abren las puertas y una vez que judíos, moros y cristianos fraternizan, se canta la pasión y después se cena.
</p><p>Este solo cuadro de costumbres, podría <pb n="320"/>llenar un libro. <hi>El tapatan nang pasion</hi> por sí solo, da origen á una serie de reflexiones y observaciones que ocuparían muchas cuartillas.
</p><p>El sábado de gloria es animadísimo el ver por las calles de los pueblos de la provincia de Tayabas, á chicos, grandes y mujeres. Todos van provistos de bombones en que rebosa la sangre de cerdo, ó la espuma del coquillo, y ninguno deja de llevar tremendos tasajos de todas las carnes comibles, conocidas en la localidad. A paso largo se dirigen á sus respectivas sementeras, y á buen seguro que prueben un solo bocado de carne hasta que la altura de la luna, ó el canto del gallo anuncie haber mediado la noche.
</p><p>El nacimiento del domingo de gloria, tiene por <hi>mantillas</hi> cientos de pieles de otros tantos pobres animales inmolados ante el ara de miles de famélicos dientes, que por espacio de cuarenta días han estado soñando con carne.
<pb n="321"/></p><p>Los tres días de Pascua los celebran con el nombre del <hi>pascuhan.</hi>
</p><p>Para cerrar este capítulo y hacer comprender el espíritu bullanguero y alegre del tayabense, voy á recordar cómo conocí una de sus fiestas.
</p><p>Una tarde, que solitario, mustio y pensativo paseaba por la calle del Bambán, llamó mi atención un alegre grupo acompañado de la música, que con gran algazara traía la misma dirección en que yo marchaba. Acorté el paso, levanté los ojos de las espumosas aguas que corren aprisionadas en el bambán, y la curiosidad hizo me fijara en el grupo, llamando mi atención una bandeja llevada en manos de una dalaga. Los seguí, y al ver entraban en una casa, interrogué á uno de los acompañantes quien me dijo iban á tener un <hi>hatiran</hi>. No comprendiendo la <hi>cosa,</hi> me entré con ellos y vi que la bandeja contenía un pañuelo rodeado de sampaguitas, campanillas y calachuches. Pregunté, y me dijeron que <pb n="322"/>aquel pañuelo lo había perdido la dueña de la casa, y una vez encontrado y averiguado de quién era, se lo iban á devolver, no sin antes pagar el hallazgo con la fiesta conocida con el nombre ya dicho.
</p><p>Después de leer estas páginas, y hacer presente á mis lectores que el indio jamás se aburre en sus fiestas, y que asiste á ellas con todo el júbilo infantil de un colegial en día de asueto, no puedo menos de recordar la pregunta que ya queda hecha. ¿Es, ó no, feliz Ambrosio?
<pb n="323"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.22" n="XXII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XXII.</head><p><hi rend="bold">La provincia de Tayabas á principios del presente siglo.</hi>
</p><p>Registrando crónicas y archivos tuve la suerte de encontrar un precioso manuscrito de principios de siglo,<note n="1" anchored="true">Este manuscrito, figura en la instalación que tiene el autor en la Exposición de Filipinas.—(<hi>Nota del A</hi>.)</note> obra del docto religioso Fr. Bartolomé Galán. Dicho manuscrito lo constituye una extensa Memoria referente á la provincia de Tayabas, de cuya cabecera fué Párroco muchos años, y cuya Memoria no encuentro datos de que se haya publicado, y hasta casi puedo asegurar que el ejemplar que tengo á la vista, es el único que existe. Por estas razones, por las comparaciones que puede hacerse de su lectura, y <pb n="324"/>por las curiosas noticias que contiene, acerca de una provincia tan poco conocida, me hace la dedique unas páginas de este libro. El manuscrito es de grandes proporciones, así que he copilado y extractado lo que tiene más interés.
</p><p>Hélo aquí:
</p><p>El ramo principal de la riqueza de Tayabas es el arroz; desde las hambres que hubo á consecuencia de la langosta que asoló las islas, los individuos de Tayabas, sin que nadie los dirigiese, mas que la necesidad, hicieron los tubiganes ó sementeras de regadío, abriendo cuantas tierras son susceptibles de este beneficio, con un trabajo inmenso, que asombra á cuantos lo ven, á fin de coger dos cosechas en diferentes estaciones. En el pueblo de Tayabas se cogerán unos 130.000 cavanes de arroz; teniendo dicho pueblo 3.000 vecinos, y gastando unos con otros, ajustando á cinco personas por vecino, 30 cavanes al año, ó sean 15 fanegas, le resta para vender <pb n="325"/>40.000 que á razón de á 6 reales cavan, importan 30.000 pesos. En algunos terrenos, siembran trigo en pequeña cantidad, de el que se cosechará unos 600 picos que venden á 3 pesos, en los mercados de Santa Cruz. De maíz, se han hecho algunos ensayos: se coge mucho cacao y se cogiera más, si no fuera por lo que esta planta padece con los huracanes. La ganta, ó sea medio celemín colmado de cacao, se vende á 3 pesos. Este ramo de riqueza podría tener mucho incremento en Tayabas, si se apreciara y diera á conocer en los mercados europeos, pues es seguro puede competir con el de Caracas. El cacao que hoy produce, lo consumen en el pueblo, tomándolo los indios en todos sus casamientos y demás fiestas. También hay mucho café que se vende en los mercados de Batangas. Cañadulce se siembra muchísima en este pueblo, y se venden, ocho ó diez por un cuarto; del jugo no se hace azúcar, pero sí unas panochas llamadas pacascás de que hacen gran <pb n="326"/>consumo. El ajonjolí se siembra, pero con el solo objeto de hacer un poco de aceite, que el indio emplea en frotaciones en todas sus enfermedades.
</p><p>Frutas del país, tales como plátanos, naranjitas, piñas, mangas, limones, lanzones, ates y granadas, hay con abundancia, como también algunas berzas y raíces farináceas.
</p><p>Tayabas apenas conoce la industria, en lo que respecta á tejidos, si bien hay uno ó dos telares. Por las mujeres se hacen muchos bayones, petates y esteras de la hoja de una palma llamada burí: hacen bayones llamados baluyot, que caben mas de 50 cavanes de arroz. De los petates se sirven para enfardar y también para velas de sus embarcaciones.
</p><p>Abundando en cocos este pueblo, es consiguiente haga aceite, mas no lo extrae en la proporción de las palmas que posee, por no tener fácil salida, pues el llevarlo á Santa Cruz de la Laguna tiene cada tinaja un recargo de más de 6 reales. Este ramo dará <pb n="327"/>al pueblo un ingreso de 500 pesos. La profusión de cocos se debe á una ordenanza que manda á los Alcaldes mayores hagan que los indios planten cocos por escasear el bonote en Manila, para carenar las embarcaciones del Rey. El valor de un pié de coco en lozanía, con inclusión del terreno, es el de un real. El ramo de industria más útil á este pueblo es el de la cría de vacas; se criarán al año unas 6.000 vendiéndose de 3 á 4 pesos cabeza. La cría de caballos es corta.
</p><p>Lucban coge unos 100.000 cavanes de arroz, siendo su principal producto, el cual renta al pueblo unos 13.000 pesos anuales. Se fabrican sombreros de las fibras del burí y el pandan que vale de 1 á 3 reales. Se tejen también petates que llaman bancuanes y hacen cajas ó tampipis de mayor á menor.
</p><p>Tendrá los mismos cocos que Tayabas, y su aceite lo lleva á vender á Santa Cruz.
</p><p>El comercio que Lucban tiene en grande es el expendio de arroz que venden en Majayjay, <pb n="328"/>Lilio y Nagcarlang, tres pueblos que apenas lo cosechan y que los de Lucban buscan en Sariaya y Tiaong. La ingratitud del terreno la suplen ventajosamente los vecinos de Lucban con su industria y trabajo, pues aunque el natural de esta provincia es laborioso, ninguno llega á aquellos; ellos van hasta Mambulao á cambiar sus productos por oro; van á Polillo por balate, concha y cera; en fin, son los chinos de la provincia, agenciando con el comercio lo que les niega la naturaleza.
</p><p>Sariaya posee un extenso término de terreno pingüe y feraz, situado en la ladera del monte Banajao. Su agricultura es la siembra de arroz, no solo de secano, sino que mucho más de regadío, por consiguiente, coge dos cosechas. A pesar de ser un pueblo de 1.200 vecinos, coge tanto arroz como Tayabas, siendo de mejor calidad.
</p><p>El Gobernador D. José Domínguez Samudio, sembró el añil, el cual fructificó muy <pb n="329"/>bien en el barrio llamado Malabambang; el producto fué excelente, habiéndose vendido el quintal á 110 pesos. También se daría el algodón, pero sería necesario seguridad en venderlo y máquina para despepitarlo. La cría de vacas y caballos compite con la de Tayabas.
</p><p>El pueblo de Tiaong está al final de la provincia por el Poniente, lindando con la de Batangas, por los pueblos de San Pablo y el Rosario, y á pesar de tener mejor término y más que Sariaya, no produce lo que este. El principal renglón de su riqueza es el arroz, sin embargo de que no hay tierras de regadío. Cogerá al año unos 20.000 cavanes, que la mayor parte consumen los 600 vecinos de que se compone su población. Siembra algún trigo, más no como el de Tayabas y Sariaya, sino de grano más pequeño, semejante al que se colecta en Batangas acaso por participar más del temperamento de esta misma provincia en que son uniformes los tiempos de agua y sol y menos los fríos.
<pb n="330"/></p><p>Cuando la extinguida compañía de Filipinas empezaba, mandó á Tiaong, varios dependientes para que activasen la siembra del algodón, pero no pudieron adelantar nada: la causa no fué otra que obligar á sembrar á todos y no proveerlos de máquinas para limpiarlo. El añil se da también en su territorio. Hay algún cacao, pero en corta cantidad, y es lástima á la verdad, pues no solo es el mejor de la provincia, sino acaso preferible al de Cebú.
</p><p>Lindando el pueblo de Tiaong con la laguna de Bay, Batangas y Tayabas, es la unión de todos los malhechores de las tres provincias, y aun del partido de Cavite, cometiendo impunemente robos sin fin. Este es el motivo por el que el vecindario ha tardado tanto en crecer, á pesar de poseer un término grandísimo y excelente, pues hacia la mar tiene un llano de 6 leguas, en el que cría unas 2.000 vacas.
</p><p>Hay muchos venados en su término y algunos <pb n="331"/>carabaos y caballos, que continuamente son robados por los malhechores.
</p><p>A pesar de lo antiguo que es Tiaong, no tiene más que iglesia y casa parroquial provisional.
</p><p>El pueblo de Pagbilao tiene en la actualidad 300 vecinos; se fundó con 200, y en un siglo solo ha aumentado en 100; es decir, que Tayabas duplicará su vecindario en cuarenta años, mientras que Pagbilao no lo hará en doscientos.
</p><p>Los pueblos tienen ciertas cargas que llevadas por pocos, ni aun tienen tiempo para cumplirlas. Pagbilao, por ejemplo, lo defienden cuatro castillos que hay que guarnecer, y de los seis barangayes de que se compone necesita dos para solo este servicio: agregúese que la fábrica de la iglesia y casa parroquial, por lo menos necesita otro barangay, este último servicio se hace sin detrimento de otros accidentales, pero necesarios, como son el acopio de piedra, cal, maderas y cañas; de <pb n="332"/>suerte que lo referido les ocupa más de la mitad útil del año, y esto sin contar con el ajuste de cóngrua que se le da al párroco.
</p><p>La agricultura de Pagbilao está circunscrita á la siembra del arroz, del que cogerá unos 7.000 cavanes. Produce café y cacao. Cría algunas vacas, y sus naturales se dedican á la pesca, que venden en Tayabas y Lucban. De la isla de Capuloan extraen brea blanca.
</p><p>El pueblo de Macalelong, con su visita llamada Pitogo, consta de 200 vecinos. Está situado en la mar del Sur, á unas 12 leguas de Pagbilao, siguiendo para el Oriente, y puede asegurarse no tiene más agricultura que la de raíces indígenas de las islas, tales como camote, úbi y tugui, con las que pasan el año, y cuando faltan echan mano del corazón de la palma llamada burí; en una palabra, Macalelong es un dechado, el más propio, de la miseria y barbarie.
</p><p>La visita de Pitogo está á una legua de su <pb n="333"/>matriz, pero su vecindario es más laborioso. Está situada en un cerro que arranca desde la orilla de la mar. Tiene dos ríos caudalosos á ambos lados de la población, resguardados por dos castillejos.
</p><p>Si no fuera por la obligación de pagar el tributo, no tendrían ninguna industria estos pueblos, mas aquella les hace ir al monte á coger cera, que venden á 25 pesos quintal, en Gumaca y Atimonan.
</p><p>El pueblo de Catanauan tiene magníficas condiciones para ser rico, y sin embargo es de los más miserables. Se cría todo con gran lozanía, sin más trabajo que el sembrarlo, y á pesar de esto y poseer muchos carabaos aradores, solo cultiva unos pedacitos de tierra inmediatos á la población, de suerte que teniendo 360 tributos, solo cosecha unos 3.000 cavanes de arroz, proveyéndose del resto para su manutención en las provincias de Cápiz, Iloilo y Antique, que se lo dan á cambio de brea, con la que también sufragan su tributo, <pb n="334"/>pagándoles el Estado el quintal, puesto en la cotta de la cabecera, á 10 reales.
</p><p>El pueblo de Catanauan es muy vicioso, dominándole el juego, y el natural que se envicia deja desde aquel momento cuantos medios conocía para buscar dinero; varias causas, largas de referir, han influído para este mal, y se juega con tanto descaro, que se convoca á toque de tambor siempre que hay embarcaciones ó gentes de fuera. Cortado este vicio, se dedicarían á la labranza, en atención á que solo les falta el tiempo que invierten en el juego; carabaos y tierra les sobra. Las vacas que se crían en la jurisdicción de Catanauan son de las más grandes que hay en Filipinas.
</p><p>Lo mismo que en Catanauan acaece en Mulanay, pueblo de 200 vecinos, que viven con el producto de la brea, con la que pagan el tributo. Este pueblo está á unas 2 leguas de Catanauan, siguiendo la costa al Oriente, hacia Punta Arenas. Tiene una visita llamada <pb n="335"/>Bondo, en la que no solamente se utiliza la brea, sino que hacen tapa de los carabaos cimarrones, vendiendo el pico á 4 pesos.
</p><p>Torciendo la punta que forma la tierra que avanza más al Sur, y que se extiende entre Pinagbotongan y Punta de Arenas, dirigiéndose al Nordeste, á 2 leguas de la dicha punta, se halla el pueblo de Obuyon, al cual rodean sus visitas de Tinapo, Piris y Niyasas, con las que compone un total de vecindario de 180 tributos. Este pueblo y visitas son, si cabe, más miserables que Catanauan y Mulanay: como están en el seno de Ragay y jamás se hacen en él el corso, andan los moros con la misma satisfacción que si estuviesen en Mindanao.
</p><p>El pueblo de Guinayangan, situado en lo último del seno de Ragay, al Poniente de Camarines, de donde dista unas 10 leguas, es el último por allí de la provincia de Tayabas. Solo tiene 100 vecinos que se mantienen la mayor parte del año de raíces. Cogen <pb n="336"/>algún balate y cera silvestre, pero todo en corta cantidad, que los dos Cabezas jamás pueden cubrir á tiempo la capitación.
</p><p>Los pueblecitos de Calauang y su agregado Apat, se encuentran en la mar del Norte, lindando con Camarines por el pueblo de Capalongan, del que dista unas 10 leguas. Ambos pueblos, tienen un vecindario de unos 80 tributos, cuyas cargas las sufragan con el carey, balate y cera, que venden en los pueblos inmediatos.
</p><p>En las cercanías de Apat, es donde se estrecha más la isla de Luzón, pues de la mar del Norte, á un río bastante caudaloso llamado Cabibijan, que desemboca en la mar del Sur, no hay más distancia que 2 leguas de terreno llano. Siendo Alcalde mayor de Tayabas D. José Domínguez Samudio, pasó por tierra á dicha mar del Norte, dos falúas de diez y ocho remos, operación que no hubiera sido posible llevar á cabo no siendo el terreno llano. Si se abriere este corto trayecto, <pb n="337"/>se establecería comunicación entre el mar Pacífico y el Estrecho de San Bernardino, y los beneficios que esto irrogaría serían incalculables.
</p><p>Gumaca es el primer pueblo viniendo de la mar del Norte; está situado al comienzo del gran seno que forma la tierra firme de Luzón, con las islas de Alabat y Sangirín, de las que está al Sur. Su agricultura principal es el arroz, del que cogerá unos 30.000 cavanes, incluyendo lo que se cosecha en su visita de Talolon. Su vecindario consta de 1.350 tributos. En Talolon se cosechaba excelente pimienta, ramo de agricultura que se va extinguiendo. Se produce cacao, café, frutas y verduras. Se tejen petates del burí, y algunos vecinos se dedican á la pesca del balate y concha de carey, en la isla de Alabat, y cogen alguna cera en sus montes. Este pueblo es el que extiende más su navegación: embarca en sus <hi>balasianes</hi>, sal, petates, vinagre, aceite y algunas ropas, <pb n="338"/>y llegan hasta la cabecera de Naga, en que hacen cambios por oro en polvo de las minas de Paracale y Mambulao.
</p><p>Atimonan, está á unas 3 leguas de Gumaca, siguiendo la misma costa hacia Poniente y tanto un pueblo como otro, extienden su territorio de mar á mar, teniendo en lo más estrecho 4 leguas, y 8 en lo más ancho, de terrenos altamente montuosos, por lo que necesita gran número de baluartes para hacer frente á la rapiña de los moros. Tiene muy bien labrado su término, en el que recogen sus 1.100 vecinos, unos 45.000 cavanes de arroz. En este pueblo hay unos 300 telares de sinamais y guinaras. Estos tejidos y algún balate, cera y carey que adquieren en las costas de la isla de Alabat, constituyen la riqueza de Atimonan.
</p><p>Mauban se halla al fin del seno que forman las islas de Alabat y Sangirín con la de Luzón y á distancia de 6 leguas de Atimonan; de suerte, que dicho seno mide unas 11 <pb n="339"/>leguas poco más ó menos. Este seno tiene tres entradas y su mayor anchura unas 5 leguas. El pueblo de Mauban cogerá 20.000 cavanes de arroz, y su vecindario lo forman 1.100 tributos. Habrá los mismos telares que en Atimonan, siendo semejantes á los de este pueblo sus demás productos.
</p><p>De Mauban se va á Lucban, en unas seis horas, por un camino altamente accidentado y montuoso.
<pb n="340"/></p></div1><div1 xml:id="ch3.23" n="XXIII" type="Chapter"><head>CAPÍTULO XXIII.</head><argument><p>La provincia de Tayabas en general.—Su descubrimiento.—Su situación.—Creación del obispado de Nueva Cáceres.—Un obispo en el año 1600 y otro en el 1875.—Fray Francisco Gainza.—D. Simón Álvarez.—Padrones de 1754, 1831, 1836 y 1875.—Aumento de población y de riqueza.—Montes y vegas.—Aceite de coco.—Caza mayor y menor.—El <hi>tabon</hi>.—Hierbas y flores olorosas.—Frutos, hortalizas, granos, resinas y caldos.—Minas.—El tayabense psicológicamente considerado.—Costumbres antiguas de los tagalos.—La última cuartilla.—Adiós á Tayabas.—Últimos contornos del Banajao.—La cuna de un hijo.—Confianza en la caridad de Filipinas.</p></argument><p>Para terminar este libro vamos á ver en unas cuantas páginas la provincia de Tayabas en general, ya que hemos recorrido uno á uno todos sus pueblos.
</p><p>Dicha provincia fué descubierta por Juan de Salcedo al ir en busca de los renombrados veneros de oro de Camarines.
</p><p>Se halla, según el Padre Buceta, entre los 125° 56′ longitud, donde se alza el Malarauat, á los 126° 24′ situación de la Punta Pusgo, en el seno de Guinayangan, punto el más oriental <pb n="341"/>de la provincia, y entre los 13° 20′ latitud, situación de Cabeza Bondo y 14° 22′ extremo Norte de la isla Calbalete.
</p><p>La provincia de Tayabas pertenece en lo eclesiástico al obispado de Nueva Cáceres. Este se creó el año 1595, por bula de Clemente VII, con la asignación de 4.000 pesos. El primer nombramiento que se hizo para ocupar dicha silla apostólica, recayó en Fray Francisco Ortega, de la orden de San Agustín, quien fué electo el año 1600, no llegando á posesionarse. En la actualidad gobierna la diócesis el Excmo. Sr. Fray Francisco Gainza, de la orden de Santo Domingo. Lo que este activo y virtuoso Prelado ha hecho y viene haciendo en su obispado, escrito está en las múltiples y variadas obras en que ha empleado sus conocimientos, su constancia, su hacienda y su salud.
</p><p>El primer Gobernador con nombramiento Real que tuvo la provincia fué D. Simón Álvarez mandándola desde el año 1651 al 1655.
<pb n="342"/></p><p>Los padrones completos más antiguos que hemos podido encontrar, datan del año 1754, y según aquellos, formados por el Gobernador Rodríguez Morales, la provincia de Tayabas constaba de los siguientes pueblos con el número expresivo de almas.


<table cols="2" rows="16" headrows="0"><row role="data"><cell col="1" row="1" cols="1" rows="1" role="data">Tayabas   </cell><cell col="2" row="1" cols="1" rows="1" role="data">3.579</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="2" cols="1" rows="1" role="data">Lucban    </cell><cell col="2" row="2" cols="1" rows="1" role="data">5.109</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="3" cols="1" rows="1" role="data">Mauban    </cell><cell col="2" row="3" cols="1" rows="1" role="data">2.236</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="4" cols="1" rows="1" role="data">Atimonan  </cell><cell col="2" row="4" cols="1" rows="1" role="data">1.455</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="5" cols="1" rows="1" role="data">Gumaca    </cell><cell col="2" row="5" cols="1" rows="1" role="data">1.874</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="6" cols="1" rows="1" role="data">Guinayangan   </cell><cell col="2" row="6" cols="1" rows="1" role="data">1.073</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="7" cols="1" rows="1" role="data">Obuyon    </cell><cell col="2" row="7" cols="1" rows="1" role="data">  729</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="8" cols="1" rows="1" role="data">Catanauan     </cell><cell col="2" row="8" cols="1" rows="1" role="data">  690</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="9" cols="1" rows="1" role="data">Mayobog   </cell><cell col="2" row="9" cols="1" rows="1" role="data">  654</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="10" cols="1" rows="1" role="data">Pagbilao  </cell><cell col="2" row="10" cols="1" rows="1" role="data">  435</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="11" cols="1" rows="1" role="data">Sariaya   </cell><cell col="2" row="11" cols="1" rows="1" role="data">1.239</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="12" cols="1" rows="1" role="data">Tiaong    </cell><cell col="2" row="12" cols="1" rows="1" role="data">1.436</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="13" cols="1" rows="1" role="data">Polillo   </cell><cell col="2" row="13" cols="1" rows="1" role="data">  310</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="14" cols="1" rows="1" role="data">Baler     </cell><cell col="2" row="14" cols="1" rows="1" role="data">  168</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="15" cols="1" rows="1" role="data">Cariguran     </cell><cell col="2" row="15" cols="1" rows="1" role="data">  125</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="16" cols="1" rows="1" role="data">Binangonan    </cell><cell col="2" row="16" cols="1" rows="1" role="data">  364</cell></row></table>
</p><p>Cuyas cifras forman un total de 21.476 almas.
</p><p>Según los padrones hechos por D. Salvador <pb n="343"/>Baquero el año 1831 tenía la provincia 59.433 almas, las que subieron al número de 70.555 en el año 1836, según puede verse en los padrones, elevados al Gobierno general en dicha fecha por D. Isidro Vital.
</p><p>La estadística de la provincia dió el siguiente resultado el año 1875.


<table cols="2" rows="17" headrows="0"><row role="data"><cell col="1" row="1" cols="1" rows="1" role="data">Pueblos          </cell><cell col="2" row="1" cols="1" rows="1" role="data">      18</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="2" cols="1" rows="1" role="data">Barrios          </cell><cell col="2" row="2" cols="1" rows="1" role="data">     598</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="3" cols="1" rows="1" role="data">Cabecerías            </cell><cell col="2" row="3" cols="1" rows="1" role="data">     579</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="4" cols="1" rows="1" role="data">Almas            </cell><cell col="2" row="4" cols="1" rows="1" role="data"> 102.165</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="5" cols="1" rows="1" role="data">Tributos         </cell><cell col="2" row="5" cols="1" rows="1" role="data">  54.284</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="6" cols="1" rows="1" role="data">Defunciones          </cell><cell col="2" row="6" cols="1" rows="1" role="data">   3.353</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="7" cols="1" rows="1" role="data">Casamientos          </cell><cell col="2" row="7" cols="1" rows="1" role="data">   1.171</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="8" cols="1" rows="1" role="data">Bautizos         </cell><cell col="2" row="8" cols="1" rows="1" role="data">   4.022</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="9" cols="1" rows="1" role="data">Chinos empadronados      </cell><cell col="2" row="9" cols="1" rows="1" role="data">     220</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="10" cols="1" rows="1" role="data">Europeos radicados       </cell><cell col="2" row="10" cols="1" rows="1" role="data">      14</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="11" cols="1" rows="1" role="data">Licencias para cortes de maderas concedidas durante el año    </cell><cell col="2" row="11" cols="1" rows="1" role="data">      61</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="12" cols="1" rows="1" role="data">Idem para uso de armas   </cell><cell col="2" row="12" cols="1" rows="1" role="data">      16</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="13" cols="1" rows="1" role="data">Cuadrilleros         </cell><cell col="2" row="13" cols="1" rows="1" role="data">     684</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="14" cols="1" rows="1" role="data">Mozos sorteados      </cell><cell col="2" row="14" cols="1" rows="1" role="data">   5.013</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="15" cols="1" rows="1" role="data">Soldados que se sacaron  </cell><cell col="2" row="15" cols="1" rows="1" role="data">      85</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="16" cols="1" rows="1" role="data">Vacunados            </cell><cell col="2" row="16" cols="1" rows="1" role="data">   4.211</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="17" cols="1" rows="1" role="data">Gasto total de personal y material de escuelas   </cell><cell col="2" row="17" cols="1" rows="1" role="data">Pesos.   4.145</cell></row></table>
<pb n="344"/>


<table cols="2" rows="7" headrows="0"><row role="data"><cell col="1" row="1" cols="1" rows="1" role="data">Presupuesto total de gastos      </cell><cell col="2" row="1" cols="1" rows="1" role="data">24.023</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="2" cols="1" rows="1" role="data">Gastado              </cell><cell col="2" row="2" cols="1" rows="1" role="data">13.243</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="3" cols="1" rows="1" role="data">Ingreso en capítulo de Gobierno   </cell><cell col="2" row="3" cols="1" rows="1" role="data">26.257</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="4" cols="1" rows="1" role="data">Importe de las penúltimas contratas   </cell><cell col="2" row="4" cols="1" rows="1" role="data">24.741</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="5" cols="1" rows="1" role="data">Idem id. de las últimas       </cell><cell col="2" row="5" cols="1" rows="1" role="data">34.324</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="6" cols="1" rows="1" role="data">Sacado del presupuesto de gastos para el mantenimiento de la cárcel   </cell><cell col="2" row="6" cols="1" rows="1" role="data"> 2.072</cell></row><row role="data"><cell col="1" row="7" cols="1" rows="1" role="data">Causas criminales que se numeraron en el Juzgado </cell><cell col="2" row="7" cols="1" rows="1" role="data">   136</cell></row></table>
</p><p>El aumento de población de esta provincia ha sido verdaderamente asombroso; en poco más de un siglo vemos quintuplicar el número de sus almas. El vecindario que tenía la provincia el año 1754 lo cuenta hoy con exceso la cabecera. Si el aumento de población ha sido grandísimo, el fomento de productos y riqueza no lo ha sido menos, constituyendo aquella demarcación una verdadera y legítima esperanza, no solo por lo que produce, sino por lo que está llamada á producir.
</p><p>Sus montes son una mina inagotable, principiada á explotar con la activa é inteligente inspección de los ingenieros que velan por el <pb n="345"/>mejor aprovechamiento de la riqueza forestal de estas islas.
</p><p>En los bosques de Tayabas hay tanta y tal variedad de maderas, que podrían dar abasto por mucho tiempo á todas las necesidades del comercio.
</p><p>La colección que la Inspección de montes mandó á la Exposición de Filadelfia ascendía á 281 especies.
</p><p>La superficie total de hectáreas de la provincia de Tayabas, según los estudios hechos por el Cuerpo de Montes, que tenemos á la vista, asciende á 562.492, siendo forestales 380.000.
</p><p>En el año económico de 1872 á 73, se concedieron 34 licencias para el corte de maderas en los montes de Tayabas, cortes que produjeron al Estado 83.865 pesetas. Lo producido en los años económicos de 1873 á 74, y de 1874 á 75 no lo conocemos, si bien ha de haber aumentado considerablemente, si se tiene en cuenta que solo en el año 1875 se concedieron <pb n="346"/>61 licencias, es decir, 27 más que el año 1872.
</p><p>Si riqueza hay en los montes, no la hay menos en sus dilatados manchones de vegas y cañadas. Solo en los verdes campos que comprende el perímetro que forma Mulanay con San Narciso y Cabeza Bondoc, pueden alimentar muchos miles de reses.
</p><p>La gran profusión de aguas hace que las cosechas de arroz, cultivadas por el sistema de escalonados tubiganes, sean más productivas.
</p><p>Las plantaciones de coco aumentan de día en día, siendo esta palma una de las más legítimas riquezas de la provincia. El aceite de Tayabas se confunde con el de la Laguna y se da al comercio con este nombre.
</p><p>Tanto en las quebradas de sus montes como en las florestas de sus valles, se cría en abundancia caza mayor y menor, figurando en la primera el carabao cimarrón, el venado y el jabalí; en la segunda, hay una <pb n="347"/>gran variedad de pájaros, siendo de notar la gran colección de palomas. El <hi>tabon</hi>, ave muy digna de estudio por la manera que tiene de incubar sus huevos, enterrándolos, se halla en bastante número en Tayabas.
</p><p>En flores y hierbas olorosas nada tiene que envidiar á otras provincias, viéndose por doquier el tornasol, la rosa de Alejandría, el camantigue, la sampaca, el campupot, la gumamela, el ilang-ilang, el calachuche, los lirios, las azucenas, las saguilalas, el romero, la salvia, el pandacaque, la albahaca, el hagonoy, la hierba-luisa, el lagundi, la pasionaria y la siempre-viva; hierbas y flores que crecen sin que mano amiga las cuide, riegue y desbroce. Si la inclemencia del campo ó el agrietado muro se convirtiera en la resguardada maceta ó el vigilado arriete, ¡qué combinaciones tan bellas y tan variadas produciría la floricultura de este país!
</p><p>En frutas también hay gran diversidad, y si no las tiene en hortalizas, es porque no se <pb n="348"/>siembran, y decimos esto al ver los magníficos resultados que han dado algunos ensayos.
</p><p>Café, cacao, lumban, bongas y trigo se cosechan en bastante cantidad. Resinas y caldos se extraen de valiosa calidad, siendo inmejorables las ceras, las breas y los aguardientes de coco y de nipa.
</p><p>Al hablar de Lucban ya dimos á conocer el arte y la industria de aquel pueblo.
</p><p>En minas son de citar: la de carbón, sita en el término de Gumaca, á la confluencia del río Carlati; la de cobre, en el sitio de Lambo-lambo, jurisdicción de Calilayan; la de oro y cobre, registrada en Colon-colon, termino de Atimonan; la de carbón, en los montes de Ayquirín; la de oro en Sangirín; la de carbón de isla Pulon y la de este último mineral del barrio de Bocboc, orilla del río de Pitogo, divisoria y término de Gumaca.
</p><p>A grandes rasgos ya hemos visto lo que es materialmente hablando la provincia; digamos <pb n="349"/>algo en general de la moral de sus habitantes.
</p><p>El tayabense tiene orgullo en decir ha nacido en aquella provincia, y lo tiene más por la circunscripción que rodea la pila bautismal que le dió nombre.
</p><p>Las imágenes que guardan en el hogar, en áureas urnas ó trasparentes fanales, las defenderían en un momento de peligro, con la misma bravura que los romanos defendían sus dioses penates.
</p><p>Para el tayabense no hay más cielo, más suelo, ni más techo que el suyo. Intentar la más pequeña intrusión en su provincialismo y lo veréis agruparse y fundirse en su idea marchando á su objeto, cueste lo que cueste, y caiga el que cayere. Ni el tiempo, ni el arraigo, ni los lazos del parentesco, ni los del amor dan carta de naturaleza en Tayabas. Para ser tayabense es preciso haber nacido allí, y todos los que no estén en ese caso son conceptuados como extranjeros. Esto <pb n="350"/>que hemos tenido ocasión de observarlo muchas veces, cuando más se acentúa es al aproximarse las elecciones municipales. Desgraciado del que intente ocupar un puesto en la principalía, si no tiene registrada su partida de bautismo en la iglesia del pueblo, y la fosa de sus mayores en su cementerio. Ya podrá ser honrado, rico y hasta casado con tayabense que no le bastará para librarse de la cruzada que ha de levantarse contra él ... En esta cuestión el tayabense no prescinde por nada, ni por nadie, y sacrifica si es preciso la honra, la familia y la gratitud.
</p><p>Esto que pasa en el municipio aumenta en el seno del hogar. Una dalaga que tenga la desgracia—pues de tal debe calificarse,—de aceptar amores con uno que no sea su paisano, tiene que sufrir todo género de tormentos para llegar á realizar su enlace. La raza tayabense es en el Oriente, la guardadora de las tradiciones jitanas. El jitano no se casa sino con jitana, lo mismo que el tayabense <pb n="351"/>no lo hace, salvas pocas excepciones, si no con tayabense.
</p><p>Las sangrientas conmociones que registra la historia de Tayabas, no obedecen á otro móvil que al religioso culto que rinden á lo suyo.
</p><p>Todo lo que tiene el tayabense de díscolo, tiene de humilde y obediente, acudiendo á cualquier llamamiento que se haga á sus sentimientos, sabiéndolo llevar. La provincia de Tayabas es la más fácil y difícil de gobernar. En los tres años que allí permanecimos se acudió á ella dos veces; en la una la caridad la pidió una limosna; en la otra, la patria la demandó un auxilio, y en ambas—no quisiéramos equivocarnos,—pero nos parece que computando su población con la de las otras provincias, fué á la cabeza de todas.
</p><p>Para terminar y como apuntes curiosos, extractaremos de diversos manuscritos que tenemos á la vista, algunos de los usos y costumbres que en lo antiguo tenían los indios de Tayabas.
<pb n="352"/></p><p>El indio de aquella provincia, pertenece á la raza pura tagala—palabra que quiere decir hombre de río.
</p><p>Los casamientos—dicen los manuscritos que consultamos,—se hacen según el ritual romano, pero en los preparativos hay muchas particularidades dignas de notarse. Para casarse no se piensa comunmente en procurarse lo necesario para mantener la casa y los hijos, en contando lo suficiente para la boda, que es muy poco, si no se tiene convite, se casan los tagalos sin más pensar en lo que han de comer al día siguiente del matrimonio. Los padres mismos de los novios no suelen pensar en esto, porque dicen que <hi>Dios cuidado</hi>; pero nunca dispensan los padres de las novias el que se les sirva tres, cuatro ó más años por su hija, y el que se ha de casar con ella tiene obligación de asistirlos todo ese tiempo con su servicio corporal y remediarlos en sus necesidades, regalarlos en ciertos días, y llevar de comer á la gente que <pb n="353"/>les trabaja la sementera. Esta intimidad tiene sus inconvenientes y no faltan hombres que después de estar en cinta su novia la dejan burlada. Los padres saben estos casos, pero todo lo vence la codicia. Es verdad que una mujer á quien ha sucedido esto no pierde tanto como en España, ni le suele faltar pretendiente. Entre la gente rica se acostumbra á dotar á la mujer por quien ha de ser su marido. Las dotes son de dos maneras: la una se llama <hi>bigay-suso</hi>, que es lo que se da á la madre por haber dado los pechos á la hija; la otra se llama <hi>bigay-caya</hi>, que se destina para que los novios se mantengan después de casados, aunque á veces se gasta casi todo en la boda. Más se recibe esta dote por vanidad que por juzgarla necesaria para después del casamiento, y así la novia á quien se señala mayor dote, se la tiene por de mayor suposición porque se compró más cara. La edad en que se casan los tagalos es para las mujeres de 12 <pb n="354"/>á 15 años, y para los hombres de 14 á 17.
</p><p>Los entierros se hacen en la iglesia ó en el cementerio según el ritual romano, con la pompa correspondiente. Antes del entierro se juntan todos los parientes del difunto, y no cesan de llorar y relatar su vida hasta que lo llevan á enterrar. Al cuarto día del entierro se juntan otra vez en la misma casa cantan el rosario, y suelen pasar allí toda la noche. En su infidelidad dejaban ese día un asiento desocupado en la mesa, y creían que lo ocupaba el difunto; y para persuadirse de ello, esparcían ceniza por la casa, en la que, al día siguiente hallaban impresas sus pisadas.
</p><p>Son muchos los <hi>abusos</hi>, ó como ellos dicen, los <hi>ugales</hi>, que tienen los tagalos; los primeros están basados en la creencia de los <hi>nonos</hi>; con dichos genios ó <hi>nonos</hi>, ejecutan los indios muchas y muy frecuentes idolatrías; cuando quieren coger alguna flor ó fruta del árbol, le piden licencia al <hi>nono</hi> para poderla <pb n="355"/>tomar; cuando pasan por algunas sementeras, ríos, esteros, bosques y cañaverales, piden licencia y buen pasaje á los genios que en ellos habitan. Cuando son obligados á cortar algún árbol viejo ó á no guardar las prácticas y ceremonias que ellos imaginan ser del agrado de los <hi>nonos</hi>, se excusan con ellos diciendo tres veces en alta voz <hi>que el padre se lo mandó, y que no es voluntad suya, faltar á sus respetos</hi>. Cuando caen enfermos, les piden salud y les ofrecen comidas, las que consumen en las sementeras y á la sombra del árbol llamado <hi>calumpang</hi>. Creen que las almas de los muertos vuelven á su casa al tercer día de su entierro, para visitar á la gente de ellas ó asistir á la ceremonia del <hi>tibao</hi>, que se reduce á tender un petate en el que esparcen ceniza, rodeando aquel de candelas amarillas. A la puerta de la casa ponen una fuente de agua perfumada, para que cuando vaya el alma á acostarse pueda lavarse.
<pb n="356"/></p><p>El <hi>ticbálang</hi>, es uno de los fantasmas á quien acuden para pedirle cosas prodigiosas. Al <hi>patianac</hi> atribuyen el mal suceso de los partos, y dicen que para dañarlos y echarlos á perder, se colocan cerca de la casa y allí cantan á manera de los que van bogando. Para impedir el daño del <hi>patianac</hi>, se sitúan armados en los caballetes y alrededores de la casa, y dan tajos á derecha é izquierda y fuertes voces para ahuyentar al mal genio. También atribuyen al patianac la muerte de los niños: dicen que el pájaro llamado <hi>tictic</hi>, es el que enseña al patianac la casa donde hay un recien nacido: con este aviso el fantasma se coloca en un tejado inmediato, y desde allí alarga la lengua en forma de hilo hasta el vientre del niño, sacándole las tripas.
</p><p>Cuando se eclipsa la luna arman los tagalos gran ruido, con el que dicen la defienden de la lucha que tiene con el dragón. Creen en amuletos para que no les toquen las balas, <pb n="357"/>y para librarse de otros peligros. Aquellos consisten en libritos que contienen períodos en latín y en español completamente ininteligibles; piedras que hallan en los cuerpos de los animales; granos de fruta petrificada; huesos de esqueletos de niños y dientes de rata, de culebra y de caimán. La creencia en los amuletos data de mucho antes de la conquista, conociéndolos con el nombre de <hi>aguimat</hi>.
</p><p>Los indios tagalos forman melancólicos discursos, si la lechuza canta; tienen como buenos augurios el encontrar una culebra en la casa ó en el barco. Algunos creen en las hierbas amatorias.
</p><p>Estas y otras muchas falsas creencias, de las que aún quedan algunas reminiscencias, poco á poco las va desterrando la vívida luz del Evangelio y la civilización.
</p><p>       *       *       *       *       *
</p><p>Aquí hacemos punto en este libro, en el que nos hemos propuesto dar á conocer una provincia tan rica como ignorada.
<pb n="358"/></p><p>Tres años estuvimos en Tayabas, y ni su temperamento nos produjo un dolor de cabeza, ni sus habitantes un disgusto. Al abandonar la provincia, y al entrar en la de la Laguna, no pudimos menos de volver la vista al brumoso horizonte que dejábamos, y al divisar los confusos contornos del Banajao alumbrados por la cansada luz de la caída de la tarde, sentimos una verdadera y tierna emoción al abandonar, quizás para siempre, aquel coloso á cuya sombra ha nacido este pobre hijo mío. Conocida es la caridad en Filipinas, así que el padre confía en aquella, teniendo la seguridad de que lo tratarán con cariño y le darán un modesto rincón en el hogar.

</p><trailer rend="align(center)">FIN.</trailer><pb n="359"/></div1></body><back><div1 xml:id="toc" type="Contents"><head>ÍNDICE DE CAPÍTULOS.</head><p><ref target="#ch3.1">CAPÍTULO I.</ref>
</p><p>Adiós á Manila.—<hi>El Batea</hi>.—El puente de la Convalecencia.—El Pasig.—El recodo de las Beatas.—Santa Ana.—Paco.—Ruinas de San Nicolás.—Canteras de Guadalupe.—El Santuario.—Herrera.—Malapadnabató.—Cueva de Doña Jerónima.—Pueblo de Pasig.—Pateros.—Sarambaos.—Río de Antipolo.—Las orillas del Pasig.—Sus recuerdos.—Sus fiestas.—Antaño y hogaño.—M. Le-Gentil y otros autores. <hi>Conocimientos</hi> del país.—Barra de Napindan.—El capitán del <hi>Batea</hi>.—Almuerzo en el vapor.—Bertita.—Locuacidad y mutismo.—Alhajeros ambulantes.—Laguna de Bay.—Unión de dos mares.—El pantalán de Santa Cruz.—Mi amigo Junquitu.—Madrugada del 1.° de Julio.—Carromatas.—Palos y atasques.—De Magdalena á Majayjay.—El río Olla.—Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.—Una noche en Suiza.—Proyectos
</p><p><ref target="#ch3.2">CAPÍTULO II.</ref>
</p><p>Lucban.—Su origen.—Situación.—Mr. Jagor y Sir John Bowring en camino.—Alturas inexploradas.—Arroyos y torrentes.—Amazonas tagalas.—Datos estadísticos.—Fechas imperecederas.—La iglesia, el convento y el tribunal.—Dos cuadros.—Un cocinero municipal y una mestiza tendera.—Aguas constantes.—Higrómetros y termómetros.—Frío.—Las frondas del gran Banajao.—Artes y oficios.—La niña, la <pb n="360"/>hermana y la madre.—Tejedoras.—Petacas y sombreros.—Música <hi>fuerte</hi> y música <hi>débil</hi>.—Fray Samuel Mena.—El pretil del convento.—La campana de las ánimas.—Cofradías.—La guardia de honor de María.—El Calvario.—El novenario de las flores.—Las dalagas de Lucban.—La <hi>tagabayan</hi>, la <hi>tagatabi</hi> y la <hi>tagalinang</hi>.—El feudo y el terruño.—La sangre celeste y la plebe.—La capitana Babae.—La melodía del Fausto.—Cumplimiento de una oferta.—El autógrafo
</p><p><ref target="#ch3.3">CAPÍTULO III.</ref>
</p><p>Horizontes intertropicales.—Suelo y cielo de Filipinas.—Panoramas indescriptibles.—La cascada del Botocan.—La grandiosidad ante los ojos del alma.—Evocaciones y recuerdos.—Un ateo.—El camarín del Botocan.—Almuerzo al borde del abismo.—Chismografía al por menor.—Cuentos y anécdotas.—Las mujeres filipinas.—Tipos y registros.—Opiniones.—Amor desgraciado.—Leyenda y autógrafo.—Camino de Tayabas.—Llegada á Lucban
</p><p><ref target="#ch3.4">CAPÍTULO IV.</ref>
</p><p>El puente del suspiro
</p><p><ref target="#ch3.5">CAPÍTULO V.</ref>
</p><p>Despedida de Lucban.—Arroyos que se convierten en torrentes.—Huellas de un baguio.—Puentes derruídos.—Troncos de cocos.—La sampaca y el jazmín silvestre.—Pedregales, hondonadas y pendientes.—Relente de la tarde.—Aguas sulfurosas.—El puente de la Princesa.—Belleza del paisaje.—Bravía y salvaje naturaleza tropical.—Melancolía.—Una caña acueducto.—El camarín de Alaminos.—Cuatrocientas <pb n="361"/>dalagas á caballo.—Tubiganes.—Garzas blancas.—Cuesta y puente de las Despedidas.—Bulliciosa cabalgata.—Cocales.—El puente de la Ese.—Vista de Tayabas.—El kilómetro 146.
</p><p><ref target="#ch3.6">CAPÍTULO VI.</ref>
</p><p>Tayabas.—Su antigüedad.—Situación.—Estadística.—Pureza de raza.—El bambán grande.—Fiebres palúdicas.—Su remedio.—Casa real, tribunal, iglesia y convento.—Una Semana Santa en Tayabas.—Riqueza de ornamentación.—Correría histórica alrededor de un escribano de Pilatos.—Fisonomías da los pueblos.—Comparaciones.—Indolencia.—Supersticiones.
</p><p><ref target="#ch3.7">CAPÍTULO VII.</ref>
</p><p>Costumbres.—Poesía popular indígena.—La tradición y el manuscrito.—<hi>El cumintán</hi>.—¿Qué es el <hi>cumintán</hi>.?—Reminiscencias moriscas.—El <hi>cariquitdiquitán</hi>.—Pensamientos tomados al oído.—El indio.—¿Es ó no definible?—El libro en blanco.—Identificación del indio.—Condiciones para conocerlo.—Fenómenos psicológicos.—Un regimiento europeo y un regimiento indígena.—Ingratitud y agradecimiento.—La india amiga y la india amante.—El portalón del Gloria.—<hi>Titay</hi>.—Una fortuna á la mar.—La Revista Europea viajando por el reino de Aracan.—Conocimientos de los escritores de allá y algunos de los de acá.—El cómo se escribe la historia.—Apreciaciones diversas
</p><p><ref target="#ch3.8">CAPÍTULO VIII.</ref>
</p><p>Costumbres.—Casamientos.—Código amoroso indio.—Prólogo al libro.—Bindoy.—Cabezang Juan y cabezang María.—Los <pb n="362"/>faldones del munícipe.—Elocuencia de las uñas.—El Eureka tagalo.—El pretendiente y la pretendida.—<hi>El pamimianan</hi>.—El <hi>amang-cruz</hi>.—Una casa vacía y una casa provista.—El <hi>habiling</hi>.—Calabazas en redondo.—Influencia de los mayores.—Rencor indio.—Los picos quemados de una carta.—La <hi>gayuma</hi> y <hi>jonjon</hi>.—Aceptación del habiling.—De novio á marido.—El <hi>pag-haharap</hi>.—Ceremoniales.—La vuelta á la casa.—Novenario.
</p><p><ref target="#ch3.9">CAPÍTULO IX.</ref>
</p><p>¿Es ó no feliz Ambrosio?
</p><p><ref target="#ch3.10">CAPÍTULO X.</ref>
</p><p>Paseo á caballo.—El cocal de las <hi>Angustias</hi>.—La ermita.—La esquila del santuario.—Una alborada en los trópicos.—La niña, el árbol y el crepúsculo.—Una misa en la ermita.—Oración que implora y curiosidad que investiga.—La madre del dolor.—Una cifra y una fecha.—Averiguaciones inútiles.—El matandá de la ermita.—La Casa Real de Cotta.—Las ruinas y la recámara de la muerte.—Estancia en el barrio de Cotta.—Tamayo y Belloc.—Recuerdos.—Horas felices.—Salubridad y riqueza.
</p><p><ref target="#ch3.11">CAPÍTULO XI.</ref>
</p><p>Costumbres.—Enfermedades y entierros.—El <hi>orimon</hi>.—Creencias del indio.—El mediquillo.—Confección de una receta.—El <hi>constructor</hi> de cigarrillos.—<hi>Dos respiraciones</hi>.—El frío y el calor.—Muerte de cabezang Pedro.—Al hoyo y ... <hi>talagá nang Dios</hi>.—La casa por concluir.—Dolor de embarazo—Las plegarias y la Orden tercera.—Las listas del presente.—<hi>El panalañgin</hi>.—El sentimiento y el estómago.—<hi>Inoac y sayos</hi>.—El <pb n="363"/>sentimiento y el indio.—Filosofía del <hi xml:lang="ceb">icao ang bahala</hi>, y el <hi xml:lang="ceb">talagá nang Dios</hi>.—El cementerio de Tayabas.—La vida y la muerte.—¡Eterno olvido!—El <hi>dasalan</hi>.—Creencias.—El <hi>lungcasan</hi>.—Último recuerdo del vivo al muerto.
</p><p><ref target="#ch3.12">CAPÍTULO XII.</ref>
</p><p>Estancia en Tayabas.—El archivo del Gobierno.—Trabajos preparatorios para girar una visita á la provincia.—Preliminares de quintas y elecciones.—Andoy.—Laboriosidad y mutismo.—El 1.° de Abril.—Salida de Tayabas.—El río Ali tao.—Barrio de <hi>Muntingbayan</hi>.—Camino de Tayabas á Sariaya.—El gobernador D. José María de la O.
</p><p><ref target="#ch3.13">CAPÍTULO XIII.</ref>
</p><p>Sariaya.—Su situación, límites, historia, productos y estadística.—La iglesia y el convento.—Una modesta catedral del saber convertida en un bullicioso templo de Tersípcore.—La mujer de Sariaya.—La <hi>dalaga</hi>.—El bosquejo, la caricatura y la fotografía.—Más sobre las hijas del país.—Sistema de gobierno femenino.—¿Manda, ú obedece?—La india casada con europeo.—El <hi>castila</hi> y el marido.—Valor de un calificativo.—Los saludos y el alma de <hi>Garibay</hi>.—Episodio histórico.
</p><p><ref target="#ch3.14">CAPÍTULO XIV.</ref>
</p><p>Quintas y elecciones en Sariaya.—Adorno del salón.—Las <hi>bungas</hi>.—Los capitanes pasados, los cabezas reformados y los cabezas en ejercicio.—Escrutinio de <hi>canutos</hi>.—Preparación de una elección.—Los muñidores de allá y los <hi>camisas por fuera</hi> de por acá.—Engranaje municipal.—El Gobernadorcillo, el Teniente mayor y el Juez mayor.—Zambalinas y bastidores.—Votación.—Forma <pb n="364"/>de hacerse.—Ternas.—Constitución del municipio.—Las <hi>principalas</hi> de oficio.—El sorteo.—Manera de verificarse.—Fisonomía de un día de quintas en Filipinas.—Los alrededores de un tribunal y el interior de un hogar.—Deducciones y apreciaciones.—Lógica pura.—La cena.—Despedida de Sariaya.—Un santo y un hombre honrado.
</p><p><ref target="#ch3.15">CAPÍTULO XV.</ref>
</p><p>De Sariaya á Tiaong,—Monotonía del camino.—Diversidad del resto de la provincia.—Panoramas.—El <hi>Lagnas</hi>.—Aguas minerales.—El río Quiapo y el Maasim.—Barrio de Maasim.—Su riqueza y necesidades.—Un indio rico.—Apunte de una idea financiera.—Cambio de caballos.—Vista de Tiaong.—Su situación, límites, historia, salubridad, productos y estadística.—Aspecto del pueblo.—Inclinaciones de sus habitantes.—La resistencia pasiva.—Falta de edificios.—El consabido baile.—Brillantes y sayas.—Paredes aprovechadas.—Camino de Tiaong á Dolores.—Dolores.—Su historia.—Bellos paisajes y riquísimas aguas.—Regreso á Tayabas en posta.
</p><p><ref target="#ch3.16">CAPÍTULO XVI.</ref>
</p><p>De Tayabas á Pagbilao.—El <hi>bantayan</hi>.—Riqueza de cocales.—Alambiques.—Aguardiente de coco.—Su fabricación.—<hi>El mananguitero</hi>.—El coco <hi>mura</hi> y el <hi>macapunó</hi>.—Crecientes y menguantes de la luna.—Aceite de coco.—Forma de extraerlo.—Tubiganes.—Quebrada del Maragoldon.—El Dumaca.—Puente.—Sistema para resguardar los puentes de madera.—Pagbilao.—Su fundación, límites, situación, riqueza y estadística.—El convento, la iglesia y las escuelas.—Fray Manuel Rodríguez.—Importancia que tiene Pagbilao y la que debía tener.—Conducción de efectos.—Centralización de poderes.—Observaciones <pb n="365"/>y lógica de los números.—Paráfrasis de un dicho de Montes.
</p><p><ref target="#ch3.17">CAPÍTULO XVII.</ref>
</p><p>Las mareas.—El río de Pagbilao.—El castellano de <hi>Tabangay</hi>.—Islita de Patayan.—Simón el lazarino.—Capuluan.—Bajo Talusan.—Antiguas ruinas.—Las rocas Bagobinas.—Laguimanoc.—Almuerzo.—Un astillero.—Ensenada de Talusan.—Caserío y bajo de Calutan.—Calilayan, barrio y Unisan, pueblo.—Historia.—Ladia.—Castillo de Calilayan.—Síntesis de dos civilizaciones.—D. José Barco.—¡Rumbo á Pitogo!—Bajo Salincapo.—Cabulijan.—Pitogo.—Cacería de caimanes.—Un bailujan, un collar de coral y una pregunta.—¡A los botes!—Macalelong.—Su estadística.—Catanauan.—Su presente y su porvenir.—Mulanay.—Pastos y cogonales.—Monte Dumalong.—San Narciso.—Seno de Ragay.—Guinayangan.—Unión de los mares.—El Cabibijan.—Alunero.—Río y pueblo de Calauag.—López.—Su fundación, su estadística.—Alto en Gumaca.
</p><p><ref target="#ch3.18">CAPÍTULO XVIII.</ref>
</p><p>Gumaca.—Su antigüedad.—Su situación.—Águilas imperiales.—Castillos de Santa María, San Diego, San Sebastián y San Miguel.—Estadística.—Saqueo, incendio y peste.—Libros canónicos.—Reminiscencias valencianas.—Una velada en las ruinas.—Recuerdo glorioso.—Productos.—De Gumaca á Atimonan.—Una madera incorruptible y un hongo fosforescente.—Kiosco en el camino.—Grupos fantásticos.—Compañía no buscada.—Ninay.—Una presentación por medio de un cigarro.—El <hi>Moro</hi> y el Rosillo.—Atimonan.—Su historia, sus productos y su estadística.—Un bailujan, un regalo y una promesa.—El correo.
<pb n="366"/></p><p><ref target="#ch3.19">CAPÍTULO XIX.</ref>
</p><p>Navegación en <hi>baroto</hi>.—Escasez de luz y abundancia de mosquitos.—Los principios y los medios.—Horas interminables.—<hi>Malayo po</hi>.—El monte Soledad.—Vista de Mauban.—Su historia, estadística y productos.—Episodio glorioso.—Don Simón de Anda y los franciscanos.—Documento notable.—Setecientos quintales de plata.—De Mauban á Lucban.—Caminos que hace el hombre y arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y desmontes.—El Balete.—Barrio de Sampaloc.—La hamaca.—Lúgubres semejanzas.—Descanso en Lucban.—Vuelta á Tayabas.
</p><p><ref target="#ch3.20">CAPÍTULO XX.</ref>
</p><p>Costumbres.—Aprobación de actas.—Un Gobernadorcillo electo paseando por Manila.—El sastre municipal.—Los faldones del frac, el sombrero de copa, la camisa de chorreras y el bastón.—Vajilla, lámparas y rancho.—Diez varas de glasé y diez de gró.—Los caballeros <hi>utraques</hi>.—Un lío, otro lío y un liito.—El campanario del pueblo.—Vuelta al hogar.—Exhibición de compras.—La saya de la capitana.—La pagoda.—El 1.° de Julio.—Juramento.—Misa de vara.—Recuerdos de las bodas de Camacho.—Un chocolate serio y un descarnado hueso.—La tenientela mayora y las juezas.—Amontonamiento de alhajas.—Lectura del <hi>Tadhana</hi>.—La coronación.—El rigodón oficial.—Un borracho ante un apellido vascuence—Fin de la fiesta <hi>aniyaya nang bayan</hi>.
</p><p><ref target="#ch3.21">CAPÍTULO XXI.</ref>
</p><p>Costumbres.—Fiestas.—El <hi>bínyagan</hi>.—El <hi>unang pag paligo</hi>.—El <hi>diariuhan</hi>.—El <hi>labac, el puong y la aniyaya</hi>.—El <hi>suizan</hi>.—<pb n="367"/>El tañido del <hi>tambulic</hi>.—Inspección del barrio.—La cama del Juez mayor.—Cincuenta y dos días de bailujan.—El <hi>buisan.</hi>—Los <hi>pintacasis</hi>.—Juntas y cabildeos.—Triunfó de la Liceria y de la Chananay.—Aliño de un teatro en Tayabas.—El cómico de la legua.—¡Ojo con los empresarios!—Un día de buen comer.—Preparativos de cuaresma.—<hi>Lapasan</hi>.—El vino en vaso y el coquillo en tabo.—El <hi>tapatan mang pasión.</hi>—<hi>Moros</hi> y cristianos.—El sábado de gloria.—El canto del gallo.—<hi>Pascuhan</hi>.—El <hi>hatiran</hi>.—Recuerdo de una pregunta.
</p><p><ref target="#ch3.22">CAPÍTULO XXII.</ref>
</p><p>La provincia de Tayabas á principios del presente siglo.
</p><p><ref target="#ch3.23">CAPÍTULO XXIII.</ref>
</p><p>La provincia de Tayabas en general.—Su descubrimiento.—Su situación.—Creación del obispado de Nueva Cáceres,—Un obispo en el año 1600 y otro en el 1875.—Fray Francisco Gainza.—D. Simón Álvarez.—Padrones de 1754, 1831, 1836 y 1875.—Aumento de población y de riqueza.—Montes y vegas—Aceite de coco.—Caza mayor y menor.—El <hi>tabon</hi>.—Hierbas y flores olorosas.—Frutos, hortalizas, granos, resinas y caldos.—Minas.—El tayabense psicológicamente considerado.—Costumbres antiguas de los tagalos.—La última cuartilla.—Adiós á Tayabas.—Últimos contornos del Banajao.—La cuna de un hijo.—Confianza en la caridad de Filipinas.
<pb n="368"/>
</p><p>La colección de VIAJES POR FILIPINAS, que tienen por objeto principalmente dar á conocer usos y costumbres de aquellos pueblos, consta, á más de este tomo, de otros dos referentes á <hi>Albay</hi> y á las <hi>Islas Marianas</hi>, costando cada tomo <hi rend="bold">tres pesetas</hi> en Europa y <hi rend="bold">un peso</hi> en Ultramar. Los pedidos, á la librería de San Martín, Puerta del Sol, ó á casa del autor, calle de Doña Bárbara de Braganza, 16, principal.
</p></div1></back></text></TEI>
Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas Juan Álvarez Guerra (1843–1905) Project Gutenberg Urbana, Illinois, USA. ##### ##### ##### ##### ##### ##### ##### urn:uuid:5de17f6b-3431-4b79-9656-10f8eda1e41a 12276 2004-05-01

Published in 1887, hence public domain in the US.

The author dates in worldcat are obviously wrong, as they refer to a namesake who died before this work could have been written. However, it is reasonably safe to assume PD in the EU.

Juan Álvarez Guerra Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas Primera Edición Imprenta de Fortanet Madrid 1887
Spanish. French. English. Cebuano. Philippines -- Description and travel 19-MAR-2004 Added TEI Header.

Newly Designed Front Cover.

Viajes por Filipinas De Manila á Tayabas Por Don Juan Álvarez Guerra (Segunda Edición) Madrid Imprenta de Fortanet Calle de la Libertad, Núm. 29 1887

Al Sr. D. Cristino Martos

Usted, mi buen amigo, me animó para que volviese á Filipinas, y á V. le debo los tres años que pasé en Tayabas. Las páginas de este libro, allí están escritas, y si algo bueno tienen, es la veracidad de lo que en ellas se consigna. Acójalas con cariño, y no se olvide que «mas allá de los mares», como decía al hablar de este país un profundo orador, tiene un verdadero amigo en

Juan Álvarez Guerra.

CAPÍTULO I.

Adiós á Manila.—El Batea.—El puente de la Convalecencia.—El Pasig.—El recodo de las Beatas.—Santa Ana.—Paco.—Ruinas de San Nicolás.—Canteras de Guadalupe—El Santuario.—Herrera.—Malapadnabató.—Cueva de Doña Jerónima.—Pueblo de Pasig.—Pateros.—Sarambaos.—Río de Antipolo.—Las orillas del Pasig.—Sus recuerdos.—Sus fiestas.—Antaño y hogaño.—M. Le-Gentil y otros autores. Conocimientos del país.—Barra de Napindan.—El capitán del Batea.—Almuerzo en el vapor.—Bertita.—Locuacidad y mutismo.—Alhajeros ambulantes.—Laguna de Bay.—Unión de dos mares.—El pantalán de Santa Cruz.—Mi amigo Junquitu.—Madrugada del 1.° de Julio.—Carromatas.—Palos y atasques.—De Magdalena á Majayjay.—El río Olla.—Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.—Una noche en Suiza.—Proyectos.

En la madrugada del 30 de Junio de 187..., dejé los incómodos asientos de un desvencijado sipan, tomando el que dicen camino—por más que no sea ni aun vereda,—que dirige al modesto embarcadero que en la margen del Pasig, y al pié del magnífico puente colgante, tienen los vaporcitos que hacen la carrera entre Manila y la provincia de la Laguna.

Instalado en la cámara de popa, mediante cuatro pesos, que fueron canjeados por un tarjetoncito amarillo y grasiento por el uso, principió la maniobra de largar. Silbó el vapor, desatracamos, y sorteando numerosas bancas zacateras, pusimos rumbo contra corriente, á la laguna de Bay.

Las palas del vaporcito, pesadamente batían las aguas del Pasig, evitando el timonel con una lenta marcha, el choque con alguna de las muchas pequeñas embarcaciones que afluyen en aquellas horas á las cercanías del puente colgante, cargadas unas de cocos, verduras, leña, piedras, ladrillos y tejas, y conduciendo otras gran número de alegres cigarreras que tienen su trabajo en la fábrica de Arroceros, y su domicilio en alguna de las poéticas casitas que bordan las orillas del río, y forman parte de los pueblos que hemos de ver desde las bandas del vapor.

A las pocas orzadas, dejamos por la proa los descarnados pilares de madera que serán en su día la sustentación del puente de la Convalecencia, así llamado,—se entiende cuando esté concluído01 Este puente se llama hoy de Ayala. porque pondrá en comunicación las dos orillas del Pasig, siendo la principal base y en la que descansará aquel, la pequeña isla de Convalecencia, en la que vimos destacarse un amplio edificio, que nos dijeron ser el Hospicio.

Doblado el recodo que forma la islita, pudimos apreciar las esbeltas y elegantes construcciones de la calzada de San Miguel; construcciones, que de día en día, van perfeccionando, hasta el punto, que vimos una, constituyendo un verdadero palacio á la moderna. Dicho palacio es de hierro en su mayor parte; en sus jardines, cortados á la inglesa, se encuentran estatuas en gran profusión, y por las entreabiertas ventanas de los muros—cuyas líneas son una reminiscencia morisca—indiscretamente se asoma el sibaritismo oriental, por mas que trate de ocultarse entre cortinajes, importados de los ricos telares del viejo mundo.

Siguiendo la línea de construcciones, dejamos á la proa, Malacañang, residencia de nuestra primera Autoridad, y bien modesta por cierto, para la jerarquía del alto Jefe que la habita. Á continuación de Malacañang—palabra tagala que quiere decir casa del pescador,—quedó el barrio de Nagtajan, desde el cual las orillas del río principian á tomar otro carácter. La piedra, el hierro y el ladrillo, son sustituidos por la caña, la nipa, y la palma brava, los cuidados jardines, por las revueltas y compactas agrupaciones de plátanos, bongas y cañas; mezclándose las mansiones de recreo, con centros manufactureros, en los que predominan las alfarerías, las canteras y las cordelerías. En alguna de estas últimas, la alta chimenea indicaba, que bajo su negro tubo se aprisionaban las múltiples fuerzas del vapor.

Distraídos en la contemplación de la ribera que teníamos á babor, dejamos el poético pueblecito de Pandacan, doblamos el recodo de las Beatas—así llamado, por haber existido en aquel lugar, un piadoso establecimiento de monjas,—y no sin trabajos, en los que hubo que emplear el tiguin para evitar los cientos de salientes que forman las revueltas del Pasig, nos pusimos á la altura de la sólida iglesia del pueblo de Santa Ana, teniendo también dentro de nuestro horizonte visible, el remate del torreón de la de Paco.

Tras la bullente estela de El Batea, fueron quedando, el rústico embarcadero de Lamayan, la sólida iglesia de Mandaloyo—por cuya cima se destacaban los picachos de los montes de Mariquina—los pueblos de San Pedro Macati y Guadalupe, el vadeo de San Pedrillo,—que pone en comunicación el barrio de ese nombre con aquel pueblo,—y las ruinas de San Nicolás, con su histórica peña, en que dice la tradición se convirtió un caimán, á la invocación que hizo un chino en aquel sitio, á dicho Santo, estando próximo á ser devorado por el carnicero saurio.

El santuario de Guadalupe fué el primer templo de Filipinas en que se empleó el ladrillo y piedra para bóveda. Fué construido por un fraile agustino, pariente del inmortal Herrera, á quien se debe el Monasterio del Escorial. El que dirigió el alegre santuario, dió más tarde ancho campo á la valentía de sus concepciones, en las magníficas obras de San Agustín de Manila, cuyo templo forma una hoja de laurel con el ilustre apellido de Herrera.

El pueblo de San Pedro Macati, perteneció á los padres jesuítas; á la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por el marquesado de Villamediana.

Pasado el sitio donde se dice se operó el milagro, y al que van en romería, y con toda la devoción de que son susceptibles los chinos, se principian á ver en ambas orillas del río grandes depósitos de piedras toscamente labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe, las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto de fácil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en grandes bancas, que son vaciadas al pié del puente colgante, ó á las márgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.

Las precauciones tomadas por el capitán, colocando á toda la gente de á bordo con tiquines, á la banda de estribor, nos hicieron comprender las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de Malapadnabató,—palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.—Los bellísimos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la peña el camino qué dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el naturalista tiene en aquellas graníticas paredes preciosos ejemplares de gigantescos musgos. Casi frente á la peña de Malapadnabató se halla el vadeo de aquel nombre, en el que, una rústica garita, y uno menos rústico camarín, señalan un puesto de carabineros, llamados á vigilar las importaciones que lleva á Manila el Pasig. En las cercanías de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la entrada de la cueva de Doña Jerónima,, de cuya cueva—que dicen se comunica con la de San Mateo,—cuentan los indios terroríficas historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se afirma que el nombre que lleva es debido á que en su cavidad hizo vida cenobítica una pecadora arrepentida llamada Doña Jerónima; habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fué hecha para baño de una sibarita y opulenta señora.

Á un tiro de bala de la cueva se levanta la iglesia del rico pueblo de Pasig. Aquí, el horizonte se ensancha y se aprecian distintamente las desigualdades de los escabrosos y agrestes montes de San Mateo.

Las orillas de esta parte del río están llenas de cascos y bancas. Los indios de Pasig son tenidos por los mejores bogadores de la provincia de Manila. Son, en efecto, muy fuertes, y manejan con destreza y vigor la ancha y corta pala que les sirve de remo, al par que de timón.

Hubiéramos querido visitar de noche el pueblo de Pasig para ver el uniforme que usan los serenos, de que nos habla Mr. Jagor, en sus Viajes por Filipinas.

No bien concluímos de oir el desagradable graznido de los miles de patos que rodean las cercanías del vadeo de Pasig, cuando el panorama varía por completo. Dilatados campos sembrados de palay, se muestran por doquier. Las riberas se despojan de las verdes y poéticas bóvedas, viéndose al carabao arador que pesadamente abre el surco en que ha de fructificar el arroz. En este dilatado trayecto va ensanchándose el cauce, contándose en él gran número de sarambaos, en cuya plataforma no solamente se alzan los cruzados brazos de caña que sostienen la red, sino que también un cobacho de nipa, en el que vive toda una familia, cuyos individuos, durante las horas de trabajo, tienen su puesto y su lugar de maniobra en aquel rústico aparato flotante, cuyo mecanismo se reduce á una red tejida de cabo negro pendiente en sus cuatro extremos de unas cañas, que á su vez las sujeta un mástil, dispuesto de forma, que un contrapeso graduado sumerge y hace subir la bolsa que forma la red.

Tras consagrar un piadoso recuerdo á la milagrosa imagen de Antipolo, á la vista del río, cuyo cauce siguen la mayor parte de los miles de romeros que visitan el santuario, y después de una corta marcha, franca y desembarazada, entramos en la barra de Napindan, que abre la gran Laguna de Bay.

Las riberas del Pasig han sido objeto de rimas y trovas, y sus aguas cantadas por melancólicos amantes y por músicos más ó menos inspirados. El día de San Juan y los tres de carnestolendas constituían cuatro fiestas fluviales, en las que los remojones, las regatas y las enfrentadas en banca, figuraban en primer término. La libertad que reinaba en estas diversiones, la convierte en libertinaje M. Le-Gentil en las descripciones que de ellas hace en sus Viajes. Dicho francés, que dignamente precedió en exactitud en la manera de narrar costumbres á otros compatriotas suyos, vino á estas islas el año 1767, por orden de su rey á estudiar el paso de Venus por el disco del sol; y si observó el cielo, de la forma que lo hizo del suelo, no hay duda que el monarca francés quedaría completamente enterado de el paseito de Venus. Como M. Le-Gentil vino á observar los astros, nada tiene de extraño que al escribir costumbres filipinas en Francia, se acordara de el tan sabido cantar «de el mentir de las estrellas».

En honor á la verdad, no nos debe tampoco extrañar esto en extranjeros, cuanto que ahora bien recientito02 Téngase en cuenta que este libro se escribió el año 1878, imprimiéndose su primera edición ese mismo año en Manila.—(N. del A.) se ha publicado en Madrid un libro titulado Recuerdos de Filipinas, y una Memoria en Barcelona, sobre colonización de estas islas, que dan gozo leer. Si los recuerdos del autor del primero tienen el valor que los de su libro, no me extrañaría se le olvidara hasta el saber escribir, lo que es difícil, pues literariamente hablando el libro es bueno. En cuanto al autor de la Memoria, solo diremos que muy formalmente afirma en el prólogo llevar estudiando diez años de colonización filipina, y en efecto ... , á las cuatro páginas dice, que los principales productos de exportación de este país, los constituyen entre otras cosas—en que por cierto no cita el abacá—los mongoz (?), las naranjas y los cortes de pantalón ... ¡Bien! ¡muy retebién, por los cortes de pantalón, los mongoz y los diez años de colonización!

Á las once de la mañana, navegando en plena laguna, se sirvió el almuerzo, sentándose á la mesa el capitán, antiguo lobo marino de la carrera del Cabo, que le ahogaba el calor de la caldera, la estrechez del barco, lo limitado del horizonte, y más que todo, el agua dulce, que en tres palmos de fondo batían las palas de las ruedas. Se comprende el mal humor que habitualmente dominaba al capitán del Batea, acostumbrado á recorrer la grandiosidad de los inmensos desiertos del Océano.

La vida del agua dulce, la monotonía de una ribera siempre la misma, la precisión de las llegadas, las inofensivas y uniformes varadas, la etiqueta de la cámara, el tiquin, la falta de olas, de horizonte, de grandiosidad, de espacio y de luz, traían al bueno del capitán de un humor que había ratos en ni él mismo se podía sufrir. El hombre de mar metido entre las cuatro tablas de un vaporcito ribereño, es como el milano de las regiones australes, que se le encerrara en un jaulón de gallinas.

—¡Capitán! ¿cómo se llama ese aparato de pesca?—le dije señalándole una balsa que se veía en la orilla.

—No sé—me contestó con marcada aspereza.—No conozco—añadió—más aparatos de pesca, que los arpones balleneros y los dobles aparejos para izar las tintoreras de los trópicos.

—Pescas que deben ser muy peligrosas, capitán.

—¡Capitán! ¡capitán!—repitió con acentuado desprecio.—¿Capitán de qué? ¿de este cajón con ruedas? ¡Mil rayos y bombas! ¡Capitán de río, sin rol, sextante, ni brújula, con cuatro rajas de leña en la bodega, una derrota de diez horas, un buque en miniatura y un tiquín por timón! ¡Vaya un capitán!

El sarcasmo y la rudeza de las palabras del antiguo marino, involuntariamente me hicieron recordar al célebre personaje de la Agonía, drama en que Larra dice por boca de un viejo contramaestre de los que acompañaron á Colón, «que las tormentas en tierra, son truenos que apenas se oyen y gotas de agua que ensucian». El capitán del Batea era un retrato del viejo lobo de la Niña.

Ya que hemos principiado á bosquejar tipos, vamos á trazar cuatro brochazos—por más que sea á la ligera—en los bocetos de los personajes que ocupaban la mesa. A la derecha del capitán, que sudaba, no tinta, sino brea, embutido en un corbatín y una americana negra, se encontraba sentada una empleada que respondía al nombre de Bertita: ojos melados, negros, grandes, y velados de largas pestañas; pelo fino, lustroso, abundante, negro como sus ojos; nariz pequeña y un tanto arremangada, símbolo de burla; labios finos; dientes, aunque de mortales huesos, y no de perlas, compactos, blancos é iguales; tez morena; seno alto y exuberante; manos redondas y pequeñas, y sonrisa marcadamente picaresca, constituían el distinguido conjunto de Bertita, que vestía ligera y limpia bata de viaje, recogido sombrero de terciopelo con pluma, cuello y puños á la marinera, cinturón de piel de Rusia, y diminutas botitas color café.—¿Les gusta á ustedes el tipo?—Sí.—Pues á mí también. El capitán, de cuando en cuando, la miraba de reojo, y hasta creo que el buen hombre se olvidaba de todos los horizontes de los trópicos, por el pequeño cielo que constituía la risueña cara de Bertita, en la que no había mas nubes que un picaresco lunar puesto en el labio superior con más malicia que queso en ratonera. A la mitad del almuerzo, ya nos había contado quién era, adonde iba, porqué había venido, quién era su padre, su abuelo y hasta un primito á cuyo solo nombre, largó un bufido muy pronunciado un respetable y obeso señor que estaba sentado á su lado, y que á grandes rodeos—pues en esto, era lo único en que enmudecía Bertita—supimos era su esposo. Este, como le llamaba aquella, tenía una cara de todo un buen hombre; el género paciente y la clase resignada, se definían perfectamente en aquel armazón de carne, en la que brillaban dos ojillos azules, unas narices abultadas y granugientas, y una calva cercada de algunos mechones blancos, compañeros de un enmarañado y desigual bigote. Toda la locuacidad de Bertita, era mutismo en el señor D. Paco, quien se limitaba á aprobar con monosílabos los largos períodos que salían de la fresca y sonrosada boca de su esposa.

Ocupaba la izquierda del capitán, uno de esos misteriosos seres que de cuando en cuando aparecen por las provincias del Archipiélago, llamándose unas veces alhajeros y otras naturalistas, por más que en la generalidad de los casos, sean verdaderos caballeros de industria, que á la sombra de cuatro maletas llenas de abalorios y hoja de lata, engañan la credulidad de los indios; sirviéndoles otras veces de pretexto, media docena de plantas parásitas, que ni entienden, estudian ni clasifican. Al lado de estos últimos, los hay—y yo me honro con la amistad de algunos—que recorren los bosques de este país con el afán de enriquecer la ciencia, sufriendo toda clase de privaciones, ante la satisfacción de aumentar sus herbarios. El tipo que nos ocupa, no puedo definir á qué clase pertenece. Habla poco y su acentuación señala al gascón, por más que dice es alemán; come bien, y sobre todo bebe mejor. Completaban los comensales, una pálida, mestiza china, más difícil de bosquejar que el anterior.

Al lado de la mestiza, observaba y comía el autor de estas líneas.

—¡Jesús, que café, capitán!—dijo Bertita, haciendo un gracioso mohín de desagrado al saborear el negro líquido que humeaba en la taza:—nunca podré acostumbrarme á estos brebajes recordando el Moka que se tomaba en casa del Ministro, el primo de este. Pues no digo á ustedes nada, del que se servía en la embajada de Rusia, ni el que se daba en las soirées de la Baronesa: ¡Jesús, Jesús, qué país! Veinte días hace que desembarcamos, y lo que es así pronto me vuelvo á mi Cádiz.

Ya pareció aquello, dije para mis adentros, andalucita tenemos.

—Pues no crea V. que esto es tan malo—la dije—cuando V. se instale, y lleve algún tiempo de país, le parecerá muy bueno.

Él silbido del vapor cortó nuestra conversación, al par que nos anunciaba la llegada á Biñan. El bretón se quedó en aquel pueblo.

Nuevamente en marcha, cada cual procuró colocarse lo mejor que pudo, tanto en la cámara como sobre cubierta.

El vapor navegaba por la extensa laguna de Bay, madre del Pasig. Las aguas de aquella en los fuertes Sures y Nordestes, toman gran movilidad, haciéndose un tanto peligrosa la navegación en pequeñas embarcaciones. Varios naufragios registra la crónica de la laguna de Bay, y según algunos pesimistas, aquella es una constante amenaza para Manila. No conozco el desnivel que existe entre la laguna y Manila, si bien debe ser mucho, dada la situación que aquella ocupa y lo rápido de la corriente del Pasig.

La laguna de Bay—que no sabemos qué razón hay para no darle el nombre de lago, pues aun de estos habrá pocos en el mundo que midan las grandiosas proporciones de aquella—tiene un circuito que se hace subir por unos á 35 leguas y por otros á 30. Esta laguna tiene islas, penínsulas, cabos y ensenadas, y en sus orillas, se asientan ricos y bellísimos pueblos, contándose entre ellos, el de Santa Cruz, cabecera de la provincia. La península que forman los ricos terrenos de Jalajala, y los poéticos sitios que rodean á Los Baños—pueblecito así llamado por tener unas termas de reconocidas propiedades medicinales,—son lugares que encontramos en los itinerarios de la mayor parte de los turistas. Las playas de aquel pequeño mar—pues no otro nombre debe dársele—están salpicadas de bonitos pueblos, los cuales de día en día, ven con creciente temor que las aguas van invadiendo sus territorios, fenómeno fácil de explicar, si se tiene en cuenta la cantidad de agua y arenas que arrastran las treinta y tres vías que alimentan la laguna, con la desproporción de su desagüe, que se opera por una sola, que es la del Pasig. La aglomeración de arenas, va haciendo difícil la navegación por muchos sitios, y si en un plazo corto no se establecen servicios de dragas, la barra de Napindan opondrá un poderoso obstáculo á los más reducidos calados al par que las aguas irán absorbiendo territorio. La cordillera del Bay-bay limita uno de los horizontes de la laguna, la que podría unirse con el mar Pacífico, de abrirse un canal en aquella cordillera, única barrera que se interpone entre ambas aguas.

Á las cuatro de la tarde, después de no pocas varadas, atracamos al pantalán de Santa. Cruz.

Hechos los ofrecimientos y despedidas de ordenanza, vino un fuerte abrazo, dado por mi querido amigo D. Manuel Junquitu, quien me esperaba en el desembarcadero.

El resto de la tarde lo pasamos en visitar el pueblo, el cual me pareció sucio y triste. Está dividido por un río, sobre el cual se levanta un magnífico puente, construido en estos últimos años. La cárcel, hecha en pequeño bajo el modelo de la de Bilibid, de Manila; la iglesia, convento, y Casa Real,03 Este edificio lo destruyó un tifón levantando sobre sus escombros un verdadero palacio, como quizá no haya otro en Filipinas, el inteligente Alcalde mayor D. Francisco Iriarte.—(N. del A.) son los únicos edificios notables que tiene Santa Cruz.

Por la noche después de la cena, nos obsequió el bondadoso Alcalde D. Antonio del Rosario con una serenata que oímos desde los balcones de la Casa Real.

Á las once, habiendo dejado todo dispuesto para seguir mi viaje, me acosté.

Muy de madrugada fuí despertado, tomando después del indispensable chocolate, los duros asientos de una carromata tirada por dos pencos. Palo aquí y atasques allá, llegamos al cabo de hora y media á Magdalena, en donde mudamos de caballos, continuando hasta Majayjay, pueblo muy nombrado y conocido por tener en su jurisdicción la célebre cascada del Botocan.

De Magdalena á Majayjay puede hacerse el camino en tiempo de secas en carruaje, empleando dos horas, siendo expuesta esta forma de locomoción cuando reinan las aguas, en cuya época, lo accidentado del terreno y los aguaceros torrenciales que manda el Banajao, ponen el camino intransitable. En dicho camino es notable un puente que se eleva sobre el río Olla, dedicado á Nuestra Señora de la Sacristía, según leímos en la piedra.

En Majayjay, fuí á parar á la casa del suizo D. Gustavo Tóbler, excelente naturalista, radicado y casado en el país. Jamás olvidaré las horas que pasé al lado de aquella inteligencia verdaderamente cosmopolita, y de aquella actividad incansable. Interpretaba al piano con envidiable maestría las más delicadas melodías de Beethoven, y fotografiaba con su cáustico lápiz, ó su correcta pluma, las costumbres filipinas. El tiempo que le dejaba libre el cuidado de un magnífico cafetal, lo repartía entre el amor de su esposa, el cariño de sus hijos, el estudio, y el preparado y conservación de sus colecciones.

Amante, hasta el delirio, de su país, vivía feliz entre las agrestes fragosidades que rodean á Majayjay, las cuales le recordaban las pintorescas montañas de Suiza. Efecto de su laboriosidad contrajo una afección al hígado, que le condujo al sepulcro siendo aún joven. Murió en Hong-kong, dejando algunos trabajos inéditos, que el autor de estas líneas le vió escribir en una temporada que vivieron juntos.

La tarde que llegué á Majayjay y en la que por primera vez hablé al Sr. Tóbler, se concertó que á la madrugada siguiente visitaríamos la cascada. El resto de tarde y noche hasta que nos acostamos, la ocupamos en recorrer y examinar el pequeño museo que constituía la casa del Sr. Tóbler, quien con su acostumbrada amabilidad explicaba objeto por objeto. Pájaros, mariposas, reptiles, herbarios y parásitas, había por doquier. Al lado de Linneo y Cuvier, se veía á Goethe y Cervántes, confundidos con espátulas y bisturís, lápices y pinceles, mezclándose en este conjunto los tarros de jabones arsenicales, con los tubos de colores. Lo artificial, juntamente con lo natural, las obras del hombre, con las obras de Dios.

En la época á que me refiero, concluía el Sr. Tóbler un precioso álbum de costumbres filipinas, que más tarde mandó litografiar á Alemania, formando un curiosísimo tomo, del cual conservo un ejemplar que me regaló.

Ya era bien entrada la noche, cuando dejamos la conversación, yendo en busca del lecho, en el que no tardé en quedarme dormido al arrullo de un riachuelo que corre cerca de la casa.

CAPÍTULO II.

Horizontes intertropicales.—Suelo y cielo de Filipinas.—Panoramas indescriptibles.—La cascada del Botocan.—La grandiosidad ante los ojos del alma.—Evocaciones y recuerdos.—Un ateo.—El camarín del Botocan.—Almuerzo al borde del abismo.—Chismografía al por menor.—Cuentos y anécdotas.—Las mujeres filipinas.—Tipos y registros.—Opiniones.—Amor desgraciado.—Leyenda y autógrafo.—Camino de Tayabas.—Llegada á Lucban.

Hay panoramas en este país imposibles de describir ni pintar. La más fácil pluma y el más valiente pincel vacilan en la cuartilla y en la paleta; ni en la primera se pueden coordinar ideas, ni en la segunda combinar colores que remotamente se aproximen á la realidad. Me decía un pintor en una ocasión que presenciábamos la puesta del sol:—Vea usted ese horizonte desconocido completamente fuera de las regiones intertropicales, y dígame si habrá quien pueda soñar esa clase de tintas.—Aquel artista tenía muchísima razón. El pincel es impotente ante la insondable bóveda de los trópicos.

Si imposible es pintar el cielo de este país, tanto lo es el describir algunos panoramas de su suelo. Muchas y magistrales descripciones de la cascada del Botocan conozco; respetables firmas suscriben aquellas; eminencias en la república de las letras la han admirado; buenos poetas le han consagrado sus inspiraciones, y hasta extraviados amantes la han popularizado haciendo á sus hirvientes espumas, cómplices de amargos desengaños; mas soy franco, ni la tradicional leyenda, ni el fugaz artículo, ni el profundo libro, ni el cuadro, ni la narración, ni nada de lo que hasta entonces había leído, visto ú oído referente á la cascada, se evocó á mi memoria cuando llegamos al borde del grandioso precipicio. La emoción y la sorpresa son instantáneas, pues la situación y configuración del terreno donde la masa de agua se precipita, tiene una depresión particular que no permite al viajero apreciar detalle alguno, sino todo el conjunto. Una sola visual descorre el grandioso cuadro, y el estupor invade la materia, concentrando la admiración en el espíritu.

El vértigo, la grandiosidad, lo insondable, lo indefinido; masas de agua que se coloran, que chocan, que ensordecen; abismo que atrae y que fascina; transparentes trombas que se cristalizan, se retuercen, y por último se esparcen en gigantescas cabelleras, cuyos hilos de plata al rozar en la roca se descomponen y se elevan en tenues vapores; millones de preciosos cambiantes con los que se ilumina la granítica cárcel, en la que el Sumo Hacedor guarda una de sus más bellas creaciones; sombras queridas que forja la fantasía envueltas en transparentes encajes de espuma; tiernas evocaciones de otras edades y otros tiempos; gratas reminiscencias de seres amados; consoladoras fantasmas surgidas de las compactas brumas; misteriosos ruidos que suplican, amenazan, suspiran ó maldicen, es lo que instantáneamente se agolpa y embarga nuestros sentidos al llegar al borde de aquel abismo, en cuyo negro fondo truena la grandeza del Dios del Sinaí, recordando á los mortales el terrible Dios ira de los inmutables y eternos fallos.

Todo lo grande despierta en el alma cuantos sublimes ensueños se elaboran en los misterios de la admiración. El espectador se encarna con el cuadro que presencia, se paralizan sus sentidos y el éxtasis alienta las más tiernas creaciones. Un poeta ante la cascada del Botocan, resucita todos los colosos del sentimiento, y al murmurio de las ondas, recuerda sus inmortales producciones.

El artista aprecia con los ojos del alma las más sublimes imágenes y sueña con la realización de su ideal, viendo surgir de las tornasoladas espumas los rayos de luz que iluminaron la mente de Murillo y Rafael; las columnas monolíticas, imperecederas memorias de edades prehistóricas; las atrevidas afiligranadas ojivas moriscas, síntesis de la mas grande de las epopeyas; las medrosas siluetas de las esfinges faraónicas con sus impenetrables jeroglíficos; los derruídos circos romanos, compendio de la salvaje barbarie, al par que del sibaritismo de los antiguos imperios; los truncados altares druídicos con los tiernos recuerdos de sus vestales, y lo horrible de sus sacrificios; los almenados cubos de las feudales torres, con sus severas damas, sus tiernos trovadores, sus rientes bufones, sus turbulentos caballeros; la estalactítica gruta, débil remedo del sumo poder; el triunfo, el genio, la gloria, las aspiraciones, la esperanza, el amor, las titánicas empresas; todo, todo cuanto embellece la vida desfila ante el letárgico estupor á que predispone la contemplación de todo lo grande..

* * * * *

El plano por el que se precipitan las aguas del Botocan, no tiene rampa, siendo perfectamente perpendicular.

Las paredes que forman el abismo, tienen casi la misma altura, y en cuanto á su circunferencia es muy limitada, tanto, que cuando las aguas son caudalosas, rompen en el muro paralelo al en que se precipitan, cubriéndose de vapores, tanto el total del fondo como la boca de la sima.

Hecha esta pequeña explicación, se comprende que no hay preparación alguna para el espectáculo; á cinco pasos del borde solo se ve un bello paisaje y un raquítico río, con un puente de bongas y cañas; percibiendo el oído el ruido repercutido, que llega muy amortiguado al romper las ondas en las encadenadas rocas.

Muchas veces he admirado la cascada, y siempre su espectáculo me parece nuevo. Al borde de aquel precipicio, he pasado muchas horas de contemplación. Allí, por un poder misterioso y consolador, me creía más cerca de Dios, y de los seres que sintetizan y compendian mi fe, mis esperanzas y mis amores. No pocas veces el ruido atronador de las aguas se ha mezclado con una oración murmurada por mis labios y un profundo suspiro arrancado de mi alma, dirigiendo la primera al cielo, y el segundo al tranquilo y lejano hogar que guarda mi cuna. Una de las veces que visité el Botocan, fuí acompañado de un amigo que tiene sus ribetes de ateo. Observé cuidadosamente las impresiones que reflejaba su cara á la vista de aquel cuadro, cuando de pronto se volvió á mí, diciéndome con una verdadera emoción:—«Hay misteriosos templos, fabricados en la insondable noche de los tiempos, ante los cuales la rodilla se dobla, el espíritu se fortalece y el alma busca tras lo desconocido á quien los crea y alienta.»—La espontánea confesión de mi amigo, resume la mejor definición de la cascada del Botocan.

Como todo tiene su término, también lo tuvo en la mañana á que me refiero la admiración de que estábamos poseídos, esparciéndose unos por aquí, y otros por allá, buscando los más la sombra de un rústico camarín levantado en uno de los bordes más altos de la roca. Allí se sirvió el almuerzo, encontrándonos envueltos en los frescos efluvios, pudiendo jurar á mis lectores, que pocos recuerdo como aquel. El Burdeos y el Champagne concluyeron de disipar las últimas nubes de emoción, sustituyéndolas por risueños horizontes de color de rosa.

Á los postres acudieron las anécdotas, los sucedidos, los apropósitos, la chismografía de buen género y todo el vocabulario de gente joven y de buen humor. Con las superfluidades y dicharachos del momento vino el picaresco cuento con sus indispensables gallegos y andaluces, y tras la facundia de estos y el engaño de aquellos, se recordaron escenas amorosas. De relato en relato, de idilio en idilio y de desengaño en desengaño, vinimos á parar á las mujeres del país, y cada cual opinó á su manera. Unos decían que la india ama, que la mestiza española es indiferente y la china fría y calculadora; otros, que las mujeres en todas partes son lo mismo, y por último, después de barajarse la conversación por todos los tonos, tipos y registros, dijo uno en son profético y concluyente:

—Nada, caballeros, hay que desengañarse, en este país, ni las mujeres aman, ni los pájaros cantan, ni las flores huelen.

—¡Eh!—murmuró uno con la misma viveza que si le hubiera picado una culebra.—¡Qué blasfemia ha dicho usted! En esa especie de aforismo, solo se compendia una de las muchas vulgaridades que se repiten en este país, por quien no lo conoce.

—Que pruebe que las mujeres aman—dijo uno.—Que nos demuestre que los pájaros cantan—gritó otro.

—Pues que justifique que las flores huelen—balbuceó un tercero.

—Que sí, que sí, que lo pruebe, que lo pruebe, que lo pruebe,—gritamos todos.

—Corriente, señores, dijo con gran calma el interpelado.—Allá va, no una leyenda, sino un verídico suceso: testigo de él nuestro amigo Tóbler.

Hace unos cuantos años, bajamos el Sr. Tóbler y yo al fondo de ese abismo; y ¿saben ustedes á qué? Pues á recoger los últimos restos de una pobre mujer que buscó en el suicidio el olvido á un amor desgraciado.

—No sería del país,—replicó uno.

—Del país, y muy del país; tanto que no cuento detalles, porque no lejos de aquí viven parientes muy allegados de aquella desgraciada joven.

—¡Vaya unas pruebas!—añadió un tercero.

—¿No ha satisfecho? ¿No? pues escuchen.

Tras estas palabras, tomó plaza, en boca de mi amigo, una poética leyenda que hacía referencia á los sitios que pisábamos, á la cascada, á un grandioso puente sin concluir que se encuentra no lejos de aquel lugar, y sobre todo á demostrar que en Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan y las flores huelen.

—La leyenda que concluyo de contar,—dijo mi buen amigo, una vez que terminó aquella,—no crean ustedes es de mi invención y prueba de ello que conservo el autógrafo de su autor, el cual me lo dejó como prenda de amistad.—Oídos que tal oyen,—dije en mi interior.—Puesto que existe autógrafo, y el tenedor de él es amigo, renuncio á repetir la leyenda, reservándome pedir el original y transcribirlo punto por punto.

El sol marchaba á su ocaso, y aprovechando los compactos nubarrones que nos preservaban de sus rayos, montamos á caballo, dirigiéndonos á Lucban, primer pueblo de la provincia de Tayabas.

Á las seis de la tarde entramos en aquel pueblo por la calle de Majayjay, nombre que leímos en un tarjetón de madera clavado en la primera casa. Á los pocos minutos parábamos ante la maciza y claveteada puerta del convento.

CAPÍTULO III.

Lucban.—Su origen.—Situación.—Mr. Jagor y Sir John Bowring en camino.—Alturas inexploradas.—Arroyos y torrentes.—Amazonas tagalas.—Datos estadísticos.—Fechas imperecederas.—La iglesia, el convento y el tribunal.—Dos cuadros.—Un cocinero municipal y una mestiza tendera.—Aguas constantes.—Higrómetros y termómetros.—Frío.—Las frondas del gran Banajao.—Artes y oficios.—La niña, la hermana y la madre.—Tejedoras.—Petacas y sombreros.—Música fuerte y música débil.—Fray Samuel Mena.—El pretil del convento.—La campana de las ánimas.—Cofradías.—La guardia de honor de María.—El Calvario.—El novenario de las flores.—Las dalagas de Lucban.—La tagabayan, la tagalabi y la tagalinang.—El feudo y el terruño.—La sangre celeste y la plebe.—La capitana Babae.—La melodía del Fausto.—Cumplimiento de una oferta.—El autógrafo.

Lucban—como ya dejo dicho—es el primer pueblo de la provincia de Tayabas, viniendo de la Laguna. Se encuentra en una bellísima situación, á la falda del Banajao, coloso que domina un extenso horizonte. Lucban es un pueblo de gran antigüedad, y su nombre, que en tagalo significa naranja, se debe, sin duda, á que en su jurisdicción se criaron gran número de dichos frutales. Confina con Tayabas, Majayjay y Mauban, de los cuales el pueblo de Mauban es el más lejano, que dista unas cinco horas de camino, sumamente montuoso y accidentado.

Los alrededores de Lucban presentan panoramas de los más bellos y agrestes que puede soñar la fantasía. El camino que dirige á Majayjay es indescriptible, y esto no somos nosotros solo quien lo decimos, sino que así lo asegura Mr. Jagor en sus Viajes por Filipinas, en los que, hablando del trayecto de Majayjay á Lucban, dice: «El camino va siguiendo hondos barrancos de bloques basálticos por la falda del Banajao. La vegetación ofrece una magnificencia indescriptible. A las tres horas de marcha se llega á Lucban, rico pueblo situado al NE. de Majayjay. La agricultura, á causa de lo accidentado del terreno, no es de gran consideración, pero hay bastante industria. Los habitantes tejen sombreros y petacas con tiras de hojas de una palma llamada burí. El agua corre en abundancia por los lados de la calle, abiertos como canales; todas están empedradas con una especie de macadán.»

Sir John Bowring, al ocuparse del mismo camino y de Lucban, dice: «El Alcalde de Tayabas vino á Majayjay para invitarnos á que pasáramos á su provincia, en donde, según nos dijo, el pueblo nos esperaba con afán, y se habían hecho varios preparativos para nuestra recepción, y quedaría muy descontento si no visitábamos Lucban. No perdimos la amable invitación, y nos metimos en los palanquines que para ello prepararon, y en verdad fuimos bien recompensados. Los caminos son torrentes muy á menudo impracticables, por las muchas rocas que arrastran las aguas; algunas veces nos vimos obligados á dejar el camino para coger otro paso peor. En algunos lugares, el barro era tan profundo, que nuestros sostenedores se metían hasta las rodillas, y solo la larga práctica y la asistencia de sus compañeros pudieron sacarles del mal paso. Pero toda dificultad se vencía con aclamaciones, con espíritu alegre y festivo, risa estrepitosa, y por una espontánea y fraternal cooperación. A nuestro alrededor todo era soledad, silencio interrumpido solo por el zumbido de la abeja y el canto de los pájaros; profundos barrancos cubiertos de árboles que nunca hacha alguna ha tocado; alturas todavía de más difícil exploración, coronadas de árboles; arroyos y torrentes que forman precipicios y caídas de agua, dirigiéndose hacia el gran receptáculo del Océano.

«Por fin llegamos á una planicie, en la cima de una montaña, en donde dos grandes literas adornadas aguardaban, y fuimos saludados por una multitud de lindas jóvenes, montadas en caballitos que manejaban con admirable agilidad. Se hallaban vestidas con los más pintorescos trajes. El Alcalde las llamaba sus amazonas, y una hermosa intérprete nos informó, en buen castellano, que habían venido á escoltarnos hasta Lucban, que se hallaba próximamente á una legua de distancia. La presencia de ellas era tan inesperada, como agradable y sorprendente. Noté que las tagalas montaban indistintamente, á uno ú otro lado del caballo. Eran excelentes jinetes, y galopaban y caracoleaban á uno y otro lado, chasqueando sus bonitos látigos. Una banda de música nos precedía, y las casas indias que pasábamos presentaban sus acostumbradas demostraciones de bienvenida. Los caminos tenían mayor número de adornos y arcos de bambúes en ambos lados. Los morteros haciendo fuego anunciaban nuestra llegada. Las amazonas usaban unos sombreros adornados con cintas y flores; todas llevaban pañuelos de piña en sus hombros, é iban vestidas con telas de fuertes colores, fabricadas en el país que aumentaban el efecto del cuadro. Tan pronto estaban delante como detrás, siendo perfectamente naturales todos los movimientos. El convento, como siempre, fué nuestro destino.»

Hemos hecho mención de los anteriores párrafos por dos razones: la primera, porque hay gran exactitud en ellos, y la segunda, porque es de lo poquito que hay escrito respecto de la provincia de Tayabas.

Tiene Lucban04 De ahora para adelante, hacemos presente que todos los datos estadísticos consignados en esta obra se refieren al año 1875. 12.247 almas, de las que tributan 6.456, correspondiendo á 66 cabecerías. Dista de Tayabas, la cabecera, algo más de 12 kilómetros, siendo paso de la línea telegráfica que hoy concluye en Tayabas, pero que seguirá en breve hasta Albay.

De los datos que he podido adquirir resulta, que durante el año 1875 hubo 419 bautizos, 102 casamientos y 471 defunciones; fueron sorteados para el servicio de las armas 667 mozos, de los cuales se sacaron 12 soldados. Se vacunaron 386 niños y asistieron á las escuelas durante el año 2.002 de ambos sexos. Su jurisdicción comprende 152 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos ó matandáng sa-nayos. La fuerza de cuadrilleros la forman 74 hombres, y por último, como dato estadístico consignaremos que en el juzgado se sustanciaron 18 causas de otros tantos delitos cometidos dentro de la demarcación de dicho pueblo. Tiene destacamento de guardia civil, á cargo de un oficial de ejército; fuerza de carabineros y Administración de Hacienda. El ministerio parroquial está á cargo de la orden de San Francisco.

Lucban ha pasado en estos últimos años por un sin número de vicisitudes. La noche del 18 de Agosto de 1860 y la madrugada del 25 de Octubre de 1873, son dos fechas imperecederas que recordará Lucban mientras exista. En la primera fué reducido casi por completo á cenizas y en la segunda el vórtice de un tifón derrumbó la mayoría de sus edificios. Entre los que quedaron en pié—si bien con grandes deterioros—son dignos de citarse la iglesia, el convento y el tribunal. Aquel es de sólida fábrica, estando sus muros reforzados con grandes machones de piedra y ladrillo. La iglesia, lo mismo que el pueblo, está bajo la advocación de San Luís obispo, cuya fiesta se celebra con gran solemnidad el 19 de Agosto. El templo es muy espacioso; lo forma una extensa nave, un proporcionado crucero y un amplio y hermoso presbiterio. En dicho templo hay un cuadro muy digno de llamar la atención, no por su mérito artístico, que es completamente nulo, sino por la fuerza terrorífica de inventiva de su autor. El asunto está muy traído y manoseado en el arte pictórico indígena, y sin embargo de esto—y en ello está precisamente el mérito—el artista ha sabido dar alguna novedad al cuadro, que es, ni más ni menos, el infierno ¡pero qué infierno! Todos los dibujos, pinturas y grabados que hemos visto—que en verdad no son pocos—representando la muerte del pecador, asunto muy rebuscado por los indios, se quedan muy chiquitos al lado del que hemos convenido en llamar cuadro, más bien por el marco que tiene que por el fondo, fondo que lo constituye unas cuantas libras de almazarrón, delineando la más completa colección de pinchos, ruedas y garfios que hasta entonces habíamos visto. Sentimos no poder revelar el nombre del autor de aquella tienda de pimentón, pues no lo sabemos. Entre los méritos que tiene, es el ser anónimo.

En cambio del anterior, recomiendo á los aficionados á la pintura que pasen por Lucban, una Purísima que el Padre Mena tiene en el salón del convento, sacada de entre el polvo y las telarañas que ha muchos años ocultaban su mérito en la húmeda meseta de la escalera.

Según las crónicas de la orden de San Francisco, la iglesia y convento que hoy existen fueron concluidos el año 1738. El primer templo que se levantó en Lucban, según las expresadas crónicas, fué en el año 1595 por Fr. Miguel de Talavera.

Dicho templo fué arruinado en 1629, construyéndose otro más sólido, que á su vez fué presa de las llamas, consumiéndose hasta el punto que no pudo salvar el párroco más que el copón y una Purísima. ¿Sería esta imagen la misma que hoy se admira en el salón del convento? Pregunta es esta á que no han podido dar contestación las muchas horas que he dedicado á buscar la historia del cuadro.

El templo, como el convento, reclamaban en la fecha en que escribo estas líneas, una pronta reparación en el maderamen, tanto que ambos edificios estaban hechos una completa gotera.

Á más de las anteriores construcciones, es digno de citarse el tribunal, que puede competir con los mejores de su clase, y en el que el transeunte encuentra todo género de auxilios, que proporciona un mayordomo mediante los precios de tarifa que están expuestos al público. El viajero que llega á Lucban no debe preocuparse por nada teniendo dinero, pues en el tribunal halla buenas y limpias camas, magnífico servicio de mesa, elegante vajilla, fina cristalería y un cocinero municipal bastante aceptable, que cuenta no solo con los recursos de sus conocimientos culinarios, si que también con los abundantes y escogidos surtidos de Europa que guardan los escaparates de dos establecimientos. Uno de estos pertenece á una simpática é inteligente mestiza, cuya afabilidad lleva á su tienda gran número de consumidores.

La escuela es muy espaciosa, siendo de piedra su construcción. El resto de los edificios de Lucban no presentan nada de particular, viéndose algunas casas con teja y zinc, si bien la generalidad son de tabla con cubiertas de cabo negro. Por todas partes se conservan las huellas del terrible tifón del 25 de Octubre.

La proximidad á los altos picachos del Banajao y los vecinos bosques, hacen que raro sea el día que no llueva. En cuanto á su humedad, es tan constante, que estoy seguro pocos sitios habitados habrá en el mundo que acusen en los higrómetros una intensidad mayor; á pesar de esto, Lucban no es malsano, teniendo la precaución de resguardarse de el relente de la tarde, y sobre todo, dormir entre lana, con el vientre fajado, cosa que en nada atormenta, pues aun prescindiendo de la ciencia higiénica, las necesidades de la materia hacen que los que duermen en aquel pueblo busquen la manta, y no diré las mantas porque no se me tache de exagerado, por más que las he usado en los meses de Diciembre y Enero, en los que tenía mi cama con todo el servicio de las de Europa. Tuve ocasión de observar los termómetros, señalando 12° centígrados en algunas madrugadas. En Manila la temperatura fluctúa en todo el año, entre los 22° á 33°. Estas cifras señalan una grandísima desproporción, tanto más de notar, cuanto que de un punto á otro solo hay unas 22 leguas. Semejante desnivel de temperatura en tan corto espacio, solo se explica por la grandísima altura que tiene Lucban con relación á Manila y por las continuas lluvias que mantienen una latente humedad en la atmósfera, refrescada por los Nortes y purificada por las azoadas emanaciones que recogen aquellos al recorrer las elevadas y espesas frondas del Banajao. Sin embargo de tales condiciones climatológicas, altamente beneficiosas para el cultivo del campo, en dicho pueblo se dedican poco á la agricultura, verdad es, que su jurisdicción es escasa, y á más de escasa, difícil de ponerla en situación de beneficio por lo quebrado del terreno y los árboles y malezas que lo pueblan. No es agricultor, pero en cambio es artista como pueblo alguno de Filipinas. En esta ocasión, como en otras muchas de este libro, advierto á mis lectores escribo muy en serio, llevando por norma la pura verdad. Hago esta salvedad, por juzgarla muy oportuna antes de decir lo que conservo en mi memoria y en las notas de mi cartera. Lucban tiene 12.247 habitantes, que son otros tantos artistas. El oro, la plata, el acero y el hierro los manejan á la perfección. La fragua, el yunque, la lima y el cincel producen preciosas obras de joyería, útiles maquinarias, variados artefactos y primorosos objetos de colección y adorno. Incrustaciones en el hierro y el acero he visto, que francamente, hasta mis ojos dudaban que tales hombres, y sobre todo con las herramientas que empleaban, pudieran hacerlas. Los cuchillos cortos de hoja ancha, que el natural llama bolos, no tienen rival con los que se fabrican en Lucban.05 Lo que decíamos en 1878 y su exactitud, se puede comprobar en los magníficos ejemplares que el arte y la industria de Lucban presenta en la Exposición de Filipinas que se celebra al reimprimirse esta obra.—(N. del A.)

Con la varilla de un paraguas viejo, hacen un buril, y con este y un mal cortaplumas, tallan todo lo tallable, luciendo principalmente su habilidad en el cuerno del carabao cimarrón, haciendo objetos primorosos. Puños de armas, de bastones, de cuchillos; cajas, salacots, cucharas, tapas de libros, pequeñas estatuas, estuches, petacas y otros cientos de objetos, hacen del cuerno del carabao, que ha de ser cimarrón y no doméstico, porque la fibra del primero es más compacta que la del segundo; circunstancia fácil de explicar al tener en cuenta el constante uso que hace el carabao montaraz de sus cuernos y el poco que hace el doméstico.

A más de los anteriores trabajos, son dignas de citar, y muy en primer término, las obras femeniles. En Lucban, las niñas no juegan, pues todas trabajan: la niña limpia, estira y prepara las fibras del burí, el cabo-negro y el buntan, con las que la hermana arma, y la madre teje finísimos sombreros, petacas, salacots, guardavasos, petates, tampipis, y hasta unos pantalones, si le dan horma, tiempo y dinero, y digo esto, porque ya se ha hecho un chaleco, tejido con la fibra del burí.

Las petacas y sombreros de Lucban constituyen una industria bien conocida en Manila, y aun en España y en el extranjero. En los mismos momentos en que escribo estas líneas, tiene hecha la casa de Guichard y Compañía con un amigo mío, una gran contrata de sombreros para la exportación. A la Exposición de Filadelfia se mandaron varias clases de tejidos de fibras de diversas palmas, que de seguro llamarían la atención. La mujer que no teje, borda en oro, ó hace trabajos de abalorios, sedas, ó escamas de pescado. De estas últimas, adornadas de oro, regaló el pueblo de Lucban al general Alaminos en su visita del año de 1874, una preciosísima corona. Si queréis un retrato al pasar por Lucban, no tengáis cuidado, que lo tendréis; hay allí indios que, con solo veros una vez, os trasladarán al lienzo. Con una mala fotografía de D. Alfonso XII se ha hecho el retrato de cuerpo entero que ostenta el tribunal de Mauban.

En cuanto á la música, nada tengo que decir á mis lectores, pues en muchas provincias, incluso en Manila, conocen la de Lucban, la cual tendrá muy pocas en todo Filipinas que puedan rivalizar con ella, A más de la música fuerte, había,—pues hoy ya no existe—una orquesta del sexo débil, que concluyó por casarse la mayor parte de las artistas. En conclusión, para que todos sean artistas en Lucban diré á ustedes que mi querido amigo Fr. Samuel Mena, su cura párroco, es entre otras cosas buenas, un excelente músico, y vean mis lectores cómo rodando rodando, hemos vuelto adonde partimos. Llegamos al convento, y ahora tropezamos con el párroco, quien nos brindó con una franca y cordial hospitalidad, que aceptamos gustosos, alojándonos en una espaciosa habitación con vistas al Banajao.

El convento, enclavado en uno de los extremos del pueblo, presenta en su maciza y negruzca fábrica, un aspecto triste y sombrío. La piedra tapizada de musgo y cubierta con la viscosidad que forma el continuo azotar de las aguas, le dan un todo imponente y majestuoso, que hace recordar los viejos sillares de los antiguos castillos descritos en legendarios romances.

El que cruza de noche el amplio pretil que se extiende frente á la puerta del convento, insensiblemente acelera el paso. La masa negra que forma el frontispicio de la iglesia, destacándose bajo un cielo siempre cubierto de nubes; la opaca lamparilla que perezosamente chisporrotea en el hueco del muro, alumbrando, ó mejor dicho, queriendo alumbrar, la imagen de San Luís, patrón del pueblo, y más que todo el monótono y pertinaz llover, forman un cuadro altamente medroso. La campana que á las ocho nos recuerda á los que fueron, tiene un eco tristísimo, efecto sin duda de alguna rotura en el bronce.

Todo el silencio que rodea al templo durante las horas de las sombras, se convierte en alegre bullicio tan luego aquellas desaparecen. Pocos pueblos del mundo habrá que tengan tantas cofradías, hermandades y archicofradías religiosas, así que la iglesia es constantemente visitada por gran número de fieles de ambos sexos, que preparan y disponen las fiestas que unas á otras se suceden durante todo el año, siendo entre todas de notar, la que celebran las dalagas en el mes de Mayo. Las combinaciones de flores con que adornan el altar, la precisión de detalles, la potente facultad inventiva para sustituir y apropiar cuanto hace falta, es admirable. Del tronco del plátano construyen ingeniosas armaduras para gigantescos candelabros, que primorosamente revisten de follaje, haciendo con las hojas de la sampaguita, el ilang-ilang, la sampaca y las doradas campanillas, artísticas combinaciones. La fiesta de las flores corre á cargo de la cofradía titulada La guarda de honor de María, formada por el sexo femenino, sin exclusión de estados ni edades. Como distintivo, llevan las cofrades una medalla de plata pendiente de una cinta azul. La guarda de María está perfectamente organizada, constituyendo la base de la asociación, la adoración perpetua á la Virgen, para lo que la hermana mayor distribuye las horas del día y de la noche de tal forma y con tal precisión, que constantemente hay tres hermanas en oración. Los rezos se verifican en las casas, á cuyo efecto con la debida anticipación se señala el día y hora en que cada hermana debe hacerlos. Como esta asociación no obedece á presión alguna, y si solo á un acto puramente espontáneo, excuso decir á mis lectores que todas las hermanas sin excepción de clases, cumplen al pie de la letra su misión.

La guarda de María, durante algunos días de la cuaresma y Semana Santa, acude en romería á una pintoresca montaña llamada el Calvario, en la que se alza una tosca cruz de madera. La ofrenda á María que hacen las dalaguitas al terminarse el último novenario del mes de Mayo, es digna de verse por todos conceptos. En aquel día se recarga el templo de flores y follaje, suspendiéndose de la bóveda un colosal rosario de verdura, el cual baja desde el centro de la nave formando pabellones y rematando en el comedio del presbiterio, con una gran cruz de flores. Termina la fiesta por ofrecer y depositar las dalagas á los pies de la Virgen las blancas coronas con que van engalanadas. He visto más de una dalaga en ese día, vestida de una forma irreprochable, y en cuyo conjunto nada tendría que recusar la más puritana de las modistas. El traje que se usa para la ofrenda es el de la desposada, viéndose en ellas desde la primorosa botita de raso blanco llevada del Bazar Oriental, á el más transparente encaje de casa de Los Catalanes.

Las dalagas de Lucban imprimen un sello especial y sui generis á todas sus fiestas, bien sean de carácter religioso, bien puramente mundano. La lucbanense no prescinde por nada ni por nadie del rango social que ocupa, pues es de advertir que en dicho pueblo las mujeres están divididas en tres clases: La primera, ó sea la taga-bayan, la constituye la sangre azul, ó como si dijéramos la aristocracia. A las taga-bayan las veréis siempre en carácter. Sus distintivos son: hablar más ó menos el español, calzar botitos en las grandes solemnidades; medias, con bordadas chinelas en las medias fiestas, y pié desnudo resguardado por pintado zueco, en lo ordinario; viste estrecho tapiz, con la abertura atrás, permitiéndose algunas veces, saya suelta, la que invariablemente es de seda, completando su atavío, ternos más ó menos costosos y piñas más ó menos bordadas. En la iglesia se arrodilla siempre próxima al presbiterio, y jamás se ha visto á una taga-bayan sin su correspondiente devocionario y su rosario de coral, plata ó nácar. Casi todas han estado en colegio, saben leer, escribir y bordar, un poquito de música, y hasta algunas se permiten rimar un cundiman, dedicado á alguna amiga, el día de su santo.

El distintivo culminante en la taga-bayan, es el orgullo con que llevan y mantienen su jerarquía. Una intrusión de una dalaga de segunda, ó tercera clase, en las fronteras de la sangre celeste, produciría una verdadera revolución femenina.

La segunda jerarquía, la constituye la taga-tabi, la que generalmente vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas, si bien sin confundirse con ellas, no habla español, no calza botitos por más tieso que repiquen, y no conoce el colegio, más que por las relaciones que oye de la taga-bayan cuando la permite que se acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sueños de una taga-tabi, es poder llegar al rango de las taga-bayan, á cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su suerte á la de algún viejo capitán pasado, ó cabeza reformado, cuyas jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado taga-bayan.

La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada taga-linang, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran á una taga-bayan con la misma admiración con que contempla un hijo del Corán el último rayo del sol poniente.

La taga-bayan tiene el orgullo de la antigua señora feudal, que desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la capitana babae, ó sea la Reina de las taga-bayan, guapa mestiza china, de labios muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas, y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida, no pude menos de observarlo á uno de los que me acompañaban, quien me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que más tarde tuve ocasión de comprobar.

—¿Le gusta á V.?—me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel, comerciante radicado hacía años en Lucban, viendo la profunda atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano por la mestiza.

—No sé qué decir á V.,—contesté—la estatua es correcta; pero el espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.

—Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha, pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.

—Y nosotros, amigo Pardo, volvemos con esto al tema de la cascada.

—Y bien, ¿ha quedado V. convencido de la verdad que encierra aquel tema, ó es de los que creen que las filipinas no aman?

—Creo como V., y en prueba de ello, le ruego que me entregue el autógrafo de la leyenda que nos contó en la cascada. Sacaré una copia, y le prometo que en el primer libro que escriba la publicaré, haciéndome solidario de las ideas que encierra.

Los últimos acordes del Fausto, fueron arrancados al piano, á la sazón que el toque de las ánimas nos recordó que el Padre cenaba á esa hora, y por lo tanto nos dirigimos al convento.

La promesa de mi amigo Pardo, no se dejó esperar. Al irme á acostar, me encontré sobre la mesita de noche el original de la leyenda, cuya copia literal es objeto del siguiente capítulo.

CAPÍTULO IV.

El puente del suspiro.

Las mujeres no aman, los pájaros no cantan, y las flores no huelen.

(Dicho popular filipino.)

I

¡Qué triste es un día sin sol!

Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.

¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!

La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.

Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.

El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el Ángelus que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.

En el misterioso archivo de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.

El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.

Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.

Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el mundo de la luz, mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos adiós que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando en el teatro del mundo la realidad de la muerte.

¡Qué triste está hoy el día!

La madeja rubia que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras, perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un fuerte Noroeste ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.

¡Hoy no hay crepúsculo!

Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya reanimado mi ser.

¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos...!

Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz artificial ha sustituído á la luz del día.

¡Suena la oración!

Recemos por los que fueron...

* * * * *

Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen.

La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!—dije por último tirando la cartera sobre la mesa—sea de ello lo que quiera, es lo cierto que Ratelán,06 Con este pseudónimo escribió Entrala curiosísimos artículos tratando costumbres filipinas. Fué gran entusiasta de la mujer india á quien ha consagrado muchas páginas en sus obras. Este notable escritor murió hace cinco años. Entrala y el veterano Vázquez de Aldana son, á mi juicio, los escritores de costumbres más notables de la literatura filipina moderna. Al último, que vive en el modesto pueblo de la Hermita, con no pocos achaques en el cuerpo y no escasos desengaños en el alma, le envio un tiernísimo recuerdo.—(N. del A.) á quien cariñosamente saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.

—Ratelán tiene razón—dije distraído en voz alta.

La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.—¿Lo poetiza?—¿Sí ó no?—le dije en tono de buen humor á mi buen Quico, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que Grimeau y más fiel que un perro de Terranova.

Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo—no entiendo, señor.

—Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en puro querer á un hombre.

—Puede más, señor.

—¡Caramba! Puede más.

—Seguro, más.

—¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí—y le señalé los picachos del vecino Banajao—que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?

Sabe, señor.

—¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?

—Muere también—dijo Quico, interrumpiendo mi crescendo.

—¡Que muere has dicho!

—Muere, señor—contestó aquel con esa gravedad cómica del indio.—Pregunte V. á su amiga X ... y ella contará á V. la historia de El puente del suspiro.

Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la misteriosa historia de El puente del suspiro.

II

El que haya corrido las alturas y hondonadas con que encadenan el Malinao, el Dalitiuan y el Balete, á las provincias de la Laguna y Tayabas; el que haya contemplado desde la descarnada atalaya del San Cristóbal, los risueños panoramas de Paquil y Paete; el que haya palpitado de emoción ante la grandiosidad del Botocan; el que la curiosidad, el estudio, la necesidad, ó la caza le hayan obligado á pasar el camino de Majayjay, necesariamente le habrá llamado la atención un puente abandonado, semi-derruído y de lúgubre aspecto que se eleva á un lado del camino. Su antigua y sólida fábrica ha adquirido con el tiempo, las aguas, y la viscosidad de los musgos que abrazan la bóveda que lo forma, un aspecto tan sencillo, al par que severo, que parece decir al viajero:—«Deten tu marcha; deletrea en mis piedras con los ojos de la investigación; escucha el gemir de las puras ondas que en un beso eterno acarician mi vida; contempla el panorama que rodea mi cuna; oye los alegres cantos y los melancólicos susurros que adormecen en mi cárcel de granito á los genios de las sombras, en esas interminables noches en que el aguacero carcome mis entrañas y el cierzo conmueve mi ser; reúne todo esto en el laboratorio donde se purifican los pensamientos, donde se aquilatan las más sublimes concepciones, donde se anida el genio, donde mora el alma; y al leer mi nombre de El suspiro en los viejos sillares que me sostienen, evocarás la triste historia de la desgraciada Hasay.07 En ninguna parte del mundo sufren los nombres más variantes y se hace más uso del apócope que en Filipinas, así que no se extrañará digamos que en algunos puntos se llaman Hasays á las Tomasas—(N. del A.)

¿Quién fué Hasay? ¿Cuál fué su vida? ¿Cuál su historia?

Poco más ó menos, procuraré recordar lo que en lenguaje natural y verídico me contó mi buena y bellísima amiga.

III

Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el último aliento al arrancar de sus entrañas un pedazo de su alma en su hija Hasay.

La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de su madre.

Hasay jamás supo quién fué su padre.

¡Infeliz expósita!...

La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar, depósito en su frente su desgraciada madre.

Ha dicho no sé quién—creo que Selgas—que se conocen los niños que se crían sin madre.

¡Qué cierto es esto!

¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del Otoño, he admirado en los jardines del Parterre, aquellas bandadas de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido al pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.

¡Significa tanto el nombre de madre!

Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen símbolo del dolor. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!

Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.

Un niño sin madre es cual la flor.

¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!

¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!

En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la sensitiva y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la Señora de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.

Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que inspiró un infanticidio á el autor de El Rey se divierte, al exclamar:

«Amor, contra el honor, te dió la vida. Honor, contra el amor, te dió la muerte.»

Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible lasciate del Dante, el segundo.

¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!

Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.

En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.

Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.

La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.

Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.

IV

Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües, para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido, probo empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente propietario después.

Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño, todos sus cuidados en la hija de sus amores.

Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.

Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.

El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión, poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.

Hasay tenía una segunda madre en su protectora.

Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.

Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.

La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del libro, ó siente ante el teclado del piano.

De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á la mariposa.

La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando donde hay luz y perfumes.

Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay, cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.

Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.

Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.

Sucede—no sabemos cómo, pero es un hecho que sucede,—que tras las paredes de esas infantiles sociedades que se llaman colegios, trascienden hechos íntimos que se desarrollan en el hogar de los pequeños asociados. Lo que todos habían tenido cuidado de ocultar, lo que la misma Hasay ignoraba, se lo reveló en una sola palabra una amiga suya.

—¿Qué quiere decir inclusera?—Preguntó un día Hasay á la que llamaba su hermana.

—No sé, contestó Lola; y, dime: ¿por qué me lo preguntas?

—Porque ayer, sin querer, pisé el vestido á Ángela, y esta al ver que estaba roto, me dijo:—¡anda, inclusera!

La terrible palabra que descorría en parte el misterio de la vida de la niña, quedó grabada en su memoria, y poco á poco fué comprendiendo todo el valor de aquella frase.

V

La alegría de Hasay fué desapareciendo, sustituyéndola una profunda tristeza.

A los trece años, la niña era mujer.

La mujer, dejó de jugar y pensó.

Por este tiempo la naturaleza de Lola sostenía una terrible crisis, luchando con la pobreza de su constitución.

Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.

Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible, rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad, tormento de la ciencia que busca siempre el calor del alma, que se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede, se apoderó de la pobre existencia de Lola.

¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.

No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.

Y la humana máquina obedece como las obras del Divino Artífice á inmutables leyes.

¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya vida!

¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!

VI

Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la terrible enfermedad se incubaba en su vida.

La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las puras y frescas brisas.

Doña Luisa poseía un magnífico cafetal en las vertientes del Banajao, y tan luego fué prescrito á la enferma la vida del campo, su solícita madre dió órdenes para que se alojara y dispusiera la casa que se alzaba en el centro de la hacienda.

Nada de cuanto constituye lo necesario y representa lo supérfluo faltaba en la finca. Hábiles tallistas de Paete, inteligentes artistas de Lucban, y activos personeros de Manila, cambiaron en pocos días el aspecto de la granja agrícola en mansión señorial. No se olvidó ni un detalle en el pequeño santuario de la coquetería, que constituye el tocador de una dama, ni se dejó de indagar hasta encontrar un excelente piano de cola, construcción belga, que con grandes cuidados, quedó instalado en la casa, pronto á llenar de armonías las fragosas faldas del Banajao.

A doscientos metros de la casa se destacaba cual centinela avanzado, el sombrío Puente del suspiro, conocido por entonces, por el del Capricho, nombre que tuvo su origen en el informe que se emitió al ser reconocido y en la extraña y atrevida concepción de su único arco.

Registrando crónicas he podido adquirir algunas curiosas noticias respecto al puente que nos ocupa.

Un respetable escritor, virtuoso y docto, hijo de la orden de San Francisco, dice en sus escritos:

«Dicho puente fué construido por el reverendo padre Fr. Victoriano de Moral. Se halla sobre el río Olla, basado sobre dos montes y cuyo arco tiene sobre noventa piés de cuerda, sin haber usado más amarras ni maderas para la formación de la colosal cimbra que bejucos, cañas, cocos y bongas; entrando en su construcción solo argamasa; su único ojo mide de luz cincuenta y dos pies de alto por cuarenta y ocho de ancho, construcción casi milagrosa, por lo cual sin duda alguna el arquitecto mayor de Filipinas en su informe al Superior Gobierno, fechado en 7 de Diciembre de 1852 decía entre otras cosas lo que literalmente copiamos.»

«Si se tratase de un puente levantado con estudio y bajo las reglas del arte, la prueba hecha con el de Majayjay era ya suficiente para manifestar su estabilidad. Por desgracia se trata de una obra sin principios: que los aplicados en su ejecución han sido caprichosos, y si bien el arco se mantiene sin desprenderse, como no puede hallarse en la ciencia una regla que manifieste la causa de este procedimiento, ó mejor diré fenómeno, no es la opinión del que suscribe, sino de toda la ciencia junta la que lo condena.»—A cuyo informe, donosamente dice un cronista de la orden del constructor. «Hete aquí un puente, tan asaz atrevido, que á pesar de estar condenado por toda la ciencia junta, tiene la desfachatez de mantenerse firme, de sufrir temblores como los del 16 de Setiembre de 1852 y el 3 de Junio de 1863 sin resentirse; fuertes avenidas como las que se desprenden del gran monte Banajao, sin descimbrarse, estando dispuesto y con pensamientos quizás de decir después de algunos siglos: yo fuí construido por un fraile franciscano sin principios. Sabed que los principios aplicados en mi construcción fueron caprichosos, y más caprichoso aún, el empeño de construirme sin gastar un solo maravedí y llevar á cabo su empeño.»

Muchos más datos poseemos entre nuestros apuntes tomados unos del análisis del mismo puente y otros de documentos particulares y oficiales; pero como nuestra misión ni es arquitectónica, ni histórica, ni más que ligeramente descriptiva, basta con que nuestros lectores sepan que dicho puente existe, como existen diferentes consejas que á él se refieren.

VII

—Decíamos,—que el Puente del suspiro, se destacaba cual sombría atalaya á la vista de la casa de Doña Luisa.

Esta quedó instalada en el cafetal con sus dos hijas, su antiguo y leal Pedro, criado depositario de la confianza de la familia ya largos años, su servidumbre, y su fiel León, hermosísimo perro de Terranova.

La joven naturaleza de Lola; las puras emanaciones azoadas del Banajao; sus frescas y deliciosas brisas, impregnadas de las delicadas esencias de la sampaguita y del ilang-ilang; la vida del campo, el constante murmurio de sus bosques, el lenguaje poético y enamorado de los cientos de arroyos que retratan en sus bulliciosas ondas la palma, la bonga y el coco; la existencia tranquila, la bondad del clima y los exquisitos cuidados, hicieron crisis en la enfermedad de Lola. Sus ojos se animaron, adquirieron color sus mejillas, y la imperceptible y pertinaz tos, terrible alerta de la enfermedad, dejó su monótona y constante pertinacia.

Todo respiraba alegría.

Hasay únicamente estaba triste.

Lola, entre los puros cristales del rocío de la mañana, buscaba la brillante rosa.

Hasay, entre las sombras de la noche, arrancaba triste y melancólica la humilde siempreviva, fiel emblema de la amargura.

Cuando los blancos dedos de Lola recorrían el teclado, arrancaban bulliciosos allegros; cuando los de Hasay se posaban en el marfil, solo producían tiernos nocturnos. A la una la animaba el genio de Strauss, á la otra la tierna inspiración de Beethoven.

Aunque distintos tipos, las dos eran hermosas.

Lola era blanca cual los misteriosos genios de las puras nieves: Hasay morena cual la mas perfecta concepción del sueño de un árabe. La primera poseía en sus azules ojos toda la ternura de la resignación; la segunda despedía de su negra y ardiente pupila el rugir de la pasión. Las rizadas hebras que adornaban á Lola se esparcían sobre su sonrosado seno, cuya blancura se confundía con las purísimas mallas del encaje que resguardaba los encantos de la virgen: la suelta cabellera de Hasay, negra cual el palacio de la noche, destacaba las cobrizas y mórbidas formas en que descansaba. El conjunto de esta irradiaba el ardor de la lucha, el de aquella, la paz de la conformidad.

Una mañana, encontrándose toda la familia reunida en la espaciosa caída, recibió Doña Luisa una carta de un antiguo capitán de la marina mercante, paisano y amigo de su difunto marido. En dicha carta la decía tendría sobre anclas el barco hasta abarrotar sus bodegas y cubierta de madera, y aprovechando la circunstancia de la larga estadía, y la proximidad del cafetal al fondeadero donde hacía su carga el velero Neblí, invitaba el capitán á sus antiguas y leales amigas á pasar unos días á bordo.

La oferta fué aceptada, y se dieron órdenes para emprender la marcha lo antes posible.

Hasay, de día en día, aumentaba su tristeza, viéndola muchas veces coger un libro y pasar horas sin volver una hoja, prueba evidente del ensimismamiento que dominaba su ser.

¿Qué motiva la creciente tristeza de Hasay? ¿Por qué todas las tardes, cuando el sublime artista combina en los cielos sus más divinas tintas, va al puente cual si fuera empujada por una invisible fuerza? ¿Por qué contempla con la inmovilidad de la estatua del dolor, el profundo abismo? ¿Por qué cuidadosamente limpia de gramas una frondosa planta de suspiros08 En España se llama, D. Diego de Noche. que crece á la orilla del río? ¿Qué maléfico genio atormenta su corazón? ¿Qué sueño la adormece? ¿Qué fantasma la despierta?

¡Solo Dios lo sabe!...

VIII

Los diamantinos dedos de la aurora perezosamente plegaban los crespones de las sombras, en el amanecer del día en que Doña Luisa debía llegar á bordo del Neblí.

El gallardo brik denunciaba en su aparejo, en su fino y airoso casco, en su ligera arboladura, y en lo minucioso de su cordaje, la construcción americana. El Neblí besó por primera vez las saladas aguas, en las que acarician las playas de California. En uno de sus viajes dió fondo en las revueltas ondas de Bilbao, en donde fué comprado por una casa española, la cual desde aquel momento lo dedicó á la carrera de Filipinas.

Barco alguno ha rendido viajes tan rápidos como el Neblí.

Cuando sobre el espejo de los cielos tendía el Neblí sus blancas alas; cuando la embergadura de sus ligeras arrastraderas reclinaba en sus tomadores; cuando en la fresca ventolina se largaban gabias y velas altas, crugiendo cables, motones y relingas; cuando no quedaba rizo, trapo, ni estay que al viento no diera cara, entonces era de ver al Neblí besar con sus finísimos tajamares el encaje de espuma con que el creador borda el insondable manto de las ondas.

A bordo del Neblí venía como agregado, un joven que había dejado las rutinarias y graves carreras universitarias, optando por inscribirse en Cádiz en la matrícula del colegio naval.

López Ródenas se llamaba el prófugo de la Universidad de Madrid, en cuyos claustros siempre se había distinguido como calavera, decidor y camorrista.

Las horas que le dejaban libres el aula y los libros—que eran casi todas,—las pasaba entre requiebros, cañas y jolgorios. Jamás estudiante alguno ha corrido la calle de la Luna, llevando con más gracia la recortada torera; jamás pirata callejero, ha sabido mejor poner facha y dar caza á la picaresca y alegre modista; jamás ha entrado en casa de Botín joven alguno tan rumboso como Ródenas.

En la alegre zambra, el primer duro que se gastaba era el suyo, y en la contienda, el último que huía era él.

Desde los misteriosos cuartitos de la Fonda de la Castellana, nidos poéticos de las mañanas de Abril y Mayo, hasta los ahumados chamizos de Maravillas y Tribulete; desde la elegante victoria de Muñoz, hasta la histórica calesa; desde los aristocráticos bastidores del teatro de Oriente, hasta las desgarradas bambalinas de Capellanes; todo le era familiar, todo conocido. Punteaba unas malagueñas, que ni el Tío planeta; hacia llorar en el polo, como Silverio, y era capaz de dar lecciones gitanas al mismo Antón el pelao.

Ródenas era todo un buen muchacho, que se dormía con los textos de las Pandectas, que derrochaba la fortuna de sus mayores, que gustaba de las mujeres, daba jaqueca á los padres y maridos, y de cuando en cuando los disgustos iban precedidos de alguna que otra de cuello vuelto que obligaban al paciente á que Nogués le carenase una muela ó una mandíbula.

Con este género de vida, sucedió lo que debía suceder. Su tutor—pues era huérfano—le anunció un día, en son fatídico, que todo aquel caminito de rosas lo llevaban directamente y en tren expres á la portería de San Bernardino, santo respetable en el almanaque, pero que, inscrito al frente del establecimiento á que se alude, es capaz de dar un calambre á una pieza de molave.

Ródenas soñó con el beato santo, y ya que no podía echar cuentas con su tutor, las echó consigo mismo, resolviendo variar de vida, emprendiendo la carrera de la marina mercante, confiando en que un lejano pariente armador le daría con el tiempo el mando de alguno de los barcos de la casa.

Hecho el proyecto, lió los bártulos y se instaló en Cádiz, de donde salió á los tres años, montando el Neblí como agregado.

IX

Al llegar aquí, y viendo la precisión con que mi amiga X ... había descrito la vida del estudiante tronera, no pude menos de interrogarla, y con cierto disimulo, para que no lo oyera su madre, me dijo no le era desconocido Fígaro ni Mesonero Romanos, y que casi podría recordar alguna de las bellísimas redondillas de El estudiante de Salamanca.

Con esta explicación me dí por satisfecho, y mi bella narradora, haciendo un gracioso gesto al ver mi admiración de que á las agrestes vertientes del Banajao se evocaran sombras tan venerandas como la del autor de El día de difuntos siguió su relación.

Abordo del Neblí pasaron Doña Luisa y sus dos hijas ocho días, al cabo de los cuales regresaron á la quinta.

X

Seis meses han transcurrido desde que Doña Luisa y sus hijas volvieron del Neblí.

Era el mes de Diciembre.

En las faldas del Banajao se respiraba una temperatura semejante á la del otoño en España.

Los panoramas que rodeaban la quinta de Doña Luisa tenían gran semejanza con los que retrata el suelo y el cielo de nuestras provincias meridionales en los meses de Setiembre y Octubre.

El árbol del Banajao pierde su lozanía, la hoja aminora su brillo y el cielo se cubre de fantásticos nubarrones que velozmente recorren su bóveda á impulsos de los fuertes Noroestes.

En una de esas tardes melancólicas en que todo lo que nos rodea se impregna de sentimiento y amor, se encontraba Hasay, cabe la murmurante corriente que se desliza bajo el puente.

Rojos están sus ojos, pálidas sus mejillas, contraídas sus facciones. Sus labios dibujan ora una sonrisa amarga, ora murmuran palabras ininteligibles.

¿Reza ó blasfema? ¿Implora ó maldice?

¡Pobre niña!

De pronto se levantó con un movimiento convulsivo: sus ojos adquirieron una potente fuerza de irradiación, sus facciones se acentuaron y ¡hay que acabar!—murmuró su lengua, al par que como una corza herida desapareció por las graníticas quebradas que conducen á la vecina cascada del Botocan.

XI

Aquella noche, Hasay no pareció por su casa. A la mañana siguiente se encontró el cadáver de la niña bajo el puente.

Entre las frescas campanillas de los frondosos suspiros descansaba el cuerpo de Hasay.

¿La mató el rayo del sentimiento que hace estallar el corazón ó la última resolución del suicida? ¡Dios y la muda y poética naturaleza, únicos testigos, solo lo saben!

—Y bien—dije á mi amiga,-¿por qué murió Hasay?

—Murió—me dijo muy bajito—de amor; al día siguiente al en que se encontró el cadáver de Hasay, debía Lola casarse con López Ródenas.

Hasay estaba enamorada de Ródenas.

¡Amaba sin esperanza!...

Mi amiga, al pronunciar la última frase de la leyenda del puente, cuyo nombre del suspiro se debe sin duda á las flores que crecen á su alrededor, vertió una lágrima á la memoria de Hasay, lágrima que se deslizó al blanco teclado del piano, sobre el que maquinalmente apoyaba sus dedos.

La voz calló, mas el piano fué alentado por el genio de mi buena amiga, arrancando de sus cuerdas uno de los más sublimes nocturnos.

Las últimas notas se confundieron con el gorjeo de un precioso pájaro, de plumaje tan bello como armonioso era su canto, que alojaba una dorada jaula pendiente de uno de los huecos de la caída.

—¿Ese pájaro es de China?—dije á mi amiga.

—No, me contestó con la mayor naturalidad—nace allí,—dijo señalándome las alturas del Balete, y se llama el pájaro del sol.09 Los indios lo conocen con el nombre de Salanga.

XII

La modesta cruz puesta sobre la tumba de Hasay, y los gorjeos del pájaro del sol, son una página que claramente dice, que las mujeres en Filipinas aman, y los pájaros cantan.

Ya escrita la última cuartilla de esta histórica leyenda, recibo el correo de Europa. Entre las cartas viene una, de la que literalmente copio un párrafo.

Dice así:

«Adjunto te mando, hijo mío, el diploma del premio que han logrado en la Exposición de Viena, las esencias de las flores de ese país, que mandaste en tus colecciones.»

XIII

¡Hasay!

¡El pájaro del sol!

¡El premio de la Exposición de Viena!

* * * * *

Ratelán, tiene razón.

En Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan, y las flores huelen.

CAPÍTULO V.

Despedida de Lucban.—Arroyos que se convierten en torrentes.—Huellas de un baguio.—Puentes derruídos.—Troncos de cocos.—La sampaca y el jazmín silvestre.—Pedregales, hondonadas y pendientes.—Relente de la tarde.—Aguas sulfurosas.—El puente de la Princesa.—Belleza del paisaje.—Bravía y salvaje naturaleza tropical.—Melancolía.—Una caña acueducto.—El camarín de Alaminos.—Cuatrocientas dalagas á caballo.—Tubiganes.—Garzas blancas.—Cuesta y puente de las Despedidas.—Bulliciosa cabalgata.—Cocales.—El puente de la Ese.—Vista de Tayabas.—El kilómetro 146.

La buena y franca amistad que encontré en Lucban, detuvo mi viaje más tiempo del que me había propuesto, decidiéndome por último, aunque no sin trabajo, á señalar día para seguir á Tayabas; aquel llegó como todo en la vida, y en una entoldada tarde, me puse en marcha acompañado de mi inolvidable amigo Pardo.

A los pocos pasos que dieron los caballos, encontramos las huellas del terrible baguio del año 1873. Dos riachuelos que en tiempo de secas son completamente inofensivos, pero que en las grandes avenidas hacen imposible su vadeo, y que corre el primero á la salida del pueblo, y el segundo á un tiro de fusil de aquel, mostraban al viajero las ruinas de sus dos puentes, habiéndose establecido sobre las del último un arriesgado paso, formado de troncos de coco. El día en que hacíamos este viaje, ambos ríos traían poquísima agua, así que nos pusieron los caballos al otro lado sin salpicarnos las botas. Pasado el último, dejamos á la espalda una pequeña eminencia que da entrada á una bellísima cañada sombreada por miles de cocos, entremezclados de cañas, baletes y madre-cacao, cuyas verdes cimeras entrelazaban aquella vegetación virgen con las flexibles lianas, salpicadas de pálidas campanillas de la sampaca y del jazmín silvestre. En la cañada retozaban hermosos toretes, cuya lustrosa piel y buen estado de carnes, bien claramente demostraban la abundancia de agua y de pasto. Un sostenido galope nos alejó de aquel espacioso trozo de camino, haciéndose la marcha embarazosa por los pedregales y resbaladizas pendientes que íbamos encontrando.

El cielo estaba surcado de nubes, cosa muy frecuente en aquellas alturas; los picachos del Banajao los envolvía la bruma, y la humedad de que estaba impregnada la atmósfera nos obligó á ponernos los capotes á fin de preservarnos del desapacible relente de la tarde.

De hondonada en hondonada, y caminando siempre entre una salvaje y exuberante vegetación, entre la que de trecho en trecho se elevaba alguna que otra casita, morada de sementereros ó abrigo de viajeros, llegamos á la altura del puente de la Princesa, en la que un fuerte olor á huevos podridos nos indicó la presencia en aquellas cercanías de algún manantial sulfuroso. El olor á medida que avanzábamos era más acentuado, notando por último en la misma meseta de la prominencia, ligeros surcos impregnados de los residuos mineralógicos que arrastran las aguas. En el puente de la Princesa dimos un pequeño descanso á los caballos, y tuvimos ocasión de examinar la solidez de su fábrica. Una escalinata hecha en uno de los estribos, nos condujo guardando ciertas precauciones al lecho del río. El puente lo constituye un solo ojo de una gran altura fabricado con suma valentía, y cuya consistencia la probó en el último baguio, el cual arrastró por completo uno de los estribos, quedando el arco totalmente descarnado por uno de los lados, sin resentirse gran cosa su bóveda en el año y medio que duró su reconstrucción. Dicho puente, según las inscripciones que muestran sus pretiles, fué dedicado á la Princesa de Asturias, y concurrieron por igual, tanto para los gastos como para los trabajos, los pueblos de Tayabas y Lucban, constituyendo en la actualidad el comedio de dicho puente, la línea jurisdiccional entre aquellos.

El paisaje que se admira desde el puente de la Princesa es de lo más bello que puede crear la naturaleza. El río corre entre dos eminencias, en las que el Sumo Hacedor ha derramado uno de los más hermosos destellos de su poder. Todos los matices de la flor, todos los misterios de la selva y toda la grandiosidad de la vegetación intertropical, se muestran escalonados en aquellas alturas, en las que repercutido se deja oir el estridente chillido del mono, el agorero canto del calao, el triste gemir del bató-bató, el monótono piar del solitario y los alegres gorjeos del pájaro del sol. Todo este conjunto, cerrado casi de continuo por compactas nieblas, predispone fuertemente á la melancolía. No concibo pueda reírse al pasar el puente de la Princesa.

Aquel panorama oprime el alma, aquellas alturas concentran en un círculo de tristeza el espíritu, y las brumas que se corren desde las quebradas del Banajao, las da vida la fantasía, convirtiéndolas en sombríos sudarios.

¡Qué triste, qué salvaje, y á la par qué hermoso es todo esto!—dije á mi buen amigo, al par que ligeramente rozaba con la espuela los hijares del caballo.

Pasamos un sencillísimo acueducto á los pocos pasos, tan sencillísimo, que solo lo componía una gruesa caña que comunicaba el agua de un borde á otro del desmonte que cruzábamos, y que da paso á una limpia planicie sembrada de caña dulce. Señalándome aquel lugar, me dijo Pardo se le conocía con el nombre del camarín de Alaminos. Le interrogué sobre este particular y me contó que allí se había elevado un precioso kiosco de caña y flores en la visita de aquel general, al cual, según el testimonio de mi amigo, esperaban en aquel sitio más de 400 dalagas á caballo adornadas con sus mejores galas y escoltadas por unos 4.000 jinetes. Me sonreí con cierto aire de incredulidad, pareciéndome muchos caballos, pero más adelante quedó fijada la veracidad de la cifra por las notas conservadas por el Alcalde.10 El veterano general D. Juan Alaminos de seguro ratificará á quien le pregunte la certeza de esta y otras citas,—(Nota del A.)

Pasado el cañadulzal, empiezan á verse tubiganes ó sean terrenos regadíos, labrados y escalonados, en los que se siembra el arroz y en los que vimos grandes bandadas de garzas blancas.

Puestos los caballos al paso y afianzándonos en el borrel de la silla, bajamos la escabrosa cuesta de las Despedidas, á cuya falda se asienta sobre un riachuelo el puente de aquel nombre, el cual le fué dado, según he podido averiguar, por ser el lugar señalado por la costumbre para despedir los de Tayabas á los que se van. ¡Qué tiernas escenas habrá presenciado! ¡Cuántas lágrimas habrá absorbido su candente arena! ¡De cuántos juramentos y de cuántas fugaces promesas habrá sido mudo testigo!....

El camino mejora notablemente desde aquel puente, pudiéndose hacer uso del carruaje. El bosque y el matorral cesan y solo se extienden á uno y otro lado, tierras cultivadas, sembradas de palay ó plantadas de coco. El agua es abundantísima, manteniendo los cuadros del arroz constantemente anegados.

Al otro lado del puente nos encontramos una alegre caravana, en la que nos llamó la atención varias dalagas á caballo perfectamente ataviadas, luciendo caprichosos sombreros con gran profusión de gasas y flores. Los colores de las faldas y los pañuelos que resguardaban sus hombros, eran de colores muy fuertes que destacaban el negro del tápiz. La tayabense jamás deja el tápiz; monta admirablemente y cifra su orgullo en su traje de montar y en la riqueza de los atalajes de su caballo. Todas montan al lado izquierdo y desconocen el uso de la espuela, sustituyéndola con flexibles latiguillos que suspenden de la muñeca con una cadenita de plata. La tayabense á caballo, es sumamente locuaz y decidora, desconoce el peligro, se impacienta á menudo y pocas veces lleva al paso su cabalgadura. Aquellas dalagas supimos se dirigían á una de las vecinas sementeras á pasar un día de campo.

Dejando á ambos lados del camino umbrosos cocales recargados de fruto, pasamos el pequeño puente de la Ese—así llamado por su configuración que lo asemeja á dicha letra—y dimos vistas á Tayabas, á cuyo bantayán llegamos de una trotada. El poste telegráfico que se eleva en la afuera del pueblo, marca en una tablilla el km. 146, cifra que representa la distancia que separa á Tayabas de Manila. De Lucban á Tayabas hay 12 km. y pico.

CAPÍTULO VI.

Tayabas.—Su antigüedad,—Situación.—Estadística.—Pureza de raza—El bambán grande.—Fiebres palúdicas.—Su remedio.—Casa real, tribunal, iglesia y convento.—Una Semana Santa en Tayabas.—Riqueza de ornamentación.—Correría histórica alrededor de un escribano de Pilatos.—Fisonomías de los pueblos.—Comparaciones.—Indolencia.—Supersticiones.

Tayabas es pueblo de muchísima antigüedad; hoy es cabecera de la provincia á la que da nombre, habiéndolo sido anteriormente Calilayan. Se encuentra bajo la influencia del Banajao y á dos leguas del estrecho, cuyas aguas se divisan perfectamente á virtud de la gran altura en que dicho pueblo está situado. Confina con Pagbilao, Lucban y Sariaya. Tiene, según los padrones del año 1875, 125 cabecerías repartidas en 156 barrios, componiendo un total de población de 22.337 almas, de las que tributan 12.176. Acaecieron en dicho año 810 defunciones, igual número de nacimientos, y 311 casamientos; se sortearon 1.132 mozos, sacándose 17 soldados; concurrieron á las escuelas por término medio 150 niños de ambos sexos, vacunándose 1.109; se sustanciaron en el juzgado 23 causas correspondientes á delitos cometidos en su demarcación, y por último, tiene 71 cuadrilleros á más del puesto de la guardia civil al mando del capitán, jefe de la línea.

La situación de Tayabas, según el Padre Buceta, es 14° 50′ lat. y 128° 30′ long.

Tayabas, como toda la provincia á que da nombre, es el centro de la pureza de la raza india y la buena dicción del tagalo; por lo tanto, allí es donde puede estudiarse con gran resultado al indio y sus costumbres.

El pueblo es muy limpio, corriendo por sus principales calles abundantes aguas encauzadas en bambanes. La que lleva el de la llamada del bambán grande, hace mover una pesadísima máquina para descascarillar palay, que se asienta al final de aquella. Dichos encáuces no solo constituyen un poderoso elemento de limpieza, sino que también se utilizan para todo género de necesidades domésticas, siendo sus cristalinas aguas que vienen desde las vertientes del San Cristóbal y el Banajao, un abasto para Tayabas, esparciéndose luego por cientos de canales que riegan los extensos campos escalonados de palay.

El foco de la insalubridad de Tayabas, está precisamente en su misma riqueza; sus productivos regadíos, llamados tubiganes, alientan el virus palúdico que emponzoña la atmósfera, originando las tan conocidas y temidas calenturas que tantísimas víctimas hacen, sobre todo de Julio á Octubre, meses en los que la tierra descansa y hace pudrir con la ayuda del agua estancada, las raíces y demás hierbas que deja tras sí la siega del palay. Estamos seguros que desapareciendo los tubiganes, se concluirían las fiebres; pero el remedio salubre, está en la ruina de Tayabas, cuya principal riqueza la tiene en sus arrozales. El paludismo de Tayabas constituye la desesperación de la ciencia. Jóvenes ilustradísimos, avezados á la clínica y á estudiar la dolencia á la cabecera del enfermo hemos visto desconcertarse ante el extraño y mortífero desarrollo de aquellas fiebres, en las que las intermitencias unas veces, son verdaderamente locas, y otras pasan completamente desapercibidas, sucediéndose una fiebre á otra en la generalidad de los casos, sin dar lugar á poder emplear la quinina. Aparte de los meses citados en que las calenturas toman un carácter verdaderamente epidémico, la salubridad no es mala.

Las construcciones que componen el pueblo en su mayoría son de tabla con techo de cabo negro. Descuellan entre aquellas la Casa Real, la iglesia y el tribunal 11 Este desapareció con la mayor parte de los edificios, en un horroroso incendio acaecido poco después de escrito este libro.—(N. del A.). La primera, aunque pequeña, llena todas las necesidades oficiales y personales del Alcalde mayor, que la habita. El tribunal es sin disputa uno de los mejores de Filipinas, y no decimos el mejor, porque no conocemos todos los de las islas. Tiene espaciosos salones, magnífico decorado y ricos muebles. En uno de los ángulos del tribunal está la estación telegráfica.

La iglesia mide 113 varas y 2 palmos de longitud, siendo de 53 con 9 pulgadas de latitud de su crucero. Estas dimensiones que guardan relación con el edificio, forman una grandiosa masa, á cuya contemplación se aquilata cuanto puede hacer la fe de un pueblo. Aquella magnífica obra, y aquellos miles de sillares, suman un total de trabajo que nada más que la fe puede acumular. A la grandiosidad del edificio, no desmerece la suntuosidad y riqueza de los ornamentos que guarda, y la solemnidad con que en ella se practica el culto y se hacen las funciones religiosas. Lámparas de plata, pesados candelabros, riquísimos altares, moquetas, damascos, bronces y dorados se ven en el espacioso presbiterio. En los días solemnes, se luce un antiguo terno bordado de oro, procedente de Toledo, que llama grandemente la atención. Las procesiones se hacen con un orden y una magnificencia tal, que nos permite recomendar á nuestros lectores una Semana Santa en Tayabas. Los pasos que se exhiben en la semana del dolor, no serán de gran gusto, sus combinaciones resultarán churriguerescas, incorrecta la talla de sus figuras, impropios sus trajes, la verdad histórica falseada y el arte muy mal parado; pero lo que falta de arte, lo suple la riqueza. El armazón de uno de los carros es todo de plata. En la última procesión que vimos el año 1876, contamos 19 pasos, conteniendo algunos de ellos en sus plataformas hasta 12 figuras de tamaño natural profusamente recargadas de valiosos metales y preciosas telas. La verdad histórica, volvemos á repetir, está completamente olvidada en aquellas figuras. En uno de los pasos campea en primer término un escribano con sus correspondientes anteojos y su indispensable legajo, recordando en las prendas de su traje todas las épocas conocidas, haciendo sus gregüescos acuchillados dar una galopada de más de dos siglos, hasta llegar á su abotonado chaleco. El acuchillado escribano de Pilatos, no causó en nosotros extrañeza, puesto que ya habíamos visto á un personaje de las cruzadas luciendo un descomunal morrión de la milicia nacional, traído por un cabanista. Para muestra, creemos basta con ese ... morrión.

Parece imposible que las fisonomías de los pueblos varíen tan en absoluto, mediando entre sí cortas distancias. Decimos esto al recordar á Lucban. Poco más de dos leguas separa este pueblo de Tayabas, y sin embargo las costumbres y manera de ser del uno, son casi la antítesis del otro. En el primero, el gusto y el arte suplen muchas veces á la riqueza; en el segundo, al contrario; en este, el rico amontona y entierra los antiguos pesos de dos mundos; en el otro, la vida activa y comercial baraja continuamente su poco numerario. En Tayabas no busquéis ni petacas, ni petates, ni tejidos, ni bolos, ni trabajos de palmas, ni ninguna de las múltiples y variadas producciones que hemos visto en Lucban. En Tayabas, el hombre no sabe más que cultivar el campo; en cuanto á la mujer, francamente, todavía no hemos podido averiguar lo que hace y en qué se ocupa. De esa misma indolencia y ese perpetuo reposo, nacen sin duda alguna el sin número de abusiones, ó sean supersticiones de que está llena la tayabense, y de las que nos ocuparemos en los capítulos siguientes, en los que trataremos de describir lo mejor posible al indio y sus costumbres.

CAPÍTULO VII.

Costumbres.—Poesía popular indígena.—La tradición y el manuscrito.—El cumintán.—¿Qué es el cumintán—?—Reminiscencias moriscas.—El cariquitdiquitán.—Pensamientos tomados al oido.—El indio.—¿Es ó no definible?—El libro en blanco.—Identificación del indio.—Condiciones para conocerlo.—Fenómenos psicológicos.—Un regimiento europeo y un regimiento indígena.—Ingratitud y agradecimiento.—La india amiga y la india amante.—El portalón del Gloria.—Titay.—Una fortuna á la mar.—La Revista Europea viajando por el reino de Aracan.—Conocimientos de los escritores de allá y algunos de los de acá.—El cómo se escribe la historia.—Apreciaciones diversas.

Todas las comarcas del mundo tienen su poesía popular que conservan bien por la constante repetición que cuidadosamente hacen de padres á hijos, ó bien por la compilación escrita que guarda el libro.

El indio posee, como todas las demás razas, su romancero popular, que conserva por la tradición, y algo, aunque poco, en el manuscrito. El cumintán tagalo no es, ni más ni menos que el primer auxiliar de sus tradiciones.

Si al recorrer los extensos tubiganes y cocales que rodean á Tayabas oís plañidera guitarra y dirigís vuestros pasos en busca del tañidor; si al llegar al cerco de la casa donde salen los acordes, veis los tapancos y caranes alzados, notando en el interior profusión de gente que con gran silencio escucha á una india que perezosamente canta y baila al son de la guitarra, siguiendo con gran cuidado las ondulaciones de su cuerpo, el equilibrio de una taza que mantiene en la cabeza; si de cuando en cuando el silencio de los que escuchan es sustituído por el característico grito de alegría del indio y á veces con un palmoteo semejante al que acompaña las canciones andaluzas; si subís la escala de caña y bejuco y tomáis asiento entre aquella reunión, que sin preguntaros quién sois, ni quién os presenta, os acoge con cariño y os da lo que tiene; si entendéis el tagalo y lleváis algún tiempo en el país, desde luego comprenderéis que á vuestra llegada se bailaba y cantaba el cumintán. ¿Qué es el cumintán? dirán aquellos de nuestros lectores que no conozcan las costumbres tagalas. El cumintán es una mezcla de todos los acordes tristes y melancólicos que se conocen en el pentágrama. El cumintán es una balada compuesta de suspiros. Sus notas son otros tantos ayes arrancados en el silencio de la noche, de la mujer que ama, del corazón que espera, del proscripto que tras la azulada bóveda busca cual otro rey del Oriente la estrella que marca el derrotero de su patria. El cumintán tiene algo de salvaje, algo que hace volver la vista á los agrestes bosques en que se escuchan sus acordes. Tiene sus reminiscencias de las antiguas cántigas moriscas, recordando no pocas veces el gemir del polo gitano. El cumintán nació con la primera guitarra que se oyó en estas playas. En esta canción india, todas las razas que han pasado por este suelo han llevado una adición ó una nota. Como dejamos dicho, se asemeja á las canciones gitanas, las cuales ni se aprenden, ni se inspiran en la pauta sino en la vívida luz de unos ojos de fuego, en el dolor intenso de una perfidia ó en el triste recuerdo que sintetiza un acerbo dolor.

El cumintán no se aclimata en las ciudades, así es, que hay que buscarlo en esas perdidas casitas ocultas tras los verdes penachos de las bongas y las cañas.

Veamos lo que es el cumintán.

En la casa á que habéis llegado se celebra un suizán. Una treintena de indios é indias están sentados en el sajig; un indio templa las dobles cuerdas de metal de su guitarra, y un individuo del sexo fuerte y otro del débil, esperan que aquella esté á punto, teniendo la mujer sobre la cabeza una taza llena de vino de coco. Templada la guitarra, principia el baile que se reduce á ligeras ondulaciones de las caderas, acompañando á los cortos pasos con que van acercándose los bailadores. Al encontrarse, se paran y ella canta, tomando un tema alusivo á la persona por quien se da la fiesta ó picarescamente intencionado contra el individuo con quien baila. Concluída la copla, beben ambos, y cambiando la taza de cabeza, contesta el indio á la canción que le han dirigido, repitiéndose estas evoluciones horas y horas, en que se oyen tiernos y delicados pensamientos. ¿Quién es su autor? Nadie lo sabe, son hijos de un momento de inspiración; el oído los recoge y la memoria los perpetúa. Si entre nuestros cantares populares tenemos tiernos y delicados pensamientos, no los tiene menos el indio, tanto en el cumintán, como en el balitao12 Aunque el balitao visaya no tiene, á mi juicio, todo el sabor indio del cundimán y cumintán tagalo, sin embargo, da idea del originalísimo ritmo de la música oriental. Entre los individuos que forman en la Exposición la colonia filipina, hay uno que toca bastante bien el balitao en la guitarra del país con cuerda de metal. Las indias visayas que figuran en aquella agrupación, lo cantan y bailan bastante bien.—(N. del A.) y el cutang-cutang.

El tagalo se presta mucho para los poéticos giros que generalmente emplea el indio en sus cantares. Hay una palabra en casi todos los cumintán que no se puede traducir á ningún idioma conocido; es como si dijéramos el ¡ole! ó el ¡chachipé! de la taberna del candil de Cádiz.

Si no hay lengua en el mundo que traduzca esas palabras, tampoco la hay que lo haga del cariquit-diquitán tagalo. Dicha palabra compendia todo un mundo de mimos, de caricias, de besos, de suspiros. Es el summum de la belleza á quien se le aplica, y el paroxismo del amor en el lenguaje de los amantes.

—«Si mi novio se muriese, yo iría á dormir sobre su tumba, para que sus huesos no tuvieran frío»—decía en una ocasión una india que cantaba un cundimán.—«Si tú estuvieras aquí, yo me pondría buena»—oímos decir una noche á una india, que en el delirio de una fiebre palúdica modulaba un cumintán, en el que recordaba á su amante.

Se dice, y se dice como una cosa concluyente que no admite réplica, que el indio es imposible de definir. Difícil, sí, imposible, no. Se aduce como premisas de que el indio es indefinible, aquel célebre libro de un misionero, cuidadosamente encuadernado, en cuyo lomo se leía: El indio, libro que á nadie dejó hojear y que ávidamente fué abierto tan luego murió, encontrándose los curiosos con que todas las páginas estaban en blanco. Á más del libro en blanco, corre de boca en boca la célebre definición que hace del indio un doctísimo escritor, en la que asienta entre otras muchas cosas, lo imposible de conocer al indio. En las páginas en blanco, solo vemos, ya que no un cuento, por lo menos un rato de buen humor del Reverendo Padre, que ponía á tortura la curiosidad tras las alambradas puertas de la librería. En cuanto al segundo testimonio, solo podremos decir que en las definiciones se ve que el pobre Padre lo que tenía más bien, era un empacho indio que no podía digerir, y se comprende perfectamente al decir llevaba cuando tal escribió, más de cuarenta años de país.

Al indio no se le conoce, dicen unos; es imposible definir ni calificar, replican otros: jamás podréis formar juicio sobre ellos, añaden los más. ¿Por qué? decimos nosotros. ¿Le habéis estudiado, ó solo le habéis visto? Si solo lo veis, ¿como queréis conocerle? El indio tarda muchísimo tiempo en presentarse ante el europeo tal cual es; el mismo respeto es la primera circunstancia que nos aleja de su conocimiento. Hacer con tiempo y cariño que se identifique con vosotros; lograr que vuestra vista no interrumpa sus costumbres; aprender su idioma; ser tolerantes, procurando modificar con el ejemplo, lo que queráis reprender; llevar á su inteligencia la seguridad de que ni os burláis de él, ni tratáis de originarle mal alguno, y cuando esto suceda, principiaréis á estar en condiciones de poder definirlo; mientras esto no suceda, no sé con qué derecho queréis profundizar una moral, cuyos sentimientos os son completamente desconocidos. No estando en las condiciones descritas, á buen seguro que tampoco podréis apreciar la poesía popular indígena.

Una india que canta un romance ó un cumintán, que es sorprendida por un europeo, deja la mayor parte de las veces su canto, ó de continuar, lo hace de una forma cohibida á todas luces. Aquel ser se transforma tan luego reina la confianza á su alrededor. Dirán mis lectores, ¿de modo que para conocer al indio hay que hacerse tan indio como ellos? No, puesto que podemos asegurar hemos vivido muchísimo tiempo á su lado, tanto en el campo como en la ciudad, sin que jamás se hayan identificado nuestras costumbres con las suyas. La base de la confianza es el cariño, y ese es el que hemos empleado para apoderarnos de su manera de ser y poder asegurar que en el mundo psicológico del indio se opera toda la serie de sentimientos que se conocen en el vocabulario del corazón.

El indio, y entiéndase que hablamos del indio de raza, del indio puro, no mistificado ni con las costumbres de las ciudades ni con los instintos de la conjunción de sangre, es sumamente adaptable á modelarse en el busto en quien reconoce superioridad, y en esto, podemos asegurar que la reconoce siempre. El indio, aunque sea rico, siempre rinde homenaje á un amo; es un ser libre con todas las condiciones para haber conllevado con resignación el ser esclavo. Por los criados muchas veces conocéis el amo. Al definir al amo, generalmente se define al criado. El indio hace lo que ve hacer, y se deja llevar en momentos dados, desde sus indolentes sueños á las altas regiones donde centellea la luz de los héroes. Un capitán español al frente de cien indios, puede recordar las grandes epopeyas de las guerras épicas. El español se bate por el ardimiento de su sangre, por el sacrosanto amor patrio, por su espíritu de raza. El indio se bate ante el ejemplo, ante la identificación que hace de su ser en otro ser, en quien reconoce superioridad. ¡Misteriosa mistificación que crea y alienta una campaña como la de Cochinchina, una epopeya como la de Simón de Anda, y un recuerdo glorioso como el de Clavería; el jefe que al frente de fuerzas europeas vuelve la espalda en un momento de peligro, encuentra las bayonetas de sus soldados; el que la vuelve ante fuerzas indígenas, tropieza con las mochilas. Un coronel de un regimiento europeo, es la táctica; un coronel de un regimiento indígena, es la conjunción de mil almas en la suya, flotando en su espíritu la suerte del regimiento: su responsabilidad es inmensa, pues tan fácil le es llegar al Capitolio como á la roca Tarpeya.

La identificación del indio con el sér en quien reconoce superioridad, está demostrada. De esta demostración, se deducen necesariamente un sinnúmero de corolarios que vienen á definirlo.

Se dice, el indio es esto y aquello y principalmente desagradecido, á lo que contestamos nosotros, que si bien se ven entre ellos pruebas de olvido—cosa que por otra parte, y dicho sea de paso, no es de extrañar, dado el estado de la humanidad—también podríamos citar hechos concretos, de que si hay indios que olvidan, también los hay que recuerdan y agradecen.

Lo que muchas veces se llama desagradecimiento, suele ser exigencias no otorgadas quizás porque vienen repetidas ó porque son odiosas.

—¿Por qué te vas de esta provincia?—decía en una ocasión una india á un amigo nuestro.

—Me voy porque me han ascendido, y porque lo manda el rey.

—Pues, pídele al rey—replicó con la mayor naturalidad—que te deje aquí, y en cuanto al sueldo, yo te lo daré.

Las anteriores palabras, en la generalidad de los casos despiertan la indignación; pero juramos á nuestros lectores que en el tono y la forma en que lo dijo la india, solo originan la gratitud. Es de advertir que aquella no tenía amores con mi amigo, y solo había tenido ocasión de prestarle aquel algunos pequeños favores. Hacemos esta salvedad, pues es de hacer, puesto que la india amante, no ofrece, sino que da, ó tira cuanto tiene. Como ejemplo, citaremos un hecho.

Una mañana estaba á punto de levar anclas el magnífico vapor Gloria, de la casa Clano. Las blancas burbujas que se escapaban de los tubos y la compacta columna de humo que perezosamente se iba confundiendo con las matinales brumas, bien claramente demostraban que el coloso estaba listo para alentar con sus potentes transpiraciones, las dobles hélices. El Gloria debía conducir á la madre patria gran número de sus valientes hijos, que después de haber peleado como buenos en las aguas de Joló, iban con la alegría pintada en la cara en busca de las azules ondas de las castellanas playas. De pronto saltó desde el portalón á la cubierta una india, preguntó por el capitán, y una vez en su presencia le suplicó la llevase á España, ofreciéndole doscientos pesos por su pasaje. A las justas observaciones del capitán explicándole lo imposible de realizar su petición por no tener pasaporte ni haber llenado ninguno de los requisitos de embarque, la india rompió á llorar; volvió á suplicar, y no pudiendo conseguir nada, secó sus lágrimas, y dirigiéndose silenciosamente al portalón tiró á la mar los doscientos pesos.—¡Pobre Titay!—oímos decir á un artillero que veía alejarse la barquilla en que iba la india.—¿Quién es Titay?—preguntamos nosotros.—Titay es esa pobre mujer que acaba de salir, era la amante de un compañero y anoche supimos había vendido cuanto tenía, creyendo poder seguirnos.—¡Pobrecilla!—añadió el valiente hijo de España visiblemente conmovido; sin él nada quiere y toda su fortuna la ha tirado á la mar.

Que le digan al novio de la india que son indefinibles, y de seguro se sonreirá amargamente al recordar la facilidad con que él podría definir á la desgraciada Titay.

Sin el trato y el conocimiento íntimo del carácter, volvemos á repetir, es completamente imposible definir, máxime cuando corre de boca en boca tanta y tanta vulgaridad, escribiéndose en la generalidad de los casos en el mismo tono en que se habla.

No ha muchos días, hojeando una de las últimas entregas de la Revista Europea nos fijamos en un artículo, en cuyo epígrafe se leía: Una llaga social. La respetabilidad de la firma del autor, la justísima reputación de la revista y nuestra afición á la lectura nos hicieron adivinar un precioso cuadro que encarnaría algún cáncer moral. Principiamos la lectura, y á vueltas de bellezas de primer orden nos encontramos con un párrafo que literalmente dice así: En el reino de Aracan, en las islas Filipinas, ningún hombre toma por esposa una doncella so pena de considerarse deshonrado.

Después de decirse que en estas islas la virginidad es una deshonra, creemos que bien puede asegurarse lo de los nidos en los rabos de los carabaos; lo de los misteriosos embozados de la calle de San Jacinto; lo de la persecución del anay por fuerzas del ejército; lo de los rabos de las indias de la costa de Baler lo de los tigres de Mariveles, y lo otro y lo otro, incluso el asegurar que el indio es indefinido. Si lo han de tratar de la forma que lo hace el autor de La llaga social, más vale que lo sea y no le atribuyan cosas que está muy lejos de ser, y con las cuales se forman conceptos y apreciaciones completamente erróneas. Todos los indios de Filipinas, lo mismo los remontados que los de las ciudades; lo mismo los que campan en su vida nómada en las escabrosidades del Banajao y del Caraballo, que los reducidos; lo mismo los cristianos que los idólatras, aetas, tinguianes y busiaos conocen el valor de la virginidad, y en sus confusas ideas del deber y el honor jamás ha entrado como deshonra el que la compañera que han de tomar por esposa haya perdido al unirse á ellos la flor de la pureza.

Si tales cosas dice un periódico tan serio y de los primeros de Europa, ¿qué no podrán decir los demás?

¡Así se escribe la historia!....

* * * * *

En muchas de nuestras ideas acerca del indio, convienen gran número de profundos observadores, y entre otros citaremos al eminente jesuita Murillo Velarde, quien en su Historia de Filipinas, dice: que el español es un vivo espejo en el que se mira el indio. Robertson, en su Historia universal de las Indias, compara á los indios con los muchachos de la escuela; semejanza que también la encuentran el abate Marden en sus escritos, y Solorzano en su Política Indiana. El sabio cronista de los viajes por Filipinas, del General D. Ignacio María de Alaba, Frey Joaquín de Zúñiga, escribe en un manuscrito, valiosa joya que guardan los archivos de San Agustín, cuyo hábito vistió, lo siguiente: «El genio de los indios, según los autores que han escrito de ellos, es un embolismo de contradicciones; dicen que al mismo tiempo son humildes y soberbios, atrevidos y cobardes, crueles y compasivos, perezosos y diligentes, y refieren de ellos otras mil contrariedades como estas. Yo he vivido con ellos diez y seis años y no he hallado contradicción alguna, sino una gran debilidad y mucha disposición á recibir la impresión de todas las pasiones, las cuales se les pasan luego, y con gran facilidad se desprenden de una para dar lugar á otra. Muchas de sus acciones nos parecen contradictorias, porque las referimos á nuestros ojos y no á los suyos; lo que entre nosotros es tenido por bajeza, lo tienen ellos por honra; lo que á nosotros nos abochorna, suele ser á veces entre ellos muy honorífico. Si cotejamos su modo de obrar con el modo de discurrir que se halla entre ellos, muchas que nos parecen contradicciones, las hallaremos consecuencias legítimas de sus principios.

CAPÍTULO VIII.

Costumbres.—Casamientos.—Código amoroso indio.—Prólogo al libro.—Bíndo—Cabezang Juan y cabezang María.—Los faldones del munícipe.—Elocuencia de las uñas.—El Eureka tagalo.—El pretendiente y la pretendida..—El pamimianan.—El amang-cruz.—Una casa vacía y una casa provista.—El habiling.—Calabazas en redondo.—Influencia de los mayores.—Rencor indio.—Los picos quemados de una carta.—La gayuma y el jonjon.—Aceptación del habiling.—De novio á marido.—El pag-haharap.—Ceremoniales.—La vuelta á la casa.—Novenario.

El indio en general es muy dado á sus tradiciones, y por nada en el mundo varía sus costumbres, costando no poco trabajo el introducir la más ligera adición ó supresión en ellas.

Desde que un lalaqui forma el propósito de hacer el amor á una babay, hasta que se consuma el matrimonio, pasa por una serie de ceremonias y es objeto de un sinnúmero de fórmulas difíciles de enumerar, y desgraciado de él si en esa larga gestación de pretendiente á catipán, ó sea novio, y de este á maridable, infringe alguno de los infinitos detalles del larguísimo ritual del código amoroso indio.

Ni el pretendiente que en fuerza de cortesías llega á retratarse en los tersos botones de portero de Ministerio, ni el aspirante á rica dote ante exigente futura suegra, ni el candidato extra-oficial en distrito cunero, ni el cesante con ocho hijos frente á despótico casero, tolera las injusticias, los desaires, las cavilaciones y los sudores que sufre y aguanta con estoica resignación el indio ante la bronceada deidad de sus pensamientos.

Veamos el tipo.

Bindoy es un fornido muchachote de veinte años, su padre Cabezang Juan y su madre Cabezang María, son dos honrados seres que tienen cuatro cavanes de regadío, quinientos, cocos, algunas vacas y dos carabaos aradores que labran la tierra, en la que se levanta el hogar donde nació Bindoy. Aquella casa se llama de sementera, y los habitantes de las ciudades conocen á sus moradores con el nombre de sementereros. Bindoy y sus padres no van al pueblo sino los domingos, los días de procesión y aquellos otros en que el ronco tañido del tambulic del matandá sa nayon anuncia al barrio que en la población ha de verificarse algo extraordinario. Cabezang Juan, acompañado de su hijo—que es primogénito de su cabecería,—asiste á las altas deliberaciones que algunos sábados se discuten en el Tribunal, y no sin gran trabajo recauda de sus carolos el tributo, trabajo que en cambio le da fuero sobre uso de chaqueta, asiento en la principalía, voto en las deliberaciones, media firma en informes de conducta, y sobre todo el oir llamar con cierto respeto á su cara consorte el aristocrático Cabezang, título tan nobiliario, como si su propietaria pudiera ostentar en vez de los blancos faldones de la munícipe camisa de su marido, un escudo con media docena de lagartijas en campo amarillo.

Bindoy ha entrado en quintas y sacado un número alto, por lo tanto, viéndose libre del servicio del Rey, principió á pasar por su imaginación el deseo de dedicarse al de una dama. Con tal resolución, se echó mi buen Bindoy por aquellas sementeras de Dios en busca del ideal de sus sueños. Una tarde se hizo cargo de una guapa dalaga que pilaba arroz acompañando el ruido acompasado del jalo con una monótona canción. Ver á la dalaga y pararse, y tras pararse, rascarse, fué simultáneo. En Europa, sabemos, mejor dicho lo saben otros, que con la música puede darse las buenas tardes y hasta pedir un fósforo al vecino; pudiéndose hacer esto, y muchísimo más, en el arte coreográfico, en el que, y solo con la ayuda de los pies se pueden recitar todos los pentacrósticos de Estrada. El arte mímico ha llegado á una gran altura en el viejo mundo; pero juramos á nuestros lectores, que con toda aquella mímica junta, no se llega á la expresión que envuelve el hecho de pararse un bagontao ante una dalaga, y rascarse. Las uñas en este caso tienen más elocuencia que todas las catilinarias juntas. Una rasqueta, reposada, tranquila y practicada en aquel sitio de que Sancho se quejaba después del manteo de la venta, es el ultimatum más perfecto que se conoce en el lenguaje de las peticiones. Cuando el indio se rasca en la cabeza, su exigencia solo será material, es el preámbulo para pedir ó dinero, ó cosa que lo valga; pero si el indio corre las uñas por los antedichos lugares, entonces la petición cambia de especie, y se convierte en moral.

La dalaga, vió que Bindoy se paró, que miró, y que abrió la boca; oyó que pronunció el eureka tagalo, ó sea el característico, ¡aba! y sobre todo, observó que bajó la mano y se rascó con el mismo mimo y parsimonia que podría hacerlo un gitano sobre el lomo de un pollino en feria, y visto y oído lo anterior, dejó jalo dentro del lusong y miró de reojo á Bindoy como diciendo, mañana tú serás el que piles.

En las costumbres tagalas de la provincia de Tayabas, el hombre trabaja mientras es novio, cuando es marido, generalmente quien lo hace es la mujer.

Sigamos á nuestro Bindoy.

Una vez que comprendió había encontrado su media naranja, traspuso el cerco de madre cacao que resguardaba la casa, en la que entró con la misma familiaridad que si fuera la suya. Dió las buenas tardes á los padres de la dalaga, fué cuidadosamente observado por aquellos, y acto continuo indicaron faltaba agua, á cuya indicación el pobre Bindoy, cargó con un pesado bombón de caña, que llenó en un manantial vecino. Con este trabajo empieza el via-crucis que tiene que recorrer el pretendiente. En el mero hecho de haber desempeñado una ocupación de la dalaga, se le acepta, y en tal concepto, presta con el nombre del servicio, ó sea el pamimianan, toda clase de trabajos. Acompaña á su pretendida á todas partes, desempeña sus quehaceres, pila por ella el arroz, lampacea el suelo, limpia los carajais y los platos, ayuda al padre en las faenas de las sementeras, y todo por ella, por ella, á quien mira con una cómica gravedad. No hay nada más digno de notar, que la respetuosidad con que es tratada una india en situación de pretendida.

El servicio, lo impone el padre de la dalaga, dura generalmente un año, ó sea de cosecha á cosecha, viviendo muchas veces el pretendiente en la misma casa de la pretendida. Desde el momento en que se acepta el servicio por parte de la familia de la dalaga, se abren dos listas, una que lleva el padre de aquella y otra el pretendiente, consignándose en ellas el importe de todo cuanta gasta en obsequios, sean de la clase que quieran. Los trabajos también tienen su tarifa, abonándose en cuenta dos reales por los servicios de noche, y uno los de día. Las listas del pamimianan son altamente curiosas, leyéndose en ellas, al lado de una libra de lichón, un pañuelo de guinaras, figurando más allá de este apunte, dos reales por una noche en claro velando el romadizo de la futura suegra, y más allá, un real por media noche en que acompañó á la dalaga á cantar la pasión. Al cumplir el año se hace la liquidación del importe total de los trabajos, de los obsequios y del valor de todo lo comible y bebible, que ha llevado el pretendiente, y este se prepara á recibir su sentencia, pues al concluir el servicio se resuelve en definitiva si se le acepta ó no.

En esta aceptación, poco ó nada se oye el asentimiento de la dalaga, la cual con raras excepciones sigue la voluntad de sus mayores, sin réplica ni objeción alguna.

El pretendiente, en esos días, se preocupa todo lo que puede preocuparse un indio; busca una especie de hombre bueno, que se le conoce con el nombre de amang-cruz, y con este, y algunas veces la música, se dirige á la casa de la dama de sus pensamientos, siendo de advertir que ya con anticipación se ha procurado se le comunique la noticia. Constituidos en la casa, si ven que nada falta en ella, es mala señal; mas si por el contrario, se encuentran solo con las paredes, sin que haya fuego, ni leña en el hogar, ni bancos, mesas y lamcapes en la caída y sala, entonces la cosa varía de aspecto, y el novio, el amang-cruz y los individuos de la familia de aquel, en un momento llevan cuanto hace falta, procediéndose acto continuo á preparar la cena y buscar á la dalaga, que la tienen escondida en alguna casa vecina. Encontrada aquella—y es de advertir que se la encuentra siempre—el amang-cruz entrega á su padre una bandeja adornada de flores. Entre estas se coloca una cajita, en cuyo fondo se ponen dos monedas de plata, cuyos bustos resulten mirándose el uno al otro. A esta ofrenda se la llama el habilin, y aceptado este, principia la cena; se bebe, se canta, se baila y se habla de todo, menos de la proyectada boda. A los ocho ó quince días de la entrega del habilin, se prepara otra cena, previo aviso á todos los parientes de una y otra parte, y si á la conclusión de aquella devuelve el padre de la dalaga al amang-cruz las dos monedas, es señal de calabazas en redondo; si no hay devolución, el pretendiente pasa á ser novio oficial.

De no aceptarse al novio, se le entrega el importe del servicio, el cual se le carga en cuenta al nuevo pretendiente que tenga la dalaga, de modo que el pamimianan no es ni más ni menos que un préstamo que se hace al padre, con la garantía de la hija. Volvemos á repetir, que pocas veces entre las indias de la provincia de Tayabas, se ven ejemplos de que contraríen la voluntad de sus mayores, y cuando esto sucede, el rencor se lleva á un terreno casi incomprensible. Conocimos una joven, que habiendo apelado al amparo de las leyes, y habiéndose decretado su depósito, escribió á sus padres una carta pidiéndoles perdón. El día que tal hizo fuimos á la casa en que se hallaba, y la encontramos llorando, teniendo á la vista su carta con los cuatro picos quemados, una mortaja, un cordón, un rosario y cuatro velas amarillas. Aquellos objetos mortuorios nos llamaron la atención, y al interrogar á la joven, nos dijo, que aquella carta era la suya, devuelta sin contestar por sus padres, quienes, juntamente con ella le habían acompañado los anteriores objetos. La carta que se devuelve quemadas las cuatro puntas, significa que el odio será eterno; si se acompaña la mortaja, revela, que aquel se llevará hasta la tumba.

La oposición de los mayores tratan algunas veces los pretendientes de conjurarla por medio de empíricas recetas ó tradicionales anitos. Las hojas de la gayuma y del jonjon, se prestan en primer término para las cábalas amorosas. Aquí no hay echadoras de cartas, ni agoreras pitonisas; pero el género no es desconocido, La mangcuculam suple aquí las rayas de la mano, la sota de bastos y los setenarios del amor, con los brebajes del jonjon y los sahumerios de la gayuma.

Nuestro conocido Bindoy no tuvo necesidad de recurrir á medios extraordinarios. Fué aceptado por todos, trabajó como un cumplido pacientísimo su año de servicio, y cabezang Juan guardó en el fondo del arca las dos monedas del habilin. Ya lo tenemos, por lo tanto, novio oficial de la simpática dalaga, cuyo nombre era el de Nínay.

Del estado de novio al de marido, hay entre el indio muy poco camino, así que á los pocos días tomaron el que dirige al convento, Bindoy, Nínay, el amang-cruz y los padres de aquellos. Presentes los novios ante el párroco, fueron examinados, y nemine discrepante aprobados, quedaron inscritos para las amonestaciones.

La presentación que hacen al cura la llaman el paghaharap, y con este nombre se da una fiesta, que se repite la víspera de la unión, con el nombre del casalan, la que dura hasta la hora de ir á la iglesia.

En todos estos actos hay un ceremonial especial que se repite de unos á otros con la precisión del engranaje de un cronómetro inglés.

Bindoy, solo, según programa, marcha por medio de la calzada que dirige al convento á la cabeza de la música; detrás de esta, y en la misma forma que su futuro, camina muy despacio la novia, llevando sobre su cuerpo la saya más pintarrajeada que ha encontrado y cuantos objetos relucientes ha podido proporcionarse. Leídas que fueron las solemnes palabras de San Pablo, Bindoy miró de reojo á Nínay, el cura bendijo la unión de ambos, y todos contentos y satisfechos regresaron á la casa de la desposada, en la que el pobre marido, antes de entrar en posesión de su mujer, tiene que sufrir nueve—¡nueve!— interminables días, por supuesto con sus correspondientes noches de baile, cutang-cutang, coquillo y demás agasajos que para el pobre Bindoy son otras tantas mortificaciones. En estos nueve días la desposada duerme con sus amigas, las cuales la rodean, no dejándola ni un momento sola. ¡Delicada y alegórica costumbre en que se despide la dalaga del mundo, rindiendo en aquel novenario el último tributo á la virginidad!

Bindoy es completamente feliz al lado de Nínay. Veamos en el siguiente capítulo si es ó no posible la felicidad en el indio.

CAPÍTULO IX.

¿Es ó no feliz Ambrosio?

Decía un amigo mío que á ser posible volver á nacer y tener el derecho de petición, pediría á Dios nacer indio, pero indio puro, de sementera. Fundaba su deseo en la observación que había hecho de este país en su larga permanencia en él y en el trato y conocimiento de las costumbres del indio.

Hoy que llevo algunos años en Filipinas y que he pasado muchísimos días estudiándolo, comprendo cuánta razón tenía mi amigo.

Entiéndase, que tanto aquel como yo, nos referimos al indio de campo, no al ilustrado de las ciudades.

Para que no haya duda, voy á describir el tipo tomado del natural.

En mis excursiones por uno de los pintorescos ríos de la contra-costa de Tayabas, que desembocan en el Pacífico, vi deslizarse pesadamente una balsa de cañas, sobre las cuales tranquilamente dormía un indio. A las voces que le dió nuestro timonel, se incorporó lentamente y tras un largo esperezo y un no menos largo resoplido soñoliento, separó con la ayuda del tiquin su rústica embarcación, dejándonos paso en la corriente.

He ahí, dije en mi interior, un ser que respira tranquilidad, salud y bienestar.

Formulado que fué el anterior juicio, me asaltó el deseo de saber si habría sido ó no exacto en dicha apreciación.

—¿Conoces á ese indio que va en la balsa?—dije al timonel.

—No conoce, señor.

—Pregunta si vive cerca, y de vivir próximo al río, díle si podríamos pasar la noche en su casa.

El timonel con la ayuda de mi criado, tradujo en tagalo mi deseo, dando su contestación por resultado, que vivía un cuarto de hora de remo de donde nos encontrábamos, y que con mucho gusto nos ofrecía su casa y cuanto tenía, á cuyo ofrecimiento dí orden para que se largara un cabo á la balsa. Con la ayuda del remolque y apretando bogas, atracamos al poco rato al pié de la morada del indio. La casa era de caña y nipa, y todo su ajuar se reducía á dos lancapes, una mesa, una banga y unos cuantos tabos de coco, destacándose en las paredes varias estampas pegadas con morisqueta.

El indio nos dijo llamarse Ambrosio, estaba casado y tenía dos hijos. Veamos las necesidades morales y materiales de aquella familia. El espíritu de Ambrosio flotaba en el mundo del indiferentismo, sin que le atormentase ninguna clase de ambiciones, puesto que ignoraba el ancho campo y el dilatado más allá, que se extendía tras la cerca de palmabraba que resguardaba la casa. Allí vivía, sin recuerdos del ayer, sin aspiraciones del hoy, ni intranquilidad ni zozobra para el mañana. Las edades, los tiempos, las esperanzas, las tiernas conmemoraciones y todo cuanto constituyen esos eternos fantasmas que se suceden sin interrupción en el gran laboratorio que da calor al alma, son completamente desconocidos en la morada de Ambrosio. No sabe cuándo nació y confusamente recuerda los cabos de año que ha celebrado desde que murieron sus padres. Adora á Dios sin que en sus ideas religiosas entre para nada tratar de profundizar ninguno de sus misterios, llevándole su misma ignorancia al fatalismo que predomina en la generalidad de los indios. Á la muerte la llaman la raya-negra, y poco ó nada hacen para contrarestar ese negro surco de sus creencias, tan luego anuncia una de sus muchas abusiones que la muerte ha de entrar en una casa.

Las necesidades morales de Ambrosio son perfectamente nulas. Tiene mujer é hijos, pero ni remotamente le ha preocupado su porvenir. Las palabras hospital, hospicio, casa de empeños y de refugio, son completamente desconocidas en su vocabulario; es más, Ambrosio no llegará jamás á comprender su significación; ignora lo que son las interminables noches del invierno sin abrigo y sin luz, y no sabe lo horrible de la palabra ¡pan! pronunciada por un hijo hambriento y aterido. La nauseabunda guardilla, los harapos, la miseria, el hambre, las privaciones de todo género, las luchas de la virtud con las necesidades, la camilla y la fosa común, jamás han llegado ni llegarán á atormentar los pensamientos de Ambrosio. Pertenece á la raza pura, su constitución como la de los suyos, es virgen, desconociendo casi las enfermedades, teniendo para las que le aquejen admirables específicos en las hojas de sus bosques, en los jugos de sus plantas y en las corolas de sus flores. La constante y benigna temperatura intertropical de su cielo, le libra de todas las necesidades que trae en pos de sí el invierno, poseyendo Ambrosio á su alrededor cuanto constituye su vida, no solamente con relación á su materia, sino que también á su espíritu. Un pequeño campo le provee de arroz para su morisqueta; el río le brinda con la riqueza de sus pescados; el coco, le ayuda con las múltiples aplicaciones de sus hojas, sus jugos y sus fibras; el chile, fortifica su organismo; las hebras del abacá, cubren su cuerpo; las esbeltas cañas y los trepadores bejucos, le dan albergue; los verdes nipares, bebidas alcohólicas; y por último, refrescan su sangre los poéticos tamarindos. Y todo esto lo tiene Ambrosio en las treinta varas que rodean su casa. En aquel terreno están cubiertas todas sus aspiraciones, no inquietándole el porvenir de sus hijos, puesto que sabe que en aquel suelo, mina inagotable cultivada por la mano del Sumo Hacedor, está encerrado todo el horizonte del mañana. Su cielo, siempre lleno de luz; sus alboradas, con sus diamantinos rocíos; sus plácidas noches, con los vividos destellos de los miles de alitaptap que baten sus alas de fuego en las rojas corolas del árbol del amor; la grandiosidad de la selva con sus árboles seculares, sus misterios, sus pájaros, sus arroyos y sus flores, sonríen á su espíritu y le enseñan á amar al que enciende en los altos plenilunios la pálida faz de la sultana de los cielos, á la que Ambrosio como todos los de su raza, rinde una verdadera admiración. Así nace y vive el indio, viendo llegar tranquilamente su última hora, sabiendo que sus despojos no han de ser llevados por manos mercenarias y sí por sus propios deudos, los cuales no tienen el amargo privilegio de verlos arrojar en la fosa común, ese horrible rincón de las grandes necrópolis, donde se hacinan cientos de cadáveres y se compendian millones de lágrimas.

¿Es ó no feliz Ambrosio?

CAPÍTULO X.

Costumbres.—Enfermedades y entierros.—El orimon.—Creencias del indio.—El mediquillo.—Confección de una receta.—El constructor de cigarrillos.—Dos respiraciones.—El frío y el calor.—Muerte de cabezang Pedro.—Al hoyo y ... talagá nang Dios.—La casa por concluir.—Dolor de embarazo.—Las plegarias y la Orden tercera.—Las listas del presente.—El panalañgin.—El sentimiento y el estómago.—Inoac y sayos.—El sentimiento y el indio.—Filosofía del icao ang bahala, y el talagá nang Dios.—El cementerio de Tayabas.—La vida y la muerte.—¡Eterno olvido!—El dasalan.—Creencias.—El lungcasan.—Último recuerdo del vivo al muerto.

Ya que hemos visto todo el ceremonial que precede á un casamiento en Tayabas, síganme los lectores que quieran á la cabecera de un enfermo grave, y si muere les daremos á conocer las costumbres que se practican en los entierros.

—¿Estamos en camino? Sí, pues principiemos por doblar la rodilla, pues á pocos pasos de la casa adonde nos dirigimos llevan el orimon, resguardado por un inmenso payo de seda grana, y dentro de aquel se ve al ministro del Altísimo con la sacrosanta forma. Detrás del orimon, que no es ni más ni menos que una silla de manos conducida en hombros de cuatro fieles, y custodiada por una guardia de honor de cuadrilleros, va la música tocando la marcha real, y á continuación gran número de acompañantes con velas.

La devota comitiva se dirige á la iglesia, y nosotros entramos en la casa del paciente, en la que se notan algunos adornos, lo que prueba, que en aquella se ha recibido al Rey de los Reyes, con toda la suntuosidad á que alcanzan los recursos de sus moradores.

Ya estamos en la caída; si quien padece es mujer, y se encuentra de parto, no podemos detenernos ni hablar hasta llegar á la habitación donde se encuentra la enferma; si esto no hacemos, se creería en un resultado funesto. Delante de nosotros ha pasado un indio que se ha parado á encender un cigarro en una de las muchas luces que hay en la caída, á pesar de ser las cuatro de la tarde; aquella parada, desde luego nos da á conocer no habrá bautizo, ni necesidad de preparar agua de socorro. Con nosotros viene el estudioso y aventajado joven D. Evaristo Batlle, médico titular de la provincia; lleva poco tiempo en ella, y todavía no ha podido desterrar con su ciencia las ridículas y hasta estrafalarias prácticas de los mediquillos. El doctor nos acompaña como simple curioso, si bien, va animado de los mejores deseos humanitarios. Cerca de la caída está la cocina, y en ella nos enseñan á un grave y respetable señor, de camisa por fuera, armado de unos tremendos anteojos, cuyo varillaje difícilmente encuentra apoyo en una cosa que quiere ser narices. Aquel personaje, es el mediquillo; se encuentra rodeado de una porción de cachivaches, dando órdenes y disposiciones con un gran aplomo. Cree que ninguno de nosotros conoce el tagalo, y por lo tanto continúa con su explicación medica, al par que confecciona una receta. Veamos los ingredientes de esta, y oigamos el discurso.

En una hoja de plátano, embadurnado de aceite para que no se pegue, deja destilar la melaza de unos caramelos, que derrite á la llama de unos tinsines que arden por cima de la hoja, sobre la que vemos perfectamente picado un poco de tabaco y otro poco de buyo, que mezcla y revuelve con la melaza, haciendo por último con todos aquellos compuestos, una especie de tabaco de las dimensiones de un primera habano. Concluída su obra, miró por cima de las antiparras á todos los que aguardaban brotase la salud de sus manos, y con aire reposado y sentencioso, dijo en tagalo, lo que traducimos en español.

—Toma,—dijo, dándole el cigarrillo á una india, que supimos era la esposa del enfermo,—cuando le suba el frío, hay que traerlo abajo, y para llamarlo, tienes que taparle con eso todas las respiraciones—¡Santos cielos! exclamamos en nuestro interior,—¡cuántas respiraciones conocerá ese constructor de cigarrillos! Sudando, solo en pensar la horrible faena para conducir el frío abajo, nos dirigimos á la habitación del paciente. Con más parches que redoblante de concejo; más hierbajos que anaquelería de herbolario: y más sobas que espalda de galeote, yacía, en el petate del dolor, mi bueno de cabezang Pedro, aquejado de un descomunal ataque de frío y calor.

Al ver al pobre cabezang Pedro, comprendimos todo lo grave que es el estar malo en Tayabas.

Y en efecto, lo estaba tanto, que murió aquella misma noche.

Nuestro amigo el doctor nos dijo que el frío y el calor, no era ni más ni menos, que una fiebre maligna.

Por supuesto la muerte de cabezang Pedro, no se la achacaron al mediquillo ni mucho menos, pues allí no hay la fea costumbre de echar el muerto á las espaldas del que lo asistió en vida. Se muere porque , y al hoyo y talagá nang Dios.

Si la casa donde acaece una defunción es nueva y está concluída, entonces no hay que preguntar, pues que está muy arraigada la creencia que enfermo que cae en casa nueva y concluída indefectiblemente ha de morir, haciendo esto, que jamás se concluyan las casas de Tayabas, dejando por poner, ó una puerta, ó una concha, ó una ventana. Durante los embarazos se suspende toda obra, así que si la dueña de una casa en construcción ó reparación nota síntomas de embarazo, se paraliza el trabajo en el estado en que se encuentre, hasta que aquella dé á luz.

Hemos dicho si la mujer nota síntomas de embarazo, y en esto no hay completa exactitud, pues basta que aquellos síntomas lo sienta por su mujer el marido. Pero..., pero que vamos, que hay que ponerse serio para decir ciertas cosas, mas es lo cierto, que en Tayabas la generalidad de los futuros papás, llevan su tradicional creencia, hasta jurar que sienten los mismos dolores que la mujer.

—¿Qué tiene tu padre?—decíamos en una ocasión á una muchacha.

—Tiene, señor, dolor de embarazo,—nos contestó.

—¡Vamos, que les digo á ustedes, que entre las muchas gangas que posee un marido, jamás pudimos creer podría llegar á tener la de ponerse á parir.

El pobre cabezang Pedro—como dejamos dicho—murió, no de una ilusoria creencia sino de una real y efectiva fiebre palúdica.

Tan luego espiró se le cubrió la cara con un pañuelo, se le entrelazaron las manos, poniendo en ellas un crucifijo, las campanas tocaron plegarias, y todos los individuos de la Orden Tercera, invadieron el cuarto, poniéndose á rezar, mientras los parientes más cercanos preparaban un hábito de San Francisco, mortaja con la que habían de vestir el inanimado cuerpo.

El toque de plegarias, al par que avisa á los vivos recen por el alma de un muerto, convoca con su lúgubre tañir á todos los que fueron sus parientes. Estos acuden á la casa si es que ya no están en ella, llevando cada uno un obsequio, consistente en dinero ó bien en tabaco, en bebidas ó en comestibles, obsequios que á su vez son recompensados en igual forma y en casos semejantes por los que los reciben, á cuyo efecto, se guarda una lista de presentes en cada casa.

Como los parientes del cabezang Pedro son muchos y pudientes, la lista del presente está llena de números, que aparecen traducidos en especie, sobre las mesas y fogones.

Una vez reunidos deudos y amigos, empieza el panalañgin ó sea el canto de la pasión, que dura toda la noche con gran contentamiento del estómago, al que se da lastre y refuerzo tras cada estrofa.

Entre cabezadas, esperezos y cánticos roncos y destemplados, viene el día, y con él el carro ó angarillas que ha de conducir al cadáver á la iglesia y de aquí al lugar del eterno reposo.

Todos los parientes acompañan al cadáver, conociéndose aquellos por una especie de frac de percalina engomada color garbanzo, de faldones muy largos, llamados sayos, que visten los hombres, y un manto, generalmente de raso, conocido con el nombre de inuac, con el que se cubren las mujeres.

El indio, bajo el punto de vista del sentimiento, ó es niño ó es viejo, lo que viene á ser sinónimo, de aquí lo difícil de definirlo. Tiene la volubilidad, la indiferencia, y los momentáneos caprichos del niño: como este odia y ama, como este quiere y olvida, sucediéndose en los impenetrables misterios de su espíritu, las más fuertes impresiones, sin dejar el dolor la más ligera huella, ni el placer el más mínimo recuerdo. Todas las cosas posibles la envuelve en su lacónico aco ang bahala, como todos los hechos consumados, los acepta en su filosófico talagá nang Dios.

Pronunciando el aco ang bahala, emprende todos los actos de su vida; y murmurando el talagá nang Dios, arroja el primer puñado de tierra sobre los últimos restos de la que le dió el sér, ó sigue con estóico indiferentismo el féretro del fruto de sus amores, sin que jamás se le ocurra protestar ni con la lengua ni con los ademanes de su profunda y filosófica frase.

Si la ciencia no hubiera ya convenido que las canas son, en la generalidad de los casos, consecuencia de la fijeza de los grandes dolores morales, nos convenceríamos de ello en este país. La casi carencia en el indio de esas prematuras y plateadas hebras, recuerdo de otras tantas lágrimas, prueba, que en su mente hay una gran fuerza de conformidad, que la mayor parte de las veces lo conduce al indiferentismo. ¿Será esto producto de una inquebrantable y poderosa fe, ó derivación de su temperamento? ¡Arcano insondable que solo Dios lo sabe, mas es lo cierto, que felices ellos mil veces que á la vista de una gran desgracia se quedan dormidos murmurando su concluyente y consolador talagá nang Dios, no conociendo las interminables noches de insomnios, en que se lucha con un insistente y doloroso recuerdo!

Haciendo estas reflexiones, llegamos al cementerio de Tayabas.

Aquella mansión de olvido y descanso, está rodeada de una gran exuberancia de vida. El murmurio del río que rompe entre guijas al pié de uno de sus muros; los esbeltos penachos de las flexibles cañas que los coronan, y los hermosos plumajes de las oropéndolas y solitarios que se posan en su parduzca y viscosa argamasa, constituyen una amarga verdad que enseña á los que vuelven cuán cerca está la vida de la muerte.

En uno de los lados del cementerio se alza una espaciosa y sólida capilla, en la que de poco tiempo á esta parte se ha principiado á formar esa fúnebre anaquelería invento de la pobre humanidad, que sin duda cree que un cajón de ladrillo elevado á tres cuartas del suelo es mejor lecho para dormir el sueño eterno, que el hoyo abierto en la madre tierra.

En el amplio y extenso patio, no vimos ni un mausoleo, ni un monumento, ni una lápida, ni una fecha, ni una inicial, ni nada que recordase un nombre. ¡Hierbas y musgos por doquier!... ¡Eterno olvido!

* * * * *

Recordando las sentidas estrofas, que la soledad del campo santo inspiraron al malogrado Becquer, volvimos al pueblo.

Aquella noche se verificó el dasalán, ó sea el principio del novenario, en el que si bien se reza, también se cena. Esta suele servirse en algunas casas los nueve días, mas lo general es verificarlo en el cuarto con el nombre de apat na arao, y en el último que se celebra con el de siam na arao.

Hasta que este se lleva á cabo, los parientes del muerto ni comen verduras, ni se bañan. Al quinto día de acaecida la defunción, creen que el muerto se aparece al que duerme en la misma cama del finado. Al sacar el cadáver de la casa, ponen á todos los chicos sentados en la escalera, de forma que el ataúd pase por cima de ellos. De no hacer esto, y no cerrar inmediatamente que sale el féretro todas las ventanas, se cree que pronto entrará en la casa otra muerte.

Con el nombre del lungcasan se celebra el cabo de año, en el que no solamente se cena, sino que en la generalidad de los casos también se baila.

Después del lungcasan, último recuerdo que consagra el vivo al muerto, no quedan ni fechas, ni memorias, ni conmemoraciones, ni marchitas coronas. Solo la iglesia conserva en sus archivos una partida de defunción; la campana un triste eco en la noche de todas las ánimas; la tierra un poco más de lodo, y el enterrador unos trozos de leña, restos de los descarnados brazos de una tosca cruz que carcomió y desunió la inclemencia del tiempo.

CAPÍTULO XI.

Paseo á caballo.—El cocal de las Angustias.—La ermita.—La esquila del santuario.—Una alborada en los trópicos.—La niña, el árbol y el crepúsculo.—Una misa en la ermita.—Oración que implora y curiosidad que investiga.—La madre del dolor.—Una cifra y una fecha.—Averiguaciones inútiles.—El matandá de la ermita.—La Casa Real de Cotta.—Las ruinas y la recámara de la muerte.—Estancia en el barrio de Cotta.—Tamayo y Belloc.—Recuerdos.—Horas felices.—Salubridad y riqueza.

—Hermoso cocal es ese—dije á mi buen amigo A... con quien paseaba á caballo una tarde por el pintoresco y agreste camino que conduce al pueblo de Lucban.

—En efecto—me contestó mi amigo,—no encontrarás en toda la provincia un cocal como este; observa su cerca, su tierra, su labor, sus árboles y verás que ni falta una piedra, ni crece una grama, ni fructifica una parásita, y, cosa rara, este cocal no tiene dueño, es de todos y de nadie, no hay vecino del pueblo que no lo atienda, que no lo cuide, que no lo mejore, y, sin embargo, su dueño no es de este mundo. Cuando el indio pasa por delante de sus flexibles palmas agobiadas por los compactos racimos de sus frutos, si se ha desmoronado una piedra coloca otra, si se ha torcido un pono lo apuntala, si una planta exótica abraza un tronco la arranca, y cuando nada de esto hace porque nada falta, se quita el sombrero, lleva los dedos á la frente, hace la señal de la cruz y murmura una oración. Estamos en el cocal de las Angustias y su propietaria es la imagen que se venera en la ermita de aquel nombre.

—¡El cocal de las Angustias!—Ese título dije, seguramente debe encerrar un misterio sintetizando alguna histórica leyenda del país.

—No conozco la leyenda, solo sé que el producto del cocal se emplea en beneficio de la ermita, y que de cuando en cuando se extrae cantidad bastante de aceite para que una lámpara continuamente alumbre á la sublime madre del dolor.

—¿Y nada más sabes?—repliqué con creciente impaciencia.

—Absolutamente nada más, mis ocupaciones, y más que todo mi poca afición á escudriñar cosas que ni me van ni me vienen, han hecho que en los años que llevo por estas comarcas practicase lo que he visto hacer, quitándome el sombrero cuando por aquí paso, por aquello de que adonde quiera que fueres haz lo que vieres, sin que haya tratado de averiguar el cómo y el por qué la que es dueña de todo desde el cielo viene á ser propietaria aquí en el suelo de esas flexibles palmas.

Después de la anterior manifestación de mi amigo, continuamos el paseo sin hablar más acerca de la ermita y el cocal de las Angustias.

Volvimos al pueblo, y al día siguiente muy de madrugada me encaminé á la ermita, encontrando en ella á un matrimonio indio que la cuidaba.

—Abre—dije en tagalo á la mujer que se había adelantado á mi llegada.

Las pesadas hojas de una puerta profusamente claveteada rechinaron en sus goznes, quedando á la vista el interior del santuario. Este lo componía un pequeño cláustro, un modesto presbiterio y la sacristía que ocupaba un local á la derecha del presbiterio. Cuatro ventanas en los muros provistas de conchas y cristales, el altar con la imagen de la Dolorosa y una lámpara de plata que ardía frente á aquella, completaban el modesto templo á cuya puerta se levantaba una pequeña esquila, cuyo bronce anunciaba todos los días la oración de la tarde, y un alegre repique los viernes, el sacrosanto sacrificio que desde tiempo inmemorial se celebraba en ese día, conmemorativo de los dolores de María.

Después de inspeccionarlo todo, me volví á mi casa sin haber podido adquirir noticias referentes á la ermita.

Una hermosa y risueña alborada como lo son todas en la India, me despertó, oyendo los ecos del lejano volteo de la campanita que convocaba á los creyentes á la misa del alba. Era viernes. Apresuradamente me vestí, abrí las conchas de mi cuarto y me dispuse á asistir al más grande de los misterios del cristianismo.

Los últimos crespones de la noche fueron replegados por la tenue luz de un corto crepúsculo, y la claridad sustituyó á las sombras con esa potencia, esa vitalidad y esa gigantesca exuberancia con que hace la naturaleza en este país todas sus manifestaciones.

Aquí no hay crepúsculos, como tampoco hay juventud. El niño, pasa á ser viejo sin haber sido joven, y la niña se da cuenta que ha dejado de jugar, cuando es madre. Al árbol lo rinden los años, sin que su añoso tronco ó su ligera palma hayan visto arremolinarse al pié de su cuna, ni el melancólico sudario de su dorado otoño, ni los descarnados brazos de su prematura vejez.

Aquí, una semilla es un árbol, una niña, una mujer, y un crepúsculo, una rapidísima penumbra de la vívida luz de los trópicos.

Preguntar á una india qué acaba de dar á luz y os dirá que ha parido, no un niño ó una niña, sino una babai ó un lalaqui, es decir, un hombre ó una mujer. Plantar una simiente de las que en el viejo mundo dan un arbusto, y aquí saldrá un árbol. Salir á la calle sin el payo, contando con el crepúsculo y más que á paso tendréis que volveros con los sesos achicharrados.

Mas dejemos digresiones y entremos en la ermita, á cuya puerta se agolpaban gran número de fieles.

Me arrodillé al pié del presbiterio, y al levantarme después de oir pronunciar al sacerdote la última palabra del conmovedor evangelio del día, alcé los ojos á los inmóviles de la imagen, no recuerdo, si con el fervor de la oración que implora ó de la curiosidad que investiga; mas el resultado fué que poco á poco, el fiel se convirtió en el artista, admirando la corrección de la talla, lo acabado de sus detalles, lo valiente de sus líneas, y más que todo la profunda expresión de sentimiento que el artífice había sabido impregnar en la Dolorosa Madre. Recorriendo mi vista todos los detalles de la escultura, con gran insistencia se fijaron en un objeto que estaba á sus piés y que poco á poco vine á convencerme era un bastón.

Concluída la misa, me dirigí á la sacristía y supliqué al sacerdote me permitiera examinar aquel. Mi ruego fué atendido, teniendo ocasión de observar un antiguo bastón de mando, en cuyo rico puño, toscamente cincelada se destacaba una cifra, la misma que según me dijo el sacerdote, tenían el cáliz, propiedad de la ermita, y la lámpara. Examiné esta y aquella, y en efecto, en el oro del primero y en la plata de la segunda, se encontraba la cifra y una inscripción debajo de ella que decía: 8 de Enero 1720.

Mientras hice mis investigaciones, el sacerdote concluyó su rezo de gracias, y ambos nos dirigimos á la casa de mi amigo A...

Incidentalmente hice recaer la conversación acerca de la ermita y de lo que á ella se refería. El misterioso cocal, siempre cuidado y atendido, la correcta escultura escondida tras los muros del modesto santuario, el antiguo bastón de mando á los pies de la imagen, el laconismo de la jeroglífica cifra, y más que todo, aquel 8 de Enero de 1720, en cuya fecha seguramente se compendiaba alguna ofrenda conmemorativa de pasados sucesos, embargaban fuertemente todo mi ser. Tras no pocas insistentes preguntas y no menos vagas respuestas que mediaron, mientras tomamos chocolate, vine á perder la esperanza de lograr mi deseo.

Pasaron algunos días y una tarde en que con mi amigo respiraba la fresca brisa, sentados en la espaciosa azotea de su casa, pasó por la calle una procesión en la que todos los alumbrantes eran muy viejos. Esto hizo que se hablara sobre los frecuentes casos de longevidad de Filipinas, y el que dijera á mi amigo que entre aquellos alumbrantes irían muchos de ochenta y noventa años, á lo que me replicó aquel, que conocía un antiguo veterano que llevaba más de cuarenta años cobrando su retiro, siendo de advertir que al salir del ejército ya tenía el máximun de tiempo, debiendo por lo tanto cifrar en más de cien años. Encontrándonos en esta conversación, fué á hacernos compañía un honrado comerciante español, casado con hija del país y radicado en aquel pueblo. Enterado de nuestra conversación nos dijo, que él sabía de un viejo de ciento dieciocho años, que se le conocía con el nombre del matandá de la ermita, el cual, hacía tiempo vivía en el barrio de Cotta, distante dos leguas de Tayabas.

Al día siguiente al en que tuvimos la anterior conversación, caminaba con dirección á Cotta.

Tan luego desmonté del caballo, al pié de la escalera, de la que llaman Casa Real, indagué del castellano que la habita, quién era y dónde vivía el matandá de la ermita, sabiendo por boca de aquel y con gran desconsuelo mío, que hacía más de un año había muerto.

El castellano, pudo iluminar poco, ó nada, mis investigaciones, dando mis preguntas el único resultado de saber, que el matandá tuvo una especial predilección por unas ruinas que se descubrían en la margen del río. Dichas ruinas, cubiertas en su mayoría de brozas, musgos y malezas, muestran en su antigua argamasa las señales de un incendio. Sobre algunos ahumados y dentados ladrillos, descansa un tosco cañón de hierro de gran calibre. Su. ánima está destrozada, el herrumbre cubre su áspera superficie, y en su desportillada boca relucen en las horas de sol los ojillos de los verdes lagartos, que buscan la vida, en la que fué recámara de la muerte.

Sentado sobre aquel cañón, y rodeado de aquellos restos, supe pasaba muchas horas el matandá.

Las negruzcas ruinas del baluarte de Cotta, y su inválido cañón, claramente demostraban que por allí había pasado la tea incendiaria de la piratería morisca. Aquella muda, pero elocuente página de muerte y destrucción, seguramente ocupaba un lugar importante en la leyenda de la Virgen de las Angustias. ¿Cuál sería aquel? Hasta la fecha en que escribo no he podido averiguarlo.13 En este capítulo hay algo imaginativo que lealmente confesamos: el cocal no existe, pero sí la ermita, la imagen, el bastón, las ruinas, el cañón y la leyenda. Algún día relataremos esta última.—(N, del A.)

En los días que estuve en Cotta, tuve ocasión de ver y apreciar lo agradable que es una estancia en aquel precioso y saludable barrio levantado al borde de dos ríos, cuyas aguas se confunden en un mismo desagüe antes de llegar á la barra, la que dista del embarcadero un cuarto de hora.

En Cotta he pasado días cuyo recuerdo será tan imperecedero en mi memoria, como lo es en mi alma el cariño que profeso á los que me acompañaron en aquellos. Mis amigos, mejor dicho, mis hermanos Tamayo y Belloc me han visto escribir en aquellas alegres soledades muchas cuartillas de este libro. Un frondoso tamarindo nos resguardaba de los rayos del sol mientras Belloc estudiaba, Tamayo disecaba, y yo escribía. Allí fuimos felices muchas horas, y ellos, lo mismo que yo, es imposible olviden aquellas tibias tardes, entre aquella naturaleza, que tiene en su cielo toda clase de colores, en su suelo toda la variedad de plantas, y en su ambiente toda la diversidad de aromas que Dios alienta en los pulmones de las flores. Cotta, como ya he dicho, es un barrio de Tayabas que necesariamente llegará á ser pueblo.14 Hoy ya lo es.—(N del A.) Su proximidad al Estrecho, lo caudaloso de su río, y la benignidad y salud que se respira en sus aires, hacen que su población aumente de día en día. Los vecinos de Tayabas buscan este barrio como lugar de convalecencia y recreo.

La riqueza de Cotta consiste en sus cocales, que puede asegurarse son de los mejores y más productivos del Archipiélago. Los bayones que tejen sus mujeres, la cera silvestre que producen las salvajes abejas de sus bosques, y la gran variedad de pescados que recogen las mallas de la red, ó las entrelazadas celosías de los corrales, completan los productos de Cotta, que dista como ya hemos dicho, dos leguas y cuarto de la cabecera.

CAPÍTULO XII.

Estancia en Tayabas.—El archivo del Gobierno.—Trabajos preparatorios para girar una visita á la provincia.—Preliminares de quintas y elecciones.—Andoy.—Laboriosidad y mutismo.—El 1.° de Abril.—Salida de Tayabas.—El río Alitao.—Barrio de Muntingbayan.—Camino de Tayabas á Sariaya.—El gobernador D. José María de la O.

Mi estancia en Tayabas se prolongaba mucho más de lo que yo me propuse.

Dos años largos hacía que salí de Manila y residía en aquel pueblo. Sus costumbres, su manera de ser, sus campos, su industria, su agricultura, sus edificios, y hasta el nombre de sus habitantes me eran conocidos. El archivo del Gobierno—que dicho sea de paso, es de los más ricos y ordenados que conozco—me fué franqueado, y no había estante, tabla, ni legajo, que no hubiese registrado tomando luminosas notas y curiosísimos apuntes de la provincia. Uno de los días que me ocupaba con gran afán ayudado del bueno de Andoy, oficial encargado del archivo, en la busca de un dato estadístico que me faltaba, fuí sorprendido por mi querido amigo el Alcalde.

Era á fines del mes de Marzo, y se tenían sobre la mesa todos los trabajos preparatorios para verificarse en la provincia las quintas y elecciones de gobernadorcillos y demás cargos del municipio.

Nada faltaba. Las listas de mozos sorteables, los reglamentos, las actas, y cuanto hacía falta lo tenía Andoy perfectamente clasificado y ordenado. No restaba más que el Alcalde señalase día de salida para formar los itinerarios, y avisar á los pueblos.

Al hablar de las oficinas del Gobierno de Tayabas, es imposible dejar de consagrar un recuerdo á Andoy. Andoy está tan identificado con los estantes del archivo, que estoy seguro moriría de nostalgia el día que se le separara de ellos. A su vista aprendió á escribir, y entre sus legajos pasó de la niñez á la juventud, y de esta á la vejez. Más de treinta años lleva manejando aquellas carpetas que jamás han estado empolvadas, merced al cuidado y cariño con que son tratadas. Para Andoy no hay más allá que su oficina, esta constituye su hogar, sus goces y sus distracciones. La palabra mañana aplicada al trabajo le es desconocida, pues jamás dejó para luego lo que debe hacerse hoy. Andoy no habla, obra. Se le da una orden, y la cumple sin que jamás haga una observación. Al entrar una persona en sus dominios la mira por cima de sus dorados anteojos, contesta á los buenos días con un movimiento de cabeza si le es desconocida, y con una dulce sonrisa si es de su afecto, y después de este ligerísimo paréntesis su cara adquiere la severidad oficial de que está revestido, y continúa su trabajo esté quien esté en el despacho. Cuando se le habla, escucha; y cuando concluye de escuchar, busca un papel, hojea una Gaceta ó abre un libro, y contesta con el texto, mas pocas ó raras veces con la lengua.

Después de inspeccionar el Alcalde todos los trabajos y ver nada faltaba, dió orden de que el 1.° de Abril saldría de Tayabas á las cuatro de la tarde, con dirección á Sariaya.

Mientras Andoy extendía los oficios, mi buen amigo me invitó á que le acompañara en la visita de la provincia, invitación que desde luego acepté con muchísimo gusto.

Ya había oído que la salida sería á las cuatro de la tarde del día 1.° de Abril, y estábamos á 28 de Marzo, de modo que no había tiempo que perder, pues demasiado sabía que una vuelta á la provincia de Tayabas requiere algunos preparativos, por más que yendo con el jefe de la provincia poco podría faltarnos.

Ocupado en registrar escopetas, hacer cartuchos, ordenar apuntes y dar la última mano á las maletas, llegó la mañana del día 1.°, y con ella la animación propia de un pueblo que rompe con su habitual monotonía. A las doce llegaron á caballo frente la casa real, el Gobernadorcillo de Sariaya y principales que nos habían de acompañar. A las cuatro en punto me ofreció el Alcalde un sitio en su coche, y precedido de diez y seis cuadrilleros á caballo, armados de lanzas y seguidos de más de doscientos principales de Sariaya y Tayabas, emprendimos la marcha á los acordes de la música que nos despedía.

Dejamos la calle Real, y tan luego pasamos el amplio pretil del convento, entramos en el sólido puente que se levanta sobre el río Alitao. Este divide la población con Muntingbayan, primer barrio que se encuentra yendo á Sariaya y adonde va afluyendo el vecindario de Tayabas. En dicho barrio, y á la derecha del camino se halla una espaciosa capilla abandonada. La solidez de la obra, toda de magníficos sillares y la amplitud de la nave nos hizo sentir el injustificado estado en que se encuentra aquel edificio que á poca costa podría habilitarse y dársele aplicación.

El camino de Tayabas á Sariaya está en muy buen estado. A uno y otro lado se ven magníficos cocales y extensos terrenos, tanto de secano como de regadío, perfectamente labrados para la siembra de palay.

El cultivo de la tierra mantiene cerca de ella á sus dueños que viven en pintorescas y limpias casitas.

A más del puente de Muntingbayan son muy notables y dignos de citarse en este camino el de Isabel II, levantado sobre el río Iyam—su primera piedra la puso el inolvidable Gobernador, D. José María de la O., el 15 de Marzo de 1852, y la última el 6 de Julio del siguiente año,—el de Urbistondo sobre el río Malaoa y el de D. Francisco de Asís que une las altas rocas entre las que corre el pintoresco cáuce del tortuoso y agreste Domoit. El puente de Urbistondo se terminó el 31 de Julio de 1854, y el de D. Francisco de Asís el 15 de Octubre del mismo año, habiendo entrado en la fábrica de aquel 10.651 sillares de piedra y en la del último 9.967, según se lee en los datos que he recogido de sus planos. Excuso decir, que tanto estas obras como la mayoría de las que se encuentran en la provincia, son hechas bajo la inmediata dirección de los gobernadores con el empleo del trabajo comunal.

A los cuarenta y cinco minutos de marcha, dimos vista al bonito y pintoresco pueblo de Sariaya, en cuyos bantayanes nos esperaba la música, la que nos acompañó hasta el Tribunal provisional.

El trayecto entre Tayabas y Sariaya es de 11 km.

CAPÍTULO XIII.

Sariaya.—Su situación, límites, historia, productos y estadística.—La iglesia y el convento.—Una modesta cátedra del saber, convertida en un bullicioso templo de Tersípcore.—La mujer de Sariaya.—La dalaga.—El bosquejo, la caricatura y la fotografía.—Más sobre las hijas del país.—Sistema de gobierno femenino.—¿Manda, ú obedece?—La india casada con europeo.—El castila y el marido.—Valor de un calificativo.—Los saludos y el alma de Garibay.—Episodio histórico.

El alegre y pintoresco pueblo de Sariaya, se encuentra entre la mar y las estribaciones del San Cristóbal. Confina con los pueblos de Tiaong y Tayabas. Las brisas de la mar refrescan su atmósfera, y las brumas que se forman en las crestas del San Cristóbal, entoldan su cielo. Su situación, según el padre Buceta, es la de 125° 13′ 40″ long. y 13° 55′ 26″ latitud. Tiene gran altura sobre el nivel del mar, que se domina perfectamente, á pesar de distar su caserío una legua y media.

Este pueblo es de gran antigüedad, ignorándose la época exacta de su fundación. Registrando archivos, se encuentra, en el de Reverendos PP. Franciscanos, la tabla capitular más antigua de su orden, que data del 17 de Abril de 1599, en la que ya figura el nombre de Sariaya, y el nombramiento del Padre Frey Miguel Linares, para su convento de Santa Clara. Según las crónicas de dicha orden, el año 1605, ya fuese por escasez de Misioneros ó ya por ser el pueblo demasiado pequeño, quedó agregado al de Tayabas permaneciendo así hasta el año 1743, desde cuya fecha existen datos exactos.

Los límites jurisdiccionales de Sariaya, abarcan un diámetro de unas cinco leguas en su mayor extensión, de terrenos llanos de pasto y de labor. Se cosecha gran cantidad de arroz, café, cacao, aceite y trigo. Este último es de grano pequeño y oscuro. El pan que se hace de su harina es excelente.

La salubridad de Sariaya es buena, siendo de notar la diferencia de temperatura que se advierte entre este pueblo y Tayabas. El paludismo que tantas víctimas hace en este último, apenas es conocido en aquel.

El caserío de Sariaya es muy limpio, viéndose entre sus ligeras construcciones de palma brava, caña, cabo negro y cogón, no pocas de sólidos y buenos materiales. El convento es muy espacioso, apreciándose desde sus galerías un lindísimo paisaje. En su iglesia se venera un crucifijo que, según cuenta la tradición, fué salvado de las llamas á que redujeron los moros el pueblo de Sariaya, en una de las muchas correrías que verificaron en la costa de Tayabas en el pasado siglo. El convento, es de bonito aspecto, cómodo y muy proporcionado en su distribución. La amplitud de su escalera da acceso á una dilatada caída, que termina en una bonita azotea con vistas al Banajao. La construcción de los dos salones que á derecha é izquierda tiene la galería, revelan la arquitectura moderna, y descubren en el director de la obra un gusto nada común. A primera vista, mas parece la casa de un rico hacendado, que el asilo ascético de un misionero; es verdad, que contribuye á ello, en primer término, la situación pintoresca en que se asienta, y los dilatados horizontes que domina.

Como edificios, son de citar á más del anterior, la casa cuartel de la Guardia civil, levantada á la margen del río,—que lame con su corriente los límites del caserío,—y la escuela, que se halla en el centro de la plaza, y que sirve de tribunal en las grandes solemnidades.

Los datos estadísticos que hemos podido reunir son los siguientes: tiene Sariaya 50 cabecerías que componen 7.778 almas, de las que tributan 4.462; hubo 281 defunciones, 103 casamientos y 245 bautizos; se vacunaron 246 niños; asistieron á las escuelas por término medio 60 á 70; fueron sorteados para el servicio de las armas 357 mozos, de los que correspondieron 8 soldados; en el juzgado se tramitaron 20 causas, á consecuencia de otros tantos delitos perpetrados en su jurisdicción, que la compone 48 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos; la fuerza pública la forma un puesto de Guardia civil al cargo de un oficial europeo, y 66 cuadrilleros, dependientes del tribunal; la distancia á la cabecera, como ya hemos dicho, es de poco más de 11 km.

La noche que llegamos á Sariaya, hubo baile en el Tribunal, al que concurrieron todas las dalagas adornadas con sus mejores galas. El tipo de la mujer de Sariaya, es en su generalidad como el de toda la provincia, indio puro. Sus facciones son muy acentuadas, si bien las dulcifica la constante sonrisa de bondad que dibujan sus labios y el meloso adormecimiento que retrata la negra pupila de sus ojos; son muy inteligentes, y aunque su oído no conozca la significación de la palabra española, sin embargo, sus ojos saben penetrar y traducir el más ligero deseo. Es verdad que la raza india tiene muy perfeccionado el espíritu de observación. Nadie como ellos saben fotografiar en una sola frase á un individuo, y nadie aplicar un calificativo, una definición ó un mote.

Aquellos de mis lectores que conozcan el tagalo, les recomiendo que si pasan por Tayabas, procuren sorprender una conversación íntima entre varias dalagas. Si estas se creen completamente solas, de seguro pronunciarán conceptos altamente ingeniosos á la par que poéticos. Manejan con gran facilidad los metafóricos giros y no perdonan en su alegre cháchara, persona, cosa objeto que se presente á la vista ó á la memoria. No hay intención de herir y jamás sus dichos traspasan las negras fronteras de la calumnia. En una palabra, hacen un bosquejo; en un gesto, un retrato; y en un movimiento, una caricatura; se ríen de su obra y de aquí no pasa.

La risa jamás llega al sarcasmo y nunca fabrican en sus labios el sucio barro en que modela la maledicencia sus asquerosos ídolos.

La mujer de Filipinas, tiene muchísimo que estudiar. El que verdaderamente la llega á comprender, es el que sabe apreciar cuánto vale. Para la generalidad, es un misterio el cómo muchos europeos concluyen por estar completamente dominados por hijas del país. Esto se atribuye á debilidad en ellos y fuerza de carácter en ellas, nosotros no lo creemos así; conocemos á varias de esas despóticas señoras, que toda la fuerza que emplean en su sistema de gobierno, la basan precisamente en su misma humildad. Nada desarma tanto el carácter, como la obediencia, como nadie está más dispuesto á ser dominado que quien lucha con una dulce sonrisa de resignación. La mujer india, casada con un europeo, jamás dice mi marido, sino el castila. En esta sola palabra establece la diferencia de raza y retrata su propia humildad. Llega á su casa y al entregar el tápiz á la criada, á buen seguro que no dirá ¿dónde está mi marido? y sí ¿dónde está el castila? Á los hijos de este, los llamará por sus nombres ó simplemente sus hijos; pero lo que es el castila jamás será en el hogar, ni Pepe, ni Juan, ni Andrés, sino siempre el castila. La madre, en todas partes es la misma. La mujer, no en todas es igual.

Es de advertir que cuando en una casa viven varios europeos, los criados no dan el nombre de castila sino á aquel en quien reconocen más superioridad.

Un indio de pura raza que sirva, por ejemplo, en Malacañang, no encontrará otra palabra más gráfica para nombrar al general que la de el castila, todos los demás que lo rodean serán D. Fulano, D. Mengano, ó esto ó aquello, pero el general será siempre el castila. Sale aquel criado del servicio de palacio y entra al de alguno de los que llamó D. Fulano ó D. Mengano, y si este vive con otros ciento, que sean en posición oficial menos pasará á ser el castila, y los demás seguirán siendo D. Mengano ó D. Fulano.

El mayor título de respeto que puede dar el indio es el llamarle á uno el castila, palabra que va aplicando en el escalafón de las categorías.

Tan difícil sería convencer á un aragonés de que había más duques que el de la Victoria, como hacer comprender á un indio, tal como él lo aplica y entiende, que el castila es todo aquel que ha nacido bajo la bandera española.

Con el castila indio sucede lo que con los saludos. Ir veinte ó treinta caballeros honrados acompañando en Tayabas, por ejemplo, al Alcalde, encontrar á quinientos indios, en el camino, y á buen seguro que no oiréis ni á uno solo emplear el plural en sus salutaciones. Se quitará el sombrero, se inclinará ante el Alcalde, y solo dirá magandang hapon pô, es decir, buenas tardes, señor. El Señor, en este caso, es el castila. Fuera del Alcalde todos los acompañantes son para el indio otras tantas almas de Garibay.

Hemos hecho la anterior digresión para que se comprenda el valor que tiene el castila pronunciado por la esposa india. Para recargar el cuadro y hacer comprender el cariño y respeto que tiene la mujer de la provincia de Tayabas al español, voy á recordar un episodio que presencié el año 1874. Había llegado el general Alaminos á Lucban, y todas las dalagas se ocupaban en el tribunal de Tayabas en hacer preparativos para recibir dignamente al primer magistrado de las islas. Unas cosían banderolas y gallardetes, otras confeccionaban adornos, aquellas limpiaban vajillas, no pocas arreglaban cortinas y damascos, y las más daban la última mano á los trajes y galas que habían de lucir. Todas trabajaban y todas hablaban. La impaciencia era grande por saber cuándo llegaría el general. Esto por una parte, y la rivalidad por otra que existe entre las de Lucban y Tayabas, hacía que la impaciencia de las últimas subiese de punto, deseando saber si podrían ó no sobrepujar á las primeras. Este era el tono de todos los corrillos y de todas las conversaciones, hasta que, por último, para salir de dudas, se resolvió mandar á Lucban, de riguroso incógnito, á una picaresca y lista mestiza, que era quien las capitaneaba. La misión de la embajadora se reducía á correr en posta las dos leguas que separan á los dos pueblos, y una vez salvada la distancia, averiguar, escudriñar, verlo todo y tomar nota de cuanto se hiciese y se pensase. Hubo quien la dijo, en un rasgo de verdadero valor—¡mira, si es preciso, habla al mismo general!—La niña, que en honor á la verdad no es corta de genio, montó á caballo, y á los cincuenta minutos estaba en plenas funciones. Nada le quedó por ver, incluso al ilustre viajero. A las cuatro horas de haber salido de Tayabas refrenó el caballo á la puerta de su Tribunal, en donde esperaban en sesión permanente, no solo las dalagas, sino que también las ñoras graves. Taconeando como un húsar apareció la enviada en el dintel. Su larga falda, toda llena de barro, no estaba tan mustia como su cara. Todas la rodearon.—¿Qué hay?—murmuraron los labios.—¡Qué no viene, que se vuelve desde Lucban!—dijo con voz desfallecida la interrogada. Ni la inscripción del festín de Baltasar, ni la rota de Roncesvalles, ni la capitulación de Sedán, produjeron tanto efecto como el que originaron las anteriores palabras. Un silencio de muerte invadió el salón, y las lágrimas se agolparon á los ojos. Viendo á todas llorar, la capitana babae prorrumpió en una carcajada, al par que las decía:—Vamos, muchachas, no hay tiempo que perder; mañana llegará á las once.—¡Qué soberano contará en sus crónicas que todo un pueblo ha llorado ante la idea de no verle! Creemos que ninguno.

Los anteriores recuerdos nos los acentuó el baile de Sariaya, en el que vimos muchas de las dalagas que figuraron en el verídico episodio que hemos narrado, encontrándose entre ellas la protagonista, que aquella noche nos demostró que lo mismo sirve para correr la posta, que para entonar un cadencioso cundiman, ó bailar un característico balitao.

A las dos de la madrugada concluyó el baile. Á las ocho de la mañana, según la orden que dió el Alcalde, debían verificarse las elecciones, á las que Dios mediante, nos proponemos asistir.

CAPÍTULO XIV.

Quintas y elecciones en Sariaya.—Adorno del salón.—Las bangas.—Los capitanes pasados, los cabezas reformados y los cabezas en ejercicio.—Escrutinio de canutos.—Preparación de una elección.—Los muñidores de allá y los camisas por fuera de por acá.—Engranaje municipal.—El Gobernadorcillo, el Teniente mayor y el Juez mayor.—Bambalinas y bastidores.—Votación.—Forma de hacerse.—Ternas.—Constitución del municipio.—Las principalas, de oficio.—El sorteo.—Manera de verificarse.—Fisonomía de un día de quintas en Filipinas.—Los alrededores de un tribunal y el interior de un hogar.—Deducciones y apreciaciones.—Lógica pura.—La cena.—Despedida de Sariaya.—Un santo y un hombre honrado.

Exactos como cronómetro inglés nos encontramos á las siete de la mañana en el gran salón de la escuela, cuyo techo estaba revestido de verde ramaje, formando una pintoresca bóveda, de la que pendían una gran variedad de frutos. Los huecos de las conchas y ventanas cerraban colgaduras, banderolas, grímpolas y gallardetes. Una ancha mesa, con un dorado sitial en el centro, y otra formando martillo con aquella, provista de trece tinteros sujetando bajo su base blancas cuartillas, se destacaban en el testero de la derecha. Dos hileras de bancos corrían por toda la extensión del salón, y frente á la mesa presidencial, en el testero de la izquierda, se hacinaban en otra mesa, cubierta de blanquísimo mantel, adornado de lazos y bullones de colores, gran profusión de fiambres, pastas y dulces, y no escaso número de botellas de vinos y cerveza. Sobre la mesa presidencial campeaba una magnífica escribanía de plata, y á derecha é izquierda de aquella dos bangas, cuyas bocas las cerraba un papel pegado con morisqueta. La mesa de la votación con sus cuartillas, sus trece tinteros, convenientemente separados, y las sillas que rodeaban aquella, más bien la semejaban á la de confección de un periódico que á otra cosa, por más que esa cosa sea tan grave y trascendental para el pueblo, como el nombramiento de su municipio. En este estado sonó el tambor y tras este la música y precedidos de escuelas, principales y cuadrilleros, llegó el Alcalde acompañado del Cura y de algunos otros españoles. Ya todos en el salón, cesó la música, y habló el Gobernador, traduciendo el intérprete en tagalo lo que les dijo aquel en español. El discurso se reducía á prevenirles que al llegar á las urnas, lo hicieran sin sujetarse á presión alguna, obedeciendo solo á su conciencia y al bien del pueblo. El Alcalde rompió los parches que cubrían las urnas, que eran unas tripudas y relucientes bangas, obras perfectas de alfarería, llamadas en aquel día á contener dentro de su frágil barro la futura suerte del pueblo, por más que fuesen más tarde relegadas al último rincón del sajig de la cocina, ocupando la morisqueta ó el atole aquellas entrañas de barro, que albergaron los nombres de tanto, y tanto cabeza de ... barangay.

Rota la cubierta de la banga que estaba á la derecha, vació el Alcalde su contenido, cayendo sobre la mesa unos pequeños canutitos de caña, cuyos extremos enseñaban el rollito de papel que contenían. En dichos papelitos estaban inscritos los nombres de los capitanes pasados y cabezas reformados, ó sean aquellos individuos que teniendo todas sus cuentas corrientes han pertenecido diez años al municipio.

En la banga de la izquierda estaban los nombres de todos los cabezas que en aquel entonces formaban la principalía.

Mientras el Alcalde hace el escrutinio de canutos que precede al acto del sorteo, hagamos una pequeña digresión y veamos los actos que preparan una elección.

Me río yo de todos los muñidores de por allá, pues créanme mis lectores, hay camisa por fuera de por acá que les pueden dar, no digo cruz y raya, sino un centenar de calvarios más rayados que libro mayor de comerciante chino. Los elementos que entran en Tayabas para toda elección, son en primer término, el lechón asado y las damajuanas de vino y anisado. Meses antes de la elección empiezan á moverse los partidarios de los distintos candidatos, y estos por su parte menudean las comilonas entre los votantes. Se hacen ofrecimientos, se buscan influencias, se apalabran concesiones, se reanudan amistades, se dirimen odios y todos marchan al objeto que se proponen. El cargo de Gobernadorcillo y los de Teniente primero y Juez mayor son los más ambicionados, y no viéndolo, no se concibe los resortes que se mueven en ese complicadísimo engranaje municipal que empieza en las altas prerogativas del Gobernadorcillo, y acaba en el amargo servilismo del tanor de tribunal. Un tribunal de Filipinas tiene más bambalinas, bastidores y telares que el mejor provisto teatro, y hay Gobernadorcillo que se reiría de compasión al enterarse de lo atrasados que en esta materia están los anfitriones de Fornos. ¡Si ellos tuvieran un Fornos qué no harían!

El Alcalde había vuelto á sus respectivas bangas todos los canutos, diciendo con voz solemne.—Señores, principia la elección:—Acto continuo un niño de cinco á seis años sacó, uno por uno hasta seis canutos de la banga de la derecha, y otro niño de aquella edad, igual número de la izquierda, procediendo el Alcalde á desarrollar los papelitos, leyendo los nombres de los doce votantes. En medio de un religioso silencio se acercaron aquellos á la mesa, tomando asiento en unión del Gobernadorcillo en funciones, quién tiene voto personalísimo. Armado cada cual de pluma y cuartilla, en la que con anticipación se ha puesto el encabezamiento, se llenan los huecos estampando tres nombres, dos de libre elección del votante y uno forzoso. Este uno, es el Gobernadorcillo en ejercicio que completa la terna, figurando siempre en el último lugar. Llenas las papeletas se las presentan al Alcalde quien las lee en voz alta, procediéndose al escrutinio y formando á su vez con los dos que hayan reunido más votos y el Gobernadorcillo la terna que con informe documentado, en el que se enlegajan las papeletas de la votación, lo eleva al Gobernador general, quien tiene el derecho de elección.

Concluída la votación de Gobernadorcillo, fueron acercándose uno á uno los trece votantes á la mesa presidencial, manifestando verbalmente las candidaturas para los cargos de Teniente mayor, que es el llamado á sustituir al Gobernadorcillo, en ausencia, licencia ó enfermedad; el Juez mayor, munícipe encargado del fomento y mejora de la agricultura; el Juez de ganados á cuyo cargo está la vigilancia de la matanza, ventas, transferencias y marcas de reses; el Juez de caminos llamado á mantener en buen estado las carreteras, puentes y demás obras fuera de poblado; el Juez de palmas cuya misión estriba en la buena conservación y fomento de los cocales; el Juez de policía á cuyo cuidado está el ornato y aseo público, y el Juez de aguas, por último, que está en el deber de velar por las presas, bambanes, encauces y cuanto se refiere á tubiganes y regadíos.

Concluída la elección, nuevamente sonó la música, desaparecieron de la mesa tinteros y cuartillas, sustituyéndose con finos manteles de piña, que bien pronto se cubrieron de manjares. Se almorzó y acto continuo se retiró á descansar el Alcalde, habiendo antes prevenido, que las quintas las haría á las cinco de la tarde.

Ni chiquillos de escuela en ausencia del maestro, armarían más ruido y batahola que la que armaron los concurrentes al Tribunal tan luego desapareció el jefe de la provincia. Se comentó la elección, se murmuró, se bebió, se comió, y, por último, se bailó. Es de advertir que en la provincia de Tayabas, las principalas asisten á la mayor parte de los actos oficiales, no faltando nunca á las elecciones.

Más de un indio se traspuso ante los vapores del tinto; pero sin consecuencias. La borrachera del indio es sui generis, propia y peculiar suya. Generalmente no pierde el conocimiento, y rarísimas veces le da la juma por ser valiente y pendenciero.

A las cinco de la tarde se tocó el tambor, yendo todas y todos en dos filas á sacar al Alcalde.

A los pocos minutos todo estaba listo para dar principio al sorteo. A derecha é izquierda del Jefe de la provincia hay dos bangas; en la primera, dice un papelito que tiene pegado: Nombres de los mozos solteros sorteables. En el rótulo de la segunda, se lee: Números. Tanto estos como aquellos, están inscritos en tiritas de papel enchufadas en pequeños canutos de caña. Al lado de cada banga hay un niño.

Varios escribientes debidamente separados, tienen sus listas con los nombres de los sorteados puestos por cabecerías, dispuestos á poner á continuación de cada uno de aquellos, el número que le toque en suerte. Dos Auxiliares de Fomento son los llamados á sacar de los canutos las papeletas, y dos individuos de la principalía, provistos cada cual de sus respectivos hilos encerados y enhebrados esperan de pie detrás del sillón presidencial. Todo estaba listo. A un campanillazo y un principia el sorteo— metió mano en la banga el niño de la derecha, sacó un canuto, el Auxiliar de Fomento desdobló el papel, lo dió al Alcalde y este leyó:—Cabecería, número cual: Fulanito de Tal. Los escribientes buscaron en sus listas la cabecería y apoyaron los puntos de la pluma al margen de Fulanito de Tal. El niño de la banga de la izquierda, sacó acto continuo su canutito, se hizo lo mismo que con el anterior, y una vez leído el número, pasaron las papeletas á las agujas enhebrándose por el orden con que van saliendo, en un hilo los nombres, y en el otro los números, de modo que, de resultar la más ligera inexactitud en los cotejos, los hilos son los llamados á resolverla. El sistema, como se ve, no puede ser, ni más exacto ni más sencillo.

Mientras se leen nombres y números, hagamos nosotros algunas observaciones sobre las quintas en Filipinas.

Alrededor del tribunal, no veréis esa multitud impaciente y anhelante, que con gran zozobra espera oir su nombre. En el hogar, ni llora la madre, ni reza la abuela, ni suspira la novia, ni calcula el padre. En Filipinas nada de esto sucede, ni hay lágrimas, ni impaciencias, ni temores, ni zozobras.

Las cercanías de un tribunal en día de quintas, presenta su fisonomía habitual, y en el salón donde se verifican aquellas, están todos, menos los interesados. ¿A qué obedece este indiferentismo? ¿Tiene su razón de ser, ó es uno de los muchos fenómenos psicológicos que se dicen se operan en este país? Estudiemos un poquito esta cuestión, y se verá, que en esto, como en otras muchas cosas, hay su perfecta lógica y su concluyente razón de ser. El temor del sorteado y de su familia, crece en razón directa, al número de soldados que han de sacarse, á las penalidades del cuartel, y á los riesgos más ó menos probables. En Filipinas, la contribución de sangre es escasísima, las fatigas del cuartel nulas, y los riesgos del soldado tan lejanos que generalmente cumplen su tiempo, suponiéndoseles el valor. En el año 1875, entraron en suerte en la provincia de Tayabas cinco mil trece quintos, de los cuales, solo fueron á ser soldados ochenta y cinco. Con estas cifras, ¿no es lógica la falta de temor, y sin él, la indiferencia? Lo es, máxime si se agrega que el soldado cumplido al volver á su pueblo, cuenta la vida holgada del cuartel, y con sus relaciones, aleja el temor de los quintos, que saben, que el soldado viste bien, come mejor, tiene dinero, y vive con holgura y poco trabajo. La paz, que gracias á la Providencia gozan las Islas, aleja la zozobra de presenciar escenas de sangre y horrores. Después de lo anterior, ¿es ó no lógico, eso que se llama indiferentismo? ¿Hay en esto misterios? Creemos que no, y para concluir de robustecer esta idea, y como prueba evidente de que el indio no es refractario al servicio de las armas, diremos, que conocemos sustitutos que se han comprado por cuarenta pesos. Esta es la mejor apología que puede hacerse del trato verdaderamente paternal que se da en estas colonias al soldado.

Una vez que fué cosido el último papelito, se preparó la cena, y tras ella, el baile, que duró hasta las dos de la madrugada.

Antes de despedirnos de Sariaya, no podemos menos de citar dos nombres. El Padre Juan Bellón, y el capitán Perto. El primero, es un santo, el segundo, un modelo de buenos Gobernadorcillos.

CAPÍTULO XV.

De Sariaya á Tiaong.—Monotonía del camino.—Diversidad del resto de la provincia.—Panoramas.—El Lagnas.—Aguas minerales.—El río Quiapo y el Maasim.—Barrio de Maasim.—Su riqueza y necesidades.—Un indio rico.—Apunte de una idea financiera.—Cambio de caballos.—Vista de Tiaong.—Su situación, límites, historia, salubridad, productos y estadística.—Aspecto del pueblo.—Inclinaciones de sus habitantes.—La resistencia pasiva.—Falta de edificios.—El consabido baile.—Brillantes y sayas.—Paredes aprovechadas.—Camino de Tiaong á Dolores.—Dolores.—Su historia.—Bellos paisajes y riquísimas aguas.—Regreso á Tayabas en posta.

La jornada que habíamos de hacer el día tres para ir al pueblo de Tiaong era muy larga; así que se dió orden de salir antes de que alboreara.

A las cuatro de la madrugada todo estaba listo, ocupando á los pocos minutos el carruaje que nos había de conducir.

A la salida del pueblo dejamos un puente de piedra bastante bien conservado, y entramos en una recta y espaciosa carretera.

El camino de Sariaya á Tiaong, difiere completamente del resto de los que se encuentran en la localidad; verdad es que de la cabecera á aquel pueblo, forma la provincia un saliente que hay que retornar cuando se trata de dar á aquella la vuelta. El espacio que separa Tiaong á Tayabas, no armoniza ni en su geología ni en su industria, con el total de los demás terrenos que componen la provincia. Riquísimos pastos; dilatados cogonales; extensos manchones sin derivación alguna; profusión de mangas, bongas y madre-cacao; no escasos plantíos de palay en secano; algún que otro café, resguardado por la sombra del balete ó del abacá; y de trecho en trecho, descarnados algodoneros, en cuyas desnudas ramas acecha el aguilucho ó arrulla el bató-bató, es lo que se va encontrando en aquel camino cuya monotonía, regularidad y falta de accidentes hace interminable, máxime si se recorre en época de secas, en que los cascos de los caballos levantan un polvo cernido muy molesto. En aquel camino no encontraréis ni cascadas, ni ríos caudalosos, ni viva ni alegre vegetación. La hoja pierde su esmalte con el polvo que la cubre, y los ríos en tiempo de secas muestran sus descarnados lechos salpicados de las excrecencias volcánicas que arrastran de las misteriosas grutas del San Cristóbal.

Las aguas del Lagnas al cruzar el camino, en el que no tienen puente, dejan gran cantidad de hierro y azufre, conteniendo principios medicinales que han dado buen resultado á los que de ellas han hecho uso, sobre todo en las afecciones de la piel. Vadeado el río Quiapo—que se encuentra á continuación de Lagnas y cuyo vado generalmente está seco—entramos en la jurisdicción del rico y poblado barrio de Maasim, por cuyas tierras corre el río de su nombre.

El barrio de Maasim está llamado á ser pueblo en un plazo no muy largo. Se encuentra en el comedio del camino de Sariaya á Tiaong, y en la fecha en que escribimos, afluyen ricos propietarios que lo van poblando de excelentes construcciones. El día que Maasim sea pueblo, perderán gran número de tributos Tiaong y Sariaya, y así se explica la oposición que viene sosteniéndose para que no salga de su modesto nombre de barrio.

En una buena y cómoda casa de Maasim, descansamos y mudamos de caballos. El dueño de aquella, Capitán Ciriaco, que sabía nuestro viaje, nos tenía preparado un buen almuerzo, durante el cual nos enteramos que aquel poseía un capital inmenso consistente en sementeras, cafetales y ganados, lo que comprendimos desde luego al ver las dimensiones de sus tambobos, repletos de bayones de café, y cavanes de palay. Al apreciar toda aquella riqueza, y al calcular la tierra que debía poseer para lograr tales cosechas, no pudimos menos de reflexionar los pingües rendimientos que podría producirle al Estado la introducción de una módica contribución territorial. Capitán Ciriaco y otros muchos que se encuentran en su caso, por no pagar, ni aun pagan la prestación personal, de la que están exentos por razón del cargo que ejercieron. Ligeramente apuntamos esta idea que algún día quizá desarrollaremos, si Dios quiere, juntamente con otras muchas que guardamos en cartera.

Puestos nuevamente en locomoción, merced á la fogosidad de dos magníficos caballos que enganchó Ciriaco, continuamos nuestro camino, á una hora, en que no solamente molestaba el polvo, sino que también un calor sofocante.

Sin nada que de citarse sea, y después de cruzar el río Taguan, dimos vistas á Tiaong. En tres horas salvamos los 27,50 km. que separan á Tiaong de Sariaya.

El pueblo de Tiaong, fué fundado á principios del siglo XVII.

Está situado en una llanura por la que corre el río Lalig, cuyas aguas bañan las orillas del pueblo. Confina con Dolores, Sariaya y San Pablo. Su clima es seco y mal sano. Tiene 52 cabecerías, 7.273 almas, tributando 4.722. Acaecieron 252 defunciones, 115 casamientos y 310 bautizos. Se sortearon 335 mozos, de los que correspondieron 8 soldados.

Por término medio asistieron á las escuelas 50 niños, vacunándose 182. La jurisdicción de Tiaong está á cargo de 18 caudillos, y su fuerza pública la componen 38 cuadrilleros, y á más un puesto de Guardia civil, mandado por un teniente. La criminalidad de Tiaong da un resultado desconsolador, pues se registraron 33 causas.

Los vecinos de Tiaong son muy insistentes en sus propósitos, siendo muy apropiado el calificativo de cavilosos, con que los define el indio de Tayabas.

El pueblo tiene un aspecto triste, la hierba crece en sus calles y las conchas y puertas de las casas permanecen casi todo el año cerradas, efecto de vivir la mayoría de sus vecinos en las haciendas ó sementeras, de las que no salen sino en los días solemnes.

Edificios no tiene ninguno digno de citarse. La iglesia está en obra y el convento en completa ruina, estado en que permanecerán largo tiempo, teniendo en cuenta la proverbial resistencia pasiva del natural de Tiaong, quien prestará pocos y tardíos auxilios.

No hay Tribunal, y la escuela la constituye un malísimo camarín. El cuartel de la Guardia civil se levantó á fuerza de excitaciones y algo más. En el centro de la plaza, campea una casa que cuando se concluya será magnífica, mas no podemos responder el cuando brillará dicha magnificencia, pues por espacio de tres años la vimos siempre en el mismo estado.

Tiaong, es pueblo rico, cosechándose arroz en gran cantidad, que llevan á los mercados de Batangas; café recogen en bastante número de cabanes, cuya cosecha por lo general se compra por adelantado.

La pepita del lumban, que tanto llamó la atención en la última Exposición de París, deja un buen rendimiento. Se cultiva alguna caña de azúcar, cacao y abacá. Es agricultor en primer término, favoreciéndole á ello las dilatadas llanuras que comprende su territorio, en el que se encuentra mucha y buena caza mayor y menor, predominando en la primera, el venado y el jabalí, y en la segunda una rica y numerosa variedad de palomas. Pastos los posee excelentes, criándose en ellos ganado vacuno y caballar.

La noche de nuestra llegada hubo su correspondiente baile en la casa del Gobernadorcillo, y en ella vimos reflejarse la riqueza del pueblo. Había india que lucía valiosas perlas y gruesos brillantes; llamando sobre todo nuestra atención, lo extremadamente largo de las colas de sus ricas sayas.

Las quintas y elecciones se hicieron en el camarín que sirve de escuela. Días antes habíamos estado en Tiaong, y aquel mismo modestísimo templo de la ley y de la ciencia, estaba convertido en depósito de cadáveres. Pocas, poquísimas paredes habrá tan aprovechadas como aquellas, pues por aprovechar, ni aun desperdician los remolinos de polvo, que dan entrada, mas nunca salida, los irregulares agujeros que empiezan en la puerta y concluyen en el tejado. Si en aquella escuela se recoge tanta ciencia como basura, con el tiempo será Tiaong un pueblo de Sénecas.

En las primeras horas de la mañana del cuatro nos dirigimos á Dolores. El camino á este pueblo puede recorrerse en carruaje, en época de secas, en la de aguas se pone intransitable. Hay en aquel tres cuestas y un profundo barranco por el que corre un riachuelo, cuyos pasos deben hacerse con precauciones.

De Tiaong á Dolores, hay 10 km. que hicimos en cinco cuartos de hora.

Dolores es un alegre pueblecito enclavado bajo la influencia del Banajao, el San Cristóbal y el Masalacot. Su fundación es moderna, datando del año 1835. Ocupa el sitio que antiguamente se llamaba Hambuhan, y lo forman antiguos tributarios procedentes de Tiaong y de sus vecinos pueblos de Batangas.

El nombre que se le puso á su creación fué el de Nuestra Señora de los Dolores.

La altura que ocupa y lo limpio de los horizontes que domina, descubren pintorescos y bellísimos paisajes. Es muy sano y sus aguas contienen sustancias altamente diuréticas, efecto de venir muy batidas entre campos en que crece la zarzaparrilla. Sus productos son los mismos que los de Tiaong. Confina con este pueblo y con el de San Pablo. Lo forman 1.498 almas, de las que tributan 916 en 11 cabecerías. Sus defunciones llegaron á 49, á 21 sus casamientos y á 63 sus bautizos. Concurrieron á las escuelas 20 niños y se vacunaron 19. Se sustanciaron 3 causas, se sortearon 62 mozos, de los que se sacaron 2 soldados. Hay puesto de Guardia civil al mando de un sargento europeo; compone su dotación de cuadrilleros 16 individuos y 6 el número de caudillos para vigilar sus barrios.

Su Tribunal, lo mismo que la escuela, están en casas particulares. La iglesia, el convento y el cuartel, constituyen tres modestísimos edificios.

En Dolores almorzamos después de haber cumplido nuestra misión. Regresamos á Tiaong aquella misma tarde, desde donde retornamos á Tayabas, á cuyos bantayanes llegamos á las diez de la noche, habiendo aprovechado desde Dolores cuatro parejas de caballos, distribuídas en Tiaong, Maasim y Sariaya.

El día seis por la tarde debíamos salir para dar la vuelta á la provincia.

CAPÍTULO XVI.

De Tayabas á Pagbilao.—El bantayan.—Riqueza de cocales.—Alambiques.—Aguardiente de coco.—Su fabricación.—El mananguitero.—El coco mura y el macapunó.—Crecientes y menguantes de la luna.—Aceite de coco.—Forma de extraerlo.—Tubiganes.—Quebrada del Maragoldon.—El Dumaca.—Puente.—Sistema para resguardar los puentes de madera.—Pagbilao.—Su fundación, límites, situación, riqueza y estadística.—El convento, la iglesia y las escuelas.—Frey Manuel Rodríguez.—Importancia que tiene Pagbilao y la que debía tener.—Conducción de efectos.—Centralización de poderes.—Observaciones y lógica de los números.—Paráfrasis de un dicho de Montes.

En la tarde del seis salimos para Pagbilao, verdadero punto de partida para el que se proponga dar la vuelta á la provincia.

El bantayan que abre el camino para Pagbilao, es de mampostería y en él se sitúa una guardia durante la noche. Dicho camino ya tiene el carácter de los que predominan en la localidad, si bien su acentuación no es tan grande que no permita hacerlo en carruaje.

En el trayecto que media hasta una casa que se alza á la izquierda del camino—y que nos dijeron llamarse del capitán Basio,—cimbrean á un lado y á otro magníficos cocales, á cuya sombra se ven algunos camarines, bajo cuyas nipas humean los hornos de los alambiques. Estos vierten en las tinajas gran cantidad de aguardiente, cuya fortaleza fluctúa entre los 16 y 19°. La tinaja de á veinticinco gantas de dicho alcohol, se vende de 28 á 34 reales fuertes. Este aguardiente es el resultado de la destilación del jugo del coco, llamado tuba. A los cocales que se dedican al aprovechamiento de la tuba no les dejan prosperar sus frutos, cortando al efecto la espata, ó botón en que nace el racimo, por cuyo corte destila un líquido ligeramente lechoso que va depositándose en pequeños bombones de caña, que atan debajo de aquellos. De árbol á árbol se suspende un rústico andamio, formado de dos cañas paralelas, por las que cada veinticuatro horas recorre el mananguitero todas las cimeras de las palmas. El mananguitero lleva colgado á la cintura el cabuic, ó sea un cilindro hueco de madera, en el que vacía los jugos que encuentra en cada coco. Una vez lleno el cabuic, se vierte en tinajas, que tapan perfectamente con la hoja verde del mismo coco, dejándolas en tal estado tres ó cuatro días, en los que fermenta la tuba. Hecha esta operación, se somete aquella á la destilación de la alquitara ó alambique, del que sale el aguardiente.

Al camarín en que está el alambique le llaman fábrica, y esta exige á su dueño una patente, que paga al Estado, y cuyo importe varía según la fuerza del aparato y de las arrobas que destile. Hasta ocho arrobas, por cada veinticuatro horas, exige patente de 4.ª clase, y esta lleva como condición el no poderse hacer ventas al por mayor, no teniendo en depósito más cantidad que la que se destila por día, ni operar ventas que excedan de una arroba.

Las faenas en que se ocupa el mananguitero, no solo son muy duras, sino que también expuestas, pereciendo todos los años algunos de ellos. Las palmas de Tayabas miden una gran altura, y como el paso de copa á copa solo se hace con la ayuda de dos cañas, de aquí el que algunas veces se escurra y caiga el operario. Estas circunstancias las aprovechan los que á tales trabajos se dedican, exigiendo crecidos jornales, y sobre todo el utang, ó sea el adelanto.

La tuba recién cogida es una bebida muy fresca y medicinal: en Tayabas la toman los tísicos y disentéricos.

Cuando á la palma se la deja desarrollar el fruto, este presenta las señales de madurez por un color amarillento. El coco verde, ó sea el mura, da una bebida muy agradable. El verdadero coco mura es aquel cuya carne no ha llegado á solidificarse en el interior de las paredes ó chiretas de la nuez. Hay una clase de estas nueces ó cocos muy especiales, llamados macapunó. Este crece entre los otros, no distinguiéndose ni el árbol que lo da ni el racimo en que se produce; es de advertir que en un racimo en que hay 15 ó 20 cocos, solo se encuentra uno de aquella clase. Si se señala la palma que lo crió y se registran los sucesivos frutos, no vuelve á encontrarse entre ellos por lo general, lo que prueba un fenómeno forestal que aparece y desaparece de una forma misteriosa. La propiedad del macapunó consiste en que la carne lo llena casi por completo, dándose la particularidad—según aseguran los mismos mananguiteros,—que esta clase de nuez se llena en los altos plenilunios, quedando un pequeño espacio en las crecientes y menguantes.

Del coco se extrae el aceite de su nombre, siendo el de Tayabas muy estimado en el mercado. En el camino de Pagbilao se encuentran algunos camarines de aceite. El sistema que tienen para extraerlo es todo lo primitivo que puede imaginarse. Cogen fruto por fruto, y con el bolo le quitan la corteza estoposa exterior, llamada bonote; rayan sobre bilaos de madera la carne, empleando para esta operación una cuchilla de cortas dimensiones y ligeramente curva, á fin de que pueda trabajar en las paredes cóncavas de la chireta. Una vez recogida toda la carne, la descomposición, el cocimiento y la prensa se encargan de lo demás. Con tal sistema, las faenas de corte, rayado, cocimiento y prensado son muy lentas y caras. Un buen molino en Tayabas daría utilidad. Por término medio, se dan mil nueces para cada tinaja de aceite.

En el camino de Tayabas á Pagbilao se hallan también riquísimos tubiganes y buenos terrenos de pasto.

La quebrada de Maragoldon, que se encuentra á media legua de Tayabas, es bellísima por los musgos y helechos que abrigan la peña. A la bajada del desmonte se admira el magnífico puente de aquel nombre, levantado sobre una profundísima sima, por la que corre el caudaloso Dumacá. Dicha obra es, sin duda, la mejor de la provincia, y por lo tanto, digna de figurar entre las primeras de Filipinas. El puente que nos ocupa se empezó el año 1841, siendo Gobernador el desgraciado D. Joaquín Ortega, y se concluyó en 1850. El nombre de Fr. Antonio Mateus va íntimamente ligado con la historia de aquella construcción, en la que es sabido aportó dicho padre conocimientos, trabajo y dinero. Recomendamos á los que vayan á Tayabas visiten aquella obra, la que es fácil de inspeccionar, merced á una rampa que le da bajada en una de las estribaciones.

A más del anterior, se encuentra en dicho camino el llamado de Mate-, que fué concluído el 15 de Diciembre de 1851, y otros cuatro más, de madera, resguardados con una montera de caña y nipa.

De Tayabas á Pagbilao hay 12,50 km., distancia que recorrió nuestro carruaje en hora y cuarto.

Pagbilao fué fundado á principios del siglo XVII en el sitio llamado Nayun, cuyo nombre llevó hasta que fué trasladado al que hoy ocupa. Se encuentra próximo al Estrecho, en una pequeña eminencia que conduce al embarcadero del río, que desagua en la mar á una media legua corta. La salubridad de Pagbilao es buena y sus productos principales son arroz, aceite, brea, bejucos y madera. Sus naturales tejen bayones en bastante número.

La iglesia está bajo la advocación de San Juan Bautista; es de buena fábrica, lo mismo que el convento. En este pueblo se destacan dos espaciosas y alegres construcciones, estas son las escuelas. Fueron principiadas y concluídas bajo la dirección de su párroco.

El natural de Pagbilao es flojo y apático por lo general, habiéndose dado el caso de que tuvimos que suspender la elección el día que llegamos por no haber concurrido los votantes. Aquella se llevó á cabo en la mañana del siete, sirviendo de Tribunal una de las escuelas habilitadas al efecto.

Las obras del Tribunal están presupuestadas, mas en las veces que se han sacado á licitación no concurrieron postores.

Pagbilao tiene 4.686 almas, de las que tributan 2.220 en 22 cabecerías. Nacieron 223, murieron 131, y se consumaron 53 casamientos. Mozos sorteados subieron al número de 163, de los que solo 1 fué al servicio. Asistieron á las escuelas 120 niños y se vacunaron 200. Su criminalidad está representada por 4 causas; su fuerza pública por 23 cuadrilleros, siendo vigilados sus barrios por 39 caudillos.

Pagbilao debía ser el punto de más importancia de la provincia, y el llamado á importar y exportar los productos de muchos de los pueblos del interior. Una de las cosas que no comprendemos es el por qué las conducciones de efectos estancados que se asignan á la provincia no se llevan por Pagbilao. Los fletes son baratísimos, y en las licitaciones lograría gran beneficio el Estado de hacerse allí la conducción.

Hoy se llevan los efectos á los almacenes de Pagsanjan, en la Laguna, y de aquí á Lucban. El camino que media entre ambos pueblos es muy largo y sobre todo penosísimo, tanto que el contratista necesita destinar á este servicio gran número de carabaos. Cada arroba de tabaco puesta en la Administración de Lucban, pasa por el gravamen de dos contratistas uno que lo lleva á Pagsanjan y otro á Lucban, mientras que de hacerlo directamente á Pagbilao y situar la Administración de Hacienda en Tayabas—que no sabemos haya razón en contrario,—repetimos sería mucho más económico, pues en las dos leguas que median entre los dos últimos pueblos, puede utilizarse el carretón.

Las ventajas de la exportación por dicho puerto la van comprendiendo los naturales, saliendo periódicamente de aquel algunas embarcaciones que hacen viajes á Manila.

Muchas economías podría hacer el Estado en el ramo de Hacienda; pero para ello debían desaparecer las Administraciones de provincias. Aquellas, quedando concentradas en la Casa Real y bajo la gestión del Gobernador, no producirían los entorpecimientos, complicaciones y gastos que hoy se originan. Para los que pregonan las excelencias de la división de, poderes,15 De la época en que esto se escribía á la fecha, las islas Filipinas han sufrido grandísimas transformaciones, y ante ellas no pecamos de inconsecuentes al abogar ahora por lo que entonces condenábamos, creyendo como creemos un bien la descentralización de poderes.—(N. del A.) solo les diremos que prácticamente se han visto los resultados de la centralización en el cobro de rezagos. Provincias enteras había que tenían cuantiosos descubiertos de muchos años atrás. Los dignísimos Jefes de Hacienda habían depurado todos sus recursos y excitaciones cerca de sus subalternos, y el final era arrastres y más arrastres en los cierres de cuentas. Llegó un día en que sin duda se trató de poner á prueba la influencia de los Jefes de provincia, y al efecto se les encomendó aquel cobro, lo que dichas autoridades hicieron no somos nosotros los llamados á decirlo: respondan los números y los resultados.

Para legislar hay que conocer las localidades, y muchas veces hemos repetido, que el que crea conocer á Filipinas conociendo solo á Manila, está en un grandísimo error.

Un día que un Gobernadorcillo leía uno de los muchos artículos que sudaron la prensa de la capital, tratando de tan debatida cuestión de fallas, le vimos sonreir picarescamente, le interrogamos, y en buenas palabras nos hizo una paráfrasis de aquel célebre dicho de Montes; de que las lecciones se dan á la cabeza del toro.

CAPÍTULO XVII.

Las mareas.—El río de Pagbilao.—El castellano de Tabangay.—Islita de Patayan.—Simón el lazarino.—Capuluan.—Bajo Talusan.—Antiguas ruinas.—Las rocas Bagobinas.—Laguimanoc.—Almuerzo.—Un astillero.—Ensenada de Talusan.—Caserío y bajo de Calutan.—Calilayan, barrio y Unisan, pueblo.—Historia.—Ladia.—Castillo de Calilayan.—Síntesis de dos civilizaciones.—D. José Barco.—¡Rumbo á Pitogo!—Bajo Salincapo.—Cabulijan.—Pitogo.—Cacería de caimanes.—Un bailujan, un collar de coral y una pregunta.—¡A los botes!—Macalelong.—Su estadística.—Catanauan.—Su presente y su porvenir.—Mulanay.—Pastos y cogonales.—Monte Dumalong.—San Narciso.—Seno de Ragay.—Guinayangan.—Unión de los mares.—El Cabibijan.—Alunero.—Río y pueblo de Calauag.—López.—Su fundación, su estadística.—Alto en Gumaca.

Después de una larga discusión en que se oyeron varias opiniones respecto á las mareas,—circunstancia muy de tener en cuenta antes de embarcarse en Pagbilao,—se convino en que saliendo á la madrugada, encontraríamos agua bastante para el calado de nuestros botes, en el seno y bajo de Talusan.

Podríamos salvar este bajo, mas para ello, era preciso alejarse de la costa y navegar por fuera de las islas de Patayan y Capuloan, lo que no convenía á nuestros cálculos, no solo por el tiempo que habíamos de perder tomando tanta altura, sino también por lo inseguro de nuestras pequeñas embarcaciones.

Recomiendo á los que tengan que costear los senos de Tayabas, cuenten con las mareas antes de que se empuñen los remos, pues es muy fácil queden encallados entre medréporas y arenas si no aprecian debidamente las subidas y bajadas de las aguas.

A la madrugada, como dejamos dicho, embarcamos en un ligero y espacioso bote, propiedad de un honrado y laborioso comerciante, radicado en Calilayan, que galantemente nos lo había mandado. Acto seguido cayeron en las aguas del río de Pagbilao las seis palas de los remos. Con la ayuda de estos, navegamos durante unos veinte minutos por aquel caudaloso río embovedado de verdes ramajes, A la banda de babor, y en las cercanías del desagüe del estero de Tabangay, se alza un antiguo torreón, en el que se conserva un castellano llamado á vigilar aquella parte del Estrecho, en el que entramos siguiendo el canal del río.

Una vez tomada la competente altura, navegamos entre la costa de Pagbilao que teníamos á estribor, y la islita de Patayan que cual un canastillo de verdura se nos mostraba á babor.

En la playa de Patayan llamó nuestra atención una solitaria y alegre casita que se divisaba entre un grupo de cocos. Preguntamos y nos dijeron que en aquella vivía hacía algunos años, un lazarino llamado Simón, quien no sale del recinto de la isla y á quien sus parientes llevan semanalmente los alimentos, dejándoselos en la playa. Dicho lazarino, siempre que se le proponía el mandarlo á un establecimiento piadoso, rompía en lágrimas rogando no se le sacase de aquellas soledades para él tan queridas.

Dejando la bocana del Maruhi—en la que se ven las ruinas de un castillejo,—nos pusimos á la altura de la isla de Capuloan teniendo siempre á estribor la costa. Aquella isla la divide el arenal de Tulay-buhangin, cuyo arenal lo cubren las altas mareas formando un canal que une á Capuloan con Lipata, islas que al bajar las aguas se confunden en una.

Entre aquellas y la costa, se encuentra el bajo madrepórico del Talusan y los descarnados peñascos llamados San Juan y Taliban.

Frente á aquellas islas desaguan el Parsabangon,—cuyo río tiene un vadeo por el que pasa el correo de Pagbilao á la contracosta,—el Binajan, el Malicbing, el Palaspas, y el Hinguibin, cuyas bocanas muestran al viajero las ruinas de los antiguos castillejos que las defendieron contra las piraterías moras.

Al doblar el recodo del Hinguibin se entra en la resguardada concha de Laguimanoc,—en la que avanzan cual dos vigilantes centinelas las acantiladas y tajadas rocas Bagobinas. Estas se llamaron antiguamente Lauig y Manoc, palabras tagalas que significan aguilucho y gallo. Al crearse barrio en aquella ensenada, unieron las dos palabras formando la de Laguimanoc, adonde atracamos á las dos horas de nuestra salida de la barra de Pagbilao.

Laguimanoc, depende de Atimonan pueblo situado en la contracosta, ó sea en el Pacífico. De Laguimanoc á su matriz Atimonan, hay que cruzar de costa á costa separada una de otra por un accidentado camino de bosque, que mide por lo más corto 18,50 km. Esta larga distancia y lo penoso de salvarla, hace no comprendamos cómo no depende Laguimanoc de Pagbilao, adonde es mucho más corto y más cómodo el llegar, bien por agua, ó bien por el camino de la playa.

El barrio de Laguimanoc lo forma un pequeño vecindario, compuesto de madereros, carpinteros, constructores de barcos y acopiadores de maderas. Dos eminencias cierran el anfiteatro, en el que se alzan el astillero, un camarín que resguarda una sierra movida por el vapor, y varias casas que se apoyan en la misma roca, en cuya cima y estribaciones se reparten el resto de las que componen el barrio. En aquel astillero se han construido magníficos barcos de alto porte, habiendo sido el último que se botó al agua el vapor Paz, propiedad de los hermanos Alcántara. En aquella ensenada hacen carga de maderas para China y Japón, gran número de barcos. En la fecha en que pasamos por Laguimanoc había dedicados á este negocio dos extranjeros, uno de ellos, Mr. Broom, nos ofreció una cordial hospitalidad y un confortable almuerzo, en las pocas horas que permanecimos en Laguimanoc. Allí estuvimos hasta las tres de la tarde, en que nuevamente volvimos á los botes para seguir á Calilayan, en donde debíamos pernoctar.

Una fresca brisa de tierra nos permitió dar vela en demanda de Punta-Remo, extensa lengua de tierra que va á hundirse entre las madréporas y arrecifes del Estrecho.

Una vez que la estrecha quilla de nuestro bote cortó las aguas de la ensenada del Talusan, notamos que el sondaje disminuía hasta el extremo de apreciarse los más insignificantes detalles de las preciosas y variadas algas, que destilan sus viscosos jugos sobre las afiladas excrecencias que forman el bajo de Calutan. En aquella ensenada desaguan gran número de ríos y esteros, siendo de citarse los llamados Pinanimdim, Yaue, Ipil y Cabuyao, cuyas corrientes prestan un gran servicio á los madereros, arrastrando los trozos que cortan en los bosques.

En la ensenada de Calutan, se conserva un castillejo habitado por un guardián. Alrededor de aquel modesto baluarte, se agrupan unas cuantas casitas que vienen á formar el barrio á que da nombre la ensenada; aquel pertenece al pueblo de Atimonan.

A las seis de la tarde orzamos á estribor, cambiamos vela, y enfilamos la bocana del río Calilayan, á cuyas márgenes se asienta la visita de dicho nombre.

Calilayan cuando lo visitamos dependía de Pitogo, hoy es pueblo, y en el superior decreto que mandaba su creación, se varió aquel nombre por el de Unisan.

Calilayan ya existía al descubrirse las tierras que componen la provincia de Tayabas, por Juan de Salcedo, que, se cree fué el primero que de ellas tomó posesión en nombre de Castilla, al ir en busca de las renombradas minas de oro de Camarines.

Aquel pueblo, según antiguas tradiciones, debe su fundación á Ladia, hermana del cacique Maglansangan, sanguinario y despótico señor que por largo tiempo impuso leyes en el Estrecho. A Ladia se la conocía por la reina de Calilayan. En las negras páginas de las conmociones populares, figura este nombre, que estuvo borrado por largo tiempo del número de los pueblos, habiendo renacido más tarde con el modesto de barrio.

El Tribunal de Calilayan lo compone un espacioso castillo de dos cuerpos, resguardado con sus correspondientes aspilleras, por las que asoman sus bocas dos inofensivos cañones, mudos veteranos, que difícilmente pueden mantener su actitud amenazadora, sosteniéndose sobre las agorgojadas y apuntaladas paralelas de sus cureñas.

En las corroídas masas de hierro del castillo y en los gallardetes que ondean en los barcos que de continuo hacen carga en la ensenada de Calilayan, se ve la síntesis de dos civilizaciones; la primera está escrita á la rojiza tea de la morisma, la segunda registra sus anales en las serenas y tranquilas regiones del trabajo. La piratería quedó encerrada para siempre en los últimos picachos que sombrean las candentes arenas del Archipiélago de Joló, pudiéndose entregar con toda tranquilidad á sus habituales faenas los pueblos playeros que bordan el Estrecho de San Bernardino.

Calilayan es un centro maderero de gran importancia, y en su localidad hay inteligentes maestros y fuertes y robustos hacheros, que dan al comercio, con su duro trabajo, muchísimos miles de pies cúbicos de riquísimas maderas. En este pueblo hay establecidos algunos españoles dedicados exclusivamente á construir barcos y exportar maderas. Entre los constructores está nuestro querido amigo D. José Barco, cuya hospitalidad nos ofreció y gustosos aceptamos.

El 10, muy de madrugada, emprendimos rumbo á Pitogo. Entre este pueblo y Calilayan se encuentra el temido bajo de Salincapo, y en uno de los senos que abre la costa se halla el barrio de Cabulihan, dependiente de Gumaca; rico pueblo que encontraremos en las playas del Pacífico.

A las tres horas de navegación, aprovechando seis bogas, atracamos en el rústico embarcadero de Pitogo. Este pueblecito se halla situado en una prominencia que domina un extenso y limpio horizonte. Las casas ocupan la estribación de la montaña, esparciéndose hasta la misma playa. Entre esta y las cúspides de la prominencia, se levantan el Tribunal, la iglesia y el convento. El primero y el último, son edificios sólidos y espaciosos; en cuanto á la iglesia estaba reconstruyéndose. Un sólido castillo, hoy rodeado de malezas, estuvo llamado en otro tiempo á defender al pueblo contra los desembarcos de los piratas joloanos. Dicho castillo se encuentra á un tiro de fusil del Tribunal.

En los ríos y mangles que rodean á Pitogo, viven caimanes de extraordinarias proporciones. La cacería del caimán—ó sea la buaya, como le llama el indio—la verifican de una forma muy cómoda y sencilla. Cuelgan de las ramas del mangle un poderoso anzuelo revestido de un buen pedazo de carroña, que se mantiene á flor de agua; de la argolla del anzuelo, parte, á más del cabo que lo sostiene, una extensa y gruesa mata de abacá, cuyos hilos rematan en tres ó cuatro cañas muy largas que fuertemente anudan. En lo alto del mangle, atan un perro, cuyos ladridos bien pronto atraen al caimán; este, tan luego se halla dentro de las fuertes emanaciones de la carroña, fija en ella su voracidad, hundiéndose en el interior de su descomunal boca, las afiladas barras del anzuelo. Este es corto, de modo, que al hacer presa el caimán y cerrar la boca tropiezan sus poderosos colmillos en la mazorca de abacá, cuyas sueltas hebras se le introducen en la unión de aquellos, haciendo imposible su rotura; en tal estado, el animal se enfurece, hace esfuerzos supremos y rompe la cuerda que sostenía del mangle el anzuelo; mas esto le es imposible hacer con la suelta madeja. Tan luego se pone el caimán en movimiento, entran en juego las cañas; y si anda, malo, y si nada, peor, puesto que, la condición fibrosa de la caña hace imposible su rotura, y en la faena que el carnicero lagarto emplea para desprenderse de aquel enemigo, concluye por rendirle el cansancio y la fatiga.

Pitogo, con su antigua visita de Calilayan, formaban 21 cabecerías, á que correspondían 3.719 almas, tributando de ellas 2.006; hubo el año 1875, 200 defunciones, 39 casamientos y 194 bautizos. Se sortearon 173 mozos, de los que se sacaron 2 soldados; se vacunaron 325; asistieron á las escuelas 40. Se registraron 2 causas criminales, y se contaron para el resguardo del pueblo, y de su visita, 16 cuadrilleros, llamados á vigilar los 17 barrios que componían la jurisdicción.

En la tarde, verificó el Alcalde las quintas y elecciones. Por la noche hubo su indispensable bailujan, en el que, hizo los honores con gran desenvoltura una agraciada mestiza, llamada María, si bien ella respondía siempre por el nombre de Angue. De la conversación que tuve con Angue, deduje el estado primitivo de su espíritu. En un rasgo de verdadero orgullo hacia Pitogo y después de haberme hecho notar con infantil insistencia, los faroles de colores, los abullonados coquillos, las sayas de las dalagas, los exiguos instrumentos de la orquesta, y las gruesas y amarillas cuentas de un collar de ámbar, que descansaba en su amplio pecho, me preguntó con una alegre sonrisa si en España había bailes mejores que aquel. Bien valía aquella pregunta una inocente mentirilla, así que la contesté con un negativo monosílabo, con el que se quedó la buena de Angue en la firme creencia de que en toda la redondez de la tierra no había mas collares que el suyo, ni más faroles de colores que los de su pueblo.

A las doce de la noche terminó el baile y cada cual tomó el petate.

Pensando en la cara que pondría Angue al trasladarla de repente al Teatro Real en una noche de baile, cerré los ojos y me quedé dormido.

Muy de madrugada nos embarcamos en los botes, salvando en tres cuartos de hora el trayecto que media entre Pitogo y Macalelong.

Macalelong, con su visita de Hingoso, lo componen 2.212 almas; tributan 1.182 en 15 cabecerías. Hubo 82 defunciones, 36 casamientos, y 121 bautizos. Se sortearon 77 mozos, de los que se sacaron 2 soldados. Se vacunaron 140. Asistieron á las escuelas 60 niños de ambos sexos; se sustanciaron 7 causas; y su fuerza de cuadrilleros ascendía al número de 23.

Poco ó nada que citarse hay en aquel pueblecito, cuyos habitantes en su mayoría viven en una indiferente apatía, de la que no les arrancan ni las necesidades ni las constantes excitaciones de la autoridad. Allí fuimos asediados por un sinnúmero de pobres, quienes nos demandaban una limosna con destemplada y gangosa voz. Este pueblo, lo mismo que el anterior y los que encontraremos hasta llegar á López, están á cargo de sacerdotes indígenas; en los demás de la provincia, sus parroquias son administradas por frailes franciscanos.

Siguiendo la línea de la playa, la que no habíamos perdido desde que salimos de Pagbilao, continuamos el día doce la navegación en demanda del pueblo de Catanauan. En esta travesía hay que ir provistos de todo, no solo por lo larga y pesada, sino que también por las peripecias á que da lugar lo inseguro de las imprevistas tufadas que repentinamente suelen soplar.

Toda la playa está deshabitada, pues á excepción de los pequeños caseríos de Cabuluan é Hingoso, apenas se ve alguna que otra miserable choza.

Al doblar la punta Sandoval, y cuando ya llevábamos diez horas de navegación, nos pusimos á la vista de Catanauan.

Dicho pueblo lo componen 3.174 almas, de las que tributan 1.462 en 15 cabecerías. Hubo 68 defunciones, 129 bautizos y 41 casamientos. Se sortearon 207 mozos, á los que correspondieron 3 soldados. Se vacunaron 122, asistieron á las escuelas 40 niños de ambos sexos, siendo 23 el número de cuadrilleros.

Catanauan poco á poco va despertando de su indolencia, y tenemos la seguridad de que tan luego se habitúe al trabajo, llegará á ser un pueblo muy rico, dadas las condiciones de su territorio. Hoy corre la triste y precaria suerte de sus colindantes. A Catanauan seguía en nuestro itinerario Mulanay, adonde puede llegarse en tres ó cuatro horas, utilizando una regular brisa ó seis fuertes remeros. Este pueblecito, con su visita de Bondo, lo forman 2.076 almas, de las que tributan 1.216 en 13 cabecerías.

Los dilatadísimos campos que se encuentran entre Mulanay y Bondo son susceptibles de mantener muchos miles de reses. Hay buenas piaras de vacas, pero no llegan ni con mucho á las que pueden sustentar aquellas riquísimas vegas refrescadas con las aguas de cientos de arroyuelos.

De Mulanay teníamos que cruzar al seno de Ragay, y para ello dejamos la vía marítima, tomando la terrestre.

De aquel pueblo al de San Narciso empleamos todo el día catorce, bien es verdad que dedicamos la mañana á la caza del carabao cimarrón.

Para llegar á San Narciso hay que vadear un sinnúmero de veces el Dumalong, no siendo esto lo más malo, y sí el salvar las peligrosas fragosidades del monte de aquel nombre. No hay que soñar siquiera en hacer este trayecto á caballo, y sí en carabao ó en hamaca. Hay precipicios y fangosos barrancos, que únicamente la planta humana, ayudada de la inteligencia ó las condiciones especiales de la pezuña é instinto del carabao, pueden salvar. Para colmo de males se encuentra tal profusión de pequeñas sanguijuelas en el ramaje, en las puntas del cogón y hasta en las hierbas, que no hay forma de evitar su sangrienta voracidad. Vencidas las alturas del Dumalong, se interna el viajero en un espeso bosque, y tras este se alegra su espíritu ante la vista de San Narciso, en donde podrá hallar descanso su desvencijado cuerpo.

A San Narciso lo forman un caserío levantado en el seno de Ragay. Aquel lo habitan 1.375 almas, de las que tributan 990 en 9 cabecerías.

En San Narciso nuevamente volvimos á la mar, navegando por espacio de doce horas en el seno de Ragay para encontrar á Guinayangan. Este pueblecito con su visita de Piris, lo forman 7 cabecerías. Toda la miseria en que hoy se consume, es indudable que en una época más ó menos lejana se trocará en riqueza y movimiento. Teniendo á la vista un buen plano de la provincia de Tayabas, se comprende que necesariamente está llamado Guinayangan á ser uno de los puntos en que ha de arrancar la división de la isla de Luzón, poniéndose en comunicación el gran Pacífico con el Estrecho que aprisiona las revueltas ondas del mar de China. Guinayangan está situado en el seno de Ragay, en el desagüe del río Cabibijan. Las condiciones de este, su caudalosa corriente, su gran anchura y su mucho fondo lo hacen navegable. Dicho río se interna en el istmo que separa el seno de Ragay de el de Alabat; istmo que constituye el punto más estrecho de toda la isla de Luzón. Entre Guinayangan y Calauag está el río Cabibijan, que desagua como ya hemos dicho en el mar de China, y por parte de Calauag se halla el río de este nombre vertiendo sus aguas en el seno de Alabat ó sea en la gran bahía de Lamón. Bien que se eligiera el río Calauag, ó bien el de Viñas que se encuentra algo más al Norte, la unión entre los dos ríos sería trabajo de legua y media á dos de canal, confundiéndose en este las ondas de ambos mares. Los beneficios que esto reportaría son incalculables, y repetimos que abrigamos la firme creencia de que la unión ha de verificarse por la vía indicada, que es la misma que nosotros seguíamos para llegar á Calauag. De Guinayangan fuimos en banca contra corriente del río Cabibijan hasta el desembarcadero de Alunero; de aquí á caballo más de dos horas hasta encontrar las aguas del río Calauag, y una vez dentro de aquellas los remeros condujeron la banca á dicho pueblo.

Calauag lo mismo que Guinayangan, más bien que pueblos son una agrupación de sucias y miserables casucas que difícilmente dan albergue á su vecindario, compuesto de 9 cabecerías.

De Calauag á López hay un regular camino, fácil de hacer á caballo. Hasta dicho pueblo nuestra marcha fué muy acelerada, deseando cuanto antes salir de aquellos lugares en los que nada nuevo encontrábamos.

López fué creado con la visita de Talolong, el año 1857, siendo Gobernador de la provincia D. Cándido López Díaz. Dicho pueblo lo componen 5.432 almas, de las que tributan 2.892 en 30 cabecerías. Hubo 47 casamientos, 221 bautizos y 173 defunciones. Se sortearon 247 mozos de los que fueron 3 á ser soldados. Se vacunaron 147, asistieron á las escuelas durante el año 120 niños. Se sustanciaron 4 causas criminales, ascendiendo sus cuadrilleros al núm. 99. A nuestro paso por López se estaba construyendo una iglesia, que á juzgar por la solidez de sus cimientos y por las proporciones de su obra está llamada á ser una de las primeras de Filipinas.

De López á Gumaca el camino mejora notablemente, y una vez pasada la balsa de Camuhangin apenas se pierde de vista la playa. Este camino puede hacerse en tres á cuatro horas.

CAPÍTULO XVIII.

Gumaca.—Su antigüedad.—Su situación.—Águilas imperiales.—Castillos de Santa María, San Diego, San Sebastián y San Miguel.—Estadística.—Saqueo, incendio y peste.—Libros canónicos.—Reminiscencias valencianas.—Una velada en las ruinas.—Recuerdo glorioso.—Productos.—De Gumaca á Atimonan.—Una madera incorruptible y un hongo fosforescente.—Kiosco en el camino,—Grupos fantásticos.—Compañía no buscada.—Ninay.—Una presentación por medio de un cigarro.—El Moro y el Rosillo.—Atimonan.—Su historia, sus productos y su estadística.—Un bailujan, un regalo y una promesa.—El correo.

Gumaca es uno de los pueblos más sanos y mejor situados de los que bañan las aguas del Pacífico en las costas de Tayabas. Su fundación no hemos podido comprobarla, debiendo ser muy antigua, puesto que ya se le nombra en los registros de la Orden de San Francisco correspondientes al año 1582. En 1638 se trasladó á la Silanga de la isla de Alabat, volviendo á su antiguo sitio después del incendio á que le redujeron los holandeses en el año 1665.

Gumaca debió ser muy combatido de las piraterías moras, teniendo en cuenta la situación que ocupa y los restos de defensas que aún se conservan. Una sólida muralla corre por la playa, arrancando desde el río á que da nombre el pueblo. Sobre aquel se alza un puente de madera, que comunica con el fuerte de Santa María. Encima de la puerta del fuerte—que abre el camino que dirige á Atimonan—se conservan toscamente grabadas sobre la piedra las águilas imperiales de la casa de Austria, escudo que también se muestra en las ruinosas paredes del Tribunal. La muralla cierra el pueblo por la parte que mira á la mar con el castillo de San Diego. La construcción de este fuerte revela una mano inteligente, y la solidez de su fábrica lo mantendrá en pie muchísimos años. En su plataforma se guarda un pesado cañón de hierro. Formando cuadrilátero con aquellos fuertes, quedan restos de los llamados San Sebastián y San Miguel. Entre estos había una fuerte empalizada de molave.

Gumaca tiene 7.137 almas; tributan 3.360 en 38 cabecerías. Hubo 151 defunciones, 88 casamientos y 273 bautizos. Se sortearon 330 mozos, de los que se sacaron 4 soldados. Se vacunaron 431. Asistieron á las escuelas 130 niños de ambos sexos; correspondieron á su territorio 5 causas criminales. Los cuadrilleros, llamados á vigilar los 19 barrios, ascendían á 38.

Entre los edificios de Gumaca, son dignos de visitarse la iglesia, el convento y la escuela. El convento abre sus muros en una espaciosa plaza, que limita la muralla. La iglesia es buena y espaciosa, lo mismo que la escuela.

Gumaca ha pasado por un sinnúmero de vicisitudes, no habiendo respetado á su laborioso vecindario ni los horrores del saqueo, ni las destructoras llamas del incendio, ni los estragos de la peste. Hojeando los libros canónicos de defunciones de aquel pueblo, correspondientes á los meses de Abril y Mayo del año 1772, y fijándose en las páginas que empiezan en el asiento 28, se verá el tristísimo cuadro de las más encarnizadas hecatombes que registra la historia de la viruela.

Examinando el antiguo Tribunal, los fuertes de San Diego y Santa María, la muralla, las empalizadas y el capitel ojival que resguarda la gran cisterna que provee de agua al pueblo, se viene en perfecto conocimiento de que por allí ha pasado una activa y buena inteligencia. El piso alto del Tribunal está basado en arquerías, terminando en azotea, construcción rarísima en Filipinas, que hace recordar las casas de Alicante y Valencia.

En la plataforma del castillo de San Diego pasamos al lado del virtuoso párroco Fray Mariano Granja, una alegre velada respirando las puras emanaciones de las ondas del gran Pacífico.

Toda ruina tiene para nosotros un augusto misterio ante el cual bajamos con respeto la frente. Las agrietadas aspilleras del castillo de San Diego, son otras tantas páginas de nuestra gloriosa historia. Sobre aquellos muros había ondeado la sacrosanta enseña de Castilla, en una época en que, si la tenue brisa de la caída de la tarde plegaba sus paños en otros horizontes, los matinales céfiros acariciaban sus colores enseñando al primer rayo del sol los castillos y leones, inseparables compañeros de su luz.

El castillo de San Diego debió prestar excelentes servicios, pues dada la situación de Gumaca necesitaba un avanzado centinela que precaviese las sorpresas, fáciles de llevar á cabo en aquellas playas, por la circunstancia de interceptar la exploración la extensa isla de Alabat.

Los principales productos de Gumaca son: el arroz, las maderas, la brea y la cera. Caza hay mucha en sus bosques, y el poco cacao que recoge es muy estimado.

En la tarde del veintiuno nos dirigimos al pueblo de Atimonan. El camino que conduce á aquel, salvo ligeros trayectos, no se separa de la playa. Los muchos ríos y esteros que desaguan en el Pacífico en toda la contra-costa de Tayabas, hacían que á cada paso tuvieran nuestros caballos que vadear un arroyuelo, ó hiciesen resonar bajo sus duros cascos los fuertes ensambles de los veintinueve puentes que encontramos. Aquellos son de madera, empleándose el molave para los pilares. El molave es incorruptible á la acción del agua, como impenetrable á la destrucción de los insectos. Hemos visto sacarse de un fondo de fango, harigues de molave que habían permanecido entre aquel más de cien años, sin que mostrasen señales de carcoma ni podredumbre. En la demolición de todo antiguo edificio en que haya molave y cañas, llama la atención la conservación de los primeros, y las bellísimas fosforescencias que se desprenden de los alimacmac en las segundas. El alimacmac, es un pequeño hongo que nace en el interior de la caña cuando es vieja y ha estado sometida por largo tiempo á la acción de las aguas. La vejez ayudada de la humedad, incuban en las paredes de la caña esa brillante excrecencia que buscan las dalagas entre las ruinas, adornando con ellas su pelo y sus relicarios.

Los añosos y entrelazados troncos de los bacauan que forman los mangles, constituyen una sólida barrera que resguarda contra la rompiente de las olas el camino de Atimonan. Si aquel se recorre de noche, hay que ir despacio y con algunas precauciones, so pena de exponerse á que se rompa el caballo una pata en alguno de los agujeros que hacen los cangrejos, y de que está salpicado todo el terreno.

En la línea que empieza la jurisdicción de Atimonan, nos encontramos la comitiva que salía á esperar al Alcalde. Las dalagas iban lujosamente vestidas, montando ligeros caballos. El Gobernadorcillo de Atimonan tenía preparada bajo un bonito kiosko, una suculenta merienda. Lo delicioso del lugar, las frescas brisas del Pacífico cuyas espumas llegaban á nuestros pies, y la armonía de la música que se mezclaba con el eterno y acompasado murmullo de las ondas, nos retuvo más tiempo del que debíamos.

Montamos nuevamente á caballo al aproximarse el crepúsculo, así que, bien pronto nos envolvieron las sombras. El numeroso grupo que componía nuestro acompañamiento presentaba un aspecto altamente fantástico. La fosforescencia de la mar, los destellos de los alitaptap, y los preciosos cambiantes de luz, que nos mandaba Sirio, la estrella más hermosa de los cielos, daban la bastante claridad para apreciar conjuntos, ya que no detalles.

El camino era bastante estrecho, circunstancia que hacía marchásemos de dos en dos. Varias veces levanté la cabeza desde que dejamos el kiosco y siempre encontré á mi lado una misma cara. Yo no buscaba á Ninay, y sin embargo, constantemente estaba cerca de mí. ¿Quieres fumar?—la dije, á la par que sacaba la petaca para encender un cigarro.—Tu cuidado,—me contestó con esa habitual franqueza de la india. Un cigarro, en todas partes del mundo es un gran introductor; el que oprimía entre sus labios Ninay, hizo tan perfectamente la presentación, que no se interrumpió entre nosotros la conversación hasta que llegamos á los bantayanes de Atimonan. Dos horas fuimos hablando, y en ellas me contó Ninay, con una encantadora naturalidad, una verdadera serie de superfluidades para mí, pero que constituían para ella un mundo. Me habló de su cocal, de la saya que tenía preparada para el baile, de la peineta de su amiga Chichay, del imbay del Moro y del Rosillo, y por último de su novio. Moro y Rosillo, se llamaban los caballos que montábamos, eran hermanos, y siempre habían comido en una misma tina, estando en esto explicado, el por qué al buscarse ellos, nos acercaban á nosotros. Al pronunciar Ninay el nombre de su novio, no lo hizo balbuceando ni mucho menos, aquel estaba ya admitido por sus mayores, y por lo tanto la cosa era muy natural y corriente.

A las nueve de la noche entramos en Atimonan; de este á Gumaca hay 21,50 km.

Atimonan se llamaba en lo antiguo un llano que se extiende en una ensenada de las costas de Lamon; y en aquel sitio se resguardaron por los años de 1635 los pocos seres que pudieron escapar de las llamas de Cabullao, pueblo que fué reducido á cenizas por los piratas moros. En dicha ensenada quedó formado Atimonan el año 1637, siendo hoy el pueblo más rico de la contra-costa de Tayabas. Su extenso territorio, que abarca de costa á costa, produce preciosas maderas, inmejorables resinas, cera, maíz, café, cacao, abacá y aceite. Las ceras de Atimonan son de una pureza y transparencia tal, que pocas habrá que las igualen. En la Exposición de Filadelfia fueron premiadas, y abrigamos la convicción de que también lo serán en la próxima de París, adonde sabemos se mandarán. Los tejidos de piña que hacen las mujeres son muy buscados en el comercio.

La salubridad de Atimonan es buena, y aun cuando no se halla en la misma playa, solo la separa el corto cáuce de la desembocadura del río, á cuya margen derecha se levanta. El caserío es bueno, destacándose por la solidez de su fábrica, la iglesia y convento. Los muros de estas obras tienen de doce á quince pies de espesor. El Tribunal lo componen dos cuerpos, el uno antiguo y el otro moderno, en el último hay un salón de los más grandes que hemos visto en Filipinas.

Atimonan tiene 8.790 almas, tributan 4.262 en las 46 cabecerías que registra. Hubo 172 defunciones, 62 casamientos y 343 bautizos. Se sortearon 475 mozos, de los que se sacaron 9 soldados. Se vacunaron, 234, asistiendo á las escuelas 160 niños de ambos sexos. Se sustanciaren 2 causas criminales y su territorio está á cargo de 42 caudillos y 53 cuadrilleros.

A la noche siguiente á la de nuestra llegada á Atimonan, y terminadas que fueron las quintas y elecciones, hubo el consabido baile, en el que volví á reanudar la conversación con Ninay: me hizo conocer á su novio; y yo en pago de sus secretillos la dí un anillito, en el que estaba esmaltada una imagen de los Dolores, exigiéndola al dárselo que había de ser el que usase el día que se casara.

Después supe no había olvidado mi deseo, y que alguna que otra vez recordaba Ninay al castila de las balbas, nombre con el que me conocían en toda la contra-costa.

En Atimonan recibimos el correo, este sale de Tayabas con dirección á Pagbilao los viernes; de aquel punto cruza toda la provincia, yendo á Atimonan, y de aquí sigue por toda la contra-costa á buscar á Calauad, para internarse después en la provincia de Camarines, y de aquí á Albay. La línea de inspección del correo de Manila á Albay termina en Tayabas; el conductor llega hasta este pueblo, en donde espera, quedando la correspondencia á merced de Dios y del servicio personal de los muchísimos pueblos que tiene que recorrer hasta llegar á Albay. Sin balijas, sacos ni árganas, excuso decir á mis lectores los deterioros y detrimentos por que pasarán los paquetes.

Para evitar gran calor, convinimos en hacer el trayecto, que separa Atimonan de Mauban, de noche y por mar, á cuyo efecto se prepararon bancas y barotos, quedando todo listo para embarcarnos á la caída de la tarde.

CAPÍTULO XIX.

Navegación en baroto.—Escasez de luz y abundancia de mosquitos.—Los principios y los medios.—Horas interminables.—Malayo po.—El monte Soledad.—Vista de Mauban.—Su historia, estadística y productos.—Episodio glorioso.—Don Simón de Anda y los franciscanos.—Documento notable.—Setecientos quintales de plata.—De Mauban á Lucban.—Caminos que hace el hombre y arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y desmontes.—El Balete.—Barrio de Sampaloc.—La hamaca.—Lúgubres semejanzas.—Descanso en Lucban.—Vuelta á Tayabas.

¿Saben ustedes lo que es navegar en baroto?

Si la contestación es negativa no deseen hacerla afirmativa, pues de seguro se arrepentirán. De Atimonan á Mauban puede irse por algo, que algunos afirman que es vereda; pero el viajero que llega á poner en ella su planta, se convence á costa de sus huesos de que no hay tal cosa, sobre todo, en la parte que comprende el escabroso monte Pitisang. Para evitar esto, y sobre todo las ocho ó diez horas á caballo que se invierte en la jornada, resolvimos dejar la vía terrestre y entrar en la marítima.

El tiempo estaba algo revuelto, y el patrón del baroto trincó perfectamente las amarras del caran, de modo que la parte habitada de la embarcación quedó convertida en una especie de ratonera, en que si bien escaseaba luz y aire, abundaban los mosquitos y las moscas.

A las seis vencimos la barra, balanceándonos en el gran Pacífico; orzamos para tomar rumbo, pero la vela se empeñaba en no tomar viento, empeño perfectamente justificado al ver los agujeros que tenía su triangular superficie y la poca gana de soplar que había por arriba.

La postura que se busca en cualquier forma de locomoción es agradable al principio, más si la jornada es larga, antes de llegar á los medios aquella, no solo es molesta, sino que no hay ninguna que satisfaga. El baroto no tenía asientos, así que los que íbamos embanastados en su camareta tuvimos que hacerlos con mantas y maletas. Durante la primera hora todo fué bien; fumamos, reimos y hablamos de largo, mas poco á poco se nos entró la noche por la boca de la camareta, y las nuestras dejaron paulatinamente de moverse y de chupar.

El monótono crujir que produce toda vieja embarcación; la uniformidad del quejido de la onda al ser cortada por una lenta marcha; el silencio de la noche y lo impenetrable de las sombras, traen al espíritu un sinnúmero de fantasmas que pasan y se desvanecen en la misma forma en que nacen; mas cuando esas fantasmas son vistas por unos ojos que pertenecen á un cuerpo que no encuentra postura buena, que desea reposo y no lo halla, y que tiene sueño y le es imposible conciliarlo, entonces entra un grandísimo malestar y las horas se hacen interminables. La estrechez del baroto no permitía echarnos, obligándonos á conservar posturas irreconciliables con el descanso; y no hay nada más molesto que estar completamente rendido y falto de sueño, y, sin embargo, no poder dormir. Cincuenta veces por hora preguntamos al patrón si faltaba mucho, y siempre tuvimos por contestación su invariable malayo po.

Macilentos, escalofriados, somnolientos y doloridos, principiamos á ver el cómo se retiraban las sombras á sus antros y el cómo la aurora abría las puertas al día. El sol apareció en los cielos, y nos mostró entre ligeras brumas el monte Soledad, á cuya falda se asienta el pueblo de Mauban.

A las ocho de la mañana llegamos á aquel. Catorce horas invertimos en tan deliciosa navegación, de que me acordaré mientras viva.

Mauban no se conoce cuando se fundó. En los archivos se encuentra aquel nombre figurando en los anales del último tercio del siglo XVI. El año 1600 se sabe fué su párroco el padre frey Fernando Moraga. Dicho pueblo sufrió varias traslaciones hasta el año 1647, en que definitivamente ocupó el sitio en que hoy se halla. Se encuentra en la costa del Pacífico frente á la isla de Alabat. Su clima es muy caluroso, si bien las tardes y madrugadas son refrescadas por las brisas del mar. Mauban tiene 9.039 almas, tributando en sus 48 cabecerías 4.274. Hubo 366 defunciones, 57 casamientos y 320 bautizos. Se sortearon 476 mozos, á los que correspondieron 9 soldados. Se vacunaron 341. Asistieron á las escuelas 160 niños. Se incoaron 9 causas, y el número de cuadrilleros y de caudillos ascendían, los primeros al número de 43, y de 29 los segundos.

Como edificios no hay ninguno digno de citarse, excepción hecha de la iglesia y el convento. Aquella es de una fuertísima construcción, componiendo su torre cinco cuerpos.

Los productos principales son arroz, abacá, café, cacao y maderas. Las mujeres tejen salacots y petates muy buscados. En la extensa jurisdicción de Mauban se cría mucha y buena caza.

El nombre de Mauban, representa un hecho histórico digno de citarse. Habiéndose logrado sacar de Manila con grandes trabajos y peligros durante la invasión inglesa, el Real Tesoro, aquellos se aumentaron, estando en camino de la Pampanga, por haber dado el enemigo con su pista; conociendo esta posición el cauteloso D. Simón de Anda, se dirigió al Provincial de los Franciscanos, que se hallaba en Lucban, comisionándole para que de acuerdo con los conductores del Tesoro, buscara forma para embarcarlo y salvarlo en uno de los puertos de Tayabas.

El superior de la Orden, en vista de tan arriesgada comisión, eligió para llevarla á cabo á Mauban, á cuyo cura párroco le dirigió la siguiente carta, acreedora por todos conceptos de ser conocida. Dice así:

«A nuestro hermano Frey Francisco Rosado de Brozas, Predicador ex-definidor, Guardián y Ministro de doctrina de nuestro convento de Mauban, salud y paz en Nuestro Señor Jesucristo.

«Hallándonos con este superior decreto que con la mayor veneración y rendimiento obedecemos; y siendo de nuestra obligación el poner todo nuestro desvelo y cuidado en el servicio de Nuestro Rey y Señor natural, aunque sea á costa de nuestras vidas, manifestando el debido vasallaje y lealtad de agradecidos hijos y afortunados vasallos de un Rey y Señor, de cuya soberana mano viven tan reconocidas y obligadas, nuestra seráfica religión y apostólica provincia de San Gregorio. Por tanto, teniendo satisfacción de las prendas que en V.C. concurren, mandamos á V.C. por santa obediencia, acompañe, ayude y sirva á conducir el Tesoro de S.M. (q.D.g.), según que dispusieran el Capitán de navío D. José de Acevedo y el maestre de plata D. José Góngora: y á este efecto mandamos á V.C. disponga y avíe todas las embarcaciones servibles de todos nuestros conventos, ya sean de esa costa, ya de la provincia de Camarines, sacando de dichos conventos cuantas provisiones se juzguen necesarias para el gasto y manutención de la gente necesaria, hasta consumir lo que los conventos tengan para su preciso mantenimiento. Y porque es muy correspondiente á nuestro instituto y gratitud, el servir á nuestro Soberano Monarca, con el desinterés y celo, á que nos obligan tantas leyes y respetos como sus leales vasallos, obligadísimos frailes de San Francisco. Mando á V.C. por santa obediencia, que por ningún concepto permita reciban nuestros conventos ni religiosos cosa alguna por el servicio de embarcaciones, y recompensa de las provisiones que suplan, y sí solo se expresarán á continuación de estas nuestras letras, las embarcaciones con la nominación de sus conventos; los víveres que de estos se sacaren con expresión singular, y todo lo demás que acredite el desempeño de nuestra obediencia al superior decreto y servicio á Nuestro Soberano y al común de la patria. Y estas nuestras letras serán leídas é intimadas á nuestro hermano Guardián de nuestro convento de Naga y Comisario provincial de la provincia de Camarines, para que en su vista provea lo conveniente y necesario á la expedición del presente negocio, y concluído este se nos devolverán originales con el Superior decreto que acompaña, para presentarlo al superior Gobierno. Dadas en este nuestro convento de San Luís obispo, del pueblo de Lucban, firmadas de nuestra mano, selladas con el sello mayor de nuestro oficio y refrendadas de nuestro Secretario en siete días del mes de Febrero de mil setecientos sesenta y tres años.—Frey Roque de la Purificación, Ministro provincial.»

La comisión cumplió su encargo, embarcando en Mauban, en 20 bancas y 1 pontín, el Real Tesoro, que pesaba unos 700 quintales. A los pocos días se encontraba toda la plata en poder del justiciero y valiente magistrado.

Dos días permanecimos en Mauban, y al terminar aquellos emprendimos el camino de Lucban. La descripción de dicho camino es imposible, entre otras cosas, porque en muchos sitios no lo hay, y en otros las torrenciales aguas lo modifican á su antojo entre aquellas accidentadas y bruscas estribaciones. Vadeos, precipicios, quebradas, desmontes y derrumbaderos es lo que se encuentre entre la balsa de Mauban y la visita de Sampaloc, en donde termina el Balete, ó sea el monte que divide las jurisdicciones de Mauban y Lucban. Hasta Sampaloc generalmente se emplea la hamaca, muchos van á caballo, pero es peligroso y molesto por las continuas bajadas. Las hamacas de la provincia de Tayabas consisten en dos bastidores de vara y media de largos, y menos de una de anchos, divididos y sujetos por dos tablas de narra, por las que pasa una larga y fuerte caña. Sobre el bastidor superior se coloca el trapal, y el inferior es el llamado á sostener al viajero. Entre bastidor y bastidor hay poco espacio, de forma que no hay medio de sentarse, habiendo que permanecer echado todo el tiempo que dure la jornada. La hamaca es llevada por 8 á 16 hombres, en cuyos hombros se apoyan los salientes de la caña, que pasan por el interior de la hamaca. Cuando llueve y hay que cerrar aquella, dejando caer las faldetas de los trapales, se asemeja á un ataúd más que á otra cosa. Esta lúgubre semejanza la han encontrado todos los que por primera vez han viajado de tal forma.

Desde Sampaloc á Lucban el camino mejora notablemente, pudiéndose emplear el caballo.

De Mauban á Lucban hay 25 km. En este último pueblo descansamos un par de días, al cabo de los cuales volvimos á pisar la casa Real de Tayabas.

CAPÍTULO XX.

Costumbres.—Aprobación de actas.—Un Gobernadorcillo electo paseando por Manila.—El sastre municipal.—Los faldones del frac, el sombrero de copa, la camisa de chorreras y el bastón.—Vajilla, lámparas y rancho.—Diez varas de glasé y diez de gró.—Los caballeros utraques.—Un lío, otro lío y un liito.—El campanario del pueblo.—Vuelta al hogar.—Exhibición de compras.—La saya de la capitana.—La pagoda.—El 1.° de Julio.—Juramento.—Misa de vara.—Recuerdos de las bodas de Camacho.—Un chocolate serio y un descarnado hueso.—La tenientela mayora y las juezas.—Amontonamiento de alhajas.—Lectura del Tadhana.—La coronación.—El rigodón oficial—Un borracho ante un apellido vascuence.—Fin de la fiesta aniyaya nang bayan.

A los pocos días de llegar á la cabecera se recibieron en el Gobierno aprobadas las actas de las elecciones en la forma que las había redactado el Alcalde.

Tan luego se hacen públicos los nombramientos, todos los Gobernadorcillos electos principian á echar cuentas, y por lo general resuelven, en consejo de sus mayores, marchar á Manila.

Casi todas las provincias tienen su casa posada en la capital, en la que no solamente viven los que de ellas van, sino que también reciben noticias y servicios del casero, estos se convierten en ciceronis y acompañantes de sus huéspedes.

Sigamos á un Gobernadorcillo electo en Manila.

La primera diligencia es llamar al sastre municipal. Este se presenta en la casa con un rollo de telas, hace su correspondiente cortesía al neófito, le da la enhorabuena y el que sea para mucha felicidad del pueblo, se sonríen ambos, y acto seguido el maestro tira de regla, de jabón y de lápiz y cubica, mide y estira al pobre munícipe que empieza á sudar al solo olor del reluciente paño que ha de convertirse en los faldones de un frac. El frac es tan indispensable para el Gobernadorcillo, como el sombrero de copa, el bastón y la camisa de chorreras. El sombrero suele legarse y servir en tres ó cuatro bienios; la camisa lo mismo que el bastón podrán ser manufacturas de el pueblo, pero lo que es el frac necesariamente ha de estrenarse y pasar por el corte de los sastres de Manila. Ni durante la medida, ni en las pruebas, ni en la elección de paño habla una palabra nuestro hombre, y se deja hacer, pues le basta y le sobra con saber que el sastre que le sirve es el mismo que está encargado hace años de proveer á los Gobernadorcillos de Manila de trajes de etiqueta. Un Gobernadorcillo de Manila para uno de provincias, es una especie de amo y se da por satisfecho con solo ponérsele en parangón, siquiera sea ante el recorte de dos varas de faldones.

El Bazar Oriental y el almacén del Vivac indispensablemente son visitados. En el primero compra vajilla y lámparas, y en el segundo le da vueltas y revueltas á latas y frascos, cuyos rótulos no entiende, pero que no implica para que mande encajonar un buen provisto rancho.

Si el Gobernadorcillo es casado, una vez que se haya ocupado del frac, del rancho, del menaje de casa, y algunas veces del sombrero de copa, se acuerda de su munícipe mitad y muestra en mano acude en casa de los Catalanes, en donde se provee de diez varas—ni una más, ni una menos,—de glasé negro, y otras diez de un gró rabioso, cruzado de anchas franjas más rabiosas que el fondo á ser posible, posibilidad que por lo común no puede satisfacerse, por la sencilla razón de que la capitana en ciernes encarga que la saya sea grana.

Hay una cosa que el Gobernadorcillo no compra en Manila; esta otra cosa son las cucharas, tenedores y cuchillos, los que tiene todo indio rico de tiempo inmemorial, por más que no los use, sobre todo si su riqueza no ha sido improvisada. Si su riqueza es moderna la plata de dichos objetos estará más reluciente que la de los primeros fundidos, á no dudar, con los respetables y nunca bien ponderados utraques de ambos mundos, legendarios señores, cuyas bruñidas caras son más caras de ver en el día que la que está en Jaén.

Empaquetadas todas las compras y atados cajones, maletas, tampipis, cajitas, balutanes y el indispensable lio y otro lío y liito de última hora, toma nuestro hombre el vapor, carromata, carabao ó caballo que le conduzca á su pueblo adonde es de ene ha de llegar montado en algo.

Ni la mirada de Isabel I, al ver los castillos y leones ondeando por primera vez en las almenadas torres de Granada, ni la de Napoleón I al admirar las pirámides, ni la de Luís XIV al mirarse á sí mismo, al decir que la Francia era él, retrataron la intensidad que se verificó en la del capitán al divisar el campanario de la iglesia del pueblo, cuyos destinos—hasta cierto punto—estaba llamado á regir y gobernar.

Una vez en su casa—que en breve ha de abandonar para vivir en el Tribunal,—se desempaca lo comprado, que habrá llegado custodiado por un futuro munícipe de cuarto orden, que ha ido al servicio de el que será su jefe. Todos los parientes y amigos alaban el buen gusto de las compras. Se coloca la vajilla en los aparadores, se cuelgan lámparas, se descuelgan las sillas y sofás, que de ordinario las tiene suspendidas en el techo, se clasifican, como Dios les da á entender vinos y conservas, y se pone á pública exhibición la saya que ha de lucir la capitana en la misa nang varas, y la que ha de ostentar en el primer rigodón oficial de la fiesta de la aniyaya nang bayan.

El uso del frac es objeto de una serie de ensayos difíciles de enumerar, no habiendo espejo una legua á la redonda que no lo haya reproducido, colgado por supuesto de los hombros del futuro jefe del municipio.

En el reloj de los tiempos—pues en el del pueblo no podía ser, entre otras razones, por no haberlo—dieron las tres de la tarde del 30 de Junio. A esta hora se sacó del patio del Tribunal cañas, ramaje, flores y bejucos, y aquí amarro, allí cuelgo y más allá adorno, se improvisó con la ayuda de unos 300 taos, una vistosa y engalanada pagoda que fué conducida con gran bulla y algazara al frente de la casa del que será Gobernadorcillo. Esta pagoda es la insignia llamada á dar á conocer á propios y extraños la casa del munícipe.

Como todo llega, amaneció el día 1.° de Julio, y aquí te quiero escopeta. Todas las caras están más rientes que la misma aurora que las alumbra; todos los labios se agitan, y todas las manos se mueven.

A las ocho en punto se encuentra el héroe de la fiesta de tiros largos, que juro á mis lectores que si por tiros entendemos faldones, la frase está perfectamente aplicada. A aquella hora sonó la música y aparecieron juntamente con ella, la principalía, los que habían de cesar y los que habían de posesionarse. A un sostenido redoble salió el munícipe, y todos juntos y al compás de un paso doble, se dirigieron á la Casa Real en la que juraron sus cargos ante el Alcalde, los electos á quienes les hizo comprender en un pequeño discurso sus deberes, después de haberles entregado los bastones y bejuquillos, símbolos de sus empleos. De la Casa Real van á la iglesia en la que oran un breve rato; de allí, dejan en su casa al Gobernadorcillo, y cada cual va á la suya no sin haber antes aplazado la fiesta para el próximo domingo.

El día de la posesión fué el jueves, de modo que poco había que aguardar.

El sábado por la tarde, todo estaba listo y dispuesto.

La misa de vara iba á celebrarse con toda la suntuosidad de quien tiene gana de gastar y sendos doblones en el arca, grandes pilas de palay en el tambobo, cientos de tinajas de coquillo y aceite en los alambiques y bodegas, y no escaso número de lustrosas parenderas en las tanzas. Para que un Gobernadorcillo pueda cumplir con la costumbre, ha de ser rico, y como ya sabemos que el indio por nada prescinde de aquellas, de aquí, que aseguramos lo es.

Alumbró el domingo, y el primer rayo de luz que se desprendió de los cielos, fué saludado con el estruendo de los versos, el volteo de las campanas, el reventar de las bombas y los acordes de la música. Todo es animación, todo risa, todo alegría. A la puerta del Tribunal hay varias tinajas de aguardiente de coco, que gratuitamente van trasegando los transeúntes. En los hornos se cuecen pastas, y en las mesas de la cocina hay tal número de aves y tal cantidad de tasajos de carne, que hacen recordar las bodas de Camacho. Ese día come y bebe todo el pueblo á costa de su nuevo capitán. A las ocho en punto empieza la misa de vara. Esta se celebra con toda solemnidad, y una vez que echa su bendición el sacerdote, sigue la saturnal que ha de durar veinticuatro horas. Toda la principalía en ejercicio, y fuera de él, todos los capitanes pasados, cabezas reformados, vecinos condecorados, jefes de cuadrilleros, caudillos, primogénitos y cuantos tienen, han tenido ó esperan tener algún cargo municipal, se sientan en la mesa del festín en esas veinticuatro horas. Se principia por un chocolate serio que preside el Alcalde acompañado de toda la colonia española, y concluye con las heces del coquillo que apura el tanor, y los últimos huesos que roe el pretendiente á cuadrillero. Desde el chocolate al hueso, desfilan en perfecto orden de categorías, todos los que existen en el pueblo. Tan luego termina el chocolate, que dicho sea de paso, está servido con acompañamiento de jamón, queso,potos, bibincas y toda clase de dulces y pastas ocupan la mesa las capitanas y demás babais de representación; á estas suceden sus maridos siguiendo las cabezang, principalía y demás gente menuda. La música y el baile, no cesan ni un momento.

Concluído el primer refrigerio, se encierra la Tenientela mayora con las Juezas y algunas Cabezang de su confianza, en una de las habitaciones del Tribunal, y confeccionan una corona, amontonando sobre su varillaje todas las mejores alhajas del pueblo. Hemos visto coronas de esta clase, formadas de anillos, pendientes, peinetas, clavos y cadenas de un grandísimo valor. A más de esta corona, se adorna un bastón de mando, cuyos objetos una vez terminados, guarda bajo llave la Tenientela.

Mientras las babais se ocupan en el adorno de la corona, el capitán, rodeado de todo el pueblo oficial, dirige una alocución en la que desarrolla su futura forma de gobierno. Después de esto, lee el tadhana, ó sea el bando. Cada Tribunal, conserva por lo general en sus archivos su tadhana, que se lee no solo ante el Municipio, sino que también se da publicidad á voz de pregón en plazas y esquinas. Tengo entre mis papeles, algunos de dichos tadhanas; todos ellos son curiosísimos, y envuelven en su espíritu, santos y benéficos principios.

Como muestra, traducimos del tagaloc el que oímos publicar en Lucban, cuyo original en forma de acta, lo guardo entre los autógrafos curiosos. Dice así:

«Dios, Supremo Hacedor de todas las cosas, creó el animal y el hombre racional; en cuanto al animal lo perfeccionó en todo, menos en la razón, de que dotó al hombre para que conociese á Dios, respetase á los mayores en edad, dignidad y gobierno, enseñase á sus hijos á no dañar á nadie, dar á cada uno lo que es suyo, y compartir con el pobre lo que tuviese; mas todos estos santos principios se corrompieron, desde que el hombre pecó á su Dios; y he aquí por qué las tribus eligieron rey; mas siendo imposible que este se encuentre en todos los pueblos gobernados, creó Jueces para que lo representasen y por uno de los cuales, hoy me tienen ustedes, señores, aunque indigno, para interpretar la voluntad de los representantes del Rey, por lo que y dentro de las atribuciones de un mísero Gobernadorcillo, vengo en decretar los artículos siguientes, seguro de que ustedes me ayudarán en esta insignificante, pero difícil tarea.

Artículo 1.° Que todos cumplan los santos preceptos de Dios, de la Madre Iglesia y de sus mayores.

Art. 2.° Que procuren no jurar, sino cuando se les exigiere en los Tribunales de Justicia, acordándose al hacerlo que si lo verificasen en falso, tendrán castigo en esta vida y en la otra.

Art. 3.° Que oigan misa en los dias de domingo y fiestas de guardar.

Art. 4.° Que respeten á los mayores y que estos hagan entrar á sus hijos en las escuelas; haciéndoles rezar á los solteros y solteras el rosario en los sábados, y que no permitan los caudillos de los barrios, permanezcan en las sementeras, los sexagenarios y las preñadas.

Art. 5.° Prevengo en este artículo el que no se deshonre al prójimo, y que sus infractores serán remitidos al Juzgado.

Art. 6.° Prevengo á los padres que no consientan que sus hijas traten por largo tiempo con mancebos, ni reciban dádivas y servicios gratuitos de los amorosos pretendientes.

Art. 7.° Que no dejen de labrar tierras, alzar casas, sembrar palay y árboles provechosos, y que los que tengan no empleen la usura, acordándose de Dios y de que pueden dejar de tener.

Art. 8.° Que los seductores se acuerden del mal que pueden originar, y que pueden algún día convertirse en seducidos.

Art. 9.° Que no infrinjan este precepto, pues que de su infracción nacen los malos deseos.

Art. 10. Que se retiren los vecinos del pueblo al toque de las diez de la noche, á cuya hora deben quedar apagados todos los calanes y encendidos los faroles de la calle.

Art. 11. Hago saber á los tributantes que al llegar los días de trabajos cuarentenales, todos deben concurrir á ellos, pagando á su tiempo su tributo y demás sagrados deberes.

Art. 12. Deben comprender todos los habitantes de este pueblo que el trabajo y la limpieza son cosas que recomiendan los sagrados preceptos, por lo tanto, debe empezarse el trabajo temprano, cuidando antes de barrer y limpiar los alrededores de sus casas.

Art. 13. Los que deseen promover demandas dentro de mis atribuciones, me encontrarán en el Tribunal á cualquier hora que me busquen. Hé dicho.»

A las cinco de la tarde ellas y ellos, llevando las primeras la corona sobre una bandeja, van á buscar al párroco, y este con la comitiva lo hace del Alcalde, dirigiéndose todos al Tribunal. El salón está hecho un ascua de fuego. Donde quiera hay espacio para una colgadura, flota un damasco; donde quiera hay lugar para fijar un clavo, luce una mecha alimentada por aceite, petróleo, cera ó esperma. Ya todos en el salón, la capitana y su marido se arrodillan delante de un altar provisional en el que se coloca la imagen, á cuya advocación está el pueblo; el Alcalde coge el bastón y el párroco la corona, se pronuncia por el último una oración, se coloca sobre la cabeza de la capitana la corona, se entrega el bastón al capitán, y repetidos vivas atruenan el Tribunal; suena la música, se hacen disparos, revientan bombas y cohetes, y en medio de esta alegría y algazara, las dalagas cubren de flores á la capitana. Acto seguido empieza, ó mejor dicho se reanuda el baile, dando comienzo con un rigodón que generalmente baila el jefe de la provincia con la capitana. A las doce se cena, y á la madrugada se retiran los más recalcitrantes haciendo más eses que erres tiene un apellido vascuence.

A esta fiesta se la conoce con el nombre de aniyaya nang bayan. Antes de cerrar este capítulo, bueno es que digamos, para que no se nos tache por algunos de exagerados, que la fiesta que hemos descrito es propia de las cabeceras ó pueblos de primer orden y no de los pequeños, en que no hay recursos ni elementos.

CAPÍTULO XXI.

Costumbres.—Fiestas.—El bínyagan—El unang pag paligo.—El diariuhan..—El labac, el pulong y la aniyaya..—El suizan.—El tañido del tambulic.—Inspección del barrio.—La cama del Juez mayor.—Cincuenta y dos días de bailujan.—El buisan.— Los pintacasis.—Juntas y cabildeos.—Triunfo de la Liceria y de la Chananay.—Aliño de un teatro en Tayabas.—El cómico de la legua.—¡Ojo con los empresarios!—Un día de buen comer.—Preparativos de cuaresma.—Lapasan.—El vino en vaso y el coquillo en tabo.—El tapatan mang pasion.Moros y cristianos.—El sábado de gloria.—El canto del gallo.—Pascuhan.—El hatiran.—Recuerdo de una pregunta.

A más de las fiestas que dejamos descritas, existen otras muchísimas en la provincia de Tayabas. La muerte proporciona diversiones, el nacer también. El bautizo origina la fiesta llamada bínyagan. A los siete días se baña la parida, y con este motivo se celebra el unang pag paligo. Si el niño muere después de recibir el agua, se le coloca en una bandeja, se le rodea de flores y en vez de lágrimas hay la fiesta del diariuhan.

Si en el hogar nacen un sinnúmero de fiestas no nacen menos en un Tribunal.

Nombrado un Cabeza de barangay no toma posesión de su cargo ni asiento en la principalía hasta el primer día de misa que sigue á su aceptación, y en el que espera en la sacristía, de donde lo saca el Teniente mayor antes de principiar aquella, dándole asiento en lugar preferente, y quedando desde aquel momento revestido de toda la plenitud de su cargo. La primera misa que oye el Cabeza origina la fiesta llamada labac. La primera junta que preside el Gobernadorcillo crea el pulong. Cuando se propuso al Cabeza ya se consumó la aniyaya.

Las visitas á los barrios que hace el Juez mayor dan nombre á los suizan.

Para llevar á cabo dichas visitas, aquel avisa al matandá sa nayon más viejo—cada barrio tiene tres—el día que ha de hacerla, señalamiento, que da á conocer por medio del tañido del tambuli, que convoca á todos los vecinos. Una comisión de principales montados en buenos y bien atalajados caballos, va á la casa para sacarle. Los vecinos del barrio lo esperan en sus fronteras, y una vez en ellas, lo llevan á una casa perfectamente adornada, en la que se nota un especial detalle. El indio duerme en el suelo, pues bien, al Juez mayor se le prepara en alto una cama, en cuyo adorno emplean las dalagas del barrio gran esmero.

Constituída la visita en el barrio, el Juez mayor, ayudado de otros munícipes, inquiere, inspecciona y averigua los adelantos y mejoras que se han llevado á cabo en el trascurso del año. El Juez, lleva para estos actos una caja que contiene las listas del estado del barrio en la última visita, el tadhana ó bando que le autoriza, unas disciplinas y una palmeta, castigando con esta á las que se han hecho acreedoras é imponiendo correctivo á los delincuentes con las primeras. En estos castigos no hay nada de crueldad, y sí solo, una mortificación al amor propio, por hacerse aquellos á la vista pública.

La inspección del Juez mayor no se limita á la esfera material, sino que también se extiende á indagar la moral de cada individuo.

Concluído el acto oficial da comienzo la fiesta del suizan, que por lo general dura veinticuatro horas. Tayabas tiene cincuenta y dos barrios, de modo, que los aficionados ya saben que estos catapúsanes dan un contingente de cincuenta y dos noches de jolgorio durante el año.

El suizan es la verdadera fiesta del indio; en ella es donde hay que buscarlo para encontrarlo tal cual es.

El buisan es parecido al anterior, con la diferencia que en este el Cabeza convoca á todos sus carolos ó tributantes para un día dado, á fin de rendir y ajustar los finiquitos de cuentas. El buisan irroga algunos gastos al Cabeza, que sufraga la fiesta, más también le evita el tener que andar meses enteros á caza de sus tributantes.

Como cada barrio está bajo la advocación de algún santo, excuso decir á mis lectores que cuando el calendario señala sus nombres hay sus correspondientes pintacasis.

En la fiesta en que realmente se echa el resto es en la del pintacasi del pueblo. Meses antes del en que se celebra aquella principian las juntas, los cabildeos, los proyectos y los preparativos. En el Tribunal se somete á la sanción de la principalía las opiniones que prevalecen. La misa solemne de tres padres, con sermón, las músicas, los globos, los bailes y los fuegos artificiales están fuera de discusión, pues siempre se cuenta con ellos. Donde se riñe la verdadera batalla, donde los oradores esgrimen toda su argucia, es en si ha de haber ó no comedia. Una comedia en Manila se arregla en dos horas, habiendo un socio capitalista que tenga en cartera hasta un billete de Banco de 10 pesos, ó un crédito en plaza, ó plazuela, de 20 pesetas; capitales que, aunados con un industrial que á la par de socio sea cómico, cantante y bailarín, se concierta un programita. Esto, que es tan fácil en Manila, en Tayabas constituye una empresa verdaderamente piramidal, y aun cuando los indios no conocen las colosales masas de piedra del Egipto, sin embargo, recuerdan que la última comedia que tuvieron había costado una derramita de á 20 pesos, si no por barba, por lo menos de bolsillo, y con tal recuerdo no es de extrañar que el asunto se debata, y hasta algunas veces se arañe. Demos de barato—por más que á ellos les ha de salir algo caro—que los amantes de la Chananay y la Liceria triunfen. Este triunfo representa tres noches de comedia de magia, con cantos, bailes y gimnasia. La magia y los turbantes son tan indispensables en toda comedia tagala, como el llamar simpática á la Liceria, omisión que el día que la hiciera un cajista de cartel, produciría un terremoto de bambalinas.

En Tayabas no hay teatro, por consiguiente, hay que hacerlo, y después de hecho aliñarlo para el caso, y el caso tiene más harigues y bejucos de lo que parece. Entre el tablado y Manila hay nueve legüitas de monte—¡pero qué monte!—y á más, el sorbito de agua que tiene la laguna de Bay. La maquinaria, atrezos, vestuarios, telones y demás tarantines hay que llevarlos á brazo, y los brazos son caros.

El cómico indio, cuando viaja por su cuenta, es muy sobrio en comidas, bebidas y bagajes, pero cuando viaja á cuenta de un pintacasi pide billete de cámara, caballo que tenga imbay, merienda, paraguas por si llueve, y sombrilla por si hace sol. Come como un sabañón, y bebe como una cuba. Con estos antecedentes, excuso manifestar á mis lectores que todo empresario de provincias lo primero que pide en el contrato es que los artistas han de ser traídos, llevados comidos y bebidos por cuenta de la principalía. Si esta no tiene la amarga experiencia que da la práctica y cae en tal contrato sin ponerle cortapisas, se ha divertido. EL artista, cuando se convierte en cómico de la legua, se transforma en un sér distinto de los demás, y si esto es ó no cierto, apelo á todas las principalías que han caído en el lazo que les tiende un sutil empresario, desarrollando ante sus ojos un tremendo telón, exhibiendo en almazarrón lo que promete dar en carne y hueso.

Pero en fin, la cosa es que generalmente se vota por la comedia, y más ó menos cara la hay con gran contentamiento de miles de seres.

Las cosas más insignificantes crean un día de jolgorio, de todo sacan partido, y todos los actos de la vida los comienza el indio con unas horas de placer.

En sus expansiones, buscan por lo regular las casas de sementeras; en los pueblos se ahogan, y no se encuentran á sus anchas.

Cualquier convalecencia, satisfacción, enhorabuena, ó cumpleaños, da pretexto á un dadayo ang pagcain sa linang, ó sea día de buen comer en el campo. A la vuelta de estas fiestas, las dalagas se adornan de flores que con gran algazara cogen, combinan y deshojan por el camino.

Al aproximarse la cuaresma el indio de Tayabas se prepara á despedirse de comer carne, con las fiestas de lapasan, las que siempre se celebran en las sementeras. Si los que las dan son ricos, asiste la música; si no lo son, la guitarra, las voces y las palmas la sustituyen. En los aristocráticos lapasan, se bailan habaneras y rigodones, se cantan trozos de ... cualquier cosa, y se bebe vino de Europa en vaso: mientras que en los lapasan tradicionales, en los puros tagalos, se empina coquillo, se baila cumintang, se canta cutang-cutang, se bebe en tabo, se come lechón, y por todo mantel está el verde césped, por todo tenedor los cinco dedos, y por todo pan sendas pelotas de morisqueta.

Para todas estas fiestas se construye de cañas y ramaje un emparrado, á cuya sombra se pasa el día.

Durante la cuaresma no se come carne, mas esto no obsta para que continúen las reuniones indias, sustituyendo en lugar de aquella pescados y gulays. El tapatan nang pasion, da origen á una cena. A esta preceden costumbres altamente curiosas. Al intentarse que en una casa se verifique un tapatan nang pasion, acuden por la noche frente á ella varios individuos vestidos de judíos,—según ellos dicen—y simulan alguna de las escenas de la semana del dolor. Los de afuera piden hospitalidad y descanso á los de adentro, cantando la crudeza del tiempo, lo cansado de sus cuerpos y los sufrimientos de su espíritu, hasta que compadecidos los dueños de la casa abren las puertas y una vez que judíos, moros y cristianos fraternizan, se canta la pasión y después se cena.

Este solo cuadro de costumbres, podría llenar un libro. El tapatan nang pasion por sí solo, da origen á una serie de reflexiones y observaciones que ocuparían muchas cuartillas.

El sábado de gloria es animadísimo el ver por las calles de los pueblos de la provincia de Tayabas, á chicos, grandes y mujeres. Todos van provistos de bombones en que rebosa la sangre de cerdo, ó la espuma del coquillo, y ninguno deja de llevar tremendos tasajos de todas las carnes comibles, conocidas en la localidad. A paso largo se dirigen á sus respectivas sementeras, y á buen seguro que prueben un solo bocado de carne hasta que la altura de la luna, ó el canto del gallo anuncie haber mediado la noche.

El nacimiento del domingo de gloria, tiene por mantillas cientos de pieles de otros tantos pobres animales inmolados ante el ara de miles de famélicos dientes, que por espacio de cuarenta días han estado soñando con carne.

Los tres días de Pascua los celebran con el nombre del pascuhan.

Para cerrar este capítulo y hacer comprender el espíritu bullanguero y alegre del tayabense, voy á recordar cómo conocí una de sus fiestas.

Una tarde, que solitario, mustio y pensativo paseaba por la calle del Bambán, llamó mi atención un alegre grupo acompañado de la música, que con gran algazara traía la misma dirección en que yo marchaba. Acorté el paso, levanté los ojos de las espumosas aguas que corren aprisionadas en el bambán, y la curiosidad hizo me fijara en el grupo, llamando mi atención una bandeja llevada en manos de una dalaga. Los seguí, y al ver entraban en una casa, interrogué á uno de los acompañantes quien me dijo iban á tener un hatiran. No comprendiendo la cosa, me entré con ellos y vi que la bandeja contenía un pañuelo rodeado de sampaguitas, campanillas y calachuches. Pregunté, y me dijeron que aquel pañuelo lo había perdido la dueña de la casa, y una vez encontrado y averiguado de quién era, se lo iban á devolver, no sin antes pagar el hallazgo con la fiesta conocida con el nombre ya dicho.

Después de leer estas páginas, y hacer presente á mis lectores que el indio jamás se aburre en sus fiestas, y que asiste á ellas con todo el júbilo infantil de un colegial en día de asueto, no puedo menos de recordar la pregunta que ya queda hecha. ¿Es, ó no, feliz Ambrosio?

CAPÍTULO XXII.

La provincia de Tayabas á principios del presente siglo.

Registrando crónicas y archivos tuve la suerte de encontrar un precioso manuscrito de principios de siglo,16 Este manuscrito, figura en la instalación que tiene el autor en la Exposición de Filipinas.—(Nota del A.) obra del docto religioso Fr. Bartolomé Galán. Dicho manuscrito lo constituye una extensa Memoria referente á la provincia de Tayabas, de cuya cabecera fué Párroco muchos años, y cuya Memoria no encuentro datos de que se haya publicado, y hasta casi puedo asegurar que el ejemplar que tengo á la vista, es el único que existe. Por estas razones, por las comparaciones que puede hacerse de su lectura, y por las curiosas noticias que contiene, acerca de una provincia tan poco conocida, me hace la dedique unas páginas de este libro. El manuscrito es de grandes proporciones, así que he copilado y extractado lo que tiene más interés.

Hélo aquí:

El ramo principal de la riqueza de Tayabas es el arroz; desde las hambres que hubo á consecuencia de la langosta que asoló las islas, los individuos de Tayabas, sin que nadie los dirigiese, mas que la necesidad, hicieron los tubiganes ó sementeras de regadío, abriendo cuantas tierras son susceptibles de este beneficio, con un trabajo inmenso, que asombra á cuantos lo ven, á fin de coger dos cosechas en diferentes estaciones. En el pueblo de Tayabas se cogerán unos 130.000 cavanes de arroz; teniendo dicho pueblo 3.000 vecinos, y gastando unos con otros, ajustando á cinco personas por vecino, 30 cavanes al año, ó sean 15 fanegas, le resta para vender 40.000 que á razón de á 6 reales cavan, importan 30.000 pesos. En algunos terrenos, siembran trigo en pequeña cantidad, de el que se cosechará unos 600 picos que venden á 3 pesos, en los mercados de Santa Cruz. De maíz, se han hecho algunos ensayos: se coge mucho cacao y se cogiera más, si no fuera por lo que esta planta padece con los huracanes. La ganta, ó sea medio celemín colmado de cacao, se vende á 3 pesos. Este ramo de riqueza podría tener mucho incremento en Tayabas, si se apreciara y diera á conocer en los mercados europeos, pues es seguro puede competir con el de Caracas. El cacao que hoy produce, lo consumen en el pueblo, tomándolo los indios en todos sus casamientos y demás fiestas. También hay mucho café que se vende en los mercados de Batangas. Cañadulce se siembra muchísima en este pueblo, y se venden, ocho ó diez por un cuarto; del jugo no se hace azúcar, pero sí unas panochas llamadas pacascás de que hacen gran consumo. El ajonjolí se siembra, pero con el solo objeto de hacer un poco de aceite, que el indio emplea en frotaciones en todas sus enfermedades.

Frutas del país, tales como plátanos, naranjitas, piñas, mangas, limones, lanzones, ates y granadas, hay con abundancia, como también algunas berzas y raíces farináceas.

Tayabas apenas conoce la industria, en lo que respecta á tejidos, si bien hay uno ó dos telares. Por las mujeres se hacen muchos bayones, petates y esteras de la hoja de una palma llamada burí: hacen bayones llamados baluyot, que caben mas de 50 cavanes de arroz. De los petates se sirven para enfardar y también para velas de sus embarcaciones.

Abundando en cocos este pueblo, es consiguiente haga aceite, mas no lo extrae en la proporción de las palmas que posee, por no tener fácil salida, pues el llevarlo á Santa Cruz de la Laguna tiene cada tinaja un recargo de más de 6 reales. Este ramo dará al pueblo un ingreso de 500 pesos. La profusión de cocos se debe á una ordenanza que manda á los Alcaldes mayores hagan que los indios planten cocos por escasear el bonote en Manila, para carenar las embarcaciones del Rey. El valor de un pié de coco en lozanía, con inclusión del terreno, es el de un real. El ramo de industria más útil á este pueblo es el de la cría de vacas; se criarán al año unas 6.000 vendiéndose de 3 á 4 pesos cabeza. La cría de caballos es corta.

Lucban coge unos 100.000 cavanes de arroz, siendo su principal producto, el cual renta al pueblo unos 13.000 pesos anuales. Se fabrican sombreros de las fibras del burí y el pandan que vale de 1 á 3 reales. Se tejen también petates que llaman bancuanes y hacen cajas ó tampipis de mayor á menor.

Tendrá los mismos cocos que Tayabas, y su aceite lo lleva á vender á Santa Cruz.

El comercio que Lucban tiene en grande es el expendio de arroz que venden en Majayjay, Lilio y Nagcarlang, tres pueblos que apenas lo cosechan y que los de Lucban buscan en Sariaya y Tiaong. La ingratitud del terreno la suplen ventajosamente los vecinos de Lucban con su industria y trabajo, pues aunque el natural de esta provincia es laborioso, ninguno llega á aquellos; ellos van hasta Mambulao á cambiar sus productos por oro; van á Polillo por balate, concha y cera; en fin, son los chinos de la provincia, agenciando con el comercio lo que les niega la naturaleza.

Sariaya posee un extenso término de terreno pingüe y feraz, situado en la ladera del monte Banajao. Su agricultura es la siembra de arroz, no solo de secano, sino que mucho más de regadío, por consiguiente, coge dos cosechas. A pesar de ser un pueblo de 1.200 vecinos, coge tanto arroz como Tayabas, siendo de mejor calidad.

El Gobernador D. José Domínguez Samudio, sembró el añil, el cual fructificó muy bien en el barrio llamado Malabambang; el producto fué excelente, habiéndose vendido el quintal á 110 pesos. También se daría el algodón, pero sería necesario seguridad en venderlo y máquina para despepitarlo. La cría de vacas y caballos compite con la de Tayabas.

El pueblo de Tiaong está al final de la provincia por el Poniente, lindando con la de Batangas, por los pueblos de San Pablo y el Rosario, y á pesar de tener mejor término y más que Sariaya, no produce lo que este. El principal renglón de su riqueza es el arroz, sin embargo de que no hay tierras de regadío. Cogerá al año unos 20.000 cavanes, que la mayor parte consumen los 600 vecinos de que se compone su población. Siembra algún trigo, más no como el de Tayabas y Sariaya, sino de grano más pequeño, semejante al que se colecta en Batangas acaso por participar más del temperamento de esta misma provincia en que son uniformes los tiempos de agua y sol y menos los fríos.

Cuando la extinguida compañía de Filipinas empezaba, mandó á Tiaong, varios dependientes para que activasen la siembra del algodón, pero no pudieron adelantar nada: la causa no fué otra que obligar á sembrar á todos y no proveerlos de máquinas para limpiarlo. El añil se da también en su territorio. Hay algún cacao, pero en corta cantidad, y es lástima á la verdad, pues no solo es el mejor de la provincia, sino acaso preferible al de Cebú.

Lindando el pueblo de Tiaong con la laguna de Bay, Batangas y Tayabas, es la unión de todos los malhechores de las tres provincias, y aun del partido de Cavite, cometiendo impunemente robos sin fin. Este es el motivo por el que el vecindario ha tardado tanto en crecer, á pesar de poseer un término grandísimo y excelente, pues hacia la mar tiene un llano de 6 leguas, en el que cría unas 2.000 vacas.

Hay muchos venados en su término y algunos carabaos y caballos, que continuamente son robados por los malhechores.

A pesar de lo antiguo que es Tiaong, no tiene más que iglesia y casa parroquial provisional.

El pueblo de Pagbilao tiene en la actualidad 300 vecinos; se fundó con 200, y en un siglo solo ha aumentado en 100; es decir, que Tayabas duplicará su vecindario en cuarenta años, mientras que Pagbilao no lo hará en doscientos.

Los pueblos tienen ciertas cargas que llevadas por pocos, ni aun tienen tiempo para cumplirlas. Pagbilao, por ejemplo, lo defienden cuatro castillos que hay que guarnecer, y de los seis barangayes de que se compone necesita dos para solo este servicio: agregúese que la fábrica de la iglesia y casa parroquial, por lo menos necesita otro barangay, este último servicio se hace sin detrimento de otros accidentales, pero necesarios, como son el acopio de piedra, cal, maderas y cañas; de suerte que lo referido les ocupa más de la mitad útil del año, y esto sin contar con el ajuste de cóngrua que se le da al párroco.

La agricultura de Pagbilao está circunscrita á la siembra del arroz, del que cogerá unos 7.000 cavanes. Produce café y cacao. Cría algunas vacas, y sus naturales se dedican á la pesca, que venden en Tayabas y Lucban. De la isla de Capuloan extraen brea blanca.

El pueblo de Macalelong, con su visita llamada Pitogo, consta de 200 vecinos. Está situado en la mar del Sur, á unas 12 leguas de Pagbilao, siguiendo para el Oriente, y puede asegurarse no tiene más agricultura que la de raíces indígenas de las islas, tales como camote, úbi y tugui, con las que pasan el año, y cuando faltan echan mano del corazón de la palma llamada burí; en una palabra, Macalelong es un dechado, el más propio, de la miseria y barbarie.

La visita de Pitogo está á una legua de su matriz, pero su vecindario es más laborioso. Está situada en un cerro que arranca desde la orilla de la mar. Tiene dos ríos caudalosos á ambos lados de la población, resguardados por dos castillejos.

Si no fuera por la obligación de pagar el tributo, no tendrían ninguna industria estos pueblos, mas aquella les hace ir al monte á coger cera, que venden á 25 pesos quintal, en Gumaca y Atimonan.

El pueblo de Catanauan tiene magníficas condiciones para ser rico, y sin embargo es de los más miserables. Se cría todo con gran lozanía, sin más trabajo que el sembrarlo, y á pesar de esto y poseer muchos carabaos aradores, solo cultiva unos pedacitos de tierra inmediatos á la población, de suerte que teniendo 360 tributos, solo cosecha unos 3.000 cavanes de arroz, proveyéndose del resto para su manutención en las provincias de Cápiz, Iloilo y Antique, que se lo dan á cambio de brea, con la que también sufragan su tributo, pagándoles el Estado el quintal, puesto en la cotta de la cabecera, á 10 reales.

El pueblo de Catanauan es muy vicioso, dominándole el juego, y el natural que se envicia deja desde aquel momento cuantos medios conocía para buscar dinero; varias causas, largas de referir, han influído para este mal, y se juega con tanto descaro, que se convoca á toque de tambor siempre que hay embarcaciones ó gentes de fuera. Cortado este vicio, se dedicarían á la labranza, en atención á que solo les falta el tiempo que invierten en el juego; carabaos y tierra les sobra. Las vacas que se crían en la jurisdicción de Catanauan son de las más grandes que hay en Filipinas.

Lo mismo que en Catanauan acaece en Mulanay, pueblo de 200 vecinos, que viven con el producto de la brea, con la que pagan el tributo. Este pueblo está á unas 2 leguas de Catanauan, siguiendo la costa al Oriente, hacia Punta Arenas. Tiene una visita llamada Bondo, en la que no solamente se utiliza la brea, sino que hacen tapa de los carabaos cimarrones, vendiendo el pico á 4 pesos.

Torciendo la punta que forma la tierra que avanza más al Sur, y que se extiende entre Pinagbotongan y Punta de Arenas, dirigiéndose al Nordeste, á 2 leguas de la dicha punta, se halla el pueblo de Obuyon, al cual rodean sus visitas de Tinapo, Piris y Niyasas, con las que compone un total de vecindario de 180 tributos. Este pueblo y visitas son, si cabe, más miserables que Catanauan y Mulanay: como están en el seno de Ragay y jamás se hacen en él el corso, andan los moros con la misma satisfacción que si estuviesen en Mindanao.

El pueblo de Guinayangan, situado en lo último del seno de Ragay, al Poniente de Camarines, de donde dista unas 10 leguas, es el último por allí de la provincia de Tayabas. Solo tiene 100 vecinos que se mantienen la mayor parte del año de raíces. Cogen algún balate y cera silvestre, pero todo en corta cantidad, que los dos Cabezas jamás pueden cubrir á tiempo la capitación.

Los pueblecitos de Calauang y su agregado Apat, se encuentran en la mar del Norte, lindando con Camarines por el pueblo de Capalongan, del que dista unas 10 leguas. Ambos pueblos, tienen un vecindario de unos 80 tributos, cuyas cargas las sufragan con el carey, balate y cera, que venden en los pueblos inmediatos.

En las cercanías de Apat, es donde se estrecha más la isla de Luzón, pues de la mar del Norte, á un río bastante caudaloso llamado Cabibijan, que desemboca en la mar del Sur, no hay más distancia que 2 leguas de terreno llano. Siendo Alcalde mayor de Tayabas D. José Domínguez Samudio, pasó por tierra á dicha mar del Norte, dos falúas de diez y ocho remos, operación que no hubiera sido posible llevar á cabo no siendo el terreno llano. Si se abriere este corto trayecto, se establecería comunicación entre el mar Pacífico y el Estrecho de San Bernardino, y los beneficios que esto irrogaría serían incalculables.

Gumaca es el primer pueblo viniendo de la mar del Norte; está situado al comienzo del gran seno que forma la tierra firme de Luzón, con las islas de Alabat y Sangirín, de las que está al Sur. Su agricultura principal es el arroz, del que cogerá unos 30.000 cavanes, incluyendo lo que se cosecha en su visita de Talolon. Su vecindario consta de 1.350 tributos. En Talolon se cosechaba excelente pimienta, ramo de agricultura que se va extinguiendo. Se produce cacao, café, frutas y verduras. Se tejen petates del burí, y algunos vecinos se dedican á la pesca del balate y concha de carey, en la isla de Alabat, y cogen alguna cera en sus montes. Este pueblo es el que extiende más su navegación: embarca en sus balasianes, sal, petates, vinagre, aceite y algunas ropas, y llegan hasta la cabecera de Naga, en que hacen cambios por oro en polvo de las minas de Paracale y Mambulao.

Atimonan, está á unas 3 leguas de Gumaca, siguiendo la misma costa hacia Poniente y tanto un pueblo como otro, extienden su territorio de mar á mar, teniendo en lo más estrecho 4 leguas, y 8 en lo más ancho, de terrenos altamente montuosos, por lo que necesita gran número de baluartes para hacer frente á la rapiña de los moros. Tiene muy bien labrado su término, en el que recogen sus 1.100 vecinos, unos 45.000 cavanes de arroz. En este pueblo hay unos 300 telares de sinamais y guinaras. Estos tejidos y algún balate, cera y carey que adquieren en las costas de la isla de Alabat, constituyen la riqueza de Atimonan.

Mauban se halla al fin del seno que forman las islas de Alabat y Sangirín con la de Luzón y á distancia de 6 leguas de Atimonan; de suerte, que dicho seno mide unas 11 leguas poco más ó menos. Este seno tiene tres entradas y su mayor anchura unas 5 leguas. El pueblo de Mauban cogerá 20.000 cavanes de arroz, y su vecindario lo forman 1.100 tributos. Habrá los mismos telares que en Atimonan, siendo semejantes á los de este pueblo sus demás productos.

De Mauban se va á Lucban, en unas seis horas, por un camino altamente accidentado y montuoso.

CAPÍTULO XXIII.

La provincia de Tayabas en general.—Su descubrimiento.—Su situación.—Creación del obispado de Nueva Cáceres.—Un obispo en el año 1600 y otro en el 1875.—Fray Francisco Gainza.—D. Simón Álvarez.—Padrones de 1754, 1831, 1836 y 1875.—Aumento de población y de riqueza.—Montes y vegas.—Aceite de coco.—Caza mayor y menor.—El tabon.—Hierbas y flores olorosas.—Frutos, hortalizas, granos, resinas y caldos.—Minas.—El tayabense psicológicamente considerado.—Costumbres antiguas de los tagalos.—La última cuartilla.—Adiós á Tayabas.—Últimos contornos del Banajao.—La cuna de un hijo.—Confianza en la caridad de Filipinas.

Para terminar este libro vamos á ver en unas cuantas páginas la provincia de Tayabas en general, ya que hemos recorrido uno á uno todos sus pueblos.

Dicha provincia fué descubierta por Juan de Salcedo al ir en busca de los renombrados veneros de oro de Camarines.

Se halla, según el Padre Buceta, entre los 125° 56′ longitud, donde se alza el Malarauat, á los 126° 24′ situación de la Punta Pusgo, en el seno de Guinayangan, punto el más oriental de la provincia, y entre los 13° 20′ latitud, situación de Cabeza Bondo y 14° 22′ extremo Norte de la isla Calbalete.

La provincia de Tayabas pertenece en lo eclesiástico al obispado de Nueva Cáceres. Este se creó el año 1595, por bula de Clemente VII, con la asignación de 4.000 pesos. El primer nombramiento que se hizo para ocupar dicha silla apostólica, recayó en Fray Francisco Ortega, de la orden de San Agustín, quien fué electo el año 1600, no llegando á posesionarse. En la actualidad gobierna la diócesis el Excmo. Sr. Fray Francisco Gainza, de la orden de Santo Domingo. Lo que este activo y virtuoso Prelado ha hecho y viene haciendo en su obispado, escrito está en las múltiples y variadas obras en que ha empleado sus conocimientos, su constancia, su hacienda y su salud.

El primer Gobernador con nombramiento Real que tuvo la provincia fué D. Simón Álvarez mandándola desde el año 1651 al 1655.

Los padrones completos más antiguos que hemos podido encontrar, datan del año 1754, y según aquellos, formados por el Gobernador Rodríguez Morales, la provincia de Tayabas constaba de los siguientes pueblos con el número expresivo de almas.

Tayabas 3.579 Lucban 5.109 Mauban 2.236 Atimonan 1.455 Gumaca 1.874 Guinayangan 1.073 Obuyon 729 Catanauan 690 Mayobog 654 Pagbilao 435 Sariaya 1.239 Tiaong 1.436 Polillo 310 Baler 168 Cariguran 125 Binangonan 364

Cuyas cifras forman un total de 21.476 almas.

Según los padrones hechos por D. Salvador Baquero el año 1831 tenía la provincia 59.433 almas, las que subieron al número de 70.555 en el año 1836, según puede verse en los padrones, elevados al Gobierno general en dicha fecha por D. Isidro Vital.

La estadística de la provincia dió el siguiente resultado el año 1875.

Pueblos 18 Barrios 598 Cabecerías 579 Almas 102.165 Tributos 54.284 Defunciones 3.353 Casamientos 1.171 Bautizos 4.022 Chinos empadronados 220 Europeos radicados 14 Licencias para cortes de maderas concedidas durante el año 61 Idem para uso de armas 16 Cuadrilleros 684 Mozos sorteados 5.013 Soldados que se sacaron 85 Vacunados 4.211 Gasto total de personal y material de escuelas Pesos. 4.145
Presupuesto total de gastos 24.023 Gastado 13.243 Ingreso en capítulo de Gobierno 26.257 Importe de las penúltimas contratas 24.741 Idem id. de las últimas 34.324 Sacado del presupuesto de gastos para el mantenimiento de la cárcel 2.072 Causas criminales que se numeraron en el Juzgado 136

El aumento de población de esta provincia ha sido verdaderamente asombroso; en poco más de un siglo vemos quintuplicar el número de sus almas. El vecindario que tenía la provincia el año 1754 lo cuenta hoy con exceso la cabecera. Si el aumento de población ha sido grandísimo, el fomento de productos y riqueza no lo ha sido menos, constituyendo aquella demarcación una verdadera y legítima esperanza, no solo por lo que produce, sino por lo que está llamada á producir.

Sus montes son una mina inagotable, principiada á explotar con la activa é inteligente inspección de los ingenieros que velan por el mejor aprovechamiento de la riqueza forestal de estas islas.

En los bosques de Tayabas hay tanta y tal variedad de maderas, que podrían dar abasto por mucho tiempo á todas las necesidades del comercio.

La colección que la Inspección de montes mandó á la Exposición de Filadelfia ascendía á 281 especies.

La superficie total de hectáreas de la provincia de Tayabas, según los estudios hechos por el Cuerpo de Montes, que tenemos á la vista, asciende á 562.492, siendo forestales 380.000.

En el año económico de 1872 á 73, se concedieron 34 licencias para el corte de maderas en los montes de Tayabas, cortes que produjeron al Estado 83.865 pesetas. Lo producido en los años económicos de 1873 á 74, y de 1874 á 75 no lo conocemos, si bien ha de haber aumentado considerablemente, si se tiene en cuenta que solo en el año 1875 se concedieron 61 licencias, es decir, 27 más que el año 1872.

Si riqueza hay en los montes, no la hay menos en sus dilatados manchones de vegas y cañadas. Solo en los verdes campos que comprende el perímetro que forma Mulanay con San Narciso y Cabeza Bondoc, pueden alimentar muchos miles de reses.

La gran profusión de aguas hace que las cosechas de arroz, cultivadas por el sistema de escalonados tubiganes, sean más productivas.

Las plantaciones de coco aumentan de día en día, siendo esta palma una de las más legítimas riquezas de la provincia. El aceite de Tayabas se confunde con el de la Laguna y se da al comercio con este nombre.

Tanto en las quebradas de sus montes como en las florestas de sus valles, se cría en abundancia caza mayor y menor, figurando en la primera el carabao cimarrón, el venado y el jabalí; en la segunda, hay una gran variedad de pájaros, siendo de notar la gran colección de palomas. El tabon, ave muy digna de estudio por la manera que tiene de incubar sus huevos, enterrándolos, se halla en bastante número en Tayabas.

En flores y hierbas olorosas nada tiene que envidiar á otras provincias, viéndose por doquier el tornasol, la rosa de Alejandría, el camantigue, la sampaca, el campupot, la gumamela, el ilang-ilang, el calachuche, los lirios, las azucenas, las saguilalas, el romero, la salvia, el pandacaque, la albahaca, el hagonoy, la hierba-luisa, el lagundi, la pasionaria y la siempre-viva; hierbas y flores que crecen sin que mano amiga las cuide, riegue y desbroce. Si la inclemencia del campo ó el agrietado muro se convirtiera en la resguardada maceta ó el vigilado arriete, ¡qué combinaciones tan bellas y tan variadas produciría la floricultura de este país!

En frutas también hay gran diversidad, y si no las tiene en hortalizas, es porque no se siembran, y decimos esto al ver los magníficos resultados que han dado algunos ensayos.

Café, cacao, lumban, bongas y trigo se cosechan en bastante cantidad. Resinas y caldos se extraen de valiosa calidad, siendo inmejorables las ceras, las breas y los aguardientes de coco y de nipa.

Al hablar de Lucban ya dimos á conocer el arte y la industria de aquel pueblo.

En minas son de citar: la de carbón, sita en el término de Gumaca, á la confluencia del río Carlati; la de cobre, en el sitio de Lambo-lambo, jurisdicción de Calilayan; la de oro y cobre, registrada en Colon-colon, termino de Atimonan; la de carbón, en los montes de Ayquirín; la de oro en Sangirín; la de carbón de isla Pulon y la de este último mineral del barrio de Bocboc, orilla del río de Pitogo, divisoria y término de Gumaca.

A grandes rasgos ya hemos visto lo que es materialmente hablando la provincia; digamos algo en general de la moral de sus habitantes.

El tayabense tiene orgullo en decir ha nacido en aquella provincia, y lo tiene más por la circunscripción que rodea la pila bautismal que le dió nombre.

Las imágenes que guardan en el hogar, en áureas urnas ó trasparentes fanales, las defenderían en un momento de peligro, con la misma bravura que los romanos defendían sus dioses penates.

Para el tayabense no hay más cielo, más suelo, ni más techo que el suyo. Intentar la más pequeña intrusión en su provincialismo y lo veréis agruparse y fundirse en su idea marchando á su objeto, cueste lo que cueste, y caiga el que cayere. Ni el tiempo, ni el arraigo, ni los lazos del parentesco, ni los del amor dan carta de naturaleza en Tayabas. Para ser tayabense es preciso haber nacido allí, y todos los que no estén en ese caso son conceptuados como extranjeros. Esto que hemos tenido ocasión de observarlo muchas veces, cuando más se acentúa es al aproximarse las elecciones municipales. Desgraciado del que intente ocupar un puesto en la principalía, si no tiene registrada su partida de bautismo en la iglesia del pueblo, y la fosa de sus mayores en su cementerio. Ya podrá ser honrado, rico y hasta casado con tayabense que no le bastará para librarse de la cruzada que ha de levantarse contra él ... En esta cuestión el tayabense no prescinde por nada, ni por nadie, y sacrifica si es preciso la honra, la familia y la gratitud.

Esto que pasa en el municipio aumenta en el seno del hogar. Una dalaga que tenga la desgracia—pues de tal debe calificarse,—de aceptar amores con uno que no sea su paisano, tiene que sufrir todo género de tormentos para llegar á realizar su enlace. La raza tayabense es en el Oriente, la guardadora de las tradiciones jitanas. El jitano no se casa sino con jitana, lo mismo que el tayabense no lo hace, salvas pocas excepciones, si no con tayabense.

Las sangrientas conmociones que registra la historia de Tayabas, no obedecen á otro móvil que al religioso culto que rinden á lo suyo.

Todo lo que tiene el tayabense de díscolo, tiene de humilde y obediente, acudiendo á cualquier llamamiento que se haga á sus sentimientos, sabiéndolo llevar. La provincia de Tayabas es la más fácil y difícil de gobernar. En los tres años que allí permanecimos se acudió á ella dos veces; en la una la caridad la pidió una limosna; en la otra, la patria la demandó un auxilio, y en ambas—no quisiéramos equivocarnos,—pero nos parece que computando su población con la de las otras provincias, fué á la cabeza de todas.

Para terminar y como apuntes curiosos, extractaremos de diversos manuscritos que tenemos á la vista, algunos de los usos y costumbres que en lo antiguo tenían los indios de Tayabas.

El indio de aquella provincia, pertenece á la raza pura tagala—palabra que quiere decir hombre de río.

Los casamientos—dicen los manuscritos que consultamos,—se hacen según el ritual romano, pero en los preparativos hay muchas particularidades dignas de notarse. Para casarse no se piensa comunmente en procurarse lo necesario para mantener la casa y los hijos, en contando lo suficiente para la boda, que es muy poco, si no se tiene convite, se casan los tagalos sin más pensar en lo que han de comer al día siguiente del matrimonio. Los padres mismos de los novios no suelen pensar en esto, porque dicen que Dios cuidado; pero nunca dispensan los padres de las novias el que se les sirva tres, cuatro ó más años por su hija, y el que se ha de casar con ella tiene obligación de asistirlos todo ese tiempo con su servicio corporal y remediarlos en sus necesidades, regalarlos en ciertos días, y llevar de comer á la gente que les trabaja la sementera. Esta intimidad tiene sus inconvenientes y no faltan hombres que después de estar en cinta su novia la dejan burlada. Los padres saben estos casos, pero todo lo vence la codicia. Es verdad que una mujer á quien ha sucedido esto no pierde tanto como en España, ni le suele faltar pretendiente. Entre la gente rica se acostumbra á dotar á la mujer por quien ha de ser su marido. Las dotes son de dos maneras: la una se llama bigay-suso, que es lo que se da á la madre por haber dado los pechos á la hija; la otra se llama bigay-caya, que se destina para que los novios se mantengan después de casados, aunque á veces se gasta casi todo en la boda. Más se recibe esta dote por vanidad que por juzgarla necesaria para después del casamiento, y así la novia á quien se señala mayor dote, se la tiene por de mayor suposición porque se compró más cara. La edad en que se casan los tagalos es para las mujeres de 12 á 15 años, y para los hombres de 14 á 17.

Los entierros se hacen en la iglesia ó en el cementerio según el ritual romano, con la pompa correspondiente. Antes del entierro se juntan todos los parientes del difunto, y no cesan de llorar y relatar su vida hasta que lo llevan á enterrar. Al cuarto día del entierro se juntan otra vez en la misma casa cantan el rosario, y suelen pasar allí toda la noche. En su infidelidad dejaban ese día un asiento desocupado en la mesa, y creían que lo ocupaba el difunto; y para persuadirse de ello, esparcían ceniza por la casa, en la que, al día siguiente hallaban impresas sus pisadas.

Son muchos los abusos, ó como ellos dicen, los ugales, que tienen los tagalos; los primeros están basados en la creencia de los nonos; con dichos genios ó nonos, ejecutan los indios muchas y muy frecuentes idolatrías; cuando quieren coger alguna flor ó fruta del árbol, le piden licencia al nono para poderla tomar; cuando pasan por algunas sementeras, ríos, esteros, bosques y cañaverales, piden licencia y buen pasaje á los genios que en ellos habitan. Cuando son obligados á cortar algún árbol viejo ó á no guardar las prácticas y ceremonias que ellos imaginan ser del agrado de los nonos, se excusan con ellos diciendo tres veces en alta voz que el padre se lo mandó, y que no es voluntad suya, faltar á sus respetos. Cuando caen enfermos, les piden salud y les ofrecen comidas, las que consumen en las sementeras y á la sombra del árbol llamado calumpang. Creen que las almas de los muertos vuelven á su casa al tercer día de su entierro, para visitar á la gente de ellas ó asistir á la ceremonia del tibao, que se reduce á tender un petate en el que esparcen ceniza, rodeando aquel de candelas amarillas. A la puerta de la casa ponen una fuente de agua perfumada, para que cuando vaya el alma á acostarse pueda lavarse.

El ticbálang, es uno de los fantasmas á quien acuden para pedirle cosas prodigiosas. Al patianac atribuyen el mal suceso de los partos, y dicen que para dañarlos y echarlos á perder, se colocan cerca de la casa y allí cantan á manera de los que van bogando. Para impedir el daño del patianac, se sitúan armados en los caballetes y alrededores de la casa, y dan tajos á derecha é izquierda y fuertes voces para ahuyentar al mal genio. También atribuyen al patianac la muerte de los niños: dicen que el pájaro llamado tictic, es el que enseña al patianac la casa donde hay un recien nacido: con este aviso el fantasma se coloca en un tejado inmediato, y desde allí alarga la lengua en forma de hilo hasta el vientre del niño, sacándole las tripas.

Cuando se eclipsa la luna arman los tagalos gran ruido, con el que dicen la defienden de la lucha que tiene con el dragón. Creen en amuletos para que no les toquen las balas, y para librarse de otros peligros. Aquellos consisten en libritos que contienen períodos en latín y en español completamente ininteligibles; piedras que hallan en los cuerpos de los animales; granos de fruta petrificada; huesos de esqueletos de niños y dientes de rata, de culebra y de caimán. La creencia en los amuletos data de mucho antes de la conquista, conociéndolos con el nombre de aguimat.

Los indios tagalos forman melancólicos discursos, si la lechuza canta; tienen como buenos augurios el encontrar una culebra en la casa ó en el barco. Algunos creen en las hierbas amatorias.

Estas y otras muchas falsas creencias, de las que aún quedan algunas reminiscencias, poco á poco las va desterrando la vívida luz del Evangelio y la civilización.

* * * * *

Aquí hacemos punto en este libro, en el que nos hemos propuesto dar á conocer una provincia tan rica como ignorada.

Tres años estuvimos en Tayabas, y ni su temperamento nos produjo un dolor de cabeza, ni sus habitantes un disgusto. Al abandonar la provincia, y al entrar en la de la Laguna, no pudimos menos de volver la vista al brumoso horizonte que dejábamos, y al divisar los confusos contornos del Banajao alumbrados por la cansada luz de la caída de la tarde, sentimos una verdadera y tierna emoción al abandonar, quizás para siempre, aquel coloso á cuya sombra ha nacido este pobre hijo mío. Conocida es la caridad en Filipinas, así que el padre confía en aquella, teniendo la seguridad de que lo tratarán con cariño y le darán un modesto rincón en el hogar.

FIN.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS.

CAPÍTULO I.

Adiós á Manila.—El Batea.—El puente de la Convalecencia.—El Pasig.—El recodo de las Beatas.—Santa Ana.—Paco.—Ruinas de San Nicolás.—Canteras de Guadalupe.—El Santuario.—Herrera.—Malapadnabató.—Cueva de Doña Jerónima.—Pueblo de Pasig.—Pateros.—Sarambaos.—Río de Antipolo.—Las orillas del Pasig.—Sus recuerdos.—Sus fiestas.—Antaño y hogaño.—M. Le-Gentil y otros autores. Conocimientos del país.—Barra de Napindan.—El capitán del Batea.—Almuerzo en el vapor.—Bertita.—Locuacidad y mutismo.—Alhajeros ambulantes.—Laguna de Bay.—Unión de dos mares.—El pantalán de Santa Cruz.—Mi amigo Junquitu.—Madrugada del 1.° de Julio.—Carromatas.—Palos y atasques.—De Magdalena á Majayjay.—El río Olla.—Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.—Una noche en Suiza.—Proyectos

CAPÍTULO II.

Lucban.—Su origen.—Situación.—Mr. Jagor y Sir John Bowring en camino.—Alturas inexploradas.—Arroyos y torrentes.—Amazonas tagalas.—Datos estadísticos.—Fechas imperecederas.—La iglesia, el convento y el tribunal.—Dos cuadros.—Un cocinero municipal y una mestiza tendera.—Aguas constantes.—Higrómetros y termómetros.—Frío.—Las frondas del gran Banajao.—Artes y oficios.—La niña, la hermana y la madre.—Tejedoras.—Petacas y sombreros.—Música fuerte y música débil.—Fray Samuel Mena.—El pretil del convento.—La campana de las ánimas.—Cofradías.—La guardia de honor de María.—El Calvario.—El novenario de las flores.—Las dalagas de Lucban.—La tagabayan, la tagatabi y la tagalinang.—El feudo y el terruño.—La sangre celeste y la plebe.—La capitana Babae.—La melodía del Fausto.—Cumplimiento de una oferta.—El autógrafo

CAPÍTULO III.

Horizontes intertropicales.—Suelo y cielo de Filipinas.—Panoramas indescriptibles.—La cascada del Botocan.—La grandiosidad ante los ojos del alma.—Evocaciones y recuerdos.—Un ateo.—El camarín del Botocan.—Almuerzo al borde del abismo.—Chismografía al por menor.—Cuentos y anécdotas.—Las mujeres filipinas.—Tipos y registros.—Opiniones.—Amor desgraciado.—Leyenda y autógrafo.—Camino de Tayabas.—Llegada á Lucban

CAPÍTULO IV.

El puente del suspiro

CAPÍTULO V.

Despedida de Lucban.—Arroyos que se convierten en torrentes.—Huellas de un baguio.—Puentes derruídos.—Troncos de cocos.—La sampaca y el jazmín silvestre.—Pedregales, hondonadas y pendientes.—Relente de la tarde.—Aguas sulfurosas.—El puente de la Princesa.—Belleza del paisaje.—Bravía y salvaje naturaleza tropical.—Melancolía.—Una caña acueducto.—El camarín de Alaminos.—Cuatrocientas dalagas á caballo.—Tubiganes.—Garzas blancas.—Cuesta y puente de las Despedidas.—Bulliciosa cabalgata.—Cocales.—El puente de la Ese.—Vista de Tayabas.—El kilómetro 146.

CAPÍTULO VI.

Tayabas.—Su antigüedad.—Situación.—Estadística.—Pureza de raza.—El bambán grande.—Fiebres palúdicas.—Su remedio.—Casa real, tribunal, iglesia y convento.—Una Semana Santa en Tayabas.—Riqueza de ornamentación.—Correría histórica alrededor de un escribano de Pilatos.—Fisonomías da los pueblos.—Comparaciones.—Indolencia.—Supersticiones.

CAPÍTULO VII.

Costumbres.—Poesía popular indígena.—La tradición y el manuscrito.—El cumintán.—¿Qué es el cumintán.?—Reminiscencias moriscas.—El cariquitdiquitán.—Pensamientos tomados al oído.—El indio.—¿Es ó no definible?—El libro en blanco.—Identificación del indio.—Condiciones para conocerlo.—Fenómenos psicológicos.—Un regimiento europeo y un regimiento indígena.—Ingratitud y agradecimiento.—La india amiga y la india amante.—El portalón del Gloria.—Titay.—Una fortuna á la mar.—La Revista Europea viajando por el reino de Aracan.—Conocimientos de los escritores de allá y algunos de los de acá.—El cómo se escribe la historia.—Apreciaciones diversas

CAPÍTULO VIII.

Costumbres.—Casamientos.—Código amoroso indio.—Prólogo al libro.—Bindoy.—Cabezang Juan y cabezang María.—Los faldones del munícipe.—Elocuencia de las uñas.—El Eureka tagalo.—El pretendiente y la pretendida.—El pamimianan.—El amang-cruz.—Una casa vacía y una casa provista.—El habiling.—Calabazas en redondo.—Influencia de los mayores.—Rencor indio.—Los picos quemados de una carta.—La gayuma y jonjon.—Aceptación del habiling.—De novio á marido.—El pag-haharap.—Ceremoniales.—La vuelta á la casa.—Novenario.

CAPÍTULO IX.

¿Es ó no feliz Ambrosio?

CAPÍTULO X.

Paseo á caballo.—El cocal de las Angustias.—La ermita.—La esquila del santuario.—Una alborada en los trópicos.—La niña, el árbol y el crepúsculo.—Una misa en la ermita.—Oración que implora y curiosidad que investiga.—La madre del dolor.—Una cifra y una fecha.—Averiguaciones inútiles.—El matandá de la ermita.—La Casa Real de Cotta.—Las ruinas y la recámara de la muerte.—Estancia en el barrio de Cotta.—Tamayo y Belloc.—Recuerdos.—Horas felices.—Salubridad y riqueza.

CAPÍTULO XI.

Costumbres.—Enfermedades y entierros.—El orimon.—Creencias del indio.—El mediquillo.—Confección de una receta.—El constructor de cigarrillos.—Dos respiraciones.—El frío y el calor.—Muerte de cabezang Pedro.—Al hoyo y ... talagá nang Dios.—La casa por concluir.—Dolor de embarazo—Las plegarias y la Orden tercera.—Las listas del presente.—El panalañgin.—El sentimiento y el estómago.—Inoac y sayos.—El sentimiento y el indio.—Filosofía del icao ang bahala, y el talagá nang Dios.—El cementerio de Tayabas.—La vida y la muerte.—¡Eterno olvido!—El dasalan.—Creencias.—El lungcasan.—Último recuerdo del vivo al muerto.

CAPÍTULO XII.

Estancia en Tayabas.—El archivo del Gobierno.—Trabajos preparatorios para girar una visita á la provincia.—Preliminares de quintas y elecciones.—Andoy.—Laboriosidad y mutismo.—El 1.° de Abril.—Salida de Tayabas.—El río Ali tao.—Barrio de Muntingbayan.—Camino de Tayabas á Sariaya.—El gobernador D. José María de la O.

CAPÍTULO XIII.

Sariaya.—Su situación, límites, historia, productos y estadística.—La iglesia y el convento.—Una modesta catedral del saber convertida en un bullicioso templo de Tersípcore.—La mujer de Sariaya.—La dalaga.—El bosquejo, la caricatura y la fotografía.—Más sobre las hijas del país.—Sistema de gobierno femenino.—¿Manda, ú obedece?—La india casada con europeo.—El castila y el marido.—Valor de un calificativo.—Los saludos y el alma de Garibay.—Episodio histórico.

CAPÍTULO XIV.

Quintas y elecciones en Sariaya.—Adorno del salón.—Las bungas.—Los capitanes pasados, los cabezas reformados y los cabezas en ejercicio.—Escrutinio de canutos.—Preparación de una elección.—Los muñidores de allá y los camisas por fuera de por acá.—Engranaje municipal.—El Gobernadorcillo, el Teniente mayor y el Juez mayor.—Zambalinas y bastidores.—Votación.—Forma de hacerse.—Ternas.—Constitución del municipio.—Las principalas de oficio.—El sorteo.—Manera de verificarse.—Fisonomía de un día de quintas en Filipinas.—Los alrededores de un tribunal y el interior de un hogar.—Deducciones y apreciaciones.—Lógica pura.—La cena.—Despedida de Sariaya.—Un santo y un hombre honrado.

CAPÍTULO XV.

De Sariaya á Tiaong,—Monotonía del camino.—Diversidad del resto de la provincia.—Panoramas.—El Lagnas.—Aguas minerales.—El río Quiapo y el Maasim.—Barrio de Maasim.—Su riqueza y necesidades.—Un indio rico.—Apunte de una idea financiera.—Cambio de caballos.—Vista de Tiaong.—Su situación, límites, historia, salubridad, productos y estadística.—Aspecto del pueblo.—Inclinaciones de sus habitantes.—La resistencia pasiva.—Falta de edificios.—El consabido baile.—Brillantes y sayas.—Paredes aprovechadas.—Camino de Tiaong á Dolores.—Dolores.—Su historia.—Bellos paisajes y riquísimas aguas.—Regreso á Tayabas en posta.

CAPÍTULO XVI.

De Tayabas á Pagbilao.—El bantayan.—Riqueza de cocales.—Alambiques.—Aguardiente de coco.—Su fabricación.—El mananguitero.—El coco mura y el macapunó.—Crecientes y menguantes de la luna.—Aceite de coco.—Forma de extraerlo.—Tubiganes.—Quebrada del Maragoldon.—El Dumaca.—Puente.—Sistema para resguardar los puentes de madera.—Pagbilao.—Su fundación, límites, situación, riqueza y estadística.—El convento, la iglesia y las escuelas.—Fray Manuel Rodríguez.—Importancia que tiene Pagbilao y la que debía tener.—Conducción de efectos.—Centralización de poderes.—Observaciones y lógica de los números.—Paráfrasis de un dicho de Montes.

CAPÍTULO XVII.

Las mareas.—El río de Pagbilao.—El castellano de Tabangay.—Islita de Patayan.—Simón el lazarino.—Capuluan.—Bajo Talusan.—Antiguas ruinas.—Las rocas Bagobinas.—Laguimanoc.—Almuerzo.—Un astillero.—Ensenada de Talusan.—Caserío y bajo de Calutan.—Calilayan, barrio y Unisan, pueblo.—Historia.—Ladia.—Castillo de Calilayan.—Síntesis de dos civilizaciones.—D. José Barco.—¡Rumbo á Pitogo!—Bajo Salincapo.—Cabulijan.—Pitogo.—Cacería de caimanes.—Un bailujan, un collar de coral y una pregunta.—¡A los botes!—Macalelong.—Su estadística.—Catanauan.—Su presente y su porvenir.—Mulanay.—Pastos y cogonales.—Monte Dumalong.—San Narciso.—Seno de Ragay.—Guinayangan.—Unión de los mares.—El Cabibijan.—Alunero.—Río y pueblo de Calauag.—López.—Su fundación, su estadística.—Alto en Gumaca.

CAPÍTULO XVIII.

Gumaca.—Su antigüedad.—Su situación.—Águilas imperiales.—Castillos de Santa María, San Diego, San Sebastián y San Miguel.—Estadística.—Saqueo, incendio y peste.—Libros canónicos.—Reminiscencias valencianas.—Una velada en las ruinas.—Recuerdo glorioso.—Productos.—De Gumaca á Atimonan.—Una madera incorruptible y un hongo fosforescente.—Kiosco en el camino.—Grupos fantásticos.—Compañía no buscada.—Ninay.—Una presentación por medio de un cigarro.—El Moro y el Rosillo.—Atimonan.—Su historia, sus productos y su estadística.—Un bailujan, un regalo y una promesa.—El correo.

CAPÍTULO XIX.

Navegación en baroto.—Escasez de luz y abundancia de mosquitos.—Los principios y los medios.—Horas interminables.—Malayo po.—El monte Soledad.—Vista de Mauban.—Su historia, estadística y productos.—Episodio glorioso.—Don Simón de Anda y los franciscanos.—Documento notable.—Setecientos quintales de plata.—De Mauban á Lucban.—Caminos que hace el hombre y arreglos que hacen las aguas. Vadeos, precipicios, quebradas y desmontes.—El Balete.—Barrio de Sampaloc.—La hamaca.—Lúgubres semejanzas.—Descanso en Lucban.—Vuelta á Tayabas.

CAPÍTULO XX.

Costumbres.—Aprobación de actas.—Un Gobernadorcillo electo paseando por Manila.—El sastre municipal.—Los faldones del frac, el sombrero de copa, la camisa de chorreras y el bastón.—Vajilla, lámparas y rancho.—Diez varas de glasé y diez de gró.—Los caballeros utraques.—Un lío, otro lío y un liito.—El campanario del pueblo.—Vuelta al hogar.—Exhibición de compras.—La saya de la capitana.—La pagoda.—El 1.° de Julio.—Juramento.—Misa de vara.—Recuerdos de las bodas de Camacho.—Un chocolate serio y un descarnado hueso.—La tenientela mayora y las juezas.—Amontonamiento de alhajas.—Lectura del Tadhana.—La coronación.—El rigodón oficial.—Un borracho ante un apellido vascuence—Fin de la fiesta aniyaya nang bayan.

CAPÍTULO XXI.

Costumbres.—Fiestas.—El bínyagan.—El unang pag paligo.—El diariuhan.—El labac, el puong y la aniyaya.—El suizan.— El tañido del tambulic.—Inspección del barrio.—La cama del Juez mayor.—Cincuenta y dos días de bailujan.—El buisan.—Los pintacasis.—Juntas y cabildeos.—Triunfó de la Liceria y de la Chananay.—Aliño de un teatro en Tayabas.—El cómico de la legua.—¡Ojo con los empresarios!—Un día de buen comer.—Preparativos de cuaresma.—Lapasan.—El vino en vaso y el coquillo en tabo.—El tapatan mang pasión.Moros y cristianos.—El sábado de gloria.—El canto del gallo.—Pascuhan.—El hatiran.—Recuerdo de una pregunta.

CAPÍTULO XXII.

La provincia de Tayabas á principios del presente siglo.

CAPÍTULO XXIII.

La provincia de Tayabas en general.—Su descubrimiento.—Su situación.—Creación del obispado de Nueva Cáceres,—Un obispo en el año 1600 y otro en el 1875.—Fray Francisco Gainza.—D. Simón Álvarez.—Padrones de 1754, 1831, 1836 y 1875.—Aumento de población y de riqueza.—Montes y vegas—Aceite de coco.—Caza mayor y menor.—El tabon.—Hierbas y flores olorosas.—Frutos, hortalizas, granos, resinas y caldos.—Minas.—El tayabense psicológicamente considerado.—Costumbres antiguas de los tagalos.—La última cuartilla.—Adiós á Tayabas.—Últimos contornos del Banajao.—La cuna de un hijo.—Confianza en la caridad de Filipinas.

La colección de VIAJES POR FILIPINAS, que tienen por objeto principalmente dar á conocer usos y costumbres de aquellos pueblos, consta, á más de este tomo, de otros dos referentes á Albay y á las Islas Marianas, costando cada tomo tres pesetas en Europa y un peso en Ultramar. Los pedidos, á la librería de San Martín, Puerta del Sol, ó á casa del autor, calle de Doña Bárbara de Braganza, 16, principal.

Toolbox

Themes:

Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas Juan Álvarez Guerra (1843–1905) Project Gutenberg Urbana, Illinois, USA. ##### ##### ##### ##### ##### ##### ##### urn:uuid:5de17f6b-3431-4b79-9656-10f8eda1e41a 12276 2004-05-01

Published in 1887, hence public domain in the US.

The author dates in worldcat are obviously wrong, as they refer to a namesake who died before this work could have been written. However, it is reasonably safe to assume PD in the EU.

Juan Álvarez Guerra Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas Primera Edición Imprenta de Fortanet Madrid 1887
Spanish. French. English. Cebuano. Philippines -- Description and travel 19-MAR-2004 Added TEI Header.

Newly Designed Front Cover.

Viajes por Filipinas De Manila á Tayabas Por Don Juan Álvarez Guerra (Segunda Edición) Madrid Imprenta de Fortanet Calle de la Libertad, Núm. 29 1887

Al Sr. D. Cristino Martos

Usted, mi buen amigo, me animó para que volviese á Filipinas, y á V. le debo los tres años que pasé en Tayabas. Las páginas de este libro, allí están escritas, y si algo bueno tienen, es la veracidad de lo que en ellas se consigna. Acójalas con cariño, y no se olvide que «mas allá de los mares», como decía al hablar de este país un profundo orador, tiene un verdadero amigo en

Juan Álvarez Guerra.

CAPÍTULO I.

Adiós á Manila.—El Batea.—El puente de la Convalecencia.—El Pasig.—El recodo de las Beatas.—Santa Ana.—Paco.—Ruinas de San Nicolás.—Canteras de Guadalupe—El Santuario.—Herrera.—Malapadnabató.—Cueva de Doña Jerónima.—Pueblo de Pasig.—Pateros.—Sarambaos.—Río de Antipolo.—Las orillas del Pasig.—Sus recuerdos.—Sus fiestas.—Antaño y hogaño.—M. Le-Gentil y otros autores. Conocimientos del país.—Barra de Napindan.—El capitán del Batea.—Almuerzo en el vapor.—Bertita.—Locuacidad y mutismo.—Alhajeros ambulantes.—Laguna de Bay.—Unión de dos mares.—El pantalán de Santa Cruz.—Mi amigo Junquitu.—Madrugada del 1.° de Julio.—Carromatas.—Palos y atasques.—De Magdalena á Majayjay.—El río Olla.—Recuerdo á D. Gustavo Tóbler.—Una noche en Suiza.—Proyectos.

En la madrugada del 30 de Junio de 187..., dejé los incómodos asientos de un desvencijado sipan, tomando el que dicen camino—por más que no sea ni aun vereda,—que dirige al modesto embarcadero que en la margen del Pasig, y al pié del magnífico puente colgante, tienen los vaporcitos que hacen la carrera entre Manila y la provincia de la Laguna.

Instalado en la cámara de popa, mediante cuatro pesos, que fueron canjeados por un tarjetoncito amarillo y grasiento por el uso, principió la maniobra de largar. Silbó el vapor, desatracamos, y sorteando numerosas bancas zacateras, pusimos rumbo contra corriente, á la laguna de Bay.

Las palas del vaporcito, pesadamente batían las aguas del Pasig, evitando el timonel con una lenta marcha, el choque con alguna de las muchas pequeñas embarcaciones que afluyen en aquellas horas á las cercanías del puente colgante, cargadas unas de cocos, verduras, leña, piedras, ladrillos y tejas, y conduciendo otras gran número de alegres cigarreras que tienen su trabajo en la fábrica de Arroceros, y su domicilio en alguna de las poéticas casitas que bordan las orillas del río, y forman parte de los pueblos que hemos de ver desde las bandas del vapor.

A las pocas orzadas, dejamos por la proa los descarnados pilares de madera que serán en su día la sustentación del puente de la Convalecencia, así llamado,—se entiende cuando esté concluídoEste puente se llama hoy de Ayala. porque pondrá en comunicación las dos orillas del Pasig, siendo la principal base y en la que descansará aquel, la pequeña isla de Convalecencia, en la que vimos destacarse un amplio edificio, que nos dijeron ser el Hospicio.

Doblado el recodo que forma la islita, pudimos apreciar las esbeltas y elegantes construcciones de la calzada de San Miguel; construcciones, que de día en día, van perfeccionando, hasta el punto, que vimos una, constituyendo un verdadero palacio á la moderna. Dicho palacio es de hierro en su mayor parte; en sus jardines, cortados á la inglesa, se encuentran estatuas en gran profusión, y por las entreabiertas ventanas de los muros—cuyas líneas son una reminiscencia morisca—indiscretamente se asoma el sibaritismo oriental, por mas que trate de ocultarse entre cortinajes, importados de los ricos telares del viejo mundo.

Siguiendo la línea de construcciones, dejamos á la proa, Malacañang, residencia de nuestra primera Autoridad, y bien modesta por cierto, para la jerarquía del alto Jefe que la habita. Á continuación de Malacañang—palabra tagala que quiere decir casa del pescador,—quedó el barrio de Nagtajan, desde el cual las orillas del río principian á tomar otro carácter. La piedra, el hierro y el ladrillo, son sustituidos por la caña, la nipa, y la palma brava, los cuidados jardines, por las revueltas y compactas agrupaciones de plátanos, bongas y cañas; mezclándose las mansiones de recreo, con centros manufactureros, en los que predominan las alfarerías, las canteras y las cordelerías. En alguna de estas últimas, la alta chimenea indicaba, que bajo su negro tubo se aprisionaban las múltiples fuerzas del vapor.

Distraídos en la contemplación de la ribera que teníamos á babor, dejamos el poético pueblecito de Pandacan, doblamos el recodo de las Beatas—así llamado, por haber existido en aquel lugar, un piadoso establecimiento de monjas,—y no sin trabajos, en los que hubo que emplear el tiguin para evitar los cientos de salientes que forman las revueltas del Pasig, nos pusimos á la altura de la sólida iglesia del pueblo de Santa Ana, teniendo también dentro de nuestro horizonte visible, el remate del torreón de la de Paco.

Tras la bullente estela de El Batea, fueron quedando, el rústico embarcadero de Lamayan, la sólida iglesia de Mandaloyo—por cuya cima se destacaban los picachos de los montes de Mariquina—los pueblos de San Pedro Macati y Guadalupe, el vadeo de San Pedrillo,—que pone en comunicación el barrio de ese nombre con aquel pueblo,—y las ruinas de San Nicolás, con su histórica peña, en que dice la tradición se convirtió un caimán, á la invocación que hizo un chino en aquel sitio, á dicho Santo, estando próximo á ser devorado por el carnicero saurio.

El santuario de Guadalupe fué el primer templo de Filipinas en que se empleó el ladrillo y piedra para bóveda. Fué construido por un fraile agustino, pariente del inmortal Herrera, á quien se debe el Monasterio del Escorial. El que dirigió el alegre santuario, dió más tarde ancho campo á la valentía de sus concepciones, en las magníficas obras de San Agustín de Manila, cuyo templo forma una hoja de laurel con el ilustre apellido de Herrera.

El pueblo de San Pedro Macati, perteneció á los padres jesuítas; á la salida de estos, fueron comprados sus terrenos y hacienda por el marquesado de Villamediana.

Pasado el sitio donde se dice se operó el milagro, y al que van en romería, y con toda la devoción de que son susceptibles los chinos, se principian á ver en ambas orillas del río grandes depósitos de piedras toscamente labradas, procedentes de las canteras de Guadalupe, las que suministran y llenan en gran parte las necesidades de Manila y sus arrabales. Dichas piedras, aunque muy porosas, y por lo tanto de fácil desmoronamiento, son apreciadas, y su transporte se hace en grandes bancas, que son vaciadas al pié del puente colgante, ó á las márgenes de los muchos esteros que afluyen al Pasig.

Las precauciones tomadas por el capitán, colocando á toda la gente de á bordo con tiquines, á la banda de estribor, nos hicieron comprender las dificultades que para doblarla presentaba la acantilada roca de Malapadnabató,—palabra tagala, que quiere decir, piedra ancha.—Los bellísimos helechos que tapizan el estrecho paso que abre en la peña el camino qué dirige al pueblo de Pateros, es altamente bello, y el naturalista tiene en aquellas graníticas paredes preciosos ejemplares de gigantescos musgos. Casi frente á la peña de Malapadnabató se halla el vadeo de aquel nombre, en el que, una rústica garita, y uno menos rústico camarín, señalan un puesto de carabineros, llamados á vigilar las importaciones que lleva á Manila el Pasig. En las cercanías de la garita, y visible perfectamente desde el vapor, se destaca la entrada de la cueva de Doña Jerónima,, de cuya cueva—que dicen se comunica con la de San Mateo,—cuentan los indios terroríficas historias de aparecidos, duendes, y sobre todo de tulisanes. Se afirma que el nombre que lleva es debido á que en su cavidad hizo vida cenobítica una pecadora arrepentida llamada Doña Jerónima; habiendo quien asegura, por el contrario, que aquella cavidad fué hecha para baño de una sibarita y opulenta señora.

Á un tiro de bala de la cueva se levanta la iglesia del rico pueblo de Pasig. Aquí, el horizonte se ensancha y se aprecian distintamente las desigualdades de los escabrosos y agrestes montes de San Mateo.

Las orillas de esta parte del río están llenas de cascos y bancas. Los indios de Pasig son tenidos por los mejores bogadores de la provincia de Manila. Son, en efecto, muy fuertes, y manejan con destreza y vigor la ancha y corta pala que les sirve de remo, al par que de timón.

Hubiéramos querido visitar de noche el pueblo de Pasig para ver el uniforme que usan los serenos, de que nos habla Mr. Jagor, en sus Viajes por Filipinas.

No bien concluímos de oir el desagradable graznido de los miles de patos que rodean las cercanías del vadeo de Pasig, cuando el panorama varía por completo. Dilatados campos sembrados de palay, se muestran por doquier. Las riberas se despojan de las verdes y poéticas bóvedas, viéndose al carabao arador que pesadamente abre el surco en que ha de fructificar el arroz. En este dilatado trayecto va ensanchándose el cauce, contándose en él gran número de sarambaos, en cuya plataforma no solamente se alzan los cruzados brazos de caña que sostienen la red, sino que también un cobacho de nipa, en el que vive toda una familia, cuyos individuos, durante las horas de trabajo, tienen su puesto y su lugar de maniobra en aquel rústico aparato flotante, cuyo mecanismo se reduce á una red tejida de cabo negro pendiente en sus cuatro extremos de unas cañas, que á su vez las sujeta un mástil, dispuesto de forma, que un contrapeso graduado sumerge y hace subir la bolsa que forma la red.

Tras consagrar un piadoso recuerdo á la milagrosa imagen de Antipolo, á la vista del río, cuyo cauce siguen la mayor parte de los miles de romeros que visitan el santuario, y después de una corta marcha, franca y desembarazada, entramos en la barra de Napindan, que abre la gran Laguna de Bay.

Las riberas del Pasig han sido objeto de rimas y trovas, y sus aguas cantadas por melancólicos amantes y por músicos más ó menos inspirados. El día de San Juan y los tres de carnestolendas constituían cuatro fiestas fluviales, en las que los remojones, las regatas y las enfrentadas en banca, figuraban en primer término. La libertad que reinaba en estas diversiones, la convierte en libertinaje M. Le-Gentil en las descripciones que de ellas hace en sus Viajes. Dicho francés, que dignamente precedió en exactitud en la manera de narrar costumbres á otros compatriotas suyos, vino á estas islas el año 1767, por orden de su rey á estudiar el paso de Venus por el disco del sol; y si observó el cielo, de la forma que lo hizo del suelo, no hay duda que el monarca francés quedaría completamente enterado de el paseito de Venus. Como M. Le-Gentil vino á observar los astros, nada tiene de extraño que al escribir costumbres filipinas en Francia, se acordara de el tan sabido cantar «de el mentir de las estrellas».

En honor á la verdad, no nos debe tampoco extrañar esto en extranjeros, cuanto que ahora bien recientitoTéngase en cuenta que este libro se escribió el año 1878, imprimiéndose su primera edición ese mismo año en Manila.—(N. del A.) se ha publicado en Madrid un libro titulado Recuerdos de Filipinas, y una Memoria en Barcelona, sobre colonización de estas islas, que dan gozo leer. Si los recuerdos del autor del primero tienen el valor que los de su libro, no me extrañaría se le olvidara hasta el saber escribir, lo que es difícil, pues literariamente hablando el libro es bueno. En cuanto al autor de la Memoria, solo diremos que muy formalmente afirma en el prólogo llevar estudiando diez años de colonización filipina, y en efecto ... , á las cuatro páginas dice, que los principales productos de exportación de este país, los constituyen entre otras cosas—en que por cierto no cita el abacá—los mongoz (?), las naranjas y los cortes de pantalón ... ¡Bien! ¡muy retebién, por los cortes de pantalón, los mongoz y los diez años de colonización!

Á las once de la mañana, navegando en plena laguna, se sirvió el almuerzo, sentándose á la mesa el capitán, antiguo lobo marino de la carrera del Cabo, que le ahogaba el calor de la caldera, la estrechez del barco, lo limitado del horizonte, y más que todo, el agua dulce, que en tres palmos de fondo batían las palas de las ruedas. Se comprende el mal humor que habitualmente dominaba al capitán del Batea, acostumbrado á recorrer la grandiosidad de los inmensos desiertos del Océano.

La vida del agua dulce, la monotonía de una ribera siempre la misma, la precisión de las llegadas, las inofensivas y uniformes varadas, la etiqueta de la cámara, el tiquin, la falta de olas, de horizonte, de grandiosidad, de espacio y de luz, traían al bueno del capitán de un humor que había ratos en ni él mismo se podía sufrir. El hombre de mar metido entre las cuatro tablas de un vaporcito ribereño, es como el milano de las regiones australes, que se le encerrara en un jaulón de gallinas.

—¡Capitán! ¿cómo se llama ese aparato de pesca?—le dije señalándole una balsa que se veía en la orilla.

—No sé—me contestó con marcada aspereza.—No conozco—añadió—más aparatos de pesca, que los arpones balleneros y los dobles aparejos para izar las tintoreras de los trópicos.

—Pescas que deben ser muy peligrosas, capitán.

—¡Capitán! ¡capitán!—repitió con acentuado desprecio.—¿Capitán de qué? ¿de este cajón con ruedas? ¡Mil rayos y bombas! ¡Capitán de río, sin rol, sextante, ni brújula, con cuatro rajas de leña en la bodega, una derrota de diez horas, un buque en miniatura y un tiquín por timón! ¡Vaya un capitán!

El sarcasmo y la rudeza de las palabras del antiguo marino, involuntariamente me hicieron recordar al célebre personaje de la Agonía, drama en que Larra dice por boca de un viejo contramaestre de los que acompañaron á Colón, «que las tormentas en tierra, son truenos que apenas se oyen y gotas de agua que ensucian». El capitán del Batea era un retrato del viejo lobo de la Niña.

Ya que hemos principiado á bosquejar tipos, vamos á trazar cuatro brochazos—por más que sea á la ligera—en los bocetos de los personajes que ocupaban la mesa. A la derecha del capitán, que sudaba, no tinta, sino brea, embutido en un corbatín y una americana negra, se encontraba sentada una empleada que respondía al nombre de Bertita: ojos melados, negros, grandes, y velados de largas pestañas; pelo fino, lustroso, abundante, negro como sus ojos; nariz pequeña y un tanto arremangada, símbolo de burla; labios finos; dientes, aunque de mortales huesos, y no de perlas, compactos, blancos é iguales; tez morena; seno alto y exuberante; manos redondas y pequeñas, y sonrisa marcadamente picaresca, constituían el distinguido conjunto de Bertita, que vestía ligera y limpia bata de viaje, recogido sombrero de terciopelo con pluma, cuello y puños á la marinera, cinturón de piel de Rusia, y diminutas botitas color café.—¿Les gusta á ustedes el tipo?—Sí.—Pues á mí también. El capitán, de cuando en cuando, la miraba de reojo, y hasta creo que el buen hombre se olvidaba de todos los horizontes de los trópicos, por el pequeño cielo que constituía la risueña cara de Bertita, en la que no había mas nubes que un picaresco lunar puesto en el labio superior con más malicia que queso en ratonera. A la mitad del almuerzo, ya nos había contado quién era, adonde iba, porqué había venido, quién era su padre, su abuelo y hasta un primito á cuyo solo nombre, largó un bufido muy pronunciado un respetable y obeso señor que estaba sentado á su lado, y que á grandes rodeos—pues en esto, era lo único en que enmudecía Bertita—supimos era su esposo. Este, como le llamaba aquella, tenía una cara de todo un buen hombre; el género paciente y la clase resignada, se definían perfectamente en aquel armazón de carne, en la que brillaban dos ojillos azules, unas narices abultadas y granugientas, y una calva cercada de algunos mechones blancos, compañeros de un enmarañado y desigual bigote. Toda la locuacidad de Bertita, era mutismo en el señor D. Paco, quien se limitaba á aprobar con monosílabos los largos períodos que salían de la fresca y sonrosada boca de su esposa.

Ocupaba la izquierda del capitán, uno de esos misteriosos seres que de cuando en cuando aparecen por las provincias del Archipiélago, llamándose unas veces alhajeros y otras naturalistas, por más que en la generalidad de los casos, sean verdaderos caballeros de industria, que á la sombra de cuatro maletas llenas de abalorios y hoja de lata, engañan la credulidad de los indios; sirviéndoles otras veces de pretexto, media docena de plantas parásitas, que ni entienden, estudian ni clasifican. Al lado de estos últimos, los hay—y yo me honro con la amistad de algunos—que recorren los bosques de este país con el afán de enriquecer la ciencia, sufriendo toda clase de privaciones, ante la satisfacción de aumentar sus herbarios. El tipo que nos ocupa, no puedo definir á qué clase pertenece. Habla poco y su acentuación señala al gascón, por más que dice es alemán; come bien, y sobre todo bebe mejor. Completaban los comensales, una pálida, mestiza china, más difícil de bosquejar que el anterior.

Al lado de la mestiza, observaba y comía el autor de estas líneas.

—¡Jesús, que café, capitán!—dijo Bertita, haciendo un gracioso mohín de desagrado al saborear el negro líquido que humeaba en la taza:—nunca podré acostumbrarme á estos brebajes recordando el Moka que se tomaba en casa del Ministro, el primo de este. Pues no digo á ustedes nada, del que se servía en la embajada de Rusia, ni el que se daba en las soirées de la Baronesa: ¡Jesús, Jesús, qué país! Veinte días hace que desembarcamos, y lo que es así pronto me vuelvo á mi Cádiz.

Ya pareció aquello, dije para mis adentros, andalucita tenemos.

—Pues no crea V. que esto es tan malo—la dije—cuando V. se instale, y lleve algún tiempo de país, le parecerá muy bueno.

Él silbido del vapor cortó nuestra conversación, al par que nos anunciaba la llegada á Biñan. El bretón se quedó en aquel pueblo.

Nuevamente en marcha, cada cual procuró colocarse lo mejor que pudo, tanto en la cámara como sobre cubierta.

El vapor navegaba por la extensa laguna de Bay, madre del Pasig. Las aguas de aquella en los fuertes Sures y Nordestes, toman gran movilidad, haciéndose un tanto peligrosa la navegación en pequeñas embarcaciones. Varios naufragios registra la crónica de la laguna de Bay, y según algunos pesimistas, aquella es una constante amenaza para Manila. No conozco el desnivel que existe entre la laguna y Manila, si bien debe ser mucho, dada la situación que aquella ocupa y lo rápido de la corriente del Pasig.

La laguna de Bay—que no sabemos qué razón hay para no darle el nombre de lago, pues aun de estos habrá pocos en el mundo que midan las grandiosas proporciones de aquella—tiene un circuito que se hace subir por unos á 35 leguas y por otros á 30. Esta laguna tiene islas, penínsulas, cabos y ensenadas, y en sus orillas, se asientan ricos y bellísimos pueblos, contándose entre ellos, el de Santa Cruz, cabecera de la provincia. La península que forman los ricos terrenos de Jalajala, y los poéticos sitios que rodean á Los Baños—pueblecito así llamado por tener unas termas de reconocidas propiedades medicinales,—son lugares que encontramos en los itinerarios de la mayor parte de los turistas. Las playas de aquel pequeño mar—pues no otro nombre debe dársele—están salpicadas de bonitos pueblos, los cuales de día en día, ven con creciente temor que las aguas van invadiendo sus territorios, fenómeno fácil de explicar, si se tiene en cuenta la cantidad de agua y arenas que arrastran las treinta y tres vías que alimentan la laguna, con la desproporción de su desagüe, que se opera por una sola, que es la del Pasig. La aglomeración de arenas, va haciendo difícil la navegación por muchos sitios, y si en un plazo corto no se establecen servicios de dragas, la barra de Napindan opondrá un poderoso obstáculo á los más reducidos calados al par que las aguas irán absorbiendo territorio. La cordillera del Bay-bay limita uno de los horizontes de la laguna, la que podría unirse con el mar Pacífico, de abrirse un canal en aquella cordillera, única barrera que se interpone entre ambas aguas.

Á las cuatro de la tarde, después de no pocas varadas, atracamos al pantalán de Santa. Cruz.

Hechos los ofrecimientos y despedidas de ordenanza, vino un fuerte abrazo, dado por mi querido amigo D. Manuel Junquitu, quien me esperaba en el desembarcadero.

El resto de la tarde lo pasamos en visitar el pueblo, el cual me pareció sucio y triste. Está dividido por un río, sobre el cual se levanta un magnífico puente, construido en estos últimos años. La cárcel, hecha en pequeño bajo el modelo de la de Bilibid, de Manila; la iglesia, convento, y Casa Real,Este edificio lo destruyó un tifón levantando sobre sus escombros un verdadero palacio, como quizá no haya otro en Filipinas, el inteligente Alcalde mayor D. Francisco Iriarte.—(N. del A.) son los únicos edificios notables que tiene Santa Cruz.

Por la noche después de la cena, nos obsequió el bondadoso Alcalde D. Antonio del Rosario con una serenata que oímos desde los balcones de la Casa Real.

Á las once, habiendo dejado todo dispuesto para seguir mi viaje, me acosté.

Muy de madrugada fuí despertado, tomando después del indispensable chocolate, los duros asientos de una carromata tirada por dos pencos. Palo aquí y atasques allá, llegamos al cabo de hora y media á Magdalena, en donde mudamos de caballos, continuando hasta Majayjay, pueblo muy nombrado y conocido por tener en su jurisdicción la célebre cascada del Botocan.

De Magdalena á Majayjay puede hacerse el camino en tiempo de secas en carruaje, empleando dos horas, siendo expuesta esta forma de locomoción cuando reinan las aguas, en cuya época, lo accidentado del terreno y los aguaceros torrenciales que manda el Banajao, ponen el camino intransitable. En dicho camino es notable un puente que se eleva sobre el río Olla, dedicado á Nuestra Señora de la Sacristía, según leímos en la piedra.

En Majayjay, fuí á parar á la casa del suizo D. Gustavo Tóbler, excelente naturalista, radicado y casado en el país. Jamás olvidaré las horas que pasé al lado de aquella inteligencia verdaderamente cosmopolita, y de aquella actividad incansable. Interpretaba al piano con envidiable maestría las más delicadas melodías de Beethoven, y fotografiaba con su cáustico lápiz, ó su correcta pluma, las costumbres filipinas. El tiempo que le dejaba libre el cuidado de un magnífico cafetal, lo repartía entre el amor de su esposa, el cariño de sus hijos, el estudio, y el preparado y conservación de sus colecciones.

Amante, hasta el delirio, de su país, vivía feliz entre las agrestes fragosidades que rodean á Majayjay, las cuales le recordaban las pintorescas montañas de Suiza. Efecto de su laboriosidad contrajo una afección al hígado, que le condujo al sepulcro siendo aún joven. Murió en Hong-kong, dejando algunos trabajos inéditos, que el autor de estas líneas le vió escribir en una temporada que vivieron juntos.

La tarde que llegué á Majayjay y en la que por primera vez hablé al Sr. Tóbler, se concertó que á la madrugada siguiente visitaríamos la cascada. El resto de tarde y noche hasta que nos acostamos, la ocupamos en recorrer y examinar el pequeño museo que constituía la casa del Sr. Tóbler, quien con su acostumbrada amabilidad explicaba objeto por objeto. Pájaros, mariposas, reptiles, herbarios y parásitas, había por doquier. Al lado de Linneo y Cuvier, se veía á Goethe y Cervántes, confundidos con espátulas y bisturís, lápices y pinceles, mezclándose en este conjunto los tarros de jabones arsenicales, con los tubos de colores. Lo artificial, juntamente con lo natural, las obras del hombre, con las obras de Dios.

En la época á que me refiero, concluía el Sr. Tóbler un precioso álbum de costumbres filipinas, que más tarde mandó litografiar á Alemania, formando un curiosísimo tomo, del cual conservo un ejemplar que me regaló.

Ya era bien entrada la noche, cuando dejamos la conversación, yendo en busca del lecho, en el que no tardé en quedarme dormido al arrullo de un riachuelo que corre cerca de la casa.

CAPÍTULO II.

Horizontes intertropicales.—Suelo y cielo de Filipinas.—Panoramas indescriptibles.—La cascada del Botocan.—La grandiosidad ante los ojos del alma.—Evocaciones y recuerdos.—Un ateo.—El camarín del Botocan.—Almuerzo al borde del abismo.—Chismografía al por menor.—Cuentos y anécdotas.—Las mujeres filipinas.—Tipos y registros.—Opiniones.—Amor desgraciado.—Leyenda y autógrafo.—Camino de Tayabas.—Llegada á Lucban.

Hay panoramas en este país imposibles de describir ni pintar. La más fácil pluma y el más valiente pincel vacilan en la cuartilla y en la paleta; ni en la primera se pueden coordinar ideas, ni en la segunda combinar colores que remotamente se aproximen á la realidad. Me decía un pintor en una ocasión que presenciábamos la puesta del sol:—Vea usted ese horizonte desconocido completamente fuera de las regiones intertropicales, y dígame si habrá quien pueda soñar esa clase de tintas.—Aquel artista tenía muchísima razón. El pincel es impotente ante la insondable bóveda de los trópicos.

Si imposible es pintar el cielo de este país, tanto lo es el describir algunos panoramas de su suelo. Muchas y magistrales descripciones de la cascada del Botocan conozco; respetables firmas suscriben aquellas; eminencias en la república de las letras la han admirado; buenos poetas le han consagrado sus inspiraciones, y hasta extraviados amantes la han popularizado haciendo á sus hirvientes espumas, cómplices de amargos desengaños; mas soy franco, ni la tradicional leyenda, ni el fugaz artículo, ni el profundo libro, ni el cuadro, ni la narración, ni nada de lo que hasta entonces había leído, visto ú oído referente á la cascada, se evocó á mi memoria cuando llegamos al borde del grandioso precipicio. La emoción y la sorpresa son instantáneas, pues la situación y configuración del terreno donde la masa de agua se precipita, tiene una depresión particular que no permite al viajero apreciar detalle alguno, sino todo el conjunto. Una sola visual descorre el grandioso cuadro, y el estupor invade la materia, concentrando la admiración en el espíritu.

El vértigo, la grandiosidad, lo insondable, lo indefinido; masas de agua que se coloran, que chocan, que ensordecen; abismo que atrae y que fascina; transparentes trombas que se cristalizan, se retuercen, y por último se esparcen en gigantescas cabelleras, cuyos hilos de plata al rozar en la roca se descomponen y se elevan en tenues vapores; millones de preciosos cambiantes con los que se ilumina la granítica cárcel, en la que el Sumo Hacedor guarda una de sus más bellas creaciones; sombras queridas que forja la fantasía envueltas en transparentes encajes de espuma; tiernas evocaciones de otras edades y otros tiempos; gratas reminiscencias de seres amados; consoladoras fantasmas surgidas de las compactas brumas; misteriosos ruidos que suplican, amenazan, suspiran ó maldicen, es lo que instantáneamente se agolpa y embarga nuestros sentidos al llegar al borde de aquel abismo, en cuyo negro fondo truena la grandeza del Dios del Sinaí, recordando á los mortales el terrible Dios ira de los inmutables y eternos fallos.

Todo lo grande despierta en el alma cuantos sublimes ensueños se elaboran en los misterios de la admiración. El espectador se encarna con el cuadro que presencia, se paralizan sus sentidos y el éxtasis alienta las más tiernas creaciones. Un poeta ante la cascada del Botocan, resucita todos los colosos del sentimiento, y al murmurio de las ondas, recuerda sus inmortales producciones.

El artista aprecia con los ojos del alma las más sublimes imágenes y sueña con la realización de su ideal, viendo surgir de las tornasoladas espumas los rayos de luz que iluminaron la mente de Murillo y Rafael; las columnas monolíticas, imperecederas memorias de edades prehistóricas; las atrevidas afiligranadas ojivas moriscas, síntesis de la mas grande de las epopeyas; las medrosas siluetas de las esfinges faraónicas con sus impenetrables jeroglíficos; los derruídos circos romanos, compendio de la salvaje barbarie, al par que del sibaritismo de los antiguos imperios; los truncados altares druídicos con los tiernos recuerdos de sus vestales, y lo horrible de sus sacrificios; los almenados cubos de las feudales torres, con sus severas damas, sus tiernos trovadores, sus rientes bufones, sus turbulentos caballeros; la estalactítica gruta, débil remedo del sumo poder; el triunfo, el genio, la gloria, las aspiraciones, la esperanza, el amor, las titánicas empresas; todo, todo cuanto embellece la vida desfila ante el letárgico estupor á que predispone la contemplación de todo lo grande..

* * * * *

El plano por el que se precipitan las aguas del Botocan, no tiene rampa, siendo perfectamente perpendicular.

Las paredes que forman el abismo, tienen casi la misma altura, y en cuanto á su circunferencia es muy limitada, tanto, que cuando las aguas son caudalosas, rompen en el muro paralelo al en que se precipitan, cubriéndose de vapores, tanto el total del fondo como la boca de la sima.

Hecha esta pequeña explicación, se comprende que no hay preparación alguna para el espectáculo; á cinco pasos del borde solo se ve un bello paisaje y un raquítico río, con un puente de bongas y cañas; percibiendo el oído el ruido repercutido, que llega muy amortiguado al romper las ondas en las encadenadas rocas.

Muchas veces he admirado la cascada, y siempre su espectáculo me parece nuevo. Al borde de aquel precipicio, he pasado muchas horas de contemplación. Allí, por un poder misterioso y consolador, me creía más cerca de Dios, y de los seres que sintetizan y compendian mi fe, mis esperanzas y mis amores. No pocas veces el ruido atronador de las aguas se ha mezclado con una oración murmurada por mis labios y un profundo suspiro arrancado de mi alma, dirigiendo la primera al cielo, y el segundo al tranquilo y lejano hogar que guarda mi cuna. Una de las veces que visité el Botocan, fuí acompañado de un amigo que tiene sus ribetes de ateo. Observé cuidadosamente las impresiones que reflejaba su cara á la vista de aquel cuadro, cuando de pronto se volvió á mí, diciéndome con una verdadera emoción:—«Hay misteriosos templos, fabricados en la insondable noche de los tiempos, ante los cuales la rodilla se dobla, el espíritu se fortalece y el alma busca tras lo desconocido á quien los crea y alienta.»—La espontánea confesión de mi amigo, resume la mejor definición de la cascada del Botocan.

Como todo tiene su término, también lo tuvo en la mañana á que me refiero la admiración de que estábamos poseídos, esparciéndose unos por aquí, y otros por allá, buscando los más la sombra de un rústico camarín levantado en uno de los bordes más altos de la roca. Allí se sirvió el almuerzo, encontrándonos envueltos en los frescos efluvios, pudiendo jurar á mis lectores, que pocos recuerdo como aquel. El Burdeos y el Champagne concluyeron de disipar las últimas nubes de emoción, sustituyéndolas por risueños horizontes de color de rosa.

Á los postres acudieron las anécdotas, los sucedidos, los apropósitos, la chismografía de buen género y todo el vocabulario de gente joven y de buen humor. Con las superfluidades y dicharachos del momento vino el picaresco cuento con sus indispensables gallegos y andaluces, y tras la facundia de estos y el engaño de aquellos, se recordaron escenas amorosas. De relato en relato, de idilio en idilio y de desengaño en desengaño, vinimos á parar á las mujeres del país, y cada cual opinó á su manera. Unos decían que la india ama, que la mestiza española es indiferente y la china fría y calculadora; otros, que las mujeres en todas partes son lo mismo, y por último, después de barajarse la conversación por todos los tonos, tipos y registros, dijo uno en son profético y concluyente:

—Nada, caballeros, hay que desengañarse, en este país, ni las mujeres aman, ni los pájaros cantan, ni las flores huelen.

—¡Eh!—murmuró uno con la misma viveza que si le hubiera picado una culebra.—¡Qué blasfemia ha dicho usted! En esa especie de aforismo, solo se compendia una de las muchas vulgaridades que se repiten en este país, por quien no lo conoce.

—Que pruebe que las mujeres aman—dijo uno.—Que nos demuestre que los pájaros cantan—gritó otro.

—Pues que justifique que las flores huelen—balbuceó un tercero.

—Que sí, que sí, que lo pruebe, que lo pruebe, que lo pruebe,—gritamos todos.

—Corriente, señores, dijo con gran calma el interpelado.—Allá va, no una leyenda, sino un verídico suceso: testigo de él nuestro amigo Tóbler.

Hace unos cuantos años, bajamos el Sr. Tóbler y yo al fondo de ese abismo; y ¿saben ustedes á qué? Pues á recoger los últimos restos de una pobre mujer que buscó en el suicidio el olvido á un amor desgraciado.

—No sería del país,—replicó uno.

—Del país, y muy del país; tanto que no cuento detalles, porque no lejos de aquí viven parientes muy allegados de aquella desgraciada joven.

—¡Vaya unas pruebas!—añadió un tercero.

—¿No ha satisfecho? ¿No? pues escuchen.

Tras estas palabras, tomó plaza, en boca de mi amigo, una poética leyenda que hacía referencia á los sitios que pisábamos, á la cascada, á un grandioso puente sin concluir que se encuentra no lejos de aquel lugar, y sobre todo á demostrar que en Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan y las flores huelen.

—La leyenda que concluyo de contar,—dijo mi buen amigo, una vez que terminó aquella,—no crean ustedes es de mi invención y prueba de ello que conservo el autógrafo de su autor, el cual me lo dejó como prenda de amistad.—Oídos que tal oyen,—dije en mi interior.—Puesto que existe autógrafo, y el tenedor de él es amigo, renuncio á repetir la leyenda, reservándome pedir el original y transcribirlo punto por punto.

El sol marchaba á su ocaso, y aprovechando los compactos nubarrones que nos preservaban de sus rayos, montamos á caballo, dirigiéndonos á Lucban, primer pueblo de la provincia de Tayabas.

Á las seis de la tarde entramos en aquel pueblo por la calle de Majayjay, nombre que leímos en un tarjetón de madera clavado en la primera casa. Á los pocos minutos parábamos ante la maciza y claveteada puerta del convento.

CAPÍTULO III.

Lucban.—Su origen.—Situación.—Mr. Jagor y Sir John Bowring en camino.—Alturas inexploradas.—Arroyos y torrentes.—Amazonas tagalas.—Datos estadísticos.—Fechas imperecederas.—La iglesia, el convento y el tribunal.—Dos cuadros.—Un cocinero municipal y una mestiza tendera.—Aguas constantes.—Higrómetros y termómetros.—Frío.—Las frondas del gran Banajao.—Artes y oficios.—La niña, la hermana y la madre.—Tejedoras.—Petacas y sombreros.—Música fuerte y música débil.—Fray Samuel Mena.—El pretil del convento.—La campana de las ánimas.—Cofradías.—La guardia de honor de María.—El Calvario.—El novenario de las flores.—Las dalagas de Lucban.—La tagabayan, la tagalabi y la tagalinang.—El feudo y el terruño.—La sangre celeste y la plebe.—La capitana Babae.—La melodía del Fausto.—Cumplimiento de una oferta.—El autógrafo.

Lucban—como ya dejo dicho—es el primer pueblo de la provincia de Tayabas, viniendo de la Laguna. Se encuentra en una bellísima situación, á la falda del Banajao, coloso que domina un extenso horizonte. Lucban es un pueblo de gran antigüedad, y su nombre, que en tagalo significa naranja, se debe, sin duda, á que en su jurisdicción se criaron gran número de dichos frutales. Confina con Tayabas, Majayjay y Mauban, de los cuales el pueblo de Mauban es el más lejano, que dista unas cinco horas de camino, sumamente montuoso y accidentado.

Los alrededores de Lucban presentan panoramas de los más bellos y agrestes que puede soñar la fantasía. El camino que dirige á Majayjay es indescriptible, y esto no somos nosotros solo quien lo decimos, sino que así lo asegura Mr. Jagor en sus Viajes por Filipinas, en los que, hablando del trayecto de Majayjay á Lucban, dice: «El camino va siguiendo hondos barrancos de bloques basálticos por la falda del Banajao. La vegetación ofrece una magnificencia indescriptible. A las tres horas de marcha se llega á Lucban, rico pueblo situado al NE. de Majayjay. La agricultura, á causa de lo accidentado del terreno, no es de gran consideración, pero hay bastante industria. Los habitantes tejen sombreros y petacas con tiras de hojas de una palma llamada burí. El agua corre en abundancia por los lados de la calle, abiertos como canales; todas están empedradas con una especie de macadán.»

Sir John Bowring, al ocuparse del mismo camino y de Lucban, dice: «El Alcalde de Tayabas vino á Majayjay para invitarnos á que pasáramos á su provincia, en donde, según nos dijo, el pueblo nos esperaba con afán, y se habían hecho varios preparativos para nuestra recepción, y quedaría muy descontento si no visitábamos Lucban. No perdimos la amable invitación, y nos metimos en los palanquines que para ello prepararon, y en verdad fuimos bien recompensados. Los caminos son torrentes muy á menudo impracticables, por las muchas rocas que arrastran las aguas; algunas veces nos vimos obligados á dejar el camino para coger otro paso peor. En algunos lugares, el barro era tan profundo, que nuestros sostenedores se metían hasta las rodillas, y solo la larga práctica y la asistencia de sus compañeros pudieron sacarles del mal paso. Pero toda dificultad se vencía con aclamaciones, con espíritu alegre y festivo, risa estrepitosa, y por una espontánea y fraternal cooperación. A nuestro alrededor todo era soledad, silencio interrumpido solo por el zumbido de la abeja y el canto de los pájaros; profundos barrancos cubiertos de árboles que nunca hacha alguna ha tocado; alturas todavía de más difícil exploración, coronadas de árboles; arroyos y torrentes que forman precipicios y caídas de agua, dirigiéndose hacia el gran receptáculo del Océano.

«Por fin llegamos á una planicie, en la cima de una montaña, en donde dos grandes literas adornadas aguardaban, y fuimos saludados por una multitud de lindas jóvenes, montadas en caballitos que manejaban con admirable agilidad. Se hallaban vestidas con los más pintorescos trajes. El Alcalde las llamaba sus amazonas, y una hermosa intérprete nos informó, en buen castellano, que habían venido á escoltarnos hasta Lucban, que se hallaba próximamente á una legua de distancia. La presencia de ellas era tan inesperada, como agradable y sorprendente. Noté que las tagalas montaban indistintamente, á uno ú otro lado del caballo. Eran excelentes jinetes, y galopaban y caracoleaban á uno y otro lado, chasqueando sus bonitos látigos. Una banda de música nos precedía, y las casas indias que pasábamos presentaban sus acostumbradas demostraciones de bienvenida. Los caminos tenían mayor número de adornos y arcos de bambúes en ambos lados. Los morteros haciendo fuego anunciaban nuestra llegada. Las amazonas usaban unos sombreros adornados con cintas y flores; todas llevaban pañuelos de piña en sus hombros, é iban vestidas con telas de fuertes colores, fabricadas en el país que aumentaban el efecto del cuadro. Tan pronto estaban delante como detrás, siendo perfectamente naturales todos los movimientos. El convento, como siempre, fué nuestro destino.»

Hemos hecho mención de los anteriores párrafos por dos razones: la primera, porque hay gran exactitud en ellos, y la segunda, porque es de lo poquito que hay escrito respecto de la provincia de Tayabas.

Tiene LucbanDe ahora para adelante, hacemos presente que todos los datos estadísticos consignados en esta obra se refieren al año 1875. 12.247 almas, de las que tributan 6.456, correspondiendo á 66 cabecerías. Dista de Tayabas, la cabecera, algo más de 12 kilómetros, siendo paso de la línea telegráfica que hoy concluye en Tayabas, pero que seguirá en breve hasta Albay.

De los datos que he podido adquirir resulta, que durante el año 1875 hubo 419 bautizos, 102 casamientos y 471 defunciones; fueron sorteados para el servicio de las armas 667 mozos, de los cuales se sacaron 12 soldados. Se vacunaron 386 niños y asistieron á las escuelas durante el año 2.002 de ambos sexos. Su jurisdicción comprende 152 barrios, bajo la vigilancia de otros tantos caudillos ó matandáng sa-nayos. La fuerza de cuadrilleros la forman 74 hombres, y por último, como dato estadístico consignaremos que en el juzgado se sustanciaron 18 causas de otros tantos delitos cometidos dentro de la demarcación de dicho pueblo. Tiene destacamento de guardia civil, á cargo de un oficial de ejército; fuerza de carabineros y Administración de Hacienda. El ministerio parroquial está á cargo de la orden de San Francisco.

Lucban ha pasado en estos últimos años por un sin número de vicisitudes. La noche del 18 de Agosto de 1860 y la madrugada del 25 de Octubre de 1873, son dos fechas imperecederas que recordará Lucban mientras exista. En la primera fué reducido casi por completo á cenizas y en la segunda el vórtice de un tifón derrumbó la mayoría de sus edificios. Entre los que quedaron en pié—si bien con grandes deterioros—son dignos de citarse la iglesia, el convento y el tribunal. Aquel es de sólida fábrica, estando sus muros reforzados con grandes machones de piedra y ladrillo. La iglesia, lo mismo que el pueblo, está bajo la advocación de San Luís obispo, cuya fiesta se celebra con gran solemnidad el 19 de Agosto. El templo es muy espacioso; lo forma una extensa nave, un proporcionado crucero y un amplio y hermoso presbiterio. En dicho templo hay un cuadro muy digno de llamar la atención, no por su mérito artístico, que es completamente nulo, sino por la fuerza terrorífica de inventiva de su autor. El asunto está muy traído y manoseado en el arte pictórico indígena, y sin embargo de esto—y en ello está precisamente el mérito—el artista ha sabido dar alguna novedad al cuadro, que es, ni más ni menos, el infierno ¡pero qué infierno! Todos los dibujos, pinturas y grabados que hemos visto—que en verdad no son pocos—representando la muerte del pecador, asunto muy rebuscado por los indios, se quedan muy chiquitos al lado del que hemos convenido en llamar cuadro, más bien por el marco que tiene que por el fondo, fondo que lo constituye unas cuantas libras de almazarrón, delineando la más completa colección de pinchos, ruedas y garfios que hasta entonces habíamos visto. Sentimos no poder revelar el nombre del autor de aquella tienda de pimentón, pues no lo sabemos. Entre los méritos que tiene, es el ser anónimo.

En cambio del anterior, recomiendo á los aficionados á la pintura que pasen por Lucban, una Purísima que el Padre Mena tiene en el salón del convento, sacada de entre el polvo y las telarañas que ha muchos años ocultaban su mérito en la húmeda meseta de la escalera.

Según las crónicas de la orden de San Francisco, la iglesia y convento que hoy existen fueron concluidos el año 1738. El primer templo que se levantó en Lucban, según las expresadas crónicas, fué en el año 1595 por Fr. Miguel de Talavera.

Dicho templo fué arruinado en 1629, construyéndose otro más sólido, que á su vez fué presa de las llamas, consumiéndose hasta el punto que no pudo salvar el párroco más que el copón y una Purísima. ¿Sería esta imagen la misma que hoy se admira en el salón del convento? Pregunta es esta á que no han podido dar contestación las muchas horas que he dedicado á buscar la historia del cuadro.

El templo, como el convento, reclamaban en la fecha en que escribo estas líneas, una pronta reparación en el maderamen, tanto que ambos edificios estaban hechos una completa gotera.

Á más de las anteriores construcciones, es digno de citarse el tribunal, que puede competir con los mejores de su clase, y en el que el transeunte encuentra todo género de auxilios, que proporciona un mayordomo mediante los precios de tarifa que están expuestos al público. El viajero que llega á Lucban no debe preocuparse por nada teniendo dinero, pues en el tribunal halla buenas y limpias camas, magnífico servicio de mesa, elegante vajilla, fina cristalería y un cocinero municipal bastante aceptable, que cuenta no solo con los recursos de sus conocimientos culinarios, si que también con los abundantes y escogidos surtidos de Europa que guardan los escaparates de dos establecimientos. Uno de estos pertenece á una simpática é inteligente mestiza, cuya afabilidad lleva á su tienda gran número de consumidores.

La escuela es muy espaciosa, siendo de piedra su construcción. El resto de los edificios de Lucban no presentan nada de particular, viéndose algunas casas con teja y zinc, si bien la generalidad son de tabla con cubiertas de cabo negro. Por todas partes se conservan las huellas del terrible tifón del 25 de Octubre.

La proximidad á los altos picachos del Banajao y los vecinos bosques, hacen que raro sea el día que no llueva. En cuanto á su humedad, es tan constante, que estoy seguro pocos sitios habitados habrá en el mundo que acusen en los higrómetros una intensidad mayor; á pesar de esto, Lucban no es malsano, teniendo la precaución de resguardarse de el relente de la tarde, y sobre todo, dormir entre lana, con el vientre fajado, cosa que en nada atormenta, pues aun prescindiendo de la ciencia higiénica, las necesidades de la materia hacen que los que duermen en aquel pueblo busquen la manta, y no diré las mantas porque no se me tache de exagerado, por más que las he usado en los meses de Diciembre y Enero, en los que tenía mi cama con todo el servicio de las de Europa. Tuve ocasión de observar los termómetros, señalando 12° centígrados en algunas madrugadas. En Manila la temperatura fluctúa en todo el año, entre los 22° á 33°. Estas cifras señalan una grandísima desproporción, tanto más de notar, cuanto que de un punto á otro solo hay unas 22 leguas. Semejante desnivel de temperatura en tan corto espacio, solo se explica por la grandísima altura que tiene Lucban con relación á Manila y por las continuas lluvias que mantienen una latente humedad en la atmósfera, refrescada por los Nortes y purificada por las azoadas emanaciones que recogen aquellos al recorrer las elevadas y espesas frondas del Banajao. Sin embargo de tales condiciones climatológicas, altamente beneficiosas para el cultivo del campo, en dicho pueblo se dedican poco á la agricultura, verdad es, que su jurisdicción es escasa, y á más de escasa, difícil de ponerla en situación de beneficio por lo quebrado del terreno y los árboles y malezas que lo pueblan. No es agricultor, pero en cambio es artista como pueblo alguno de Filipinas. En esta ocasión, como en otras muchas de este libro, advierto á mis lectores escribo muy en serio, llevando por norma la pura verdad. Hago esta salvedad, por juzgarla muy oportuna antes de decir lo que conservo en mi memoria y en las notas de mi cartera. Lucban tiene 12.247 habitantes, que son otros tantos artistas. El oro, la plata, el acero y el hierro los manejan á la perfección. La fragua, el yunque, la lima y el cincel producen preciosas obras de joyería, útiles maquinarias, variados artefactos y primorosos objetos de colección y adorno. Incrustaciones en el hierro y el acero he visto, que francamente, hasta mis ojos dudaban que tales hombres, y sobre todo con las herramientas que empleaban, pudieran hacerlas. Los cuchillos cortos de hoja ancha, que el natural llama bolos, no tienen rival con los que se fabrican en Lucban.Lo que decíamos en 1878 y su exactitud, se puede comprobar en los magníficos ejemplares que el arte y la industria de Lucban presenta en la Exposición de Filipinas que se celebra al reimprimirse esta obra.—(N. del A.)

Con la varilla de un paraguas viejo, hacen un buril, y con este y un mal cortaplumas, tallan todo lo tallable, luciendo principalmente su habilidad en el cuerno del carabao cimarrón, haciendo objetos primorosos. Puños de armas, de bastones, de cuchillos; cajas, salacots, cucharas, tapas de libros, pequeñas estatuas, estuches, petacas y otros cientos de objetos, hacen del cuerno del carabao, que ha de ser cimarrón y no doméstico, porque la fibra del primero es más compacta que la del segundo; circunstancia fácil de explicar al tener en cuenta el constante uso que hace el carabao montaraz de sus cuernos y el poco que hace el doméstico.

A más de los anteriores trabajos, son dignas de citar, y muy en primer término, las obras femeniles. En Lucban, las niñas no juegan, pues todas trabajan: la niña limpia, estira y prepara las fibras del burí, el cabo-negro y el buntan, con las que la hermana arma, y la madre teje finísimos sombreros, petacas, salacots, guardavasos, petates, tampipis, y hasta unos pantalones, si le dan horma, tiempo y dinero, y digo esto, porque ya se ha hecho un chaleco, tejido con la fibra del burí.

Las petacas y sombreros de Lucban constituyen una industria bien conocida en Manila, y aun en España y en el extranjero. En los mismos momentos en que escribo estas líneas, tiene hecha la casa de Guichard y Compañía con un amigo mío, una gran contrata de sombreros para la exportación. A la Exposición de Filadelfia se mandaron varias clases de tejidos de fibras de diversas palmas, que de seguro llamarían la atención. La mujer que no teje, borda en oro, ó hace trabajos de abalorios, sedas, ó escamas de pescado. De estas últimas, adornadas de oro, regaló el pueblo de Lucban al general Alaminos en su visita del año de 1874, una preciosísima corona. Si queréis un retrato al pasar por Lucban, no tengáis cuidado, que lo tendréis; hay allí indios que, con solo veros una vez, os trasladarán al lienzo. Con una mala fotografía de D. Alfonso XII se ha hecho el retrato de cuerpo entero que ostenta el tribunal de Mauban.

En cuanto á la música, nada tengo que decir á mis lectores, pues en muchas provincias, incluso en Manila, conocen la de Lucban, la cual tendrá muy pocas en todo Filipinas que puedan rivalizar con ella, A más de la música fuerte, había,—pues hoy ya no existe—una orquesta del sexo débil, que concluyó por casarse la mayor parte de las artistas. En conclusión, para que todos sean artistas en Lucban diré á ustedes que mi querido amigo Fr. Samuel Mena, su cura párroco, es entre otras cosas buenas, un excelente músico, y vean mis lectores cómo rodando rodando, hemos vuelto adonde partimos. Llegamos al convento, y ahora tropezamos con el párroco, quien nos brindó con una franca y cordial hospitalidad, que aceptamos gustosos, alojándonos en una espaciosa habitación con vistas al Banajao.

El convento, enclavado en uno de los extremos del pueblo, presenta en su maciza y negruzca fábrica, un aspecto triste y sombrío. La piedra tapizada de musgo y cubierta con la viscosidad que forma el continuo azotar de las aguas, le dan un todo imponente y majestuoso, que hace recordar los viejos sillares de los antiguos castillos descritos en legendarios romances.

El que cruza de noche el amplio pretil que se extiende frente á la puerta del convento, insensiblemente acelera el paso. La masa negra que forma el frontispicio de la iglesia, destacándose bajo un cielo siempre cubierto de nubes; la opaca lamparilla que perezosamente chisporrotea en el hueco del muro, alumbrando, ó mejor dicho, queriendo alumbrar, la imagen de San Luís, patrón del pueblo, y más que todo el monótono y pertinaz llover, forman un cuadro altamente medroso. La campana que á las ocho nos recuerda á los que fueron, tiene un eco tristísimo, efecto sin duda de alguna rotura en el bronce.

Todo el silencio que rodea al templo durante las horas de las sombras, se convierte en alegre bullicio tan luego aquellas desaparecen. Pocos pueblos del mundo habrá que tengan tantas cofradías, hermandades y archicofradías religiosas, así que la iglesia es constantemente visitada por gran número de fieles de ambos sexos, que preparan y disponen las fiestas que unas á otras se suceden durante todo el año, siendo entre todas de notar, la que celebran las dalagas en el mes de Mayo. Las combinaciones de flores con que adornan el altar, la precisión de detalles, la potente facultad inventiva para sustituir y apropiar cuanto hace falta, es admirable. Del tronco del plátano construyen ingeniosas armaduras para gigantescos candelabros, que primorosamente revisten de follaje, haciendo con las hojas de la sampaguita, el ilang-ilang, la sampaca y las doradas campanillas, artísticas combinaciones. La fiesta de las flores corre á cargo de la cofradía titulada La guarda de honor de María, formada por el sexo femenino, sin exclusión de estados ni edades. Como distintivo, llevan las cofrades una medalla de plata pendiente de una cinta azul. La guarda de María está perfectamente organizada, constituyendo la base de la asociación, la adoración perpetua á la Virgen, para lo que la hermana mayor distribuye las horas del día y de la noche de tal forma y con tal precisión, que constantemente hay tres hermanas en oración. Los rezos se verifican en las casas, á cuyo efecto con la debida anticipación se señala el día y hora en que cada hermana debe hacerlos. Como esta asociación no obedece á presión alguna, y si solo á un acto puramente espontáneo, excuso decir á mis lectores que todas las hermanas sin excepción de clases, cumplen al pie de la letra su misión.

La guarda de María, durante algunos días de la cuaresma y Semana Santa, acude en romería á una pintoresca montaña llamada el Calvario, en la que se alza una tosca cruz de madera. La ofrenda á María que hacen las dalaguitas al terminarse el último novenario del mes de Mayo, es digna de verse por todos conceptos. En aquel día se recarga el templo de flores y follaje, suspendiéndose de la bóveda un colosal rosario de verdura, el cual baja desde el centro de la nave formando pabellones y rematando en el comedio del presbiterio, con una gran cruz de flores. Termina la fiesta por ofrecer y depositar las dalagas á los pies de la Virgen las blancas coronas con que van engalanadas. He visto más de una dalaga en ese día, vestida de una forma irreprochable, y en cuyo conjunto nada tendría que recusar la más puritana de las modistas. El traje que se usa para la ofrenda es el de la desposada, viéndose en ellas desde la primorosa botita de raso blanco llevada del Bazar Oriental, á el más transparente encaje de casa de Los Catalanes.

Las dalagas de Lucban imprimen un sello especial y sui generis á todas sus fiestas, bien sean de carácter religioso, bien puramente mundano. La lucbanense no prescinde por nada ni por nadie del rango social que ocupa, pues es de advertir que en dicho pueblo las mujeres están divididas en tres clases: La primera, ó sea la taga-bayan, la constituye la sangre azul, ó como si dijéramos la aristocracia. A las taga-bayan las veréis siempre en carácter. Sus distintivos son: hablar más ó menos el español, calzar botitos en las grandes solemnidades; medias, con bordadas chinelas en las medias fiestas, y pié desnudo resguardado por pintado zueco, en lo ordinario; viste estrecho tapiz, con la abertura atrás, permitiéndose algunas veces, saya suelta, la que invariablemente es de seda, completando su atavío, ternos más ó menos costosos y piñas más ó menos bordadas. En la iglesia se arrodilla siempre próxima al presbiterio, y jamás se ha visto á una taga-bayan sin su correspondiente devocionario y su rosario de coral, plata ó nácar. Casi todas han estado en colegio, saben leer, escribir y bordar, un poquito de música, y hasta algunas se permiten rimar un cundiman, dedicado á alguna amiga, el día de su santo.

El distintivo culminante en la taga-bayan, es el orgullo con que llevan y mantienen su jerarquía. Una intrusión de una dalaga de segunda, ó tercera clase, en las fronteras de la sangre celeste, produciría una verdadera revolución femenina.

La segunda jerarquía, la constituye la taga-tabi, la que generalmente vive por las orillas del pueblo, y se diferencian poco de la primera clase en cuanto á usos y costumbres. Asiste á las fiestas de aquellas, si bien sin confundirse con ellas, no habla español, no calza botitos por más tieso que repiquen, y no conoce el colegio, más que por las relaciones que oye de la taga-bayan cuando la permite que se acerque hasta ella. El constante anhelo, el desideratum de los sueños de una taga-tabi, es poder llegar al rango de las taga-bayan, á cuyo deseo, suele sacrificar no pocas veces su felicidad, uniendo su suerte á la de algún viejo capitán pasado, ó cabeza reformado, cuyas jerarquías dan á sus mujeres un lugar en el suspirado taga-bayan.

La verdadera diferencia donde existe, es con la tercera clase llamada taga-linang, ó sea la plebe, mujeres todas de sementera que miran á una taga-bayan con la misma admiración con que contempla un hijo del Corán el último rayo del sol poniente.

La taga-bayan tiene el orgullo de la antigua señora feudal, que desde la alta almena despreciaba á la pobre villana que labraba la tierra al pié de los fosos del castillo. La primera noche que estuve en Lucban, fuí presentado en la casa de la capitana babae, ó sea la Reina de las taga-bayan, guapa mestiza china, de labios muy finos, mirada penetrante, conversación amena y sentimientos fríos y calculadores. La encontramos rodeada de unas cuantas amigas, y habiéndome llamado la atención la solicitud con que era servida, no pude menos de observarlo á uno de los que me acompañaban, quien me explicó las diferencias sociales que dejo hecha mención, y que más tarde tuve ocasión de comprobar.

—¿Le gusta á V.?—me dijo mi excelente amigo Pardo Pimentel, comerciante radicado hacía años en Lucban, viendo la profunda atención con que escuchaba una melodía del Fausto, tocada al piano por la mestiza.

—No sé qué decir á V.,—contesté—la estatua es correcta; pero el espíritu que la anima me parece frío cual el mármol.

—Frío, no; dotado de una potente fuerza de disimulo, sí. Esa mujer hace de su cara lo que quiere, su cabeza manda al corazón, y muy de tarde en tarde pasa por su negra pupila un vivido relámpago, que momentáneamente descubre el insondable abismo de su alma. Jamás esa mujer retrocederá en un propósito, morirá si es preciso en la lucha, pero créame V., morirá sin ocurrírsele volver la cabeza atrás.

—Y nosotros, amigo Pardo, volvemos con esto al tema de la cascada.

—Y bien, ¿ha quedado V. convencido de la verdad que encierra aquel tema, ó es de los que creen que las filipinas no aman?

—Creo como V., y en prueba de ello, le ruego que me entregue el autógrafo de la leyenda que nos contó en la cascada. Sacaré una copia, y le prometo que en el primer libro que escriba la publicaré, haciéndome solidario de las ideas que encierra.

Los últimos acordes del Fausto, fueron arrancados al piano, á la sazón que el toque de las ánimas nos recordó que el Padre cenaba á esa hora, y por lo tanto nos dirigimos al convento.

La promesa de mi amigo Pardo, no se dejó esperar. Al irme á acostar, me encontré sobre la mesita de noche el original de la leyenda, cuya copia literal es objeto del siguiente capítulo.

CAPÍTULO IV.

El puente del suspiro.

Las mujeres no aman, los pájaros no cantan, y las flores no huelen.

(Dicho popular filipino.)

I

¡Qué triste es un día sin sol!

Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.

¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!

La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.

Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.

El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el Ángelus que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.

En el misterioso archivo de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.

El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.

Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.

Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el mundo de la luz, mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos adiós que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando en el teatro del mundo la realidad de la muerte.

¡Qué triste está hoy el día!

La madeja rubia que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras, perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un fuerte Noroeste ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.

¡Hoy no hay crepúsculo!

Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya reanimado mi ser.

¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos...!

Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz artificial ha sustituído á la luz del día.

¡Suena la oración!

Recemos por los que fueron...

* * * * *

Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen.

La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!—dije por último tirando la cartera sobre la mesa—sea de ello lo que quiera, es lo cierto que Ratelán,Con este pseudónimo escribió Entrala curiosísimos artículos tratando costumbres filipinas. Fué gran entusiasta de la mujer india á quien ha consagrado muchas páginas en sus obras. Este notable escritor murió hace cinco años. Entrala y el veterano Vázquez de Aldana son, á mi juicio, los escritores de costumbres más notables de la literatura filipina moderna. Al último, que vive en el modesto pueblo de la Hermita, con no pocos achaques en el cuerpo y no escasos desengaños en el alma, le envio un tiernísimo recuerdo.—(N. del A.) á quien cariñosamente saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.

—Ratelán tiene razón—dije distraído en voz alta.

La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.—¿Lo poetiza?—¿Sí ó no?—le dije en tono de buen humor á mi buen Quico, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que Grimeau y más fiel que un perro de Terranova.

Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo—no entiendo, señor.

—Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en puro querer á un hombre.

—Puede más, señor.

—¡Caramba! Puede más.

—Seguro, más.

—¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí—y le señalé los picachos del vecino Banajao—que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?

Sabe, señor.

—¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?

—Muere también—dijo Quico, interrumpiendo mi crescendo.

—¡Que muere has dicho!

—Muere, señor—contestó aquel con esa gravedad cómica del indio.—Pregunte V. á su amiga X ... y ella contará á V. la historia de El puente del suspiro.

Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la misteriosa historia de El puente del suspiro.

II

El que haya corrido las alturas y hondonadas con que encadenan el Malinao, el Dalitiuan y el Balete, á las provincias de la Laguna y Tayabas; el que haya contemplado desde la descarnada atalaya del San Cristóbal, los risueños panoramas de Paquil y Paete; el que haya palpitado de emoción ante la grandiosidad del Botocan; el que la curiosidad, el estudio, la necesidad, ó la caza le hayan obligado á pasar el camino de Majayjay, necesariamente le habrá llamado la atención un puente abandonado, semi-derruído y de lúgubre aspecto que se eleva á un lado del camino. Su antigua y sólida fábrica ha adquirido con el tiempo, las aguas, y la viscosidad de los musgos que abrazan la bóveda que lo forma, un aspecto tan sencillo, al par que severo, que parece decir al viajero:—«Deten tu marcha; deletrea en mis piedras con los ojos de la investigación; escucha el gemir de las puras ondas que en un beso eterno acarician mi vida; contempla el panorama que rodea mi cuna; oye los alegres cantos y los melancólicos susurros que adormecen en mi cárcel de granito á los genios de las sombras, en esas interminables noches en que el aguacero carcome mis entrañas y el cierzo conmueve mi ser; reúne todo esto en el laboratorio donde se purifican los pensamientos, donde se aquilatan las más sublimes concepciones, donde se anida el genio, donde mora el alma; y al leer mi nombre de El suspiro en los viejos sillares que me sostienen, evocarás la triste historia de la desgraciada Hasay.En ninguna parte del mundo sufren los nombres más variantes y se hace más uso del apócope que en Filipinas, así que no se extrañará digamos que en algunos puntos se llaman Hasays á las Tomasas—(N. del A.)

¿Quién fué Hasay? ¿Cuál fué su vida? ¿Cuál su historia?

Poco más ó menos, procuraré recordar lo que en lenguaje natural y verídico me contó mi buena y bellísima amiga.

III

Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el último aliento al arrancar de sus entrañas un pedazo de su alma en su hija Hasay.

La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de su madre.

Hasay jamás supo quién fué su padre.

¡Infeliz expósita!...

La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar, depósito en su frente su desgraciada madre.

Ha dicho no sé quién—creo que Selgas—que se conocen los niños que se crían sin madre.

¡Qué cierto es esto!

¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del Otoño, he admirado en los jardines del Parterre, aquellas bandadas de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido al pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.

¡Significa tanto el nombre de madre!

Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen símbolo del dolor. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!

Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.

Un niño sin madre es cual la flor.

¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!

¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!

En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la sensitiva y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la Señora de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.

Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que inspiró un infanticidio á el autor de El Rey se divierte, al exclamar:

«Amor, contra el honor, te dió la vida. Honor, contra el amor, te dió la muerte.»

Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible lasciate del Dante, el segundo.

¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!

Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.

En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.

Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.

La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.

Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.

IV

Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües, para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido, probo empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente propietario después.

Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño, todos sus cuidados en la hija de sus amores.

Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.

Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.

El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión, poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.

Hasay tenía una segunda madre en su protectora.

Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.

Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.

La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del libro, ó siente ante el teclado del piano.

De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á la mariposa.

La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando donde hay luz y perfumes.

Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay, cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.

Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.

Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.

Sucede—no sabemos cómo, pero es un hecho que sucede,—que tras las paredes de esas infantiles sociedades que se llaman colegios, trascienden hechos íntimos que se desarrollan en el hogar de los pequeños asociados. Lo que todos habían tenido cuidado de ocultar, lo que la misma Hasay ignoraba, se lo reveló en una sola palabra una amiga suya.

—¿Qué quiere decir inclusera?—Preguntó un día Hasay á la que llamaba su hermana.

—No sé, contestó Lola; y, dime: ¿por qué me lo preguntas?

—Porque ayer, sin querer, pisé el vestido á Ángela, y esta al ver que estaba roto, me dijo:—¡anda, inclusera!

La terrible palabra que descorría en parte el misterio de la vida de la niña, quedó grabada en su memoria, y poco á poco fué comprendiendo todo el valor de aquella frase.

V

La alegría de Hasay fué desapareciendo, sustituyéndola una profunda tristeza.

A los trece años, la niña era mujer.

La mujer, dejó de jugar y pensó.

Por este tiempo la naturaleza de Lola sostenía una terrible crisis, luchando con la pobreza de su constitución.

Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.

Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible, rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad, tormento de la ciencia que busca siempre el calor del alma, que se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede, se apoderó de la pobre existencia de Lola.

¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.

No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.

Y la humana máquina obedece como las obras del Divino Artífice á inmutables leyes.

¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya vida!

¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!

VI

Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la terrible enfermedad se incubaba en su vida.

La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las puras y frescas brisas.

Doña Luisa poseía un magnífico cafetal en las vertientes del Banajao, y tan luego fué prescrito á la enferma la vida del campo, su solícita madre dió órdenes para que se alojara y dispusiera la casa que se alzaba en el centro de la hacienda.

Nada de cuanto constituye lo necesario y representa lo supérfluo faltaba en la finca. Hábiles tallistas de Paete, inteligentes artistas de Lucban, y activos personeros de Manila, cambiaron en pocos días el aspecto de la granja agrícola en mansión señorial. No se olvidó ni un detalle en el pequeño santuario de la coquetería, que constituye el tocador de una dama, ni se dejó de indagar hasta encontrar un excelente piano de cola, construcción belga, que con grandes cuidados, quedó instalado en la casa, pronto á llenar de armonías las fragosas faldas del Banajao.

A doscientos metros de la casa se destacaba cual centinela avanzado, el sombrío Puente del suspiro, conocido por entonces, por el del Capricho, nombre que tuvo su origen en el informe que se emitió al ser reconocido y en la extraña y atrevida concepción de su único arco.

Registrando crónicas he podido adquirir algunas curiosas noticias respecto al puente que nos ocupa.

Un respetable escritor, virtuoso y docto, hijo de la orden de San Francisco, dice en sus escritos:

«Dicho puente fué construido por el reverendo padre Fr. Victoriano de Moral. Se halla sobre el río Olla, basado sobre dos montes y cuyo arco tiene sobre noventa piés de cuerda, sin haber usado más amarras ni maderas para la formación de la colosal cimbra que bejucos, cañas, cocos y bongas; entrando en su construcción solo argamasa; su único ojo mide de luz cincuenta y dos pies de alto por cuarenta y ocho de ancho, construcción casi milagrosa, por lo cual sin duda alguna el arquitecto mayor de Filipinas en su informe al Superior Gobierno, fechado en 7 de Diciembre de 1852 decía entre otras cosas lo que literalmente copiamos.»

«Si se tratase de un puente levantado con estudio y bajo las reglas del arte, la prueba hecha con el de Majayjay era ya suficiente para manifestar su estabilidad. Por desgracia se trata de una obra sin principios: que los aplicados en su ejecución han sido caprichosos, y si bien el arco se mantiene sin desprenderse, como no puede hallarse en la ciencia una regla que manifieste la causa de este procedimiento, ó mejor diré fenómeno, no es la opinión del que suscribe, sino de toda la ciencia junta la que lo condena.»—A cuyo informe, donosamente dice un cronista de la orden del constructor. «Hete aquí un puente, tan asaz atrevido, que á pesar de estar condenado por toda la ciencia junta, tiene la desfachatez de mantenerse firme, de sufrir temblores como los del 16 de Setiembre de 1852 y el 3 de Junio de 1863 sin resentirse; fuertes avenidas como las que se desprenden del gran monte Banajao, sin descimbrarse, estando dispuesto y con pensamientos quizás de decir después de algunos siglos: yo fuí construido por un fraile franciscano sin principios. Sabed que los principios aplicados en mi construcción fueron caprichosos, y más caprichoso aún, el empeño de construirme sin gastar un solo maravedí y llevar á cabo su empeño.»

Muchos más datos poseemos entre nuestros apuntes tomados unos del análisis del mismo puente y otros de documentos particulares y oficiales; pero como nuestra misión ni es arquitectónica, ni histórica, ni más que ligeramente descriptiva, basta con que nuestros lectores sepan que dicho puente existe, como existen diferentes consejas que á él se refieren.

VII

—Decíamos,—que el Puente del suspiro, se destacaba cual sombría atalaya á la vista de la casa de Doña Luisa.

Esta quedó instalada en el cafetal con sus dos hijas, su antiguo y leal Pedro, criado depositario de la confianza de la familia ya largos años, su servidumbre, y su fiel León, hermosísimo perro de Terranova.

La joven naturaleza de Lola; las puras emanaciones azoadas del Banajao; sus frescas y deliciosas brisas, impregnadas de las delicadas esencias de la sampaguita y del ilang-ilang; la vida del campo, el constante murmurio de sus bosques, el lenguaje poético y enamorado de los cientos de arroyos que retratan en sus bulliciosas ondas la palma, la bonga y el coco; la existencia tranquila, la bondad del clima y los exquisitos cuidados, hicieron crisis en la enfermedad de Lola. Sus ojos se animaron, adquirieron color sus mejillas, y la imperceptible y pertinaz tos, terrible alerta de la enfermedad, dejó su monótona y constante pertinacia.

Todo respiraba alegría.

Hasay únicamente estaba triste.

Lola, entre los puros cristales del rocío de la mañana, buscaba la brillante rosa.

Hasay, entre las sombras de la noche, arrancaba triste y melancólica la humilde siempreviva, fiel emblema de la amargura.

Cuando los blancos dedos de Lola recorrían el teclado, arrancaban bulliciosos allegros; cuando los de Hasay se posaban en el marfil, solo producían tiernos nocturnos. A la una la animaba el genio de Strauss, á la otra la tierna inspiración de Beethoven.

Aunque distintos tipos, las dos eran hermosas.

Lola era blanca cual los misteriosos genios de las puras nieves: Hasay morena cual la mas perfecta concepción del sueño de un árabe. La primera poseía en sus azules ojos toda la ternura de la resignación; la segunda despedía de su negra y ardiente pupila el rugir de la pasión. Las rizadas hebras que adornaban á Lola se esparcían sobre su sonrosado seno, cuya blancura se confundía con las purísimas mallas del encaje que resguardaba los encantos de la virgen: la suelta cabellera de Hasay, negra cual el palacio de la noche, destacaba las cobrizas y mórbidas formas en que descansaba. El conjunto de esta irradiaba el ardor de la lucha, el de aquella, la paz de la conformidad.

Una mañana, encontrándose toda la familia reunida en la espaciosa caída, recibió Doña Luisa una carta de un antiguo capitán de la marina mercante, paisano y amigo de su difunto marido. En dicha carta la decía tendría sobre anclas el barco hasta abarrotar sus bodegas y cubierta de madera, y aprovechando la circunstancia de la larga estadía, y la proximidad del cafetal al fondeadero donde hacía su carga el velero Neblí, invitaba el capitán á sus antiguas y leales amigas á pasar unos días á bordo.

La oferta fué aceptada, y se dieron órdenes para